domingo, julio 19, 2009

Ayahuasca 2 – Los Chamanes, algunas precisiones


Yoel Guimaraes Perez (chamán principal): 32 años de edad, nacido en Comunidad Nativa (Shipibo Conibo) de Nueva Olaya, provincia de Ucayali, departamento de Loreto. Distante a 20 horas peque-peque de Pucallpa y seis horas en deslizador. A dos horas de Contamana.
Practicante desde los 12 años. Se inició por su abuelo Olivero, quien le hacía participar en las ceremonias de ayahuasca que él conducía. Tiene dos hijos, uno de 11 y una niña de 8. Viven actualmente en Pauyán, distrito de Padre Marquez, Provincia de Ucayali, Departamento de Loreto. Conduce ceremonias desde los 22 años, ha atendido básicamente a hermanos Shipibos y mestizos de la zona.


Ismael Romero Ochabana, 29 años, nacido en Pauyán, distante a seis horas en peque-peque de Pucallpa. Maestro en vegetales y curación natural. Aprendió de sus ancestros a reconocer los vegetales y cortezas de árboles curativos: Chacruna, Pion blanca, negra, yerba luisa, Peitorro inin, Machinga, Catahua, Ojé, Paico, Shihuahuaco, Ishpingo, Ayahuma, Huairacaspi, etc para aliviar una serie de males como enfermedades estomacales, yagas, infecciones, enfermedades renales, riñón, etc.


Representan a una nueva generación de chamanes deseosos de compartir y mantener viva su cultura chamánica frente el avasallante empuje de lo occidental. Tienen mucho interés en hacerse conocer, pero tienen limitaciones, que incluyen el manejo mismo de la lengua española y el manejo de los recursos de comunicación.

Ayahuasca (Uni nishi, en Shipibo Conibo): se prepara de la combinación de la liana de ayahuasca combinado con Chacruna. La ayahuasca representa al hombre y la chacruna representa a la mujer, “que se tienen que combinar, que se tienen que mezclar”. La liana de ayahuasca brotó de la transformación del cuerpo del Papa Shoco, el más antiguo de los chamanes, quien antes de morir pidió a su gente que lo enterrasen parado. Su cuerpo se transformó en lianas que surgieron del subsuelo para crecer abrazando a los árboles que lo rodean. Tiempo después, falleció Tita Shoco, o abuela, quien a su muerte, pide que le entierren cerca del Papa Shoco. Esta también crece, transformada en Chacruna, acompañándolo para la eternidad. Sin embargo se mezclan para generar la fuerza con la unión. La mujer da la fortaleza el hombre la sabiduría y operan en conjunto dentro de los que toman el brebaje para aliviarlo, sacarlo de los males del cuerpo y también de la mente…siempre al ritmo del chamán.


Rol del maestro Ayahuasquero: prepara la ayahuasca, dirige la ceremonia, y define la dosis que tiene que tomarse, y las sesiones necesarias, las mismas que dependen de varias razones, entre las que se encuentran su experiencia con la sustancia, y la necesidad de limpieza o la profundidad de las impurezas que aquejan al paciente. La dosis, puede ser estandarizada a la medida del que lo requiere, la que necesita ser determinada en más de una sesión. Luego de encontrada esta medida individualizada, es la misma que se repite. Algunas personas por propia iniciativa exigen tomar más contenido en las dosis, buscando experimentar más sensaciones, pero Yoel e Ismael, no lo recomiendan y se negarían a proporcionarlo a quién lo requiriese. El objetivo es determinar la medida individualizada.


Los cánticos de la ceremonia: Existen muchas canciones que se hacen a lo largo de la ceremonia y fluyen de la dinámica misma de la sesión, de las visiones, las propias y de los males y perturbaciones que observan en los pacientes o participantes. Uno de los más importantes es el cántico del palo volador, que se hace para proteger a los participantes y al maestro mismo de los malos espíritus que rondan la ceremonia y sobre todo que abordan a los pacientes.
Parte de los cánticos dirían algo así: “desátense los nudos, los enredos, las impurezas del cuerpo; enderécense las metas…y discurren los cánticos entre imploraciones de mejora”
Planes de Yoel e Ismael: en las siguientes semanas a mi retorno a Lima, tenían previsto organizar una ceremonia abierta de ayahuasca en Pucallpa, en la que invitarían a todos los interesados a iniciarse o a continuar con estas curaciones. Piensan denominar al lugar de la ceremonia el Nishi Shobo o Casa del Ayahuasca.


Cecilio Soria: De Panaillo, a dos horas en deslizador de Pucallpa, entre el Aguaytía y Ucayali, comunidad Shipibo Conibo, es un excelente punto de contacto, intermediario con el mundo Shipibo-Conibo. Tiene estudios de Derecho en la Universidad Católica de Lima, con estudios en el extranjero en Derechos Humanos (Costa Rica), pasantías en California en comunicación radial. Actualmente es regidor de la municipalidad provincial de Coronel Portillo. Líder nativo comunicador social por naturaleza.


Si alguien desea contactarlos, gracias a la instalación de cabinas, incluso en comunidades alejadas de la selva, ellos acceden a sus correos electrónicos.

Yoel: meampany@yahoo.es (de camiseta roja en la foto)
Ismael: Ishmel-80@hotmail.com ; ishmelos1980@yahoo.es
También, por supuesto Cecilio es un excelente intermediador: Ceciliosoria-shipibo@hotmail.com

lunes, julio 06, 2009

Ayahuasca

Había escuchado muchas veces sobre ella, siempre por voces de gente, que en realidad nunca la había probado. Que generaba alucinaciones, que transfiguraba el entorno y las sombras de la selva en seres demoníacos, que era peligrosa, que podía incluso llevar a la locura a los irresponsables que la probasen, que no podía ni debía ser utilizada sin el control de una curandero o chamán de experiencia, etc.

En parte por resolver de una buena vez todas estos preconceptos y en parte por satisfacer mi propia curiosidad, me aventuré a probarla a la primera oportunidad que se me presentó. Fue el viernes 8 de mayo de 2009 en Pucallpa, departamento amazónico peruano. Lo hizo posible mi buen amigo Cecilio Soria, idealista y cejudo soñador de un futuro promisorio para sus hermanos Shipibo-Conibo.

En realidad, en cada viaje que hago a esta bullanguera ciudad, me comunico con él, quien para efectos de cualquier individuo, ya sensualizado por la urbe, como yo, opera como traductor e intermediario eficaz con parte del entrañable mundo de la amazonia y su gente, mayormente amable y genuina. La penúltima vez que había estado por aquí había disfrutado de un exquisito estofado de motelo y la anterior a esa habíamos emprendido una visita a los caseríos del distrito de Padre Márquez, llevados por nuestro común amigo Juan Maldonado, a la sazón, primer alcalde Shipibo del distrito (ver crónica rescatada de mi blog de gestión pública).

Así que cuando Cecilio me comentó que tendría su última de tres ceremonias ese viernes, y si quería acompañarlo, mi respuesta, a pesar del malestar y el cansancio de la jornada, fue un rotundo sí.

Emprendimos entonces la aventura, primero a comprar algunos insumos que faltaban como los mapachos y el agua de florida para Yoel e Ismael, los jóvenes chamanes, que Cecilio había contactado de entre su propia gente; y luego a los previos en la casita, tipo palafito, de Cecilio, ubicada casi a orillas de la laguna (o cocha) Yarina en el distrito de Yarinacocha. Casi todo estaba listo, y el brebaje había sido ya preparado por él mismo Yoel, chamán principal, como tenía que ser.

Mientras esperábamos que den las 9:00 de la noche, la hora acordada para el inicio, nos enfrascamos en una amena charla. Yo estaba muy curioso por conocer de los jóvenes chamanes, que escapaban del estereotipo del chamán ayahuasquero, individuos más bien mayores, de pocos dientes, con atuendos a la usanza nativa, es decir, mínimo una cushma para recrear un entorno propicio (en siguiente post presentaré detalles de ellos).

Los hechos

Los previos consistieron en un sencillo ritual de entorno al brebaje y los complementos, como lo son el agua de florida y los mapachos, algunos cánticos y rezos, soplidos suaves sobre las manos y sobre los envases que contiene el brebaje. Me recordaron que no debía haber comido nada en las últimas ocho horas por lo menos, cosa que había cumplido, ya con la advertencia de Cecilio. Este, por su parte se había ya acomodado en un petate sobre el suelo de la casa que sería su espacio propio sobre el cual sobrellevaría el viaje al interior más profundo de sí mismo que propiciaría la ayahuasca. Yo también me apoderé de un lugar a la espera de no sabía qué.

La cantidad del brebaje dependía del nivel de exposición que se tiene a la misma, a la apertura de la mente y a la avidez por experimentar de ella, me decía Yoel, quien no recomienda dosis altas, en ningún caso. La cantidad de la poción, en mi caso, fue inferior que para Cecilio e inferior a la que ellos mismos utilizaron.

El sabor, en parte, no me era tan desconocido, por el Chuchuasi, que mi madre tenía de vez en cuando a mano, e incluso de la uña de gato hervida o de la propia Copaíba. Es decir, tenía una reminiscencia a raíces y cortezas de árboles y lianas amazónicas. Era agradable al paladar y, contra lo que me temía, gentil con el estómago.

Luego restaba esperar.

Los chamanes iniciaron sus cánticos acompasados que parecían arrullarnos mientras volábamos fuera de la casita, hacia orillas de la laguna Yarina y más allá, entre los árboles, hacia lo más profundo de la selva amazónica. Las aves que dormitaban protegidas por la penumbra nos miraban adormecidas por la noche y los espíritus, sin comprender qué o quiénes éramos los que vagabundeabamos, irreverentemente, los reinos del Chullachaqui o del Supay.

Repentinamente regresaba a la casita nuevamente y miraba a Cecilio echado sobre su petate, como rezando, con los ojos cerrados sin tener conciencia de dónde realmente estaba. Los chamanes se habían ya transfigurado en deidades y apariciones venidas del corazón de la selva que danzaban con frenesí invocando a las ánimas, de sus abuelos y los abuelos de éstos, e incluso al gran abuelo Shipibo que había sido sembrado, a su petición, de pie, a manera de entierro, luego de su muerte. La penumbra de la casita y los rayos de luna que se filtraban por las rendijas y ventanas, sólo transfiguraban la visión de los chamanes metamorfoseados que por ratos parecía levitar como impulsados por una fuerza inminente.

Ráfagas de imágenes venidas de lo más profundas del subconsciente pugnaban por aparecerse. Eran recuerdos y hechos oscuros alojados precariamente donde no podrían hacerme daño, pero que a la sazón se habían corporeizado para aparecer frente a mis ojos cerrados por el temor de verlos cara a cara, incluso, en una lucha constante por tomar control de la situación.

Entonces se producía la lucha por racionalizar las apariciones, dotándolas de un sentido práctico de hechos fenecidos sin influencia real en mi vida. Podría levantar mis brazos, mis manos y hacerlas a un lado como quien pasa las páginas de un libro y no vuelve más a ellas. Era una decisión propia, que de algún modo me ayudaría a purificar las partes más putrefactas de mi propia subconsciencia.

Los cantos e imposiciones de mano sobre nuestras cabezas, por parte del chamán, ayudaban a darle un sentido ritual a la lucha, un sentido de curación ayudado por las voluntades de los que allí estábamos. Con el transcurso del tiempo la batalla se iba terminando a favor del lado bueno. Los malos espíritus fueron confinados a lugares más profundos esta vez, al lugar donde siempre debían estar. Lo siguiente fueron reminiscencia epicúreas y fruitivas de hechos que no ocurrieron, pero potenciales, que devolvían las buenas vibraciones al cuerpo y a la mente. Una especial agua de florida, ayudaba a hacer más profunda esta última sensación.

El retorno se produjo de manera abrupta como un torrente incontenible que se iniciaba en mi estómago. La sustancia física, el líquido ingerido de ayahuasca, había estado hurgando también en las impurezas que allí se habían reciclado, enviando al destierro a toda la impureza del día y de las semanas, acumuladas sin haber sido objetos del proceso digestivo. Entonces vomité todo lo que tenía y la sensación de desinfección fue total. El cansancio del día, el vértigo del exceso de grasa, el incipiente dolor de cabeza, y todo lo mucho y lo poco que repercutía sobre mi estado físico desparecieron completamente con los retortijones.

Y ellos siempre estaban allí, acompañando, ayudando en este trance, en este corto viaje, en esta incomparable experiencia.

Pasaron varias horas, y la madrugada nos encontró en una plática oscura. Pude grabar algunas de las conversaciones. Al finalizar Yoel me dijo, que había visto que yo necesitaría más sesiones, que mi proceso de curación no había terminado. Me prometí a mi mismo regresar con los hermanos Shipibos y terminar con seriedad lo que había empezado como simple curiosidad.

miércoles, febrero 25, 2009

Por las calles de Martín y Alejandra

Aunque nunca había estado realmente en Buenos Aires, cada vez que escucho sobre esta ciudad, vienen a mi mente El Obelisco, la Plaza de Mayo, la Editorial Columba, el Parque Lezama y el Edificio T. El Parque Lezama, donde, cerca de la estatua de Ceres, Martin es descubierto por Alejandra y el edificio T, al que ingresa Maria Iribarne, seguida por Juan Pablo Castel*.
Así que en la tarde del 21 de febrero de 2009 que me encontró libre y sin plata** en esta añeja ciudad, decidí buscar estos últimos lugares. Mi hotel estaba entre la Av. Callao y Corrientes a pocas cuadras del Obelisco y la famosa Av. 9 de Julio.

Empujado entonces por lo inevitable inicié mi andar por las calles de Buenos Aires, probablemente las menos “modernas”. Caminé primero dos cuadras sobre Corrientes, hacia la calle Montevideo, donde habría librerías regentadas varias de ellas por viejos de cabellos canos y lentes gruesos, y que vendían, cómo no, libros y revistas de segunda mano, muchísimas de ellas de manufactura argentina.

Todos ellos se me antojaban Sábatos o Robin Woods a los que se me ocurría preguntar, presuponiendo que lo sabían todo, si podían decirme donde encontrar o si tenían las viejas revistas de la mítica Editorial Columba, aquellas que leía de niño en Puerto Maldonado con el mismo sopor de los 36º C, aquellas que sigo leyendo entrecortadamente de la ruma de ediciones viejas que había encontrado y comprado ávidamente en ese emporio de la edición usada que es el Jr. Amazonas del centro de Lima.

Sí, claro que sabían de la editorial Columba, que había sido fundada en los 50s y cerrado en los 90s, conjuntamente con otras editoriales del boom de la industria editorial Argentina, que vendían sus revistas a toda Latinoamérica, que Wood en realidad era Paraguayo, que luego emigró a Italia, que habían intentado hacer reediciones de nuevos formatos de Nippur, de Dago y de Gilgamesh el Inmortal. Que esto no había sido suficiente. Y así fue, por que como, casi todo en Buenos Aires, había pasado a ser un elemento más de la historia de este país, la de un pasado promisorio y la de un presente que vive de los remanentes o de la resaca de ese pasado. Por que excepto el futbol, todo lo demás parece pertenecer a otros tiempos, mejores, de esta entrañable ciudad que hierve historia pero que a la vez a dejado que sangre venosa fluya en sus calles, al igual que muchísimasde Lima.

Un amigo me había dicho que Buenos Aires era como “una ciudad de Europa” y quizás en el sentido de lugar donde se respira historia sí lo fuera. Es decir una ciudad con harto trajín en sus calles, en su arquitectura, aunque en este caso se refiriese a historia de menos de un siglo, la de ascensión y caída de la que alguna vez fue, y que desistió, no sabemos hasta cuándo, de seguir siendo, el faro económico y cultural de América del Sur.

Con todo, abrumado por el sopor del verano, no cejé en mi intento de llegar al Parque Lezama. Quería sentarme sobre la banca donde Martín era observado por Alejandra, sólo por el gusto de imaginar y sentir esa inquietud sobre mi nuca y ese arrebato de emociones que caracterizó su tormentosa relación que acabó con la trágica muerte de Alejandra, consumida por el fuego que la había liberado de esos sus demonios. Sin embargo, no pude lograrlo, por carencia de fondos y por que en realidad era muy lejos y el tiempo ya se me estaba agotando, y además por el temor de perderme en el tráfago de esta larga ciudad. Mi consuelo fue entonces cualquier parque, por que todos, grandes o pequeños lucían árboles largos y frondosos y bancas que parecían centenarios, todos matizados por un manto verde de hierba y flores. Cualquiera de ellos, congelados en el tiempo, me sabría al viejo parque Lezama, que no llegué a visitar, al de Martín y Alejandra.

Ninguno se parecía sin embargo a la arboleda y jardines de la Pontifica Universidad Católica del Perú (PUCP), que años atrás, en un arrebato de locura, me había llevado a “encontrar” a María Iribarne en los vericuetos de la Universidad, y curiosamente, convencer a mi compañero y amigo Marco, menos cuerdo que yo aún, de que ella existía en la PUCP transfigurada en una joven de piel de miel y de cabellos ondeados, que aparecía y desaparecía de entre nosotros, como alumna libre, en la clase de Realidad Social Peruana.

Por suerte, pude tropezar en mi torpe caminar con algunos de estos parques en mi andar por las Av. 9 de Julio, Arenales y Callao, llegando a experimentar, a sentir, en el sentido de Martín, perturbadoramente, las intensas emociones que avivaron su mediocre vivir. No las de Juan Pablo Castel. No se por qué no pensé mucho en él ni en la María Iribarne de mis novelas de Letras de la Católica, aunque debo señalar que cualquiera de los incontables edificios cúbicos podría ser el Edificio T.

Teoría extraña
El taxista que me llevó a Ezeiza, esbozó una teoría curiosa sobre la crisis económica mundial: que ésta había sido creada por los gringos para hundir a los países subdesarrollados, debilitarlos y luego así expoliarlos con mejor posición. Que todo en realidad era parte de una estrategia de dominación mundial, a través de la cual, los países pobres se volverían más vulnerables a la ferocidad de los ricos.

*Martín, Alejandra, Juan Pablo Castel y Maria Iribarne son personajes de la ficción de Ernesto Sábato, de las novelas Sobre Héroes y Tumbas y El Túnel.

**Por una desatención típica de mi mismo, no había chequeado la tarjeta de crédito antes de salir de Lima y no estaba operativa. Esto limitó mi libertad de movimientos puesto que el efectivo que había llevado se había rápidamente reducido a 40 dólares y 15 pesos que con suerte alcanzaría para mi taxi al aeropuerto y el impuesto de salida en Ezeiza, principal aeropuerto de Argentina. Por ello, sólo me quedó caminar.

Nota. Este viaje de apenas día y medio a Bs As, fue atendiendo una invitación del Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (CIPPEC), para comentar entorno al buen puntaje obtenido por el Perú en reciente evaluación internacional en materia de transparencia presupuestaria.