sábado, septiembre 23, 2006

11 de Septiembre de 2001: recuerdos a cinco años de la tragedia

Ese día llegué más temprano de lo necesario a la escuela, las clases empezaban a las diez. Se llamaba Maxwell School en Syracuse, Nueva York. Antes de ingresar a las aulas, habían unas salas inmensas con sillones y comfortables como el lobby de hoteles cinco estrellas. Para lo bueno y para lo malo dos televisores inmensos estaban siempre encendidos en CNN. Normalmente no muchos levantaban la mirada por las noticias, pero ese día, 11 de septiembre a las 8:50 de la mañana del verano boreal, casi una multitud estaba agolpada, absorta frente a ellos, algunos lloraban. Me detuve con la multitud y levanté la mirada hacia uno de los televisores. Una de las torres gemelas ardía inconteniblemente luego de que el primer avión se estrellara contra ella. Minutos después, se estrellaría el segundo avión en la torre sur y todo lo demás es historia conocida.

Sin embargo, pocos conocen las sensaciones que invadieron los pasillos y aulas de las escuelas y las calles de pequeñas ciudades como Syracuse, al noroeste de Nueva York, y de las reacciones y actitudes de grupos de la gente; la de las calles, de los suburbios, de los estudiantes de Maxwell y de la Universidad de Syracuse en general y profesores.

Como era de esperar, ese día se suspendieron labores en la escuela. Luego me enteraría que los padres de una compañera estaban en vuelo a Alemania durante el ataque terrorista y el padre de otra compañera trabajaba en un edificio contiguo a las torres gemelas, afortunadamente, a la hora del primer impacto, ellos recién salían de sus casas. Entre tanto drama, no supe como actuar ni qué hacer, así que opté por simplemente observar y acompañar.

La escuela a la que asistía tenía una tradición liberal (que quiere decir “de izquierda” en la cultura americana) y de visión amplia de la realidad social mundial. No podía esperarse allí, manifestaciones institucionales ni del personal docente encendidas de rechazo cultural por el medio oriente. Se promovía un ambiente de debate, tolerancia y aceptación de todas las ideas. Los estudiantes americanos, la mayoría de ellos, manifestaban un profundo dolor por lo ocurrido y nada de odio se evidenciaba en las palabras, gestos y actitudes de la mayoría de ellos. La reacción común entre los extranjeros fue la de solidaridad con el país que nos estaba cobijando….al menos eso pensaba. Y no era así. Hubieron análisis cuestionables de algunos como que “los americanos estaban cosechando lo que habían sembrado”, u otros que “no les sorprendía, que lo venía venir” lo que originó un profundo sentimiento de desazón y rechazo por parte de los americanos. Yo pensé para mi mismo, aun si compartiera esas ideas (¿qué tienen que ver inocentes ciudadanos con la política de su gobierno?), no era de caballeros mencionarlas en esos momentos, en los que lo único que ellos necesitaban y querían era solidaridad con el dolor y con la sensación de incertidumbre y vulnerabilidad que había invadido toda la sociedad americana.

Algunos latinoamericanos, conversando entre nosotros, manifestábamos sentimientos confuso, en algunos casos casi morbosos. Pero no todos los americanos actuaban igual que el getto de la universidad. En realidad, en las afueras de la ciudad en los barrios más pobres y en sus calles, se percibía una tensión innegable. Algunos egipcios y otros iraníes fuero agredidos verbalmente y a uno le arrojaron piedras. Los jóvenes de pregrado, esos típicos muchachitos rubicundos de películas de universitarios que solemos ver en cine y televisión, nos atemorizaban cuando pasábamos camino a casa con unos hindúes y se cruzaban en nuestro camino. Sus actitudes parecían hostiles, pero nunca lo fueron realmente. Sí había cierto temor, sin embargo, entre los extranjeros cuando caminábamos fuera del campus.

Las clases, todas, invertían tiempo en discutir y escuchar todas las opiniones para tratar de entender e interpretar las razones de tanta insanía. En los días que siguieron a la tragedia al menos la primera media hora se invertía en seguir dilucidando lo ocurrido. Casi todas las veces algunos lloraban sólo al recordar lo que había acontecido y algunos profesores también lo hacían convirtiendo el aula en un concierto inconsolable de sollozos. Nunca había sido testigo de una pena común tan grande y sobre de una manifestación tan genuina de solidaridad y pesar compartido por un país.

De inmediato, en todas las ciudades, y obviamente en Syracuse se organizaron brigadas de apoyo, todos querían donar sangre, la misma que fluía como ríos, llegando a colmar las capacidades de recolección de los hospitales. Todos querían ayudar, de algún modo. Los bomberos, quienes habían arriesgado sus vidas por salvar las de miles en ambas torres, fueron los héroes nacionales por muchos meses, hasta que enjuiciaron a la ciudad de NY por más de 80 millones de dólares. No se el resultado final del juicio.

Con las semanas y meses, la tensión no se iba. Para colmo de males, en el mes de octubre de ese año un avión explotó en tránsito de Nueva York a Santo Domingo. Volar era la experiencia más aterradora que podía haber. Hacia octubre de ese mismo año, tuve la ocasión de visitar la gran ciudad y ese olor, y la sensación del terror aún estaba impregnada en sus calles. Por más que lo intentamos no pudimos llegar hasta el “ground zero” como habían bautizado al lugar donde habían estado las torres. Muchas cosas han cambiado en ese país, sin embargo la política de su gobierno se ha endurecido en lugar de flexibilizarse, erradamente pienso yo. Pero la solidaridad unánime, genuina de toda una sociedad con los que sufrieron fue una lección que no se puede olvidar.

Hubo un tiempo en Puerto Maldonado 1

Hubo un tiempo en que Puerto Maldonado era un pueblo con un cine, una sala de baile para adultos y aprendices de ello y un Club Juvenil. La población no debería superar los diez mil habitantes y haciendo divisiones y proporciones, los adolescentes entre 11 y 13 años no éramos seguro más de doscientos. Todos nos conocíamos. Los chicos como nosotros no éramos muy amigos de las chicas aunque siempre queríamos estar cerca de ellas.

El cine Madre de Dios, tenía una sola función, a las nueve de la noche. Aunque también existía el cine Grau, ir al Madre de Dios en lugar de éste era la regla cuando empezabas a existir en sociedad. El cine por dentro era una gran sala de butacas azules, todas casi al mismo nivel, por lo que si la persona sentada delante de ti era por desgracia alta, te perdías por lo menos el 40% de la película. Podías ir si deseabas a platea, donde si bien tenías una perspectiva mejor de la proyección, te perdías la dinámica de la sala principal, es decir, dejabas de existir.

La sala completa estaba zonificada de hecho, particularmente los sábados por la noche, más aún si la película era popular (Rocky, Regreso al Futuro I, Karate Kid, etc) y de estreno. Los jóvenes impetuosos e irreverentes se apoderaban de la parte delantera derecha y los más jóvenes aún, teníamos que resignarnos a la parte izquierda a partir de la tercera o cuarta fila. Era la separación natural y teníamos que aceptarla. Los previos al inicio de la proyección, eran el momento ideal para la interacción, mientras más te acercabas a la edad de 13-15 años, más dueño te sentías de las partes delanteras del cine. Los previos, eran también la oportunidad para ver y dejarse ver, luciendo tus más innovadores estilos de vestir, en ese despertar a la juventud y a la vida, de nosotros los más jóvenes.

Pese a todo, particularmente a mi, sólo una cosa me motivaba a integrarme más y más a nuestra pequeña sociedad del cine Madre de Dios. Era una niña, cuyo nombre nunca supe. Tenía una cabellera larga negra con cerquillo ondeado sobre una piel lozana y blanca, ojos negros y profundos como una noche oscura y triste sin estrellas. Aun ahora después de tantos años tengo la imagen de su rostro hermoso en mi mente y no creo que se borre.

La venta de boletos se organizaba en dos colas, de hombres y de mujeres que se alternaban. Yo inventé miles de colas, cambiándome de sitio, estableciendo simples cálculos aritméticos entre el número de personas delante de mí y delante de ella, para que coincidiéramos en la compra. Sólo una vez lo logré pero no supe qué hacer al estar frente a ella. Ella sí, compró sus entradas y caminó sonriente, dejándome siempre la duda de su mirada sobre mi rostro extasiado con su aroma de flores.

No obstante, nunca me daba por vencido y me complacía con espiarla, ya dentro del cine, toda la noche antes del inicio de la película o durante ella, en el resplandor de alguna escena. Era muy chico, pero siempre tuve conciencia que estaba perdidamente enamorado de aquella niña. Nunca le dirigí la palabra, ni ella a mí. Una vez escuché de mis padres de una triste noticia para la ciudad, una señora y su pequeña hija habían fallecido en un trágico accidente de tránsito. Lloré por ella, escondido cerca al río Tambopata como nunca antes lo había hecho por persona alguna y lo hizo incontables veces mi corazón, cada vez que traspuse las puertas del cine.
El cine, nunca volvió a ser el mismo luego de ella y casi coincidentemente con este hecho, dejamos de asistir religiosamente al cine Madre de Dios.

Algo que cambió la perspectiva inocente y platónica que tenía del cine fue la aparición de otra niña, incógnita en la sala. Fue durante una película de suspenso. Ella se sentó junto a mi, era menuda de cabello dorado y ojos felinos. Sus brazos buscaban refugio y protección por las fuertes escenas de una película de terror (no recuerdo bien) y luego, aunque no habíamos cruzado palabra alguna, sentí sus labios fríos sabor a chicle Adams sobre los míos. Nos besamos intermitentemente toda la noche y fue mi enamorada por unos meses. Ya tenía trece años y todo el derecho a tener una. Ese año, el Club Juvenil le empezaba a robar grande atención a nuestras noches de los sábados y tuvimos que dejar nuestro amado cine, donde había explorado dos perspectivas críticas de la vida, el amor fallido y el amor repentino. Así era Puerto Maldonado y así empezaba a dejar de ser para mí por que el Club Juvenil estaba listo para nosotros.

Señoras entrañables

Hay personas de edad eterna que uno conoce desde niño. Como uno es niño, estas personas están mas cerca a nosotros mientras más cerca de nosotros moran. Hay algunas que me han causado curiosidad extrema pero que por la lejanía geográfica o por ineptitud no pude satisfacer. Una de ellas doña Trini, a quien recuerdo menuda de piel tostada, caminando desde Puerto a la Joya, con paso tierno y con mirada apresurada, sola, con una sombrilla amarilla de puntos. Iba a visitar a mi abuela, donde conversaban sentadas sobre pequeños banquitos. Hablaban de sueños pasados, de esperanzas mientras tomaban café negro con farofa, pan de arroz, pan con margarina o, con suerte, con generosos trocitos de queso serrano, esperando la caída de la tarde para luego regresar caminando, sin prisa hacia “el pueblo”. Puerto, era eso, el pueblo. Algunas veces se aparecía por mi casa, también era amiga de mi madre.

Algunas otras personas son más cercanas y recordar las marcas de sus luchas sobre sus rostros me es mucho más fácil. Por ejemplo, doña Melchora, doña Angela y doña María. Hoy ya no están más allí. Doña Melchora y su larga y blanquísima cabellera, estará en su pozo, lavando las felicidades y miserias impregnadas en la ropa de sus clientes (usaba Magia Blanca y no Topaz, por que este era dañino para las manos) o doña Angela, en su inmensa cocina, lidiando con una numerosa prole y rebeldes peroles o doña María, tan amable y locuaz, de más reciente partida, caminando presurosa, con el moño cenizo, a atender a su esposo, descendiente taciturno de japoneses. La vida parecía el ir y venir de estas mujeres luchadoras, pleno de alegrías y seguro también decepciones, como la de cada familia de ese gran pueblo que era nuestro querido Puerto.

Yo, como todos los niños-muchachos de nuestro barrio, admiraba a morir a doña Felicia. Ella era una mujer de voluntad y optimismo indomables que llevaba sobre sus fuertes hombros, la responsabilidad de su familia. El esposo estaba limitado por la edad y por una enfermedad, un hijo padecía de desórdenes psicológicos, otros habían alzado vuelo buscando caminos propios, más dos muchachitos que siempre estaban tras ella como cachorros vulnerables. Vivían en una pequeña propiedad, sembrada de frutas, a la margen derecha del río Tambopata, casi al frente del astillero de Mallea, y día a día cruzaba el río en una pequeña canoa, ella y sus dos lobatos. Los muchachos del barrio, respetábamos mucho esa pequeña canoa, cuando íbamos al río a hacer de las nuestras. Ella siempre iba al remo.

Los chicos iban a la escuela y ella, costalillo al hombro pleno de pequeñas cantidades de naranjas, paltas o limón, se dirigía al mercado o hacia donde pudiera transformar en dinero su contenido. Siempre regresaba con el costalillo vacío. Recuerdo que muchas veces, en mi hoy desfalleciente idealismo, quería irme con ella, cargarle el costalillo, comprarle con un dinero que no tenía todo lo que tenía allí y que me dijera cual era el secreto para estar siempre sonriente y feliz siendo tan duro vivir. Ella pasaba por mi casa y me hablaba cuando estaba yo parado a la puerta, oteando superficialmente niño por diversión o por las muchachas cuando ya adolescente. Siendo tan sólo un muchachito, aun no entiendo por qué se detenía a conversarme, a animarme por lo bueno de la vida y por la cantidad de oportunidades que hay “allá afuera, en este mundo de Dios”. Luego se iba, acariciándome maternalmente el rostro. Aun hoy recuerdo su mirada tierna y llena de valor, nunca le vi. rencor ni rabia por lo duro de su camino, “un día a la vez”, decía y yo (y todos los rapaces del barrio) era muy feliz por ella cuando cada fin de año sus dos pequeños la llenaban de diplomas en cada clausura escolar de la Prevo. Eran unos muchachos brillantes.

Como vivo muchos años en Lima, la conexión débil o fuerte que había con estas personas eternas, se perdió. Uno se hace adulto a veces lejos de los que quiere y sigue su propio camino construyendo felicidades y tristezas. Sabia que doña Trini, doña Angela y doña Melchora habían fallecido varios años atrás, pero, cuando visité Puerto, me pareció verlas camino a la Joya por un sendero sin motos, o sentadas sobre sus perezosas, abanicos en mano, en la esquina de la Gonzáles Prada con Arequipa y al final de la Gonzáles Prada ahuyentando a los canallas que quieren arrojar basura al barranco.

Alguien me dijo que doña Felicia está ahora en Bolivia, su tierra natal, y que sus antes cachorros no la han defraudado. Hoy 17 de julio de 2006, por correo electrónico de mi hermano, me acabo de enterar que doña María, esa entrañable abuelita de la casita estilo palafito junto a la cocha de Mallea, tan cordial, afectuosa y consejera, ha fallecido. Quisiera decirles que aprendí mucho de ellas, que intento no defraudarlas, que siempre las recuerdo y que en los momentos duros y de incertidumbre, preciso que acaricien mi rostro, con esas sus manos ásperas, que me enseñen lo genuino de su felicidad y renueven la impronta de su esperanza inmortal, otra vez.