sábado, octubre 04, 2008

Los sentimientos contradictorios del Futbol

La imagen aún permanece impoluta en mi mente. Era el 6 de setiembre de 1981, cuando mi padre me llevó de pasajero en su interminable “cincuentita” Honda roja a la caravana de motocicletas ruidosas que se organizó espontáneamente. La selección peruana acababa de empatar 0-0 con la uruguaya en Lima, equipo al que ya había batido 1-0 en el mismo Centenario. Este resultado representaba la última vez que el país se embriagó con una clasificación al mundial. El futbol, como en casi todos los rincones de la patria, era parte de la vida de la recién adolescente ciudad de Puerto Maldonado. Y esa barahúnda de ruidosos ti ti ti, titititi, titi, dándole vuelta tras vuelta a la plaza de armas, con rostros todos conocidos, gritando y agitando el Perú Campeón, Perú Campeón de siempre, era seguro una pequeña muestra de lo que se vivía en simultáneo en todo el Perú. Por que en esos tiempos, clasificar a un mundial, era aún una fruta al alcance de la blanquirroja.
Para Puerto era la época de esos míticos encuentros entre Juventud La Joya y Deportivo Maldonado. En mi casa, lógicamente, todos le íbamos a La Joya, la de Riquelme, el "Chamaco" Valdez, “Caballo Loco”, y otros legendarios nuestros, que vapuleaba a su antojo al, varios años después, heroico, Deportivo Maldonado. Mi padre, epicúreo amante del futbol y la vida reposada, dirigente de Juventud La Joya, periodista deportivo en sus inicios en la radio, hincha del Defensor Lima, pero viejo comprometido con el Municipal de sus tiempos, para quien el mejor jugador del mundo habría sido Omar Sívori y detractor, premonitorio, de Maradona, había, sin querer, inculcado en mi esa relación dañina de amor, desengaño y esperanza, con el futbol y con cualquier equipo que tenga el nombre propio o apellido Perú.
Sólo eso podía explicar mi presencia, en el ocaso de la niñez, robándole tiempo al río o a la cocha en la caravana o en las innumerables jornadas, ajustando el dial de amplitud modulada, buscando la señal sin estática de emisoras sin nombre, que transmitían esos lejanos encuentros de copa Libertadores, de equipos que ni siquiera vería alguna vez, pero a los que hinchaba a morir en sus duelos con equipos de países vecinos. El UTC de Cajamarca, el Torino de Talara, el Melgar de Arequipa del chivo Neyra y del Madrediosense Ramírez, el primer paisano que luego llegaría a la selección nacional.
Lo que ocurrió después con la selección peruana en sus partidos de preparación fue para el ensueño, llegando a ser considerada como una de las favoritas previo al inicio del mundial y nosotros lo aguardábamos intercambiando figuritas del álbum del mundial, comprando de a sobrecitos y no por “paquetones” por que no alcanzaba la propina (http://www.arkivperu.com/blog/?p=1136). El primer partido, que se suponía “fácil” empató, el segundo también, pero todo el país esperaba el despertar de esos monstruos que clasificarían en el último partido, que había chances, que el equipo jugaba muy bien, que se podía remontar, que el grupo estaba parejo. El 5 a 1 que le encajó Polonia, la de los inmisericordes y odiados Lato y Boniek, y las esperanzas inacabables, el esperar hasta el último segundo por el ilusorio viraje triunfal, fue premonitorio de lo que ocurriría recurrentemente los próximos veintiséis años. En cada eliminatoria, en cada competición de nivel internacional.
Soporté estoicamente todo el Perú-Polonia, sacrificando casi toda la diversión de la cancha de la Prevo, esperando hasta el último segundo, la inminente vuelta de timón del partido, bastaría una genialidad de Barbadillo o La Rosa o quizás de Uribe. Días antes, como cada año, en La Prevo habían podado el pasto, y el área disponible para el juego se había triplicado y habían instalado arcos transversales a la cancha de fútbol para hacer fulbito en el grass. En lo que a mi respecta, pienso que ese partido y las esperanzas de una recuperación memorable, por los fundamentos del buen futbol de este equipo, fue la impronta que marcó mi relación con el futbol peruano, de selección y de equipo de competencia internacional.
Me parece que ese día, se inició premonitorio el friaje. Los de la selva podíamos oler y sentir su inicio, con la súbita sequedad de nuestros labios y escalofríos y resequedad blancuzca de la piel, confirmado luego por el horizonte oscuro de las cabeceras del Tambopata y el viento frío, primero, luego helado que atrapaba a la selva en toda su inmensidad. Ocurría sólo en esa época, la del verano boreal, invierno austral, temporada de estío para nosotros, aunque de temperaturas normales por encima de los 28 C. que podían descender en nuestras propias narices, en cuestión de minutos, hasta los 15 grados Celsius, e incluso hasta menos. Uno tenía que correr entonces a la casa y ganarle al viento a la cerrazón y al frío antes que nos atrape. Era cuestión de segundos y minutos. Por suerte, las mamás que ya se había anticipado a revolver en los cajones las chompas y casacas que se usaban una vez al año, estaban allí para proveer. Luego volvíamos a nuestra esquina que ya soportaba la ventisca y el cielo gris de nubes secas.
En otras ocasiones, las emociones suscitadas por el cielo cerrado y el vientecillo helado, esas de tristezas y nostalgias, habrían rebosado mi corazón y empujado, junto con la muchachada a las reflexiones. Pero nada. Luego de la catástrofe no había emoción por las emociones.
La siguiente eliminatoria, me encontró ya en la adolescencia y con la esperanza intacta de que no sólo iríamos al mundial, sino que haríamos un papel excelente, tan bueno como el 78, a excepción del 6-0, claro.
Como todo amante insensato, que se engaña a pesar de la evidencia irrefutable del desamor y desapego de la niña, seguí como millones de compatriotas, emocionándome ante cada mirada, ante cada jugada de “filigrana” de nuestros futbolistas, de “escuela brasileña”, a la que la “argentina respeta e incluso teme”, la que “cuando quiere” le pintaba la cara al más guapo, la que “ya despertará”, la que “el próximo partido se levanta” hasta la que “matemáticamente tiene posibilidades”.
Pasaron muchos años, y la insensatez es obcecada compañera. Luego decíamos, el próximo mundial será, mientras veíamos desfilar rumbo a los mundiales a selecciones “inferiores” a la nuestra, a nuestros sueños, en verdad, a nuestra ilusión construida sobre la base de hazañas que nunca realmente vimos.
El año 2006, exactamente 25 años después de la caravana de las calles de Puerto, de la avenida León Velarde hasta la “muyuna” o “hasta el uno”, decidí no emocionarme más. Decidí aniquilar a doña expectativa, por que ésta es la proxeneta de la frustración y la tristeza. Decidí volverme insensible, frío, calculador e indiferente al romance con la blanquirroja. Ya no sufriría más por esa mentirosa, aunque, sí, como no, asistiría vergonzante a espectar todos los partidos, en la soledad de mi cuarto, frente a un televisor que iba creciendo en pulgadas con cada eliminatoria.
Todo estaba bien, como mi futbolero corazón, hasta que apareció este Perú-Argentina del 10 de setiembre de 2008. Lo vi con la frialdad construida, sin la menor expectativa, sin ningún sentimiento, hasta casi con sentimiento de culpa por la “decisión” que había tomado, en el cuarto de mi hijo Juan Pablo. Pero, pobre de mí, allí estaba dormido el amor desventurado, aquel siempre contrariado, ajeno, para aparecer con un grito catártico, ronco de la alergia del chapalear en la contaminada humedad limeña, al minuto 93, con la mirada coqueta y las caricias al alcance de la zalamera. El arranque épico de Vargas, el sometimiento que infligió al argentino Bataglia con su superioridad física, con su juventud irreverente, con su voluntad indesmayable y las ganas de ganar que siempre quisiéramos ver, llevaba consigo todas las expectativas nunca realizadas de una generación. Y terminó en gol, de un oportunísimo goleador, Fano, que como el amazónico que huele cuando la lluvia viene, sabe que el pase-gol estará allí y él no rehuirá a la cita.
Pero, a pesar de esto, en verdad, sinceramente yo no olvido la lección. Se que la veleidosa está de vuelta, pero no quiero que me engañe una vez más, no quiero querer creer que esta vez será diferente…o quizás, quizás sí quiero seguir siendo engañado, quizás será diferente…


Pd 1. Esta narración del gol de Daniel Peredo es para la antología, seguro que, como a mí, debo confesar, llevó al borde del llanto escondido a muchos.