lunes, diciembre 11, 2006

El sentido de pertenencia

Aun recuerdo el día que llegué a Lima para quedarme. Era la segunda vez que lo hacía, esta vez, a fines de los 80s. Era apenas un adolescente esmirriado e imberbe con expectativas difusas, extraviado frente a un cielo diáfano, bajando del avión. La realidad no tardaría en llegar con la avenida que da al aeropuerto y sus áreas laterales saturadas de basura ardiente que hicieron evidente aquello que para mis fueros, caracterizaría a esta ciudad hasta hoy en día: el olor a humo de basura en los conos, la miseria en las calles y un desenfreno inexplicable de la gente, de los autos y de los omnibuses por ganarse mutuamente el paso.
Shock cultural
La vida en Lima para un adolescente formado en la anarquía de una niñez al antojo del clima y adolescencia de apasionamiento exacerbado por los muchos grados centígrados del trópico era, hasta cierto punto, traumática. No se podía visitar a ningún camarada, por que ninguno estaba aquí; a diferencia del pueblo en el que sólo salías a la puerta de la casa y los encontrabas. Las chicas eran terreno oscuro, con hábitos virreinales de cortejo infinito, muy diferentes al te miro, me gustas, te gusto y nos besamos. Era la imagen de fantasía que tenía de la pequeña ciudad. Hubo, ciertamente, más de un desplante de no pocas asustadas por los ímpetus de ese muchacho de la selva, rápido y directo, desprovisto de cualquier sofisticación (complicación) urbana.
Shock académico
Conocimientos increíblemente pobres frente a los retos de las academias preuniversitarias fueron la norma del principio. Razonamiento matemático, física, álgebra e incluso aritmética eran idiomas nuevos, difíciles de entender. Gran desafío, que luego de mucho esfuerzo, paciencia y harta comprensión materna y paterna, se pudo superar. Las limitaciones de nuestra formación escolar se hicieron evidentes, sobre todo en estas primeras etapas.
Shock Económico
La pensión mensual de estudiante provinciano súbitamente se desintegró por el primer y segundo shock de 1989 y 1990, aún en gobierno aprista. Fue una manera brutal de entrar en contacto con esa ciencia no exacta, pero tan sencilla de entender, que es la economía. Comprendí de manera salvaje que algo terrible estaba pasando con la administración del Estado. Algunos años después en un trabajo universitario corto de investigación que hice sobre el manejo de la economía del gobierno de los 85-90, comprendería la magnitud del despropósito y, sobre todo la insensatez con que nos habían conducido a muchos a la angustia económica y, a otros, a una miseria, insuperable hasta hoy.
Respuesta: sentimiento de pertenencia
Ante tanta amenaza, el animalillo salvaje, ajeno, en una ciudad inmensa e impersonal, tenía una identidad que lo mantenía alerta. Era la sensación de pertenencia a un grupo, a una pequeña sociedad de privilegiados, aquella que se había nutrido de la exhuberancia de la naturaleza, del gozo de la libertad, de la cercanía del calor humano, de las trochas, de las cochas, de los pozos, de sus aguas, del contacto permanente, del saludo, del abrazo y también del chisme de esquina. No perder ese sentimiento, ha sido clave en la construcción de una identidad propia, nueva, común, pienso, en todos los de nuestra tierra alrededor del país y del mundo. Y seguirá siendo clave.

jueves, noviembre 09, 2006

De viaje por Montevideo


De un corto viaje a Montevideo, capital del Uruguay, me ha quedado la sensación que este país no quiere ser lo que alguna vez fue. Venir desde Lima aquí implica la desaparición de tres horas en la vida por la diferencia en longitud. Sales a la medianoche, viajas siete horas (incluyendo trasbordo), pero llegas a las diez de la mañana (hora local, cuando lógicamente debieran ser las 7:00 am). La autopista desde el aeropuerto a la ciudad está muy bien conservada y te regala un paisaje hermoso que bordea las orillas del estuario del río de la Plata por una vía en excelente estado, denominado La Rambla. “Allí se accidentó Darío Silva” – dice el taxista, ciudadano uruguayo que sabe el PBI per cápita, el nivel de exportaciones de su país, el nivel de migración, las dificultades de una megaempresa papelera que prevé invertir US$2,000 millones en el país y, por cierto, casi todo lo relevante del fútbol, incluyendo, sorprendentemente, el peruano.

La infraestructura habitacional en casi todo el casco urbano, revelan un pasado de mucha prosperidad. Casi en toda la costa, se observan enormes edificios de departamentos…pero casi ninguno en construcción. Se ven muchísimos autos, pero muy pocos del año. La gente en las calles se ven bastante homogéneas y uno difícilmente podría deducir su nivel socioeconómico. Pareciera que habría bastante igualdad hacia el medio.

Pero, es una falsa impresión. En la periferia, aunque sin llegar a los niveles peruanos, hay una pobreza extendida y agravada por la gran crisis de principios del 2000. Aunque, en realidad, el estancamiento global de su economía había empezado décadas atrás, y, pese al crecimiento de los últimos años, pareciera que no va a despegar. El centro urbano, es igualmente impresionante por lo bello de su arquitectura. Sin embargo, agazapados entre muchos edificios se puede notar el deterioro de la falta de conservación y la decadencia de la no renovación de la infraestructura existente. Montevideo, y el Uruguay, tuvo su época de gloria, y es claro que fue hace muchísimos años.

No es difícil, sin embargo, comprender su situación. Colegas del ministerio de economía uruguayo reafirmaron lo que había leído sobre este país. Las restricciones fuertes a la libre empresa y la persistencia de un modelo intervencionista y un Estado “benefactor”, constituyen restricciones a la competitividad del país. Y es lamentable, por que puede notarse, no sólo en las estadísticas, sino en la interacción con la gente común y corriente, su alto nivel educativo y de formación de un capital humano de gran calidad.

La cercanía de dos mega mercados, como el de Brasil y Argentina, la accesibilidad de sus pueblos y ciudades, por lo poco accidentado de su geografía y la cercanía y existencia de medios de comunicación, la bendición de un clima templado, la alta calidad de su recurso humano, su posición estratégica en el Atlántico, etc, son condiciones para una muchísimo mejor situación que la actual.

Pero, al parecer, el propio país se hace autogol y se resiste al cambio institucional. En efecto, en un plebiscito que se hiciera hace algún tiempo para impulsar privatizaciones e introducir la competencia en sectores claves como comunicaciones y energía, la mayoría se opuso. El estado caro y benefactor se da por sentado. Pero no se repara en las consecuencias fiscales, y los efectos en la eficiencia de la actividad privada, que esto tiene y tendrá.

viernes, octubre 20, 2006

Hubo un tiempo en Puerto Maldonado (2)

En cada etapa de la vida, los desafíos son siempre los mismos, sólo cambia el contexto, y la infraestructura disponible. Lo mismo ocurre con la adolescencia y los argumentos de las historias de los adolescentes de los cincuenta, sesenta y setenta, probablemente sean las mismas que los de los ochentas, noventas y de principios de siglo. Amores frustrados, amores repentinos, el beso, la decepción, la reconciliación, la perturbación, la discusión y frustración, la infidelidad y el sexo.

La vida adolescente en el Puerto Maldonado de mediados de los 80’s estaba marcada, como todas, por la música. Era el tiempo del Rock en Español, pero a diferencia de hoy en día esta música no era fácil de acceder. Sólo había una tienda discográfica que traía discos de 45 RPM o Long Plays, discos de vinilo por cierto. Por esos tiempos empezó a ser algo común el uso de cassettes, pero no se comercializaban en versiones originales. Ni siquiera pirata. En 1985 y 1986 si querías música de Soda Stéreo, Charly García, Río o de Virus, tenías que encargarle al chino Nishisaka (Jesús) quien trabajaba en la única tienda de discográfica que había en toda la ciudad. También uno podía hacer su selección de temas de diversos grupos e incluso dejar al libre albedrío a Jesús y él, aunque, influenciado por la onda de fines de los 70s, tenía preferencia por el rock en inglés, te haría la selección. Conseguir buena música era bastante complicado, pese a tener a Nishisaka como aliado en la tienda. Por ello algunos que tenían la oportunidad empezaron a traer discos de sus viajes a Lima a Cusco, lo que era todo un tesoro para nuestras carencias.

Las noches no eran muy largas y no podían serlo por que a la edad de 14 o 15 años uno está disciplinado por el rigor familiar, generalmente materno. Particularmente para nosotros, la diversión la teníamos a dos cuadras de casa. Era el legendario Club Juvenil. Allí, no se liderado por quién, se organizaban fiestas juveniles todos los sábados (o casi todos). Los chicos y las chicas nos vestíamos de fiesta ese día e íbamos a bailar la música que nos gustaba tanto, que a decir verdad eran la excusa para vernos y empezar a socializar más en serio. Fue, creo, por esas épocas que Puerto Maldonado empezó a hacerse un poquito más cosmopolita y los jóvenes empezamos a sofisticarnos un poquito más cada día. Sobre todo por el contacto cada vez mayor que empezábamos a tener con personas que llegaban de otros lados del país.

Ahora que lo veo en perspectiva, es claro que cada edad había sido testigo de una fuente de diversión y placer específica que año a año iba perdiendo vigencia. Cuando muy niño, la calle frente a la casa era la frontera, que se expandía a las misas de niños de los domingos a las 9: 00 am o la catequesis, o a las canchas del colegio cercano, y luego a las cochas o río cercano, que luego reculaban otra vez a las calles, pero más dentro en la ciudad, en lugares específicos como el Club Juvenil (ver foto del viejo y hoy abandonado Club Juvenil), las fiestas esporádicas en las casas de los amigos, luego el Chaparral, luego algunos otros lugares que, para mi, no significaron mucho puesto que para entonces había salido ya de Puerto. Todo en un lapso de no más de diez años. Años maravillosos que uno siempre recordará, a pesar de lo que viva después y a pesar de lo pobre o nutrido de experiencias que tengamos nuestra adultez.

Recuerdo muchas historias específicas de esos tiempos. Las propias y las ajenas, que como dije al principio, deben ser exactamente iguales a las de hoy en día y a las de muchísimos años más atrás.

sábado, septiembre 23, 2006

11 de Septiembre de 2001: recuerdos a cinco años de la tragedia

Ese día llegué más temprano de lo necesario a la escuela, las clases empezaban a las diez. Se llamaba Maxwell School en Syracuse, Nueva York. Antes de ingresar a las aulas, habían unas salas inmensas con sillones y comfortables como el lobby de hoteles cinco estrellas. Para lo bueno y para lo malo dos televisores inmensos estaban siempre encendidos en CNN. Normalmente no muchos levantaban la mirada por las noticias, pero ese día, 11 de septiembre a las 8:50 de la mañana del verano boreal, casi una multitud estaba agolpada, absorta frente a ellos, algunos lloraban. Me detuve con la multitud y levanté la mirada hacia uno de los televisores. Una de las torres gemelas ardía inconteniblemente luego de que el primer avión se estrellara contra ella. Minutos después, se estrellaría el segundo avión en la torre sur y todo lo demás es historia conocida.

Sin embargo, pocos conocen las sensaciones que invadieron los pasillos y aulas de las escuelas y las calles de pequeñas ciudades como Syracuse, al noroeste de Nueva York, y de las reacciones y actitudes de grupos de la gente; la de las calles, de los suburbios, de los estudiantes de Maxwell y de la Universidad de Syracuse en general y profesores.

Como era de esperar, ese día se suspendieron labores en la escuela. Luego me enteraría que los padres de una compañera estaban en vuelo a Alemania durante el ataque terrorista y el padre de otra compañera trabajaba en un edificio contiguo a las torres gemelas, afortunadamente, a la hora del primer impacto, ellos recién salían de sus casas. Entre tanto drama, no supe como actuar ni qué hacer, así que opté por simplemente observar y acompañar.

La escuela a la que asistía tenía una tradición liberal (que quiere decir “de izquierda” en la cultura americana) y de visión amplia de la realidad social mundial. No podía esperarse allí, manifestaciones institucionales ni del personal docente encendidas de rechazo cultural por el medio oriente. Se promovía un ambiente de debate, tolerancia y aceptación de todas las ideas. Los estudiantes americanos, la mayoría de ellos, manifestaban un profundo dolor por lo ocurrido y nada de odio se evidenciaba en las palabras, gestos y actitudes de la mayoría de ellos. La reacción común entre los extranjeros fue la de solidaridad con el país que nos estaba cobijando….al menos eso pensaba. Y no era así. Hubieron análisis cuestionables de algunos como que “los americanos estaban cosechando lo que habían sembrado”, u otros que “no les sorprendía, que lo venía venir” lo que originó un profundo sentimiento de desazón y rechazo por parte de los americanos. Yo pensé para mi mismo, aun si compartiera esas ideas (¿qué tienen que ver inocentes ciudadanos con la política de su gobierno?), no era de caballeros mencionarlas en esos momentos, en los que lo único que ellos necesitaban y querían era solidaridad con el dolor y con la sensación de incertidumbre y vulnerabilidad que había invadido toda la sociedad americana.

Algunos latinoamericanos, conversando entre nosotros, manifestábamos sentimientos confuso, en algunos casos casi morbosos. Pero no todos los americanos actuaban igual que el getto de la universidad. En realidad, en las afueras de la ciudad en los barrios más pobres y en sus calles, se percibía una tensión innegable. Algunos egipcios y otros iraníes fuero agredidos verbalmente y a uno le arrojaron piedras. Los jóvenes de pregrado, esos típicos muchachitos rubicundos de películas de universitarios que solemos ver en cine y televisión, nos atemorizaban cuando pasábamos camino a casa con unos hindúes y se cruzaban en nuestro camino. Sus actitudes parecían hostiles, pero nunca lo fueron realmente. Sí había cierto temor, sin embargo, entre los extranjeros cuando caminábamos fuera del campus.

Las clases, todas, invertían tiempo en discutir y escuchar todas las opiniones para tratar de entender e interpretar las razones de tanta insanía. En los días que siguieron a la tragedia al menos la primera media hora se invertía en seguir dilucidando lo ocurrido. Casi todas las veces algunos lloraban sólo al recordar lo que había acontecido y algunos profesores también lo hacían convirtiendo el aula en un concierto inconsolable de sollozos. Nunca había sido testigo de una pena común tan grande y sobre de una manifestación tan genuina de solidaridad y pesar compartido por un país.

De inmediato, en todas las ciudades, y obviamente en Syracuse se organizaron brigadas de apoyo, todos querían donar sangre, la misma que fluía como ríos, llegando a colmar las capacidades de recolección de los hospitales. Todos querían ayudar, de algún modo. Los bomberos, quienes habían arriesgado sus vidas por salvar las de miles en ambas torres, fueron los héroes nacionales por muchos meses, hasta que enjuiciaron a la ciudad de NY por más de 80 millones de dólares. No se el resultado final del juicio.

Con las semanas y meses, la tensión no se iba. Para colmo de males, en el mes de octubre de ese año un avión explotó en tránsito de Nueva York a Santo Domingo. Volar era la experiencia más aterradora que podía haber. Hacia octubre de ese mismo año, tuve la ocasión de visitar la gran ciudad y ese olor, y la sensación del terror aún estaba impregnada en sus calles. Por más que lo intentamos no pudimos llegar hasta el “ground zero” como habían bautizado al lugar donde habían estado las torres. Muchas cosas han cambiado en ese país, sin embargo la política de su gobierno se ha endurecido en lugar de flexibilizarse, erradamente pienso yo. Pero la solidaridad unánime, genuina de toda una sociedad con los que sufrieron fue una lección que no se puede olvidar.

Hubo un tiempo en Puerto Maldonado 1

Hubo un tiempo en que Puerto Maldonado era un pueblo con un cine, una sala de baile para adultos y aprendices de ello y un Club Juvenil. La población no debería superar los diez mil habitantes y haciendo divisiones y proporciones, los adolescentes entre 11 y 13 años no éramos seguro más de doscientos. Todos nos conocíamos. Los chicos como nosotros no éramos muy amigos de las chicas aunque siempre queríamos estar cerca de ellas.

El cine Madre de Dios, tenía una sola función, a las nueve de la noche. Aunque también existía el cine Grau, ir al Madre de Dios en lugar de éste era la regla cuando empezabas a existir en sociedad. El cine por dentro era una gran sala de butacas azules, todas casi al mismo nivel, por lo que si la persona sentada delante de ti era por desgracia alta, te perdías por lo menos el 40% de la película. Podías ir si deseabas a platea, donde si bien tenías una perspectiva mejor de la proyección, te perdías la dinámica de la sala principal, es decir, dejabas de existir.

La sala completa estaba zonificada de hecho, particularmente los sábados por la noche, más aún si la película era popular (Rocky, Regreso al Futuro I, Karate Kid, etc) y de estreno. Los jóvenes impetuosos e irreverentes se apoderaban de la parte delantera derecha y los más jóvenes aún, teníamos que resignarnos a la parte izquierda a partir de la tercera o cuarta fila. Era la separación natural y teníamos que aceptarla. Los previos al inicio de la proyección, eran el momento ideal para la interacción, mientras más te acercabas a la edad de 13-15 años, más dueño te sentías de las partes delanteras del cine. Los previos, eran también la oportunidad para ver y dejarse ver, luciendo tus más innovadores estilos de vestir, en ese despertar a la juventud y a la vida, de nosotros los más jóvenes.

Pese a todo, particularmente a mi, sólo una cosa me motivaba a integrarme más y más a nuestra pequeña sociedad del cine Madre de Dios. Era una niña, cuyo nombre nunca supe. Tenía una cabellera larga negra con cerquillo ondeado sobre una piel lozana y blanca, ojos negros y profundos como una noche oscura y triste sin estrellas. Aun ahora después de tantos años tengo la imagen de su rostro hermoso en mi mente y no creo que se borre.

La venta de boletos se organizaba en dos colas, de hombres y de mujeres que se alternaban. Yo inventé miles de colas, cambiándome de sitio, estableciendo simples cálculos aritméticos entre el número de personas delante de mí y delante de ella, para que coincidiéramos en la compra. Sólo una vez lo logré pero no supe qué hacer al estar frente a ella. Ella sí, compró sus entradas y caminó sonriente, dejándome siempre la duda de su mirada sobre mi rostro extasiado con su aroma de flores.

No obstante, nunca me daba por vencido y me complacía con espiarla, ya dentro del cine, toda la noche antes del inicio de la película o durante ella, en el resplandor de alguna escena. Era muy chico, pero siempre tuve conciencia que estaba perdidamente enamorado de aquella niña. Nunca le dirigí la palabra, ni ella a mí. Una vez escuché de mis padres de una triste noticia para la ciudad, una señora y su pequeña hija habían fallecido en un trágico accidente de tránsito. Lloré por ella, escondido cerca al río Tambopata como nunca antes lo había hecho por persona alguna y lo hizo incontables veces mi corazón, cada vez que traspuse las puertas del cine.
El cine, nunca volvió a ser el mismo luego de ella y casi coincidentemente con este hecho, dejamos de asistir religiosamente al cine Madre de Dios.

Algo que cambió la perspectiva inocente y platónica que tenía del cine fue la aparición de otra niña, incógnita en la sala. Fue durante una película de suspenso. Ella se sentó junto a mi, era menuda de cabello dorado y ojos felinos. Sus brazos buscaban refugio y protección por las fuertes escenas de una película de terror (no recuerdo bien) y luego, aunque no habíamos cruzado palabra alguna, sentí sus labios fríos sabor a chicle Adams sobre los míos. Nos besamos intermitentemente toda la noche y fue mi enamorada por unos meses. Ya tenía trece años y todo el derecho a tener una. Ese año, el Club Juvenil le empezaba a robar grande atención a nuestras noches de los sábados y tuvimos que dejar nuestro amado cine, donde había explorado dos perspectivas críticas de la vida, el amor fallido y el amor repentino. Así era Puerto Maldonado y así empezaba a dejar de ser para mí por que el Club Juvenil estaba listo para nosotros.

Señoras entrañables

Hay personas de edad eterna que uno conoce desde niño. Como uno es niño, estas personas están mas cerca a nosotros mientras más cerca de nosotros moran. Hay algunas que me han causado curiosidad extrema pero que por la lejanía geográfica o por ineptitud no pude satisfacer. Una de ellas doña Trini, a quien recuerdo menuda de piel tostada, caminando desde Puerto a la Joya, con paso tierno y con mirada apresurada, sola, con una sombrilla amarilla de puntos. Iba a visitar a mi abuela, donde conversaban sentadas sobre pequeños banquitos. Hablaban de sueños pasados, de esperanzas mientras tomaban café negro con farofa, pan de arroz, pan con margarina o, con suerte, con generosos trocitos de queso serrano, esperando la caída de la tarde para luego regresar caminando, sin prisa hacia “el pueblo”. Puerto, era eso, el pueblo. Algunas veces se aparecía por mi casa, también era amiga de mi madre.

Algunas otras personas son más cercanas y recordar las marcas de sus luchas sobre sus rostros me es mucho más fácil. Por ejemplo, doña Melchora, doña Angela y doña María. Hoy ya no están más allí. Doña Melchora y su larga y blanquísima cabellera, estará en su pozo, lavando las felicidades y miserias impregnadas en la ropa de sus clientes (usaba Magia Blanca y no Topaz, por que este era dañino para las manos) o doña Angela, en su inmensa cocina, lidiando con una numerosa prole y rebeldes peroles o doña María, tan amable y locuaz, de más reciente partida, caminando presurosa, con el moño cenizo, a atender a su esposo, descendiente taciturno de japoneses. La vida parecía el ir y venir de estas mujeres luchadoras, pleno de alegrías y seguro también decepciones, como la de cada familia de ese gran pueblo que era nuestro querido Puerto.

Yo, como todos los niños-muchachos de nuestro barrio, admiraba a morir a doña Felicia. Ella era una mujer de voluntad y optimismo indomables que llevaba sobre sus fuertes hombros, la responsabilidad de su familia. El esposo estaba limitado por la edad y por una enfermedad, un hijo padecía de desórdenes psicológicos, otros habían alzado vuelo buscando caminos propios, más dos muchachitos que siempre estaban tras ella como cachorros vulnerables. Vivían en una pequeña propiedad, sembrada de frutas, a la margen derecha del río Tambopata, casi al frente del astillero de Mallea, y día a día cruzaba el río en una pequeña canoa, ella y sus dos lobatos. Los muchachos del barrio, respetábamos mucho esa pequeña canoa, cuando íbamos al río a hacer de las nuestras. Ella siempre iba al remo.

Los chicos iban a la escuela y ella, costalillo al hombro pleno de pequeñas cantidades de naranjas, paltas o limón, se dirigía al mercado o hacia donde pudiera transformar en dinero su contenido. Siempre regresaba con el costalillo vacío. Recuerdo que muchas veces, en mi hoy desfalleciente idealismo, quería irme con ella, cargarle el costalillo, comprarle con un dinero que no tenía todo lo que tenía allí y que me dijera cual era el secreto para estar siempre sonriente y feliz siendo tan duro vivir. Ella pasaba por mi casa y me hablaba cuando estaba yo parado a la puerta, oteando superficialmente niño por diversión o por las muchachas cuando ya adolescente. Siendo tan sólo un muchachito, aun no entiendo por qué se detenía a conversarme, a animarme por lo bueno de la vida y por la cantidad de oportunidades que hay “allá afuera, en este mundo de Dios”. Luego se iba, acariciándome maternalmente el rostro. Aun hoy recuerdo su mirada tierna y llena de valor, nunca le vi. rencor ni rabia por lo duro de su camino, “un día a la vez”, decía y yo (y todos los rapaces del barrio) era muy feliz por ella cuando cada fin de año sus dos pequeños la llenaban de diplomas en cada clausura escolar de la Prevo. Eran unos muchachos brillantes.

Como vivo muchos años en Lima, la conexión débil o fuerte que había con estas personas eternas, se perdió. Uno se hace adulto a veces lejos de los que quiere y sigue su propio camino construyendo felicidades y tristezas. Sabia que doña Trini, doña Angela y doña Melchora habían fallecido varios años atrás, pero, cuando visité Puerto, me pareció verlas camino a la Joya por un sendero sin motos, o sentadas sobre sus perezosas, abanicos en mano, en la esquina de la Gonzáles Prada con Arequipa y al final de la Gonzáles Prada ahuyentando a los canallas que quieren arrojar basura al barranco.

Alguien me dijo que doña Felicia está ahora en Bolivia, su tierra natal, y que sus antes cachorros no la han defraudado. Hoy 17 de julio de 2006, por correo electrónico de mi hermano, me acabo de enterar que doña María, esa entrañable abuelita de la casita estilo palafito junto a la cocha de Mallea, tan cordial, afectuosa y consejera, ha fallecido. Quisiera decirles que aprendí mucho de ellas, que intento no defraudarlas, que siempre las recuerdo y que en los momentos duros y de incertidumbre, preciso que acaricien mi rostro, con esas sus manos ásperas, que me enseñen lo genuino de su felicidad y renueven la impronta de su esperanza inmortal, otra vez.