domingo, octubre 14, 2007

Crónica de Viaje a Madre de Dios en 1997 (Sección III y final)

De Villa Assis hacia Brasileia existen una distancia aproximada de 105 kilómetros y el carro que nos llevará hacia allí es un ómnibus trajinado (“Acreana”). Fue con suerte que podemos abordar este bus ya que usualmente sale a las 6:00 am. Hoy tiene averiado uno de los ejes y por ello saldrá recién a las 8:00 am, una hora después de nuestra llegada a la plaza de Assis, lugar de salida de la “Acreana”.

Río Branco es una ciudad cálida de cerca de 200 mil habitantes. “Shon” es la persona más especial que vive en el hogar que nos acogió. Sufre del Síndrome de Down y aparentemente no confía en nosotros. Dormimos en la sala sobre un colchón que nos han facilitado y Shon permanece impertérrito frente a un viejo televisor encendido.

De rato en rato nos hecha una ojeada, finge leer una revista mientras el televisor permanece encendido. Aunque todos le han dicho que se vaya a dormir, él permanece en su posición, a la espera de no se qué. Estoy convencido de que es capaz de permanecer toda la noche sentado sobre el mantelito rojo que a manera de cojín está sobre la silla. Reacciona con cada intensificación de la acción en la televisión y la luz reflejada en su rostro me permite ver las emociones que le suscita lo que sea que está viendo. Es como un niño. Su inicial desconfianza se convertiría luego en amistad sincera y quedó muy triste cuando regresamos a Perú.

La lluvia que amenazaba hacia la medianoche se ha convertido en frío intenso. El día amanece despejado pero la sensación de frío ha invadido la ciudad. Hay un viento helado y seco. Es el “friaje” que nos estaba persiguiendo desde Iñapari. Cerca de las 6:30 am. salgo a caminar como lo tenía previsto, llego a una Padaria (panadería) donde compro algo de pan, queso y huevos. La señora que atiende me identifica como peruano y le dice a un muchacho que la acompaña, “e bonito o peruano, olhia seus cabelos”. En este barrio la gente es muy sencilla y también muy pobre. Las casas son en su mayoría de madera y parecen ser antiguas por lo deteriorado de sus estructuras. La familia que nos acoge vive en la Rua de Sao Nicolau hacia donde me dirijo ahora. En el trayecto me tropiezo con una mujer morena que con voz ruidosa ofrece ¡Tapioca!, ¡Tapioca!. Aparentemente nadie se ha levantado por lo que no salgo y me siento sobre un ladrillo a contemplar la calle. Ayer por la tarde las calles estaban repletas de niños y jovencitos que juegan desinteresados por lo que sucede alrededor. Aunque mi aspecto es diferente no me prestan mayor atención, supongo que nada puede extrañar ya en un país donde el mestizaje ha sido intenso. En la casa sólo doña Shica se ha levantado. Ella es una anciana de andar pesado y de expresión lacónica. Parece siempre estar muy triste, mas, cuando hablo con ella intenta siempre una sonrisa que perece sin realizarse.

Como soy el primero en levantarme soy el primero en tomar desayuno. Doña Shica me llama quedamente a tomar “Café” (desayuno), ella ha vivido gran parte de su vida en Iñapari, pueblito peruano fronterizo con Brasil. Entiende y habla perfecto el español por lo cual representa una inicial intermediaria hacia ese sencillo idioma que es el Portugués. Sentada más allá en una banquita, está una mujer morena, pequeña y muy sencilla. Podría pasar inadvertida de no se por que estamos sólo los tres aquí en el comedor. Ayer cuando llegamos estaba en la misma posición, agarrando a una pequeña, aparentemente suya, a la que constantemente llamaba ¡¡Mayara!!, ¡¡Mayara!!. La viejita, a la que inevitablemente agarro cariño, no nos la presentó así que sólo nos queda presumir su presencia en la “casita de Sao Nicolau”, como ya la he bautizado.

Hoy por la mañana salimos a caminar por la calles de la ciudad. Rio Branco huele a hierba y por ningún lado veo a las garottas irrefrenables de las historias de mis amigos de Puerto Maldonado. La mayoría de ellas, me parecen sí muy bonitas. Tienen un tipo muy particular. Por ahí veo a una morena de cabellos rizados y ojos de gata. Por allá se ve a una rubiecita de piel bronceada. En realidad Dios ha sido muy generoso con la belleza en este lugar, se me ocurre.



(Fin de la crónica. En realidad, había mucho más que contar, pero, por alguna razón en 1997 a mi regreso del viaje, detuve la redacción en este punto y nunca la retomé).