sábado, enero 27, 2007

Puerto Maldonado: los nuevos “sitios”

Hace un tiempo escribí esta crónica. Luego de repetir el circuito en enero de 2007, pienso que es válida a pesar de los años transcurridos.

¿Cuando empezó la colonización? No se. Lo único cierto es que están ya allí, en pequeñas casitas desparramadas a través de cuatro manzanas en una de las nuevas áreas urbanas de Puerto. Hace muchos años cuando la ciudad apenas llegaba hasta Santa Cruz (había viviendas dispersas, claro pero no eran parte de la unidad) ellas ofrecían sus caricias en tres barracas distintas, ocultas por la maleza en el camino a la Joya colindantes con la Av. Madre de Dios. En esos tiempos había una mujer legendaria cuyo nombre nunca supe pero que nuestro pueblo conocía como la Tía Mocha. Decir su sobrenombre era como invocar al diablo, y lo decíamos, culposa y silenciosamente muy lejos de los oídos adultos.

Ella era quien organizaba y dirigía, (en nuestro imaginario por que, en lo que a mi respecta, no había certeza de ello) todo el comercio de las chicas de la “vida alegre”. No era usual encontrarse con ella en las calles y era más bien discreta. Si ocurría, la mayoría evitaba un encuentro frontal, mirándola de soslayo, murmurando sin hablar, haciendo juicios de valor inconcientes sobre la profesión de esta matrona. Era una enorme mujer negra, de ancas de yegua y voz tremebunda que hacía temblar hasta a los estibadores. Nunca supe de donde vino ni por qué, y menos qué es de su vida, hoy.

Algunos decían que tenía un marido. Que este, paradójicamente, era un tipo escuálido pero intrépido, encargado de las necesidades domesticas y del bajo vientre de su dueña, y, por supuesto de los requerimientos logísticos de los sendos locales en los que las mariposas reclutadas en Lima y muchos otros lugares del país, ofrecían su calor a los parroquianos de la pequeña comarca. Muchos de los cuales, ciertamente, se conocían con nombre y apellido.

A diferencia de esos tiempos en que todo el pueblo la conocía o reconocía, hoy en día, solo los que acuden con frecuencia al enorme vecindario, por placer esporádico o por vicio incurable por el sexo pagado, conocen a los equivalentes modernos de la mítica tía Mocha. A diferencia de esos tiempos, en que esa organización, parecía un servicio que redituaba utilidades, hoy parece un negocio burdo, que funge de servicio en zonas de alta inseguridad.

Estos lugares, al tiempo que han desaparecido los de la Tía Mocha, se han multiplicado conjuntamente con las áreas urbanas de Puerto. En un tour nocturno (enero de 2001), solo en dos manzanas pude contar hasta doce pequeños "bares" impresentables de medias luces o de luces rojas efectivas (no el iluso papel celofán) con doncellas de alguna vez, semidesnudas y agazapadas entre parroquianos que mueren por tocarlas. De uno de ellos alguien grito PACHALAA!!, reconociendo a mi hermano que, al timón de su motito roja, como en cada visita a nuestro querido Puerto, fungía de “guía turístico". En realidad, luego de muchos años, uno lo necesita para llegar sin contratiempos, por curiosidad, vicio o placer a insospechados lugares como estos de los nuevos "sitios". No exagero.

martes, enero 09, 2007

Lo que Lima es

Luego de muchos años en esta ciudad me he terminado de convencer que Lima es la más patética de las ciudades que he conocido. Pero no por el clima depresivo de invierno que te priva del solo e invade de niebla y llovizna mediocre, todo ello capaz de volver suicida al más entusiasta. No. Por lo contradictorio de su dinámica. Por la forzosa relación de amor y odio que suscita entre sus habitantes.

Es así por lo estresante de las calles, la hostilidad del peatón y del conductor de combi, camión, ómnibus o automóvil particular. Por la ausencia de respeto del derecho en las aceras, por la inseguridad de sus calles, por que difícilmente se puede encontrar un lugar en la ciudad donde uno pueda sentarse o caminar a disfrutar el paisaje (el desierto también puede tener sus encantos) sin el temor y la paranoia de que el individuo que te mira de soslayo te va a asaltar. Lima no es una ciudad, es una prisión sin ley y sus vecinos los internos, atrapados por una rutina sin final.

Con lo adaptable que es el ser humano, muchos ya nos hemos habituado a esto y es nuestra regularidad. Cosa terrible, por que implica renunciar al volver a empezar en un lugar diferente, implica el conformismo a una expectativa de vida materialmente redituable pero contaminada no sólo por el smog y polución medioambiental, sino por la contaminación social. Con los años, uno simplemente vive (sobrevive) por que tiene que hacerlo, pero no el sentido íntegro de la palabra, por que, a menos que no trabajes mucho y, a la vez, tengas dinero de sobra, pierdes el contacto con la naturaleza viva, con el viento fresco, el olor de la hierba mojada tras la lluvia, y la furia de los elementos. También dejas de vivir del contacto personal frecuente con los que más quieres o prefieres, por que a pesar de haber más de 6 millones de personas, a veces pareciera que no hay nadie.

Lo contradictorio, es la dependencia que genera, sobre todo sobre aquellos forzados a hacer permanente un permanencia que se inició temporal, sólo por estudios. Es aterradora la idea de estar sometido de sentir que esto es lo norma de inevitable sensualidad. Uno no se percata de ello cuando siempre ha vivido aquí. No ocurre, sin embargo, lo mismo cuando no eres de estas tierras o cuando has visto más allá de las fronteras, sea en el Perú o en otras partes del mundo.

No obstante, como los que purgan cadena perpetua en las prisiones convencionales, la posibilidad permanente de fuga o la fantasía de absolución alimenta las ilusiones de muchos inconformes. Conozco varios. Muchos de ellos con ya más de 30 años en esta urbe. Han fundado familias y se han enraizado en esta jungla de concreto. Siempre con una excusa para permanecer vinculado. Al principio es el trabajo y la posibilidad de un mejor ingreso, luego los hijos que están estudiando en mejores escuelas, la inversión en propiedades inmuebles, nuevamente la educación de los hijos…y los años que se acumulan en la piel y en las sienes. El sueño de la jubilación en el campo, el retorno en la vejez suele ser la última esperanza, pero también tornarse la luz al final de un túnel, interminable.