sábado, julio 12, 2008

El Ovni en Puerto Maldonado y el conflicto sin solución de mis recuerdos (¿?)

Han pasado casi 30 años y los recuerdos son como destellos que aparecen y se van. Puedo fijar por momentos a Concha, de falda verde y blusa de cuadros, con chinelas, cabello en el hombro y raya al medio, inundando mi casa con su grito destemplado, llamándonos a todos por nuestros nombres “Señora Consuelo, Jorge, Roger, señor Jesús, salgan ahorita, vengan” y nuevamente gritando mientras corría hacia la intersección de la Arequipa con Gonzales Prada, mi esquina, nuestra esquina, la del barrio, y nosotros, claro, siguiendo el sendero de su voz, qué voz, de su alarido, dejando enfriar mi calentadito de frijoles de Iberia con maduro frito, pero, encebollado por el hábito serrano de mi selvática madre de usar verduras más de la cuenta…

El cielo tenía harto brillo estelar y había sólo algunas nubes atrevidas en el horizonte y sobre nuestras cabezas, atravesadas por la intensa luz de las estrellas, lo que ponía en evidencia sus entrañas de lluvia, por que tenían el corazón negro…¡como extraño esas estrellas y esas nubes!-.
Todo el barrio ¿estaba allí?, rostros hacia el cielo, imperturbables, algunos levantaban las manos señalando la aparición, sin importarles que se les podría caer por el atrevimiento. Y allí la vimos, era una esfera inmensa con cientos de puntos de luces en el cielo, luces circulares intermitentes, rojas y anaranjadas, que flotaba como nave intergaláctica en visita al planeta. Era el ovni, nuestro ovni. Por que claro que era eso, ¿qué más podría ser? .

Estuvo allí flotando para nuestro deleite por mucho tiempo y nosotros mirándola absortos, no nos mirábamos sino a ella, será por eso que no recuerdo quiénes estaban allí. Luego se desvaneció, en una fracción de segundo hacia el infinito.

Este episodio me persiguió toda la vida. Me atormentaba, aun lo hace, la idea de lo que vi y a la medida que crecí y tomé conciencia de sus implicancias más extraño me sentí frente a su recuerdo, a tal punto que mi mente trató de ahogarla entre tantas memorias. Otra parte de ella, sin embargo, la mantuvo latente, luchando para evitar que cayera en la categoría de imaginación infantil, repitiéndole a mi conciencia que ocurrió, que yo, efectivamente, había visto lo que vi, actualizando tantas veces el recuerdo que a veces pienso que terminó gastándolo, contribuyendo así que se acerque más a la otra categoría.

No obstante, cientos de veces conté la historia, de cómo Concha nos llamó, cómo salimos corriendo, cómo dejamos que se enfriara nuestro delicioso calentado, a mis amigos, los del Colegio que no lo habían apreciado, los de la Academia en Lima, de la universidad, los de la UNI y de la PUCP, los colegas de los trabajo, en fin.

Para ser honestos, luego de tantos años, el recuerdo ha devenido ya en incierto. La única certidumbre que me quedaba era que todos los años lo había actualizado en mi mente para que no desapareciera en el laberinto de las miles aventuras tipo Tom Sawyer de infancia.
En el año de 1996, me atreví a hablar sobre el tema con uno de los protagonistas de mi historia, mi hermano Jorge, un año y medio mayor que yo, con la esperanza que me dijera que no se acuerda nada, que no sabe de qué estoy hablando.

Desafortunadamente, me dijo que sí se acordaba, pero que él también pensaba que lo había soñado, que era algo que en verdad nunca había ocurrido. Temeroso de que fuera un sueño compartido, algunos años después le pregunté a mi padre si recordaba el episodio y me dijo que sí, pero que no lo recordaba vívidamente, por que sabía que en Puerto, siempre había habido avistamiento que para él no era nada excepcional, que incluso hay una foto, que efectivamente recordé, de la revista esa que tenemos en la casa en el viejo librero, en El Amarumayo, de un ovni en forma de “cigarro” volando sobre el horizonte de la intersección de los ríos Madre de Dios y Tambopata (esta misma foto la encontré en: http://www.editorialbitacora.com/bitacora/galeria/ovnis06/ao03.htm).

No es claro si alguien más de mi familia estuvo esa noche fresca de 1977-78, cuando yo tan niño como lo es ahora mi hijo Juan Pablo, aparte de mis padres. A ellos no puedo preguntarles por que se fueron de este mundo y ya tengo la versión de mi hermano, tan dudosa como la mía.

¿Qué podría hacer? En verdad quiero creer que ocurrió por que yo estuve allí, nadie me lo contó. La próxima vez que visite mi Puerto Maldonado de siempre, buscaré a Concha, hablaré con los vecinos, que aún están allí, casi todos. Pero me aterra pensar que me digan que no se acuerdan nada, sobre todo la Concha bendita.