sábado, septiembre 29, 2007

Crónica de viaje a Madre de Dios en 1997 (Sección III)

Esta es una crónica escrita en 1997, sobre un viaje que con dos amigos de Lima hicimos a Puerto Maldonado, Brasileia-Cobija y Rio Branco. Es un poco larga, asi que la colgaré en partes, semanalmente. Esta es la tercera sección. En algunos momentos se mencionan personas de la vida real, pero algunas circunstancias y hechos (los de tipo "históricos") que se señalan, no se ajustan, necesariamente, en 100% a la realidad. Al menos no podría probarlo.


30/08/97
El día 30 de agosto de 1997 zarpamos rumbo a Boca Inambari, territorio de los “cazadores solitarios”, los Amarakaeri. 70 años atrás mis abuelos hacían esta misma travesía con destino al Chaspa, una remota zona aurífera, ubicada casi en las nacientes de los ríos de la cuenca del Madre de Dios, donde el oro, a decir de la abuela Juana, que aún rememora esas jornadas, era recogido en charpas de los lechos de las quebradas. Nosotros partimos desde Laberinto, asentamiento intermedio, de fugaces buscadores de oro, ubicado a 50km. de Puerto, convertido en un poblado permanente, plagado de cantinas, compradores de oro, prostitutas y todo aquello propenso al dinero fácil.

De repente ya nos encontramos surcando en una canoa sobre un río de aguas marrones. Es el Inambari, tributario del Madre de Dios. Sebastián y Frank se ven imperturbables y, de no ser por que esa mirada de ensoñación, diría presienten que de caerse serán engullidos por la yacumama. Hace unos minutos estábamos sobre el Madre de Dios cuya diferencia con el Inambari es notoria. Sobre un fondo indefinido, se percibe un lecho arenoso, el agua es plateada y, por momentos surgen los ráudos lomos de una mijanada. Es su temporada y de no ser por que aún conservo el atavismo aquel de temor-respeto por el río, me abandonaría a nadar aguas arriba, allá donde desova la mijanada.

Inambarillo (Lago o Cocha, donde pasamos una noche)
Un vientecillo frío invade las partes bajas de los árboles; la tangarana y la isula se han refugiado en los restos del pashaco tumbado nadie sabe por quién, ni para qué hace mucho tiempo. La leña seca de nuestra fogata revienta esporádicamente y algunos suspiros se dejan escuchar. Algunos fumamos. Por ratos me sobrecoge la sensación de millones de ojos, oídos y olfatos, allá donde la tenue luz de nuestra fogata muere y dónde se esconde un mundo desconocido. Recuerdo las historias de duendes y demonios, del Supay, amo y señor de la oscuridad amazónica. Por suerte, el cielo está estrellado y hay claridad por encima del techo alto de árboles. De haber sido una noche cerrada, la oscuridad sería total, no habría estrellas y sin dudar, nos estaría acosando un lejano alarido, maléfica señal del gran Supay, que enturbia la razón y arrastra a los hombres hacia lo más profundo de esta selva, de donde no regresan jamás. (Sangama: Arturo D. Hernandez. Iquitos).

Esta mañana, Sebastián se levantó muy temprano y se fue a caminar por las orillas del lago Inambarillo, que es como también se llama esta pequeña comunidad de campesinos pescadores (colonos) mestizos. Anoche tuvimos una “reunión” con los técnicos enfermeros del Ministerio de Salud establecidos aquí. El Maestro de la comunidad nos permitió dormir en la escuela y es allí donde improvisamos nuestro campamento. Una de las enfermeras vino con nosotros desde Amarakaeri, la comunicad de Héctor, a despedirse de la gente de Inambarilllo y a pasar un buen rato con nosotros. La veo arrebolada, quizás por el adios, pero me inclino a pensar por el contacto con personas de la ciudad, luego de tanto tiempo. Felicho, el técnico enfermero, es un viejo amigo mío, promoción de colegio, es un sujeto jovial, sencillo y muy espontáneo por lo que sé hará las delicias de Sebastián, a quien ya vi bastante sorprendido por la fresca e irreverentemente genuina personalidad de mis amigos de Puerto.

El punto de reunión fue el patio de la escuela, el Maestro ha prendido el generador eléctrico de la comunidad sólo para que podamos escuchar un poco de música. Las dos enfermeras se ríen mucho y de cualquier cosa que habla Felicho, tan gracioso como siempre. Habla de sus experiencias en todas la comunidades donde ha trabajado, habla de boas y lagartos míticos, que no pocos campesinos y nativos viejos le han contado haber visto en los lechos de los ríos en las orillas de las cochas más remotas…animales fantásticos casi antediluvianos, que habrían subsistido gracias a la ausencia del hombre. No dudo, que mucho también le agrega la imaginación amazónica de Felicho.

Tarzán (la imagen es una foto de la imagen "Alias Tarzán" que figura en "Hijos de nuestra Tierra - Felipe Lettersten)

Supe de él como un personaje de fábula. La mirada solemne y de respeto con que Héctor nos habló de su existencia, hacía vagabundear mi imaginación. Ficticio o real, supe desde esa vez que debía conocerlo. Era Tarzán, anciano líder de los Amarakaeri. Nadie sabía quién ni cómo le había puesto el sobrenombre, pero la razón de la misma era evidente. Sin dudar, los primeros visitantes de estas tierras, allá por los años 50 se sorprendían al ver a ese jóven alto y musculoso, conocedor en exceso de los secretos de la jungla. Héctor nos guía a su choza y se adelanta para anunciarles de nuestra visita, a la comunidad y en particular a él. Hace un par de años un famoso escultor peruano (Lettersten) ha estado de visita y les ha hecho moldes a muchos en la comunidad que han devenido en esculturas que hasta hoy se exhiben en Lima.

Tarzán fue el favorito del artista. Nos detenemos con cautela a algunos metros de donde murmuran frases inintelegibles a nuestros oídos profanos. Sus bocas emiten sonidos guturales bien articulados; es la lengua Harambuk, una de las principales familias linguísticas de los indígenas de Madre de Dios. Aparentemente decide recibirnos y se nos acerca portentoso ante nuestra esmirriada humanidad. Nos había contado Héctor que Tarzán “se fuma” para mantener erguido sus músculos. Mientras habla, Héctor va traduciendo con fluidez lo que nos dice. Nos da la bienvenida. Nos estaba esperando. Ya sabía que habíamos venido a la comunidad. Héctor nos mira impaciente y nos alienta a decirle algo “a él le gusta que le hablen”. En verdad, él juega con nosotros, conciente del efecto que tiene su personalidad y su soberbio conocimiento de la selva, de sus espíritus, de los malos y de los buenos. Todos en la comunidad “saben” que él es un espíritu más de la selva, que su forma humana es transitoria e intercambiable en las noches, a su antojo. - Así es - asiente con seguridad Héctor – él, en muchas noches toma la forma de algún animal y sale a caminar hasta lo más profundo. Allí conversa con los espíritus, sobre el pasado de su comunidad y de la selva, y sobre el futuro de su gente, le han dicho incluso cuándo los dejará y se unirá a ellos por siempre. Pero, Tarzán, no nos quiere hablar sobre ello, sólo bromea, sobre el tiempo que le han dado, cuatro días, cuatro meses, cuatro años. Yo pienso que han sido cuatro centurias.

Aunque no se las formulé, muchas preguntas que tenía para Tarzán se quedaron en mi cabeza. ¿Es verdad que hablas con los espíritus? ¿Has hecho algún trato con ellos? ¿Qué piensan de tí, de tu comunidad y de toda la gente extraña que ha empezado a tomar por asalto a la selva, sus animales y a su gente?¿Quiénes hablan con esos espíritus, sólo tú, o los demás ancianos que vimos en las cabañas también? ¿Existe un Espíritu de la Selva? ¿es malo? ¿Qué es la maldad? ¿Qué piensas tú de lo que ocurre actualmente, de tu gente, de Héctor? ¿Tus niños deben ser como Héctor?......dime Tarzán. ¿Qué será de tu gente, de tu comunidad, de tus danzas, de los cazadores, de la caza...? ¿Qué pasará cuando mueras? ¿Quién conducirá espiritualmente a tu pueblo?.

Tarzán es el líder tradicional de esta comunidad, existe una junta directiva, existe un Presidente de la Comunidad, existe una pequeña red de poder. El líder tradicional, no sabe leer la escritura, ni escribir con tinta. Pero lee y escribe en la mente de los nuevos como Héctor.
-Tú sabes de mí, tu sabes de nosotros -me dice-, me agarra la cara y me mira inquisitivo con sus ojos pequeños, y los desvía hacia el fondo de la choza, donde mora solo, sin mujeres, sin hijos. En realidad, todos allí son sus hijos. Sólo atino a pensar -Volveré Tarzán- volveré algún día, y quizás ya no te encuentre, pero espero que sí las respuestas a muchas preguntas que aún hasta hoy, y seguro en muchos años, estará correteándome, jugueteando con mi limitada capacidad de respuesta.

-Gracias, gracias por preocuparte por nosotros- dice Tarzán, mientras camina

Y a mi me queda la incertidumbre de por qué exactamente dijo eso.

La noche en Inambarillo es como lo esperaba. Felicho y una de las enfermeras regresan, blandiendo entusiastas, seis botellas pequeñas de cerveza. No están muy frías pero eso no importa. La conversación gira en torno al trabajo de ellos, lo solos que pueden sentirse en ese trabajo, Puerto Maldonado realmente les hace mucha falta. La enfermerita que vino con nosotros de Amarakaeri está muy rosadita se sonríe más que antes y sus ojos brillan en respuesta a las estrellas de la noche de Inambarillo. Las horas pasan y han aparecido más cervezas. Sebastián decide ir a acostarse, la velada está muy divertida. Sobre la hierba húmeda por el sereno improvisamos una pista de baile, la enfermerita se pega profundamente cuando baila. Trae puesto un polo blanco ajustado por la presión de sus partes, las principales, las que entran en contacto cuando bailamos son dos grandes frutas maduras, listas y deseosas de ser cogidas. Para mi sorpresa, Frank, usualmente recatado y poco audaz, haciendo gala de una osadía nunca transparentada, ha hecho los mayores avances. Fue allí cuando supe que la noche con la enfermerita ansiosa de Inambarillo nunca sería mía.

Antes de partir de Inambarillo, salimos de pesca al lago. Un dirigente de la comunidad nos presta la red y salimos con algunos niños, expertos pescadores, a darle una vuelta al lago con nuestro deslizador. En menos de media hora estamos de vuelta con un buen número de carachamas, doncellas, boquichicos y yawarachas que una de las señoras nos prepara para el desayuno. Luego, partimos. No permanecimos mucho tiempo en Inambarillo pero cierta nostalgia ya nos invade. La casa donde nos prepararon el desayuno y la adyacente está plagada de niños. Nos miran con curiosidad y con una curiosidad adicional a Sebastián, quien es el “gringo” del grupo. Conocemos a Bastonín, pequeño rapaz de ojos redondos y serenidad senil. En ningún momento demuestra la gran curiosidad que siente por nosotros y espera pacientemente a que nos acerquemos a él, cosa que hacemos manipulados totalmente por tamaña personalidad.

-Vamos- dice Héctor. Nuestra visita a Inambarillo ha terminado.

sábado, septiembre 22, 2007

Crónica de viaje a Madre de Dios en 1997 (Sección II)

Me habían dicho que Puerto ya no es la ciudad de antes. Por una pista asfaltada nos dirigimos en un “motokar” hacia ella. La primera impresión, después de que el sopor nos ha tomado por asalto, es la de nostalgia. Las casitas desparramadas a lo largo de la pista, son las mismas y sólo ha cambiado las consignas y pintas que adornan sus fachadas. Aquí como en cualquier ciudad del Perú, las paredes de las casas son el mejor lugar para promocionar candidatos a cualquier cosa. Ya estamos entrando a la avenida Dos de Mayo, que nos guiará hasta la parte céntrica de esta pequeña pero inquieta ciudad. Según el último censo, Puerto Maldonado cuenta con 45 mil habitantes

La avenida Dos de Mayo está llena de motos que van y vienen por sus dos carriles, la mayoría de los conductores llevan gorros por lo que deduzco son mototaxistas. Avanzamos algunas cuadras y caigo en la certidumbre de que las calles están llenas de ellos. Los veo por todos lados van y vienen por las arterias, troncos erguidos, manejando con la rigidez del que recién aprendió a conducir una motocicleta.

Llegamos a mi casa, en la calle González Prada, tiene el aspecto de la antigüedad. De hecho, la primera y segunda cuadra de la González Prada, junto con las calles colindantes con la plaza de Armas son las más antiguas de esta joven ciudad. Hubo un tiempo en que todos se conocían, las calles no eran tales y más bien estrechos senderos, que comunicaban a las familias. Maldonado era una ciudad lejana, fundada como puerto de tránsito para los legendarios caucheros que recorrieron todos los ríos en sus grandes lanchas, sembrando “fundos”, esclavizando indios en una de las actividades extractivas que repitió, sin duda, la experiencia de la conquista española 400 años atrás. Los primeros habitantes fueron los desempleados de los Barones del Caucho, aventureros, llegados en su mayoría de Iquitos y Arequipa, pero también habían Bolivianos y Brasileños, países donde la extracción del látex marcó parte de su historia.

Pero hoy, Maldonado ya no es ese ¿recuerdo? bucólico, es un pequeño engendro comercial a la vez que centro administrativo del departamento. Las calles bullentes, reflejan una nueva dinámica marcada básicamente por un sólido contingente de nuevos migrantes; esta vez, mayormente puneños, apurimeños y cusqueños. Los primeros de ellos ya tienen precedentes en la historia del departamento, son hábiles comerciantes, vendedores de productos de alta rotación y elevado margen, tras largos años de vida austera solían regresar a su tierra por algunos días. Según dicen, allá gastaban en una fiesta patronal (que abundan en la sierra) lo que acá ganaban en un año, ostentando riquezas de fantasía, proveniente de un reyno en donde el oro aún brillaba sobre el fondo de las quebradas. El otrora poderoso Mayorga, es uno de estos personajes de fábula. Hacia comienzos de la década del 30 surcaba el Madre de Dios, hacia la desembocadura del Inambari donde río arriba, se encontraban desperdigados, los campamentos de aventureros, nuevos migrante o hijos de la migración cauchera, todos extractores artesanales de oro. En esos tiempos, las aguas cristalinas y las raíces del “oreja de elefante” ocultaban, “charpas” de oro, pepitas del metal en un nivel elevado de pureza. Como las distancias en tiempo eran enormes, los hombres se trasladaban allá con mujeres e hijos, se asentaban a la orilla de los ríos, construían sus cabañas y, mientras las mujeres cuidaban de los hijos y de pequeñas chacras, ellos extraían el metal, preferentemente en las playas de arenas oscuras, donde el oro andaba desparramado, oculto en las finas partículas de la grava aurífera.

El Sr. Mayorga, subía mensualmente, con una lancha atiborrada de víveres, yendo de puerto en puerto, visitando cabañas e intercambiando su preciada mercancía por las latitas o botellas, repletas de pepitas y arenilla de oro. La vida entonces, repetía el ciclo del ir y venir de Mayorga.

Hoy es 27 de julio de 1997 y desde ayer hay fiesta en esta ciudad. Mañana es el aniversario patrio, las casas lucen embanderadas y un halo de peruanidad se respira en las calles. Cuando niño, la emoción del regalo, de la ropa nueva y los juegos de ferias itinerantes, con sus carpas multicolores que invadían la plaza de armas eran la motivación. De adolescente, la oportunidad de ver a las niñas, caminando coquetas, muchas vueltas alrededor de la plaza y entre la multitud de la feria, mirándonos sin mirar. Tenían más permiso y se podían quedar en la plaza hasta más de las 8 de la noche. Qué angustia entonces, verlas venir en sentido contrario, por la misma acera.

Al llegar a casa, nos ponemos “cortos”, como decía mi papá, Frank ha sido capturado por su familia (su madre es natural de esta tierra) y sólo sobrevive conmigo Sebastián, compañero de trabajo, peruano-argentino e impenetrable personaje, aventurero por elección que mantuvo imperturbable su propósito de venir a estas tierras. Es mi deseo que su estancia cubra sus más insondables expectativas (tiempo después sabría que eso y más había ocurrido).

Héctor es el nombre de un amigo y compañero de estudios en el Billingurst. Es un tipo alto y corpulento, a veces tan bonachón, a veces tan desconfiado. Fue arrancado de su comunidad Amarkaeri desde los 14 años y llevado a culminar sus estudios secundarios en Puerto, como parte de un proyecto de alguna ONG. Sufrió como muchos la segregación racial y cultural, esa vieja infección que marca las relaciones sociales en el Perú. Su pertinacia e inteligencia, lo llevarían luego a Lima, donde como estudiante de Sociología en la Universidad San Marcos, mantuvo siempre el contacto conmigo. Por suerte, pude ubicarlo antes de viajar, incluso hoy llegamos juntos a Puerto, tanto Frank como Sebastián están al tanto de él y ya planificamos una visita a su comunidad.

domingo, septiembre 16, 2007

Crónica de Viaje a Madre de Dios en 1997 (Seccion I)

Esta es una crónica escrita en 1997, sobre un viaje que con dos amigos de Lima hicimos a Puerto Maldonado, Brasileia-Cobija y Rio Branco. Es un poco larga, asi que la colgaré en partes, semanalmente. En algunos momentos se mencionan personas de la vida real, pero algunas circunstancias y hechos (los de tipo "históricos") que se señalan, no se ajustan, necesariamente, en 100% a la realidad. Al menos no podría probarlo.


26/07/97: 5:30a.m.
El vuelo hacia Puerto Maldonado hace escala en Cusco y sale repleto desde la ciudad de Lima. No existe mayor algarabía en los viajeros y más bien se percibe una tenue pasividad en los rostros colorados de los turistas extranjeros. Como es temporada de fiestas, la demanda de pasajes hacia la ciudad del Cusco es elevadísima, las agencias vendedoras de pasajes han elevado sus precios y un oscuro tráfico de cupos se impone en la venta de boletos con ese destino. Alertados por esto, acordamos aguardar desde muy temprano el chequeo de los boletos. Sin duda, después de haber planeado este viaje durante tanto tiempo, sería tonto perder más de un día por no tomar esta simple precaución.

Mientras volamos se observa los graduales cambios en la geografía peruana. Ascendemos desde una costa árida de color crema que se va tornando marrón conforme avanzamos con dirección a la cordillera. Los contrafuertes andinos parecen guardianes de infinitos secretos. Estamos ya sobre las partes mas altas y el rumbo este-oeste inicial de los ríos y quebradas se torna incierto. Sólo unos minutos después nos percatamos de que el nuevo rumbo de las quebradas es oeste-este. Sin duda estamos ya en la vertiente oriental de los andes. Es aquí donde nacen los grandes ríos que le dan su razón de ser a la selva amazónica. Por momentos los delgados hilos parecen desaparecer engullidos por los cerros, pero no es así, estas delgadas corrientes de agua han desafiado y vencido la resistencia de las grandes montañas formando cañones de insospechada profundidad a lo largo de la columna vertebral de América del Sur.

Empezamos a descender y no puedo evitar una sensación de escalofrío. Pese a haber hecho esta ruta muchas veces, el temor que significa el aterrizaje en el aeropuerto de Cusco siempre está presente. Con el descenso, las montañas empiezan a cobrar nuevas formas. La visión de alfombra arrugada que tenía inicialmente va cediendo a la de gigantescos guardianes. Mientras el avión toma la posición adecuada, eludiendo a los guardianes, estos parecen contemplarnos con escaso interés.

El vuelo y el aterrizaje en Cusco ha sido normal y la mayoría de los pasajeros descienden allí. Pensé que el vuelo hacia Puerto Maldonado estaría menos repleto pero no. Un tropel de entusiastas turistas invaden los pasillos del Boeing 727 con destino hacia una de las últimas áreas del planeta con selvas vírgenes.

Por momentos observo los rostros de mis compañeros, tratando de comprobar con satisfacción lo sorprendido que están con el inmenso manto verde. Para mi decepción, sus rostros, hace mucho que están imperturbables. Parece que conocieran desde siempre esta visión de la selva. El horizonte se presenta infinito y no me cuesta mucho imaginar cuanta vida discurre en la superficie. Se me ocurre que los millares de ojillos de allí abajo están ya acostumbrados con el vuelo del avión.

La Amazonía es un gran llano que ofrece tranquilidad al cielo, conforme nuestro avión desciende, las copas de los árboles se muestran voluptuosas. Miles de recuerdos se agolpan en mi mente, de la niñez, de la infancia. Ahí anduve, correteando descalzo en las cochas, persiguiendo a las unchalas, soportando las dormilonas. La selva era entonces, una compañera tan pródiga como protectora. Fueron innumerables las veces que enfrentamos sus riesgos, en las cochas y en el río. Fugazmente soy ya adolescente, y los recuerdos que irrumpen sin preguntar…los amigos, las muchachas, el ambiente distendido el, aroma de fiesta interminable, las calles polvorientas del verano, la esquina de Gonzales Prada y Arequipa. No había tenido muchas noticias de mis amigos de la promo, del barrio, ni de las chicas en mucho tiempo.

Un golpe seco como el frenazo imprevisto de un auto, me despierta del ensueño. Acabamos de posarnos sobre la amplia pista del aeropuerto de Puerto Maldonado. Ya me imagino los rostros abigarrados de las personas sobre el cerco que protege la rampa principal. ¡Por ahí andará alguno de mis hermanos!.

La estación del aeropuerto fue recientemente inaugurada y presenta un aspecto de modernidad que contrasta con la densa floresta de sus alrededores. Los techos son altos y en la entrada hay un pasillo artificial formado por algunas enfermeras, una de ellas muy robusta que a empellones nos lleva a “pasar vacuna”. Las selvas cálidas y húmedas esconden cantidades de infecciones y fiebres. Los portadores de las tragedias son los frágiles zancudos que como una amenaza gris se cernirán sobre nuestras cabezas. No creo que hagan distinción entre forasteros y lugareños. Yo no paso vacuna pues de entre mis documentos extraje una tarjeta de vacunación, válida para diez años. Se la muestro a la robusta y con una mueca de frustración me suelta el brazo.

En la entrada principal hay una pequeña multitud, de taxistas, guías de turistas y algunos despistados. Logro reconocer algunos rostros, todos bronceados por la intensidad del sol. Salimos con nuestro equipaje y un avalancha de rostros cetrinos, no del tipo amazónico, nos ofrece raudamente sus servicios ¡taxi! ¡taxi!. Nuestra inicial desconfianza desaparece cuando comprobamos que la tarifa hasta Puerto (distante a 7 kilómetros del aeropuerto) son, según mi hermano, las adecuadas.