sábado, junio 16, 2007

En visita corta a Tokyo

Una noche en La Boom, la Discoteca de Marco “Muleta”
La Boom es la discoteca que nuestro querido amigo Marco Del Aguila o “Muleta” para los que lo conocen de mucho atrás (al centro en la foto). Está ubicada en la zona de mayor actividad nocturna de Fussa y conjuntamente con el Bar “Hang Out” conforman las puntas de lanza de su arremetida empresarial. Llegado a esas tierras a principios de los 90s, casado casi recién bajado del avión con Naoko, dulce y super amable japonesa, Marco tuvo un acelerado proceso de adaptación al ritmo de vida de este lejano país y al idioma. Pero, sobre todo, a las escasas, pero existentes, ventanas de oportunidad para escapar de una vida interminable de asalariado y jornalero y ponerse en el camino de pequeño capitalista.

Fussa, es una pequeña ciudad al oeste del centro de Tokyo-Japón, con no más de 70 mil habitantes y una densidad poblacional entre las más altas de país (6 mil habitantes por Km2 ) alberga una importante comunidad de extranjeros, mayormente filipinos, brasileños y peruanos. Cada fin de semana, estos salen en estampida en busca de oxígeno, huyendo del justificado estrés de la exigencia y productividad japonesa. Y mayormente, acuden a La Boom. La noche empieza muy tarde el sábado y el día hace lo propio el domingo. “Así es siempre” me dice Daguer, también paisano madrediosense, “la discoteca se llena recién a las 2 am, pero la gente no para de bailar hasta por lo menos las 8 am”. “A veces incluso tengo que apagar la música para que se vayan” enfatiza Marco. Efectivamente, la noche empezó tarde y parecía que nunca terminaba, por que sólo traspasando la puerta podía uno reconocer que el sol del oriente estaba ya en la mitad de la mañana.

El desenfado y desenfreno son la norma en la disco. No puedo imaginarme a estos mismos muchachos, y otros no tan muchachos, con este mismo ímpetu en sus países de orígenes. Se me ocurre, que en éstos, a excepción de los gringos, serían más recatados y cautelosos para la danza pegajosa y sensual, para el contacto fruitivo y directo de un reggaeton o de un hip hop. Quizás sí, pero no dejo de pensar que no sólo han venido muy lejos para desplegar toda su capacidad para producir en el engranaje de la economía, si no, para desinhibir de una vez por todas y sin testigos, por que todos aquí son lo mismo, la energía arrebatadora de la pasión y el éxtasis de los sentidos. Esa noche sí hubo un testigo de la algaraza hecha posible por Marco y por La Boom. Pero, en realidad, no es necesario entrar en mayores detalles.

Curiosidades japonesas
Es curioso, pero en el país de la modernidad absoluta, aún muchísima gente defeca en cuclillas. ¿Paradoja? No. En muchos lugares públicos, incluyendo Centros Comerciales, Zonas Turísticas, entre otros, los inodoros, no son necesariamente las típicas tazas, sino más bien el ancestral agujero en el suelo, con conexión de desagüe, evidentemente. Eso sí, con su toque de sofisticación elemental en el material y acabados mínimos exigibles por el ciudadano globalizado. La única explicación de este fenómeno, me la dio Chileko (Jorge Fernandez Fukumoto), excelente amigo madrediosense y anfitrión radicado en Japón por más de quince años: “Los japoneses son muy pulcros y muchos todavía consideran que sentarse en una taza en la que alguien más se pudo haber sentado, es antihigiénico”. No por esto se puede generalizar. En realidad, en la mayoría de hogares y en los hoteles, se usa el típico excusado, con la sutil diferencia de su sello japonés: ¡son electrónicos!

Los inodoros electrónicos integran las funciones convencionales de la taza y la del bidet, con agregados claves: la temperatura de la taza está regulada para no incomodar al urgido usuario (está siempre calientita) y los controles electrónicos adosados a un brazuelo al costado derecho de la taza, proveen chorros tibios y regulados de agua en las partes más intimas y sensibles del cuerpo humano. Esta exquisitez es aun privilegio de este país, y pese a los esfuerzos de TOTO, la principal empresa productora y distribuidora, aún no logra penetrar en medidas razonables, ni en el mercado americano ni en el Europeo, y es ocioso decirlo, muchísimo menos en el sudamericano.

Es difícil aprehender la vida en Japón con tan solo una semana de permanencia. Sin embargo, sí se puede percibir el estrés de la gente. De los propios japoneses y por cierto de los inmigrantes peruanos. Las jornadas laborales en Tokyo, ya sea en las oficinas administrativas privadas y en las gubernamentales son interminables. El contacto por correo con un ex compañero japonés de la maestría, se dio, por parte suya, muy tarde por las noches y algunas veces en madrugadas de insomnio en sus oficinas del Ministerio de Hacienda Japonés. Los inmigrantes peruanos, tienen jornadas agotadoras de más de ocho horas diarias, y la mayoría de ellos, aprovecha sus espacios libres, entre turnos y en fines de semana, para hacer “arbaito” o “arubaito”, palabra derivada del alemán “arbeiten”. El arbaito es una modalidad de trabajo temporal (por horas) en firmas que requieren de jornadas extras de producción, por crecimiento impredecible de las demandas de sus productos, o por escasez de mano de obra permanente.

Con la complicidad de Marco, Contratista formalmente reconocido, pugnaz empresario y por supuesto, entrañable amigo madrediosense que me acogió en la calidez de su hogar, pude acceder a dos factorías en calidad de visitante curioso, con la excusa de ser “periodista de Perú”. En una de ellas se fabricaba compartimentos de cocinas de avión (en verdad nunca entendí muy bien esto) y en otra, comidas precocidas. Desafortunadamente no fue mucho el tiempo que pude permanecer, pero mi primera impresión era todos no hacían más que trabajar en el trabajo. Con este trabalenguas, lo que quiero decir es que, al parecer, todos los operarios están siempre muy concentrados en lo que hacen, no se distraen, apenas sí se miran y menos bromean durante las horas de trabajo, a pesar de su juventud y cercanía física. Esto fue casi confirmado por una señora de Lima, la única alegre que conocí, que hacía arbaito en la fábrica de alimentos precocidos…

Quizás no sea tristeza, la palabra que refleje el sentimiento del migrante peruano en Japón. Pero, tengo que arriesgar una opinión por que tal percepción fue repetitiva en mis varios encuentros con nuestros esforzados compatriotas. Quizás sea nostalgia, desazón o incertidumbre por que lo que pensaron temporal viró en interminable. Quién sabe. Lo que sí es incuestionablemente cierto es que allá son capaces de producir en ingresos hasta más de diez veces lo que podrían haber hecho en similar período en el Perú. Y eso es suficiente justificación.

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