miércoles, diciembre 10, 2008

Crónica breve de viaje a Berlin y Frankfurt



Durante diez días a partir de la tercera semana de noviembre, tuve la excelente oportunidad de una estancia en Alemania. Aquí algunas notas sobre este viaje.

Berlin

Presumo que Berlín no es una típica ciudad europea. En la práctica es difícil que lo sea una ciudad que ha sido reconstruida casi de la nada, luego de la segunda guerra mundial, proceso que se agudizó luego del fin de la guerra fría. Casi podría afirmarse que no hay vecindario o zona que no tenga un proyecto de construcción en marcha. A diferencia de la intensa Lima, marcada por los modernos edificios de departamentos y condominios privados multifamiliares, allí la nueva infraestructura corresponde en gran medida a espacios públicos como museos, palacios reales en reconstrucción, nuevas sedes de organizaciones, subterráneos para el metro, etc; todas recreando el viejo estilo de antes de la guerra.
La excepción de modernidad lo constituyen lugares, como aquel alrededor del hotel donde nos hospedamos (Grand Hyatt Hotel): Postdamer Platz (se pronuncia platze a secas y no platz) , una antigua zona histórica de la ciudad, totalmente destruida durante la guerra y espacio muerto durante la guerra fría por el que discurría un gran trecho del muro, cortando la gran pampa abandonada.

Por varios años, luego del derrumbe del muro, la deliberación de qué hacer con la zona devino en la construcción de uno de los pocos espacios “modernos” de Berlín, en el sentido del tipo de infraestructuras verticales y de diseños vanguardistas.

Por suerte, nuestra estancia coincidió con el inicio de la feria de navidad, consistente en tiendas, todas de color rojo, al aire libre o “kioscos”, como los llamaríamos nosotros, donde se podía encontrar comidas rápidas a base de embutidos, vinos calientes, pistas de patinaje sobre hielo y rampas para deslizarse sobre nieve. Aunque con más de treinta grados centígrados de diferencia y muchas veces el poder adquisitivo peruano, esta feria de reminiscencias pueblerinas, me hizo pensar en la plaza de Armas de mi pequeña ciudad de Puerto Maldonado, la de cada navidad. Al igual que allí, se instalaba en los alrededores ferias itinerantes de juegos, venta de viandas, y más juegos alrededor de toda la plaza. Entonces todos éramos felices disfrutando del ambiente, de la gente de la compañía, comiendo comidas sencillas de rápida preparación, jugando los juegos en que nunca ganabas y escuchando sin oír realmente las músicas estridentes de los altoparlantes.

Muchos detalles que destacar, como que las noches en los alrededores berlineses son más oscuras de lo que uno esperaba. Al parecer, la penumbra es la norma en esta ciudad, la cual aunada al viento frío, las calles anchas y en algunos casos la cercanía del parque y el bosque, me hacía pensar en los prisioneros de los nazis tratando de escapar, entre las balas, aprovechando las penumbras. Una amiga salvadoreña que conocí me hacía notar que ningún automovilista tocaba el claxon, y en efecto, las calles anchas y largas sólo se hacían sentir por el zumbido de los motores de los carros.

No se si así fue siempre pero el sentido de organización de ciudad era muy evidente. Hay una zona de embajadas (donde están la mayoría), otra zona de museos, otra de edificios del sector público, etc. Quizás la destrucción de la ciudad brindó la oportunidad para la reconstrucción consciente, o quizás no por que hubo una guerra fría. Una vez hubo dos alemanias separadas por un muro y un cerco.

Una impresión rápida, corroborada luego por las lecturas, es que los alemanes no son muy afectos a hablar de la guerra, ni de los nazis o de los judíos. Es casi como un tema tabú. Lo intenté, creo impertinentemente, un par de veces, y sólo recibí desvíos en respuesta, como cuando a uno le quieren hablar de algún tema incómodo no acorde con la norma, en fin. No lo volví a intentar, respetando esa regla no escrita e intentando no ser tan provinciano una vez más.
Hecho anecdótico fue la coincidencia en el mismo hotel de la selección alemana de futbol que jugaba un partido amistoso contra Inglaterra. No fue raro entonces cruzarnos en el lobby o con los jugadores o el cuerpo técnico. De hecho yo me encontré una vez con Miroslav Klose, otra con Bastian Schweinsteiger, estrellas del Bayer Munich y otro jugador muy joven que según los alemanes es la nueva gran promesa del balompié germano. Los colegas africanos eran los más entusiastas por encontrarse con los jugadores e incluso por ir al estadio, cosa que obviamente, no hicimos. Sí pudimos mirar el partido en uno de los restaurantes en una de las tantas cenas bien organizadas, a manera de veladas, por nuestros anfitriones. Perdieron los alemanes en un partido, en verdad, soso.

Aunque no soy amante del nacionalismo, llamó mi atención una foto, en el museo de historia alemana en el que el mapa peruano aparece mutilado en el norte.



De los tres museos que pude visitar recién el sábado 22 de noviembre, una vez finalizado el evento en Berlin, quedé impresionado por el Museo de Pérgamo. Este, contiene ejemplares originales de frisos, pisos, columnas, paredes, muros, todos ciclópeos de las épocas de los griegos, romanos y persas, principalmente. Resulta difícil de entender cómo es que los alemanes cargaron con todas esas piezas, hace más de cien años.

El evento al que asistí

Transformation Thinkers Seminar es un evento que se realiza en Berlin, organizada por la Fundación Beltersman y la GTZ (cooperación alemana al desarrollo), cada año desde el 2001. Tiene el objetivo de promover el intercambio de ideas entorno a la gestión del cambio. Cambio ligado a la construcción de la democracia, la economía de mercado y del propio Estado. A este evento se convoca a personas de todo el mundo involucradas en procesos de reforma, es decir, de cambio, en sus respectivos países. En mi caso, mi experiencia profesional promoviendo reformas en materia de gestión presupuestaria del Estado, como el presupuesto participativo y, como no, el presupuesto y la gestión por resultados, presumo, sirvieron de credenciales para ser invitado, a propuesta de la cooperación alemana GTZ.

El seminario, de seis días de duración, estaba preparado básicamente para hacernos interactuar y aprender mutuamente entre los participantes, inquiriéndose por nuestras perspectivas en relación a los diferentes temas de discusión planteados. En algunos casos, se contaba con expertos internacionales para facilitar talleres o para provocar discusiones y compartir enfoques en torno a la gestión del cambio. Independientemente de los contenidos, resulta sumamente gratificante interactuar con gentes, de otras naciones, que también lidian contra la corriente, muchas veces, en la introducción de reformas en sus sociedades y Estados, la mayoría de las cuales nosotros a veces damos por sentado, en nuestro país. Los casos de Syria y Belarus, por ejemplo, que padecen aún de regímenes absolutistas y dictatoriales severos. O los de Egipto y Kuwait que aún no logran consolidar un régimen básico de respeto por las diferencias de género.

En todos los casos, es claro que todos enfrentamos los mismos enemigos: la intolerancia, el temor al rompimiento del status quo y la imposibilidad de admitir, para nuestros fueros internos y, mucho peor para los externos, que podemos estar equivocados, propiciando prácticas desfasadas en un mundo en constante, e inevitable, cambio. Una coincidencia no sorprendente fue que todos los países, que contaban con representantes en el evento, caminaban decididamente por los rumbos de la economía de mercado y buscaban la democracia liberal.

Hecho anecdótico del evento, y a decir de los propios organizadores, “muy alemán”, fue la planificación rígida de los tiempos. Ciertamente, todo estaba cronometrado y, literalmente, saltábamos de sesión en sesión, con una hora para el almuerzo cerca de las 13:00 horas, tipo buffette pero de pie en mesitas altas mientras se seguía argumentado de los temas del taller, para luego retomar a las 14:00 horas, con cortos intervalos para un café y luego a seguir con los talleres, las sesiones de plenarias, hasta dar las 18:30 o 19:30, luego del cual el bus estaba ya esperando para la cena, programada para dos horas o algo más, y el retorno, también programado, por que el bus retornaba exactamente a esa misma hora, usualmente 22:30 horas.

Llegábamos al hotel a poco de las 23:00 horas, absolutamente agotados, más aún por tener que formatear repentinamente el cerebro a pensar y comunicar en inglés. Entonces, sospecho, que como yo, a esa hora la mayoría sólo quería dormir para al día siguiente repetir la misma rutina.

Ciertamente, no había gran tiempo para digerir lo que se estaba viviendo, y compartiendo, conformándonos con asimilar casi como por ósmosis lo poco que se podía. Como se puede inferir, este régimen poco habitual para nuestro espíritu más tropical, reducía drásticamente la capacidad de atención para las sesiones después de las 14:00 horas, pero igual, estas seguían, me imagino en la concepción que igual había que tenerlas por que había que cumplir con el programa, por que así estaba planificado.

Contradictoriamente, aunque a decir verdad no se si por esta característica o no, sospecho que, al igual que yo, la mayoría de los participantes volvimos a nuestros países con el ánimo recargado, con mayores ganas de seguir promoviendo la transformación en lo que fuera materia de nuestro interés, incumbencia y capacidad.


Frankfurt

Estuve apenas día y medio en Frankfurt, con más tiempo para la soledad, puesto que en esta ocasión ya ninguno de los compañeros participaba. Era sólo yo atendiendo una gentil invitación de la GTZ para compartir la experiencia de trabajo en materia de reforma presupuestaria en Perú, en la misma sede de dicha institución, ubicada en el distrito de Echsborn. La reunión fluyó bastante bien gracias a la gentileza de los GTZs y pienso que quedó una idea más o menos clara de lo que estamos haciendo en Perú y, sobre todo, de los desafíos que se enfrenta día a día para lograr ser exitosos.

Sería osado hacer conjeturas apresuradas de esta breve estancia, pero nuevamente llamó mi atención la paz con que transcurre la vida sólo apresurada por la lluvia y por la nieve que empieza a caer en estas semanas. A decir verdad a estas alturas, no me restaba mucha energía para la aventura y sólo atiné a caminar largamente a la vera del río Main, caminando con mi cámara tratando de pescar alguna imagen sorprendente o el horizonte de rascacielos, pero sólo pesqué a la lluvia gélida que luego se transformaría en nieve.

sábado, octubre 04, 2008

Los sentimientos contradictorios del Futbol

La imagen aún permanece impoluta en mi mente. Era el 6 de setiembre de 1981, cuando mi padre me llevó de pasajero en su interminable “cincuentita” Honda roja a la caravana de motocicletas ruidosas que se organizó espontáneamente. La selección peruana acababa de empatar 0-0 con la uruguaya en Lima, equipo al que ya había batido 1-0 en el mismo Centenario. Este resultado representaba la última vez que el país se embriagó con una clasificación al mundial. El futbol, como en casi todos los rincones de la patria, era parte de la vida de la recién adolescente ciudad de Puerto Maldonado. Y esa barahúnda de ruidosos ti ti ti, titititi, titi, dándole vuelta tras vuelta a la plaza de armas, con rostros todos conocidos, gritando y agitando el Perú Campeón, Perú Campeón de siempre, era seguro una pequeña muestra de lo que se vivía en simultáneo en todo el Perú. Por que en esos tiempos, clasificar a un mundial, era aún una fruta al alcance de la blanquirroja.
Para Puerto era la época de esos míticos encuentros entre Juventud La Joya y Deportivo Maldonado. En mi casa, lógicamente, todos le íbamos a La Joya, la de Riquelme, el "Chamaco" Valdez, “Caballo Loco”, y otros legendarios nuestros, que vapuleaba a su antojo al, varios años después, heroico, Deportivo Maldonado. Mi padre, epicúreo amante del futbol y la vida reposada, dirigente de Juventud La Joya, periodista deportivo en sus inicios en la radio, hincha del Defensor Lima, pero viejo comprometido con el Municipal de sus tiempos, para quien el mejor jugador del mundo habría sido Omar Sívori y detractor, premonitorio, de Maradona, había, sin querer, inculcado en mi esa relación dañina de amor, desengaño y esperanza, con el futbol y con cualquier equipo que tenga el nombre propio o apellido Perú.
Sólo eso podía explicar mi presencia, en el ocaso de la niñez, robándole tiempo al río o a la cocha en la caravana o en las innumerables jornadas, ajustando el dial de amplitud modulada, buscando la señal sin estática de emisoras sin nombre, que transmitían esos lejanos encuentros de copa Libertadores, de equipos que ni siquiera vería alguna vez, pero a los que hinchaba a morir en sus duelos con equipos de países vecinos. El UTC de Cajamarca, el Torino de Talara, el Melgar de Arequipa del chivo Neyra y del Madrediosense Ramírez, el primer paisano que luego llegaría a la selección nacional.
Lo que ocurrió después con la selección peruana en sus partidos de preparación fue para el ensueño, llegando a ser considerada como una de las favoritas previo al inicio del mundial y nosotros lo aguardábamos intercambiando figuritas del álbum del mundial, comprando de a sobrecitos y no por “paquetones” por que no alcanzaba la propina (http://www.arkivperu.com/blog/?p=1136). El primer partido, que se suponía “fácil” empató, el segundo también, pero todo el país esperaba el despertar de esos monstruos que clasificarían en el último partido, que había chances, que el equipo jugaba muy bien, que se podía remontar, que el grupo estaba parejo. El 5 a 1 que le encajó Polonia, la de los inmisericordes y odiados Lato y Boniek, y las esperanzas inacabables, el esperar hasta el último segundo por el ilusorio viraje triunfal, fue premonitorio de lo que ocurriría recurrentemente los próximos veintiséis años. En cada eliminatoria, en cada competición de nivel internacional.
Soporté estoicamente todo el Perú-Polonia, sacrificando casi toda la diversión de la cancha de la Prevo, esperando hasta el último segundo, la inminente vuelta de timón del partido, bastaría una genialidad de Barbadillo o La Rosa o quizás de Uribe. Días antes, como cada año, en La Prevo habían podado el pasto, y el área disponible para el juego se había triplicado y habían instalado arcos transversales a la cancha de fútbol para hacer fulbito en el grass. En lo que a mi respecta, pienso que ese partido y las esperanzas de una recuperación memorable, por los fundamentos del buen futbol de este equipo, fue la impronta que marcó mi relación con el futbol peruano, de selección y de equipo de competencia internacional.
Me parece que ese día, se inició premonitorio el friaje. Los de la selva podíamos oler y sentir su inicio, con la súbita sequedad de nuestros labios y escalofríos y resequedad blancuzca de la piel, confirmado luego por el horizonte oscuro de las cabeceras del Tambopata y el viento frío, primero, luego helado que atrapaba a la selva en toda su inmensidad. Ocurría sólo en esa época, la del verano boreal, invierno austral, temporada de estío para nosotros, aunque de temperaturas normales por encima de los 28 C. que podían descender en nuestras propias narices, en cuestión de minutos, hasta los 15 grados Celsius, e incluso hasta menos. Uno tenía que correr entonces a la casa y ganarle al viento a la cerrazón y al frío antes que nos atrape. Era cuestión de segundos y minutos. Por suerte, las mamás que ya se había anticipado a revolver en los cajones las chompas y casacas que se usaban una vez al año, estaban allí para proveer. Luego volvíamos a nuestra esquina que ya soportaba la ventisca y el cielo gris de nubes secas.
En otras ocasiones, las emociones suscitadas por el cielo cerrado y el vientecillo helado, esas de tristezas y nostalgias, habrían rebosado mi corazón y empujado, junto con la muchachada a las reflexiones. Pero nada. Luego de la catástrofe no había emoción por las emociones.
La siguiente eliminatoria, me encontró ya en la adolescencia y con la esperanza intacta de que no sólo iríamos al mundial, sino que haríamos un papel excelente, tan bueno como el 78, a excepción del 6-0, claro.
Como todo amante insensato, que se engaña a pesar de la evidencia irrefutable del desamor y desapego de la niña, seguí como millones de compatriotas, emocionándome ante cada mirada, ante cada jugada de “filigrana” de nuestros futbolistas, de “escuela brasileña”, a la que la “argentina respeta e incluso teme”, la que “cuando quiere” le pintaba la cara al más guapo, la que “ya despertará”, la que “el próximo partido se levanta” hasta la que “matemáticamente tiene posibilidades”.
Pasaron muchos años, y la insensatez es obcecada compañera. Luego decíamos, el próximo mundial será, mientras veíamos desfilar rumbo a los mundiales a selecciones “inferiores” a la nuestra, a nuestros sueños, en verdad, a nuestra ilusión construida sobre la base de hazañas que nunca realmente vimos.
El año 2006, exactamente 25 años después de la caravana de las calles de Puerto, de la avenida León Velarde hasta la “muyuna” o “hasta el uno”, decidí no emocionarme más. Decidí aniquilar a doña expectativa, por que ésta es la proxeneta de la frustración y la tristeza. Decidí volverme insensible, frío, calculador e indiferente al romance con la blanquirroja. Ya no sufriría más por esa mentirosa, aunque, sí, como no, asistiría vergonzante a espectar todos los partidos, en la soledad de mi cuarto, frente a un televisor que iba creciendo en pulgadas con cada eliminatoria.
Todo estaba bien, como mi futbolero corazón, hasta que apareció este Perú-Argentina del 10 de setiembre de 2008. Lo vi con la frialdad construida, sin la menor expectativa, sin ningún sentimiento, hasta casi con sentimiento de culpa por la “decisión” que había tomado, en el cuarto de mi hijo Juan Pablo. Pero, pobre de mí, allí estaba dormido el amor desventurado, aquel siempre contrariado, ajeno, para aparecer con un grito catártico, ronco de la alergia del chapalear en la contaminada humedad limeña, al minuto 93, con la mirada coqueta y las caricias al alcance de la zalamera. El arranque épico de Vargas, el sometimiento que infligió al argentino Bataglia con su superioridad física, con su juventud irreverente, con su voluntad indesmayable y las ganas de ganar que siempre quisiéramos ver, llevaba consigo todas las expectativas nunca realizadas de una generación. Y terminó en gol, de un oportunísimo goleador, Fano, que como el amazónico que huele cuando la lluvia viene, sabe que el pase-gol estará allí y él no rehuirá a la cita.
Pero, a pesar de esto, en verdad, sinceramente yo no olvido la lección. Se que la veleidosa está de vuelta, pero no quiero que me engañe una vez más, no quiero querer creer que esta vez será diferente…o quizás, quizás sí quiero seguir siendo engañado, quizás será diferente…


Pd 1. Esta narración del gol de Daniel Peredo es para la antología, seguro que, como a mí, debo confesar, llevó al borde del llanto escondido a muchos.

sábado, septiembre 13, 2008

Hubo un tiempo en Puerto Maldonado 3

A principios de los 80s, en Puerto Maldonado teníamos nuestros propios parques y reservas ecológicas de estación a las que accedíamos sin necesidad de trajinar la polvorienta carretera o navegar interminablemente por los ríos. Los de la zona de “barrio lindo” y alrededores del Colegio Fitzcarrald gozaban de una zona de pozos, de origen de aguajal, y de humedales precisamente casi hacia el norte del colegio. Los que vivíamos cercana o colindantemente con los bordes de la zona inundable del río Tambopata teníamos más alternativas en el circuito de cochas que la temporada de lluvias dejaba crecer en el bajío.
Podíamos acceder a cualquiera de ellas a través de las escalinatas jabonosas de la última cuadra de la Av. Arequipa o de la Gonzales Prada o por el viejo “mercadillo”. Y lo hacíamos infinitas veces en la temporada de lluvias cuando toda la fauna que podíamos siquiera imaginar se citaban en esa gran área para poblarla, para socializar, para reproducirse, para descansar o para engordar a placer durante casi medio año, luego del cual se iban para volver el siguiente año y así repetir el siguiente año y el siguiente.
Aves de paraíso, patos migratorios, gallaretas, unchalas, “marroncejas” y “azulejas”, garzas picoagujas, garzas blancas, lagarto blanco, iguanas, anacondas, boas mantonas, gavilanes, peces como sardinas, huasacos, bujurquis, bagres, shiruys o simbao, macanas, etc, estaban allí, algunos, al alcance de nuestros ojos inquisidores y de nuestras manos, hondas, barandillas, redecillas y machetes en el estiaje; y otros que en realidad nunca vimos, pero “sabíamos que estaban allí”. Éramos cazadores y pescadores natos, que gozaban de la aventura de la selva amazónica a sólo tres minutos de nuestras casas y, a decir verdad, cuya ineptitud para la caza y pesca, hacían más bien de esta interacción una vida en comunidad.
Aparecían de manera repentina luego de la primera gran lluvia de octubre que llenaba plenamente el bajial. Lo hacían casi en simultáneo, las aves de temporada y las migratorias, luego los reptiles y finalmente los peces. Alguna vez le pregunté inquisitivo a uno de los camaradas de dónde venían los peces. Por que era fácil de entender que las aves venían volando y los reptiles reptando, a participar del bacanal, pero y los peces?,¿ cómo podía casi inmediato estar inundado de peces una cocha que el día anterior no existía?.
No recuerdo quién si Marco o mi hermano Jorge, me dieron una explicación que a primera impresión me pareció razonable: que los peces venían “caminando” (quisieron decir quizás reptando?) del río Tambopata, atravesando un pequeño atajo para fundar familias en las cochas aledañas. Asumiendo que era cierta la explicación, luego me preguntaba cómo era que habían huasacos y bujurquis si estos no eran peces de río?, y cómo no habían más bien dorados, motas o lizas?. Hasta ahora no tengo respuestas y no he investigado. Quizás sí existían “caminitos” entre el río y la cocha, probablemente canales de agua que interconectaban ambos espacios y a través de los cuales se trasladaban los peces en época de desove para dar vida a millones de ellos en la quietud y paz de la cocha y para luego volver a la infinidad del río, sus afluentes y efluentes, más allá, muchísimo más allá de nuestra apacible cocha.
Otras teorías nunca probadas por nuestro entusiasmo infantil, era que la mayoría de los peces “dejaba” enterrado sus huevos entre estación y estación a espera de la temporada de lluvias y que otros, como el shiruy, terriblemente resistente a vivir fuera del agua, “sobrevivía ” el estío, oculto y paciente en la humedad gredosa agazapado o enterrado en vida bajo el lomo de troncos o árboles muertos, a la espera de las gotas de vida de la siguiente temporada. Nos placía fabular, imaginando que nosotros, los niños de esos tiempos, éramos parte del ecosistema y existíamos en simbiosis con este.
He vuelto infinidad de veces a Puerto desde que salí definitivamente hace ya veinte años y con cada año la antigua cocha ha ido desapareciendo. Las lluvias atienden todos los años a la cita, pero ya no lo hacen las aves, los reptiles y los peces. La razón simple y cruda es que el hogar, el ecosistema propiciado por la cocha desapareció con las invasiones de humanos sin tierra y sin hogar, que imprudentemente tomaron el lugar de la fauna en una zona que les pertenecía por derecho, por ser un bajío, por ser inundable.
Debo confesar sin embargo, que en lo personal, y en nombre de todos los palomillas de la esquina de la Gonzales Prada y Arequipa, que habíamos nosotros abandonado a nuestra amiga hacia fines de nuestra niñez, en que la naturaleza salvaje de la selva no nos seducía más y sí la naturaleza ansiosa de la comunidad, de nuestra sociedad de jóvenes en Puerto Maldonado. Me fui de Puerto un mediados de enero cuando tenía 16 años y no me despedí de ella, pese a que pude haberlo hecho, por que en ese preciso momento estaba allí, que todos estaban allí, las unchalas, gallaretas, el patoaguja y hasta la iguana que se “comía” las ropas que dejaban a secar a costados de los pozos, los de Mallea o de la abuelita Melchora. Pero no los visité, como no lo había hecho en los últimos tres años previos a mi exilio.
Ingratamente los olvidé por varios años y no pensaba en ellos en las pocas veces que retorné como las aves migratorias, justo en estación. Hasta que una noche de verano en algunos de los tantos cuartos de alquiler en los que vivimos en la gran ciudad, me pareció escuchar nítido el graznido de un picoaguja. Pensé que lo había olvidado, y aún hoy lo recuerdo… ese sonido seco y agudo a la vez que podíamos escuchar incluso desde nuestras casas y que nos decían que ya era hora, que ya todos estaban allí, que sólo faltábamos nosotros, los rapaces de las dos cuadras.
Después de esa noche, me prometí volver a la cocha, tomar prestada, como siempre, la canoa que lo s Mallea dejaban acoderada en la orilla e introducirme por los vericuetos y claros de entre los árboles, pedirles perdón a las aves por haberlas perseguido y hondeado como un predador sin sentido y excusarme por no haber vuelto nunca más, prometerles que las protegería, que haría lo imposible por hacer que puedan volver por siempre y que mis hijos, y los de estos, los conozcan y así por siempre.
Fue muy tarde. En la próxima visita, bajé con la misma emoción de los 8 años, por las mismas escalinatas, exactamente las mismas, jabonosas, del comienzo d e la Gonzales Prada, y ya no había ninguna cocha. Los humanos inteligentes habían construido drenes del bajío hacia el río, habían talado muchísimo s de los árboles, abierto espacios para vivienda, para calles y el agua de las lluvias simplemente discurría como en las plumas del pato sin ser retenidas por el bajío. No quiero imaginarme cómo habrá sido el impacto. Pienso en las aves migratorias, volando horas, días, semanas, sabe Dios, desde donde, para llegar y no encontrar el albergue pleno de comida de siempre, virando hacia algún otro lugar. Me alegra pensar, que encontraron un lugar y que están allí, que se siguen reuniendo como cada año, que sólo faltamos nosotros, sus viejos amigos de la primera y última cuadra de la Gonzales Prada y Arequipa.
Leyenda de fotos: En la foto superior, típica entrada de cocha, aunque no corresponde exactamente al tipo bajial. En la foto abajo, del Google Earth, la zona de cochas, como está hoy en día (o más exactamente en la fecha de la foto, aparentemente 2007). Notar que hay viviendas en toda la zona de cochas, excepto en el corazón de lo que eran las cochas, es decir en la zona más profunda. El cinturón verde que se ve como una "S" corresponde al barranco que separa la altura, en donde se ubica Puerto, y el bajío, zona inundable, pero donde hay viviendas.

sábado, julio 12, 2008

El Ovni en Puerto Maldonado y el conflicto sin solución de mis recuerdos (¿?)

Han pasado casi 30 años y los recuerdos son como destellos que aparecen y se van. Puedo fijar por momentos a Concha, de falda verde y blusa de cuadros, con chinelas, cabello en el hombro y raya al medio, inundando mi casa con su grito destemplado, llamándonos a todos por nuestros nombres “Señora Consuelo, Jorge, Roger, señor Jesús, salgan ahorita, vengan” y nuevamente gritando mientras corría hacia la intersección de la Arequipa con Gonzales Prada, mi esquina, nuestra esquina, la del barrio, y nosotros, claro, siguiendo el sendero de su voz, qué voz, de su alarido, dejando enfriar mi calentadito de frijoles de Iberia con maduro frito, pero, encebollado por el hábito serrano de mi selvática madre de usar verduras más de la cuenta…

El cielo tenía harto brillo estelar y había sólo algunas nubes atrevidas en el horizonte y sobre nuestras cabezas, atravesadas por la intensa luz de las estrellas, lo que ponía en evidencia sus entrañas de lluvia, por que tenían el corazón negro…¡como extraño esas estrellas y esas nubes!-.
Todo el barrio ¿estaba allí?, rostros hacia el cielo, imperturbables, algunos levantaban las manos señalando la aparición, sin importarles que se les podría caer por el atrevimiento. Y allí la vimos, era una esfera inmensa con cientos de puntos de luces en el cielo, luces circulares intermitentes, rojas y anaranjadas, que flotaba como nave intergaláctica en visita al planeta. Era el ovni, nuestro ovni. Por que claro que era eso, ¿qué más podría ser? .

Estuvo allí flotando para nuestro deleite por mucho tiempo y nosotros mirándola absortos, no nos mirábamos sino a ella, será por eso que no recuerdo quiénes estaban allí. Luego se desvaneció, en una fracción de segundo hacia el infinito.

Este episodio me persiguió toda la vida. Me atormentaba, aun lo hace, la idea de lo que vi y a la medida que crecí y tomé conciencia de sus implicancias más extraño me sentí frente a su recuerdo, a tal punto que mi mente trató de ahogarla entre tantas memorias. Otra parte de ella, sin embargo, la mantuvo latente, luchando para evitar que cayera en la categoría de imaginación infantil, repitiéndole a mi conciencia que ocurrió, que yo, efectivamente, había visto lo que vi, actualizando tantas veces el recuerdo que a veces pienso que terminó gastándolo, contribuyendo así que se acerque más a la otra categoría.

No obstante, cientos de veces conté la historia, de cómo Concha nos llamó, cómo salimos corriendo, cómo dejamos que se enfriara nuestro delicioso calentado, a mis amigos, los del Colegio que no lo habían apreciado, los de la Academia en Lima, de la universidad, los de la UNI y de la PUCP, los colegas de los trabajo, en fin.

Para ser honestos, luego de tantos años, el recuerdo ha devenido ya en incierto. La única certidumbre que me quedaba era que todos los años lo había actualizado en mi mente para que no desapareciera en el laberinto de las miles aventuras tipo Tom Sawyer de infancia.
En el año de 1996, me atreví a hablar sobre el tema con uno de los protagonistas de mi historia, mi hermano Jorge, un año y medio mayor que yo, con la esperanza que me dijera que no se acuerda nada, que no sabe de qué estoy hablando.

Desafortunadamente, me dijo que sí se acordaba, pero que él también pensaba que lo había soñado, que era algo que en verdad nunca había ocurrido. Temeroso de que fuera un sueño compartido, algunos años después le pregunté a mi padre si recordaba el episodio y me dijo que sí, pero que no lo recordaba vívidamente, por que sabía que en Puerto, siempre había habido avistamiento que para él no era nada excepcional, que incluso hay una foto, que efectivamente recordé, de la revista esa que tenemos en la casa en el viejo librero, en El Amarumayo, de un ovni en forma de “cigarro” volando sobre el horizonte de la intersección de los ríos Madre de Dios y Tambopata (esta misma foto la encontré en: http://www.editorialbitacora.com/bitacora/galeria/ovnis06/ao03.htm).

No es claro si alguien más de mi familia estuvo esa noche fresca de 1977-78, cuando yo tan niño como lo es ahora mi hijo Juan Pablo, aparte de mis padres. A ellos no puedo preguntarles por que se fueron de este mundo y ya tengo la versión de mi hermano, tan dudosa como la mía.

¿Qué podría hacer? En verdad quiero creer que ocurrió por que yo estuve allí, nadie me lo contó. La próxima vez que visite mi Puerto Maldonado de siempre, buscaré a Concha, hablaré con los vecinos, que aún están allí, casi todos. Pero me aterra pensar que me digan que no se acuerdan nada, sobre todo la Concha bendita.

lunes, junio 09, 2008

Dos o tres reglas para manejar en Lima

Quien dice que en el tránsito vial en Lima impera la Ley de la Selva, implicando que no hay leyes, se equivoca, o simplemente aún no se ha socializado. En realidad, sí existen algunas pocas reglas. Todas no formales por cierto y han surgido inevitablemente para gobernar la vorágine y la interacción de los cerebros reptíleos, que gobiernan la actitud de los automovilistas. Veamos.

No es cierto que los automovilistas se adelante temerariamente cuando el tráfico está denso. En realidad, existe una distancia mínima de acercamiento, luego del cual, el que está en posición pasiva se inhibe. Un automovilista socializado no toma como ofensa un acercamiento rápido a la distancia mínima y, consistente con la regla, espera su turno y deja, sin estresarse que el otro tome la posición. Un chofer bisoño o experto, pero no socializado, toma como agresión la aproximación y, en extremo, puede iniciar una persecución e intentar una aproximación violenta de revancha. Se dan sin embargo, aproximaciones violentas, mayormente por parte de individuos no socializados que operan fuera de la ley y que muchas veces son tomados como los referentes del tráfico “endemoniado” de Lima.

El reconocimiento del error se premia y genera una dinámica positiva entre dos automovilistas y también una corriente de empatía con el ofensor. A veces, un conductor socializado puede hacer una aproximación temeraria. Si voltea rápidamente y hace conexión visual con el agredido y un gesto de contrición, no sólo logrará que su error sea olvidado, sino que generará en el agredido una sensación de bienestar y placer espiritual que por un momento lo hace una mejor persona, capaz de perdonar el error y permitir que el “agresor” siga su camino con la sensación de frustración por no poder hacer más por el individuo ejemplar. Parece contradictorio, pero en realidad no lo es. El arrepentimiento sincero es, en estos casos, la única manera de calmar la explosión de ira que genera una agresión repentina e inesperada.

En los cruces semaforizados, la luz de ámbar es tomado como indicación de movimiento. Por ello es que pareciera que muchos automovilistas “no respetan” la luz roja, puesto que cuando están cruzando la intersección el semáforo ya está en rojo. En realidad sí lo respetan y, de hecho, cuando encuentran el semáforo en rojo (y no en ámbar), nadie socializado va a cruzar. Los conductores de la otra vía, esperan que efectivamente esté en verde para iniciar su marcha.

Si bien las luces laterales no son suficientes para provocar una cesión de paso o de lugar, una mano alzada y una rápida cruzada de mirada, son eficaces. En general, todas las actitudes de cordialidad son los passwords para lograr una concesión en la ruta. Como le diríamos a los niños son las “palabras mágicas”.

Estas reglas elementales garantizan que no se desate la locura en nuestras pistas. Por que es claro sí, que todos están en el límite de sus capacidades de autocontrol, y más bien listos para la pelea. Las calles de Lima, las vías, las pistas y las autopistas, hacen aflorar en todo el que toma el timón, los miles de años de vida salvaje de nuestra evolución, por que ciertamente de “civilizados” apenas tenemos unos cientos de años. Una aproximación agresiva (que supera el mínimo permitido) o un inadecuado manejo de las distancias pueden despertar el salvaje que late en cada uno de nosotros y que tiene el timón en las manos. Entonces, en el mejor de los casos, improperios saldrán de nuestras bocas. Y en el peor de los casos, persecuciones y hasta agresiones concretas…como la de aquella señora que en venganza, impactó intencionalmente su auto en el del taxista que la había “metido la trompa” del carro. En fin. Para tomar en cuenta.

sábado, abril 12, 2008

Durban – Sudáfrica

Desafortunadamente, en esta estancia de casi una semana en tierras africanas, no tuve la oportunidad de conocer mucho. Confinados durante los días del evento en nuestros hoteles, sólo tuvimos la oportunidad de participar en una visita de campo a los alrededores de Durban, en la que, lógicamente, sólo pudimos ver la mejor cara: excelente infraestructura, creciente provisión de servicios básicos para su población y la aplicación de programas innovadores en lucha contra la pobreza. Aunque, a decir verdad, me queda la impresión que esta es la cara real de Sudáfrica: un país en franco crecimiento, con una excelente infraestructura de transportes. Ya quisiéramos tener siquiera un poco de esa infraestructura de autopistas y vías rápidas en Lima. Leo reportes en Internet que corroboran esto y señalan la aplicación de una política de apertura económica, equilibrio fiscal, control de la inflación, entre otras coincidentes con lo que se ha iniciado en Perú. Esto se habría introducido con mayor profundidad a partir del año 1996 con un paquete de reformas económicas, luego del fin del Apartheid. No es difícil entender cómo es que albergarán el próximo mundial de fútbol.

Sin embargo, como era previsible, los niveles de pobreza y exclusión económica están concentrados básicamente en la población negra, que es la mayoría (80%). Esto explicaría, en parte, por qué en los centros de diversión y comerciales del Sun Coast Hotel, donde un fuerte contingente de delegados participantes se hospedaron, la mayoría era más bien de origen hindú (3%) y caucásico (9%), diría que, conjuntamente, hasta en un 90%. Esta sencilla evidencia visual, la pude comprobar también en los reportes de Wikipedia y otros links sobre la situación económica y social del país. Otro problema muy serio que enfrentan es la alta incidencia del HIV-Sida, que afecta a cerca de 7 millones de sudafricanos de un total aproximado de 47 millones de habitantes. (En video, en ruta entre el Royal Hotel y Sun Coast Hotel, por calles de Durban y plática poco intelegible con un colega africano y el chofer sudafricano, muy afables)

Una mala noche

Forzosamente tuve que experimentar el servicio médico en Durban, luego de sufrir una severa intoxicación luego de una cena de comida hindú en el Royal Hotel. Fue una noche terrible de arcadas intensas y vómitos que me deshidrataron en menos de una hora, mientras afuera azotaba una tormenta que de no ser por la intoxicación habría disfrutado como cuando niño en Puerto y la lluvia azotando la ventana de mi cuarto con su repiquetear incesante, el viento que silba y esa sensación de frescura tropical…En fin. No pudo ser y tuve que salir a las dos de la madrugada con un taxista contratado y un acompañante del hotel a una clínica privada donde, a duras penas me hice entender en mi magro inglés, bautizado de “americano” por mis colegas africanos, y fui rápidamente inyectado para detener la incontinencia de un solo golpe. Sólo atiné a estirar mi brazo y dejar que la amable enfermera me aplicara la ampolla intravenosa, rogando, en mi prejuicio frente a la evidencia de los 7 millones, que no estuviera infectada con HIV (la ampolla). Más doloroso fue luego tener que cancelar los servicios de la clínica y los honorarios del médico que no me dio comprobante y yo no atiné a presionar, pero que en total hicieron casi US$ 200 de mi tarjeta de crédito. Hasta ahora estoy pagando. No hay mucho que decir sobre la vida nocturna en Durban, nunca salimos, y esta vez no hubieron colegas chilenos que abriesen camino, y no dudo que lo habrían intentando por que en cada momento los del hotel nos advertían de no salir, que era “muy peligroso”. Nunca sabré exactamente por qué lo decían.

Todos parecían entusiasmados en aplicar el presupuesto participativo

Los representantes de todos los países que asistieron, se mostraron muy interesados en aplicar el presupuesto participativo en sus países. De hecho varios ya lo están haciendo. Los contextos, en verdad son bastante parecidos al nuestro: sociedades con autoridad tradicionalmente centralizada y vertical en extremo. Afortunadamente, al igual que en nuestro país a principios del nuevo siglo, hay una corriente fuerte de mayor democratización de la sociedad, y una mayor inclusión de la población en los procesos de toma de decisiones. De hecho, en esto, el presupuesto participativo puede ayudarles mucho. Nuestra función, la mía, la de varios brasileros (Bello Horizonte y Porto Alegre) y ecuatorianos (Cotacachi), fue la de compartir las lecciones aprendidas (lo que funciona y lo que no) en el caso peruano e iniciar algún tipo de esfuerzos conjuntos en una agenda que tiene más en común de los que pensábamos en este desafío del Desarrollo.

(2do video: danza típica, escenificada por jóvenes sudafricanos en el frontis de local municipal)

viernes, abril 11, 2008

Todos los africanos hablan ingles


Todos los africanos hablan ingles

Ya había tenido la oportunidad de interactuar con algunos pocos colegas africanos en otros eventos internacionales, pero en el que recientemente (marzo 2008) participé en Durban-Sudafrica, asistieron mayormente africanos. De hecho era un evento organizado por ellos, conjuntamente con el Banco Mundial, y para ellos.

Yacine, una colega sudafricana me contó que en la mayoría de los países de este continente, se habla por lo menos dos lenguas. La primera, la nativa, la segunda, la llevada por los conquistadores. El primero lo aprenden en la casa, el segundo en la vida pública. Y este segundo idioma es mayormente el inglés. En varios de ellos es el francés y en unos pocos el Portugués. Pero, todos los que no hablan inglés como por un acuerdo implícito lo aprenden casi forzosamente. Ello explica que en estos eventos, casi no existan limitaciones a la comunicación e interacción por que todos, o casi todos, pueden comunicarse en una misma lengua. Obviamente, tampoco hay restricción al compartir de investigaciones si es que están escritas en inglés, y de hecho varias de ellas lo están, como la que esta excelente colega sudafricana me regaló, del Collaborative Africa Budget Reform Initiative (CABRI), escrito completamente en inglés.