viernes, diciembre 02, 2016

Razón y prejuicio en la sociedad Por Juan Pablo Salhuana Ríos

Introducción


Se denomina prejuicio al prejuzgamiento, mayormente negativo, que realizan las personas respecto de otras personas o situaciones. El prejuicio, regularmente, deriva en crítica o rechazo a otros, ya sea por sus creencias, estatus social o incluso por su conducta o lugar de origen. Los prejuicios nacen de estereotipos expandidos a nivel mundial y que por lo general carecen de base que los sustente. Aunque no son siempre negativos, por lo general causan actos como la discriminación, exclusión, violencia física o emocional a miembros de un grupo o una persona en particular.

En este folleto encontraras información que te ayudará a comprender mejor lo que es el prejuicio y su origen, así poder ser más conscientes de ellos, evitarlos o minimizarlos, haciéndonos más positivos y tolerantes en nuestra vida diaria.

Orígenes, Consecuencias y Razones 

Las investigaciones indican que el prejuicio es un proceso de categorización natural que cambia de perspectiva a través del tiempo. Pero ¿Es este acto del todo negativo?  Todo indica que el prejuicio es el resultado de nuestro miedo natural a lo diferente o desconocido, que luego se convierte en rechazo.

El miedo es un sentimiento que forma parte de los factores que como especie nos han mantenido vivos al ser lo que nos mantenía alejado de los posibles peligros. Pero los tiempos cambian y ahora el miedo que nos mantenía vivos, está significando una barrera para el conocimiento, entendimiento y aceptación.

Usar la razón, y eliminar esta barrera, o al menos, suavizada, nos llevaría a una mejor comprensión y convivencia en el mundo actual lleno de formas y estilos de vida, culturas y creencias diferentes, pero con la misma necesidad de ser respetadas, comprendidas y aceptadas.

Ejemplo: Homosexualidad

La homosexualidad es un buen ejemplo de cómo la razón va ganando al prejuicio. Años atrás era impensable la gran aceptación que hoy en día la comunidad homosexual recibe en cada vez más países.
 
Pero no nos engañemos, en Perú todavía existe una mayoría prejuiciosa, en el sentido más negativo, respecto de la homosexualidad y los homosexuales, a quienes consideran “anormales”. Esto se traduce en discriminación. Hablamos no de casos leves, si no de situaciones de violencia, que solemos ignorar al considerar que no tienen que ver con nosotros. Si esta mayoría comprendiera que esta actitud se basa en un prejuicio, sustentado en una incomprensión de aquello diferente y conociera lo que señala la ciencia respecto de que la homosexualidad es un hecho de la naturaleza, quizás lograríamos aceptación y respeto a esta comunidad.

Reflexionando 

¿Somos todos culpables de nuestros propios prejuicios? 

Independientemente de la necesidad o deseo humano por reafirmar sus diferencias frente a otros, existen personas que, probablemente, no identifican tal situación como prejuicio al ser ajenos a este concepto. Incluso al punto que la actitud basada en prejuicio podría ser considerada un hecho inocente, ya que estos comportamientos crecieron con ellos a través de influencia de la familia o el entorno social.

La buena noticia es que con un poco de razonamiento y autocrítica cada persona puede identificar sus prejuicios. Eso sí, antes tendríamos que aceptar que determinada conducta u opinión está basado en prejuicios, cuestionando la normalidad de nuestra conducta o posición pese a estar acostumbrados a ellas a tal punto que fluyen de manera inconsciente. La capacidad de auto cuestionamiento que determinada posición o actitud se origina en un prejuicio, puede ser muy provechosa para la sociedad en su conjunto puesto que sería un gran primer paso para avanzar hacia una mejor y mucho más objetiva visión del mundo, de las personas y de nuestras diferencias.

domingo, diciembre 05, 2010

Vargas Llosa

Fue en 1982 la primera vez que tomé conciencia de este formidable peruano. Y no por su producción literaria, sino por el resentimiento y distancia que generó la posición política que varios años antes había adoptado, en los izquierdistas de la época.

Uno de ellos fue mi profesor de los últimos años de la primaria, uno muy bueno a decir verdad, al que se le perdona los inevitables excesos atribuibles a sus convicciones. Este profesor de tanto en tanto nos daba consejos sobre la vida, cómo abordarla, sobre las bondades de la buena lectura, sobre las tendencias mundiales de la política, y cómo no, sobre lo que nos esperaba en la secundaria. Cierto día, hizo el siguiente comentario: - Uds deben siempre tratar bien a todas las personas, sobre todo a aquellas que pertenecen al pueblo- y en un giro inesperado, acotó: - no como Vargas Llosa, quien se negó a recibirme para una entrevista, porque no estoy a su nivel -. Y luego abundó en detalles del hecho.

El incidente, según lo narrado por el profesor, habría ocurrido en visita que el escritor había realizado a Puerto Maldonado uno o dos años antes, en el todavía Hotel de Turistas (Hoy Hotel Don Carlos), donde se hospedaba. La imagen del profesor gesticulando, mientras nos lanza esa mirada fiera e indignada, que siempre parecía tener, frente a tanta iniquidad e injusticia de nuestro mundo capitalista, no se ha borrado de mi mente. Como tampoco la curiosidad que experimenté por conocer a ese escritor distante y distanciado sobre el cual se empezaba a generar esa imagen de operador interesado del “sistema de expoliación de los más pobres”, pero que, contrario a lo que hubiera deseado mi buen profesor, llegó a influenciar en gran medida mi propia vida y convicciones personales a través de sus personajes y de sus ideas plasmadas en sus ensayos.

Algún tiempo después de la anécdota, lo encontré en una versión trajinada La Ciudad y los Perros, mientras hurgaba entre los no muchos volúmenes de la esforzada biblioteca de la casa, surtida con ediciones juveniles de Don Quijote de la Mancha, de colecciones de clásicos españoles (García Lorca, Unamuno, y otros que nunca llegué realmente a leer por lo densas que me parecían), La Serpiente de Oro, Los Perros Hambrientos, Las Aventuras de Tom Sawyer, La Guerra y la Paz, La Madre, Crimen y Castigo, El Mundo es Ancho y Ajeno, cientos de Comics de la época (Aguila Solitaria, Dartagnan, Rico McPato, etc) revistas Caretas por doquier y, alguna que otra revista “Z” que, mis hermanos mayores “escondían” en las partes bajas y que también curioseábamos impune, culposa, fruitiva y precozmente en algún rincón oscuro de la casa.

Entonces lo conocí a través del Poeta. Esa primera interacción con él, con su mundo, fue de enorme relevancia, desde el primer año de la secundaria en el Colegio Nacional Guillermo Billinghurst de Puerto Maldonado, donde los compañeros, mayormente fuera de edad para el grado correspondiente, superaban a los pocos en edad adecuada, en dos o tres años, que en esa etapa de la vida hace gran diferencia. La estrategia, copiada del poeta fue clave en la supervivencia individual, en ese pequeño mundo Neanderthal de adolescentes del colegio. Como él, sólo restaba explotar el ingenio, el manejo idiomático o la elaboración de misivas y mensajes de amor o historietas, para contrarrestar y/o mantener controlados o entretenidos a los más grandes y avezados.

Algunas anécdotas específicas vienen a mi mente, mientras confirmo raudamente en Internet, en el diario El País de España la noticia que no creía de la narradora de noticias de las 6:30 am del 7 de octubre de 2010. En efecto, Vargas Llosa, ha recibido el Nobel de Literatura. Un sobrecogimiento me invade, y la emoción que acongoja, pero que contrarresto regodeándome con los cientos de mensajes de todo el mundo hispanohablante reconfortándose con la noticia y se agolpa en mi mente, y me causa risa involuntaria, el recuerdo de aquel cuarto de hotel en el Cusco en donde induje a la jauría de mis compañeros a echarse un “concurso de pajas” montando una escenografía adecuada y un rápido sistema de apuestas sobre quién sería el ganador. Gana "pepino". También como el poeta, hubo días negros de resignación frente a la chanza y la burla, parte del aprendizaje permanente para sobrevivir en este mundo salvaje y de supervivencia donde vivimos y contenemos los mismos ímpetus, de esa juventud, con resabios de civilización e hipocresías.

Entre los cientos de mensajes, luego de varios años, ya tengo las ideas de Vargas Llosa, seduciéndome el tercer año de estudios en la heterodoxa Católica, en los pasillos de la facultad, mientras no me canso de leer su prédica a favor de la libertad del individuo para desarrollar su potencial sin restricciones a su participación en la política, en la economía, con una cerrada, coherente, consistente y militante lucha contra todo tipo de dictaduras y satrapías consagrando siempre al individuo como el eje. Ese espíritu contracorriente es muy fuerte y en la Católica, los textos y autores libertarios no son muy difundidos, pienso, y entonces promovemos, con la complicidad del Instituto de Economía de Libre Mercado del Perú la divulgación de textos de autores como Gary Becker, Hayek, Mises, Karl Popper y peruanos como Pedro Beltrán e incluso el texto de Boloña Cambio de Rumbo. Muchos compran estos libros, y pensamos que estamos contribuyendo en algo a ampliar las oportunidades para conocer a pensadores no incluidos en los cursos regulares ni de economía ni de historia del pensamiento económico.

Mas mensajes en la red, algunos critican la elección de Mario con diversos argumentos y caigo en cuenta que a pesar de su trayectoria jamás habrá consenso en torno a su figura, como librepensador o por sus posiciones políticas. Y otra anécdota, casi belicosa, viene a mi mente, a principios de los 90’s mientras un amigo de mi hermano mayor, despotrica de MVLL, de su posición política de su “falta de principios” y yo no puedo contenerme más y le enrostro lo absurdo de su argumentación, puesto que estamos refiriéndonos a uno de los pocos personajes públicos peruanos que realmente tiene principios transparentados y actúa consecuente con ellos, hecho sin precedentes en la fauna de personajes políticos, intelectuales, artísticos, etc, cuyas consistencias de supuestos principios versus conductas son de los más frágiles. Esa discusión no la pude ganar, obviamente, había una cerrazón casi autodestructiva de muchos sectores de la población frente a este personaje, que hoy se yergue en la cima de la consecuencia y convicciones, y se convierte en una reserva de moral y de principios, necesaria para construir un país diferente, un país que nuestros hijos ya se merecen.

Han pasado ya varias semanas desde que escribí lo anterior. Esta semana se le entregará finalmente el premio por su genialidad literaria y luego también en el Perú será celebrado por ello. Sin embargo, MVLL deberá ser reconocido y agradecido, además, por la coherencia de sus convicciones y por haber sido y continuar siendo la conciencia del país frente a la inconsistencia Discurso-Conducta, cinismo e hipocresía que aún campean en exceso en todos los espacios, públicos y privados.

sábado, marzo 20, 2010

Donde se fue el Carnaval de Puerto Maldonado?


Tendría unos 8 años, el recuerdo aún permanece, perdido en la muchedumbre de una de las tantas pandillas que se formaban espontáneamente cada carnaval en Puerto Maldonado. La ciudad, para nosotros, el pueblo para la gente de los caseríos, se convertía cada domingo de febrero, previos al miércoles de ceniza, en tierra tomada por las pandillas. Estas seguían a las comparsas en su danzar a lo largo de las calles de tierra, llenas de cochas empozadas estratégicamente por las lluvias de la temporada. Nadie ni nada más se movilizaba por la ciudad, bajo riesgo de ser victimado por el carnaval. “Carnaval manda y nadie lo demanda” decíamos con impunidad.

Los puntos de referencia solían ser los lugares donde algunas familias plantaban la umisha o unsha, “arboles” de Huasaí trabajados especialmente para sostener en la cúspide tejida, todo tipo de presentes que se ofrecían a los danzantes que bailaban la pandilla amazónica, embriagados, y que tenían que derribar el árbol, con el hacha, pero soportando un sinfín de rodillazos aleccionados por el bombo y la flauta, en el clímax de la fiesta de carnavales, aquellos carnavales de Puerto Maldonado.

El carnaval diurno se vivía y hacía en las calles y frente a las casas de estas familias carnavaleras. No tengo memorias del carnaval nocturno de esos tiempos. Las decenas de niños, adolescentes y jóvenes que conformaban las pandillas seguíamos a las comparsas en su recorrido, echando pintura, grasa de mecánica, anilina, tinte de Huito o mojando simplemente, botando a la cocha a las chicas y también a veces a los chicos desconcertados de cada año, peinando todos los barrios de la ciudad. Desde barriolindo, pasando por los alrededores de la plaza de Armas, hasta el pueblo viejo.

A veces, a la vuelta de una esquina, algunas pandillas se encontraban cara a cara. Las miradas de fiereza, se resolvía rápidamente con gruñidos de desdén. Luego cada una seguía su propia ruta, siguiendo a los líderes que iban adelante, para coincidir nuevamente en una Unsha o al final en Pueblo Viejo, en el puerto, para despedir al Ño Carnavalón.

Los más jóvenes éramos los que teníamos un contacto más cercano con nuestros equivalentes en la pandilla vecina, pero era una interacción, que aunque tensa al principio, no dejaba de relajarse por la curiosidad de ver de cerca, muchas veces por primera vez, a aquellos muchachos y muchachas que vivían, sin embargo, a no más de dos kilómetros de nuestros respectivos barrios (cuando adolescentes, nos volveríamos a encontrar, pero ya en otras circunstancias). Recuerdo cierta ocasión cuando ya entrando en la adolescencia me crucé con dos chicas de mi generación y algunos muchachos con los que nunca antes había interactuado, congeniamos rápidamente y nos unimos en un subgrupo de la pandilla. Algunos años, el Club Social, en su sede, organizaba fiestas para los más jóvenes y el carnaval para nosotros, ni siquiera en la noche, sino al caer de la tarde se trasladaba al talco y al baile sin parar. No había Manguaré aún y los niños aterrorizaban el vecindario con los infames “matacholos”.

La pertenencia a una pandilla no tenía una regla claramente establecida, aunque se generaba por el nivel de familiaridad con los líderes o con otros integrantes de las mismas. Los más chiquitos no se unían a las pandillas y permanecían en sus cuadras y barrios, mojando, pintando o también echando a la cocha, a victimas de ocasión, pero respetando siempre una frontera establecida, la cual, sólo se aventuraban a sobrepasar con la pubertad. Se jugaba en todas las calles y esquinas de la ciudad.

Al finalizar el día, los del barrio de la intersección de la Gonzales Prada y Arequipa, coincidíamos en el pozo de Mallea, donde se podía uno limpiar el cuerpo, impregnado de la grasa y la pintura, incluyendo el cabello y las pestañas, con paciencia y cuidado, aprovechando el agua interminable de ese manantial, hoy creo inexistente. Al retornar había que cargar por lo menos un balde de agua, y subir por las empinadas escalinatas de tierra, porque en esos tiempos el agua potable dejaba de fluir con mucha frecuencia.

¿Dónde se fue ese carnaval?

Casi tres décadas después, el carnaval no se vive más en las calles. Eso lo pude comprobar de varios viajes de ocasión a Puerto, pero sobre todo en los dos últimos años (2009 y 2010). En febrero y marzo de dichos años, tanto sábado como domingo, me aventuré por las calles y barrios de Puerto, con la esperanza de verme reflejado en algún rapazuelo de esquina o encarar repentinamente a una pandilla, acompañar a una comparsa en su danzar o quizás sentir el repentino baldazo de agua fría por la espalda. Pero, ninguna de esas cosas ocurrió.

Salvo algunos niños y otros adolescentes, fuera de época, jugaban en algunas de las calles, sin la irreverencia de los años idos. En realidad, Puerto Maldonado, ha adquirido otra dinámica. Ya no se paraliza por el carnaval. Y si bien muchos se involucran en las fiestas, las calles sitiadas por las pandillas y la algarabía de danzantes y carnavaleros, ya no están más.

Me pregunté entonces, ¿dónde se fue el carnaval? (Diurno y Nocturno)
Con el tiempo, se fue alejando de las calles, sobre todo el carnaval generalizado, y las danzas de las pandillas, que en algún momento sospecho, seguro hasta casi desaparecen. Se fueron, arrimados por el influjo incontenible de gentes de todas partes del Perú, con otras tradiciones, o con otras formas de celebrar carnaval, que llegan a colonizar esta tierra de colonos sin sosiego, que no tienen tiempo de asimilarse en la cultura tradicional amazónica preponderante en los tiempos pasados, por este constante venir de nuevas gentes.

Entonces el carnaval de siempre, el de antes, se fue escondiendo avergonzado de su intrepidez callejera, para recrearse hoy en día sólo en algunos locales de bailes, convertidos en templos del espíritu del carnaval amazónico, con su pizca de influencia brasilera.

Sin embargo, varias veces me vino a la mente la idea que este recular de las calles a los locales abiertos no tiene por qué ser el fin del carnaval madrediosense. Estos locales, entre ellos el ya legendario Manguaré y muy recientemente el Cetico, han logrado mantener viva una tradición, un elemento clave de la cultura creada en Madre de Dios, por los pioneros, por las primeras generaciones de migrantes y sus descendientes.





domingo, julio 19, 2009

Ayahuasca 2 – Los Chamanes, algunas precisiones


Yoel Guimaraes Perez (chamán principal): 32 años de edad, nacido en Comunidad Nativa (Shipibo Conibo) de Nueva Olaya, provincia de Ucayali, departamento de Loreto. Distante a 20 horas peque-peque de Pucallpa y seis horas en deslizador. A dos horas de Contamana.
Practicante desde los 12 años. Se inició por su abuelo Olivero, quien le hacía participar en las ceremonias de ayahuasca que él conducía. Tiene dos hijos, uno de 11 y una niña de 8. Viven actualmente en Pauyán, distrito de Padre Marquez, Provincia de Ucayali, Departamento de Loreto. Conduce ceremonias desde los 22 años, ha atendido básicamente a hermanos Shipibos y mestizos de la zona.


Ismael Romero Ochabana, 29 años, nacido en Pauyán, distante a seis horas en peque-peque de Pucallpa. Maestro en vegetales y curación natural. Aprendió de sus ancestros a reconocer los vegetales y cortezas de árboles curativos: Chacruna, Pion blanca, negra, yerba luisa, Peitorro inin, Machinga, Catahua, Ojé, Paico, Shihuahuaco, Ishpingo, Ayahuma, Huairacaspi, etc para aliviar una serie de males como enfermedades estomacales, yagas, infecciones, enfermedades renales, riñón, etc.


Representan a una nueva generación de chamanes deseosos de compartir y mantener viva su cultura chamánica frente el avasallante empuje de lo occidental. Tienen mucho interés en hacerse conocer, pero tienen limitaciones, que incluyen el manejo mismo de la lengua española y el manejo de los recursos de comunicación.

Ayahuasca (Uni nishi, en Shipibo Conibo): se prepara de la combinación de la liana de ayahuasca combinado con Chacruna. La ayahuasca representa al hombre y la chacruna representa a la mujer, “que se tienen que combinar, que se tienen que mezclar”. La liana de ayahuasca brotó de la transformación del cuerpo del Papa Shoco, el más antiguo de los chamanes, quien antes de morir pidió a su gente que lo enterrasen parado. Su cuerpo se transformó en lianas que surgieron del subsuelo para crecer abrazando a los árboles que lo rodean. Tiempo después, falleció Tita Shoco, o abuela, quien a su muerte, pide que le entierren cerca del Papa Shoco. Esta también crece, transformada en Chacruna, acompañándolo para la eternidad. Sin embargo se mezclan para generar la fuerza con la unión. La mujer da la fortaleza el hombre la sabiduría y operan en conjunto dentro de los que toman el brebaje para aliviarlo, sacarlo de los males del cuerpo y también de la mente…siempre al ritmo del chamán.


Rol del maestro Ayahuasquero: prepara la ayahuasca, dirige la ceremonia, y define la dosis que tiene que tomarse, y las sesiones necesarias, las mismas que dependen de varias razones, entre las que se encuentran su experiencia con la sustancia, y la necesidad de limpieza o la profundidad de las impurezas que aquejan al paciente. La dosis, puede ser estandarizada a la medida del que lo requiere, la que necesita ser determinada en más de una sesión. Luego de encontrada esta medida individualizada, es la misma que se repite. Algunas personas por propia iniciativa exigen tomar más contenido en las dosis, buscando experimentar más sensaciones, pero Yoel e Ismael, no lo recomiendan y se negarían a proporcionarlo a quién lo requiriese. El objetivo es determinar la medida individualizada.


Los cánticos de la ceremonia: Existen muchas canciones que se hacen a lo largo de la ceremonia y fluyen de la dinámica misma de la sesión, de las visiones, las propias y de los males y perturbaciones que observan en los pacientes o participantes. Uno de los más importantes es el cántico del palo volador, que se hace para proteger a los participantes y al maestro mismo de los malos espíritus que rondan la ceremonia y sobre todo que abordan a los pacientes.
Parte de los cánticos dirían algo así: “desátense los nudos, los enredos, las impurezas del cuerpo; enderécense las metas…y discurren los cánticos entre imploraciones de mejora”
Planes de Yoel e Ismael: en las siguientes semanas a mi retorno a Lima, tenían previsto organizar una ceremonia abierta de ayahuasca en Pucallpa, en la que invitarían a todos los interesados a iniciarse o a continuar con estas curaciones. Piensan denominar al lugar de la ceremonia el Nishi Shobo o Casa del Ayahuasca.


Cecilio Soria: De Panaillo, a dos horas en deslizador de Pucallpa, entre el Aguaytía y Ucayali, comunidad Shipibo Conibo, es un excelente punto de contacto, intermediario con el mundo Shipibo-Conibo. Tiene estudios de Derecho en la Universidad Católica de Lima, con estudios en el extranjero en Derechos Humanos (Costa Rica), pasantías en California en comunicación radial. Actualmente es regidor de la municipalidad provincial de Coronel Portillo. Líder nativo comunicador social por naturaleza.


Si alguien desea contactarlos, gracias a la instalación de cabinas, incluso en comunidades alejadas de la selva, ellos acceden a sus correos electrónicos.

Yoel: meampany@yahoo.es (de camiseta roja en la foto)
Ismael: Ishmel-80@hotmail.com ; ishmelos1980@yahoo.es
También, por supuesto Cecilio es un excelente intermediador: Ceciliosoria-shipibo@hotmail.com

lunes, julio 06, 2009

Ayahuasca

Había escuchado muchas veces sobre ella, siempre por voces de gente, que en realidad nunca la había probado. Que generaba alucinaciones, que transfiguraba el entorno y las sombras de la selva en seres demoníacos, que era peligrosa, que podía incluso llevar a la locura a los irresponsables que la probasen, que no podía ni debía ser utilizada sin el control de una curandero o chamán de experiencia, etc.

En parte por resolver de una buena vez todas estos preconceptos y en parte por satisfacer mi propia curiosidad, me aventuré a probarla a la primera oportunidad que se me presentó. Fue el viernes 8 de mayo de 2009 en Pucallpa, departamento amazónico peruano. Lo hizo posible mi buen amigo Cecilio Soria, idealista y cejudo soñador de un futuro promisorio para sus hermanos Shipibo-Conibo.

En realidad, en cada viaje que hago a esta bullanguera ciudad, me comunico con él, quien para efectos de cualquier individuo, ya sensualizado por la urbe, como yo, opera como traductor e intermediario eficaz con parte del entrañable mundo de la amazonia y su gente, mayormente amable y genuina. La penúltima vez que había estado por aquí había disfrutado de un exquisito estofado de motelo y la anterior a esa habíamos emprendido una visita a los caseríos del distrito de Padre Márquez, llevados por nuestro común amigo Juan Maldonado, a la sazón, primer alcalde Shipibo del distrito (ver crónica rescatada de mi blog de gestión pública).

Así que cuando Cecilio me comentó que tendría su última de tres ceremonias ese viernes, y si quería acompañarlo, mi respuesta, a pesar del malestar y el cansancio de la jornada, fue un rotundo sí.

Emprendimos entonces la aventura, primero a comprar algunos insumos que faltaban como los mapachos y el agua de florida para Yoel e Ismael, los jóvenes chamanes, que Cecilio había contactado de entre su propia gente; y luego a los previos en la casita, tipo palafito, de Cecilio, ubicada casi a orillas de la laguna (o cocha) Yarina en el distrito de Yarinacocha. Casi todo estaba listo, y el brebaje había sido ya preparado por él mismo Yoel, chamán principal, como tenía que ser.

Mientras esperábamos que den las 9:00 de la noche, la hora acordada para el inicio, nos enfrascamos en una amena charla. Yo estaba muy curioso por conocer de los jóvenes chamanes, que escapaban del estereotipo del chamán ayahuasquero, individuos más bien mayores, de pocos dientes, con atuendos a la usanza nativa, es decir, mínimo una cushma para recrear un entorno propicio (en siguiente post presentaré detalles de ellos).

Los hechos

Los previos consistieron en un sencillo ritual de entorno al brebaje y los complementos, como lo son el agua de florida y los mapachos, algunos cánticos y rezos, soplidos suaves sobre las manos y sobre los envases que contiene el brebaje. Me recordaron que no debía haber comido nada en las últimas ocho horas por lo menos, cosa que había cumplido, ya con la advertencia de Cecilio. Este, por su parte se había ya acomodado en un petate sobre el suelo de la casa que sería su espacio propio sobre el cual sobrellevaría el viaje al interior más profundo de sí mismo que propiciaría la ayahuasca. Yo también me apoderé de un lugar a la espera de no sabía qué.

La cantidad del brebaje dependía del nivel de exposición que se tiene a la misma, a la apertura de la mente y a la avidez por experimentar de ella, me decía Yoel, quien no recomienda dosis altas, en ningún caso. La cantidad de la poción, en mi caso, fue inferior que para Cecilio e inferior a la que ellos mismos utilizaron.

El sabor, en parte, no me era tan desconocido, por el Chuchuasi, que mi madre tenía de vez en cuando a mano, e incluso de la uña de gato hervida o de la propia Copaíba. Es decir, tenía una reminiscencia a raíces y cortezas de árboles y lianas amazónicas. Era agradable al paladar y, contra lo que me temía, gentil con el estómago.

Luego restaba esperar.

Los chamanes iniciaron sus cánticos acompasados que parecían arrullarnos mientras volábamos fuera de la casita, hacia orillas de la laguna Yarina y más allá, entre los árboles, hacia lo más profundo de la selva amazónica. Las aves que dormitaban protegidas por la penumbra nos miraban adormecidas por la noche y los espíritus, sin comprender qué o quiénes éramos los que vagabundeabamos, irreverentemente, los reinos del Chullachaqui o del Supay.

Repentinamente regresaba a la casita nuevamente y miraba a Cecilio echado sobre su petate, como rezando, con los ojos cerrados sin tener conciencia de dónde realmente estaba. Los chamanes se habían ya transfigurado en deidades y apariciones venidas del corazón de la selva que danzaban con frenesí invocando a las ánimas, de sus abuelos y los abuelos de éstos, e incluso al gran abuelo Shipibo que había sido sembrado, a su petición, de pie, a manera de entierro, luego de su muerte. La penumbra de la casita y los rayos de luna que se filtraban por las rendijas y ventanas, sólo transfiguraban la visión de los chamanes metamorfoseados que por ratos parecía levitar como impulsados por una fuerza inminente.

Ráfagas de imágenes venidas de lo más profundas del subconsciente pugnaban por aparecerse. Eran recuerdos y hechos oscuros alojados precariamente donde no podrían hacerme daño, pero que a la sazón se habían corporeizado para aparecer frente a mis ojos cerrados por el temor de verlos cara a cara, incluso, en una lucha constante por tomar control de la situación.

Entonces se producía la lucha por racionalizar las apariciones, dotándolas de un sentido práctico de hechos fenecidos sin influencia real en mi vida. Podría levantar mis brazos, mis manos y hacerlas a un lado como quien pasa las páginas de un libro y no vuelve más a ellas. Era una decisión propia, que de algún modo me ayudaría a purificar las partes más putrefactas de mi propia subconsciencia.

Los cantos e imposiciones de mano sobre nuestras cabezas, por parte del chamán, ayudaban a darle un sentido ritual a la lucha, un sentido de curación ayudado por las voluntades de los que allí estábamos. Con el transcurso del tiempo la batalla se iba terminando a favor del lado bueno. Los malos espíritus fueron confinados a lugares más profundos esta vez, al lugar donde siempre debían estar. Lo siguiente fueron reminiscencia epicúreas y fruitivas de hechos que no ocurrieron, pero potenciales, que devolvían las buenas vibraciones al cuerpo y a la mente. Una especial agua de florida, ayudaba a hacer más profunda esta última sensación.

El retorno se produjo de manera abrupta como un torrente incontenible que se iniciaba en mi estómago. La sustancia física, el líquido ingerido de ayahuasca, había estado hurgando también en las impurezas que allí se habían reciclado, enviando al destierro a toda la impureza del día y de las semanas, acumuladas sin haber sido objetos del proceso digestivo. Entonces vomité todo lo que tenía y la sensación de desinfección fue total. El cansancio del día, el vértigo del exceso de grasa, el incipiente dolor de cabeza, y todo lo mucho y lo poco que repercutía sobre mi estado físico desparecieron completamente con los retortijones.

Y ellos siempre estaban allí, acompañando, ayudando en este trance, en este corto viaje, en esta incomparable experiencia.

Pasaron varias horas, y la madrugada nos encontró en una plática oscura. Pude grabar algunas de las conversaciones. Al finalizar Yoel me dijo, que había visto que yo necesitaría más sesiones, que mi proceso de curación no había terminado. Me prometí a mi mismo regresar con los hermanos Shipibos y terminar con seriedad lo que había empezado como simple curiosidad.

miércoles, febrero 25, 2009

Por las calles de Martín y Alejandra

Aunque nunca había estado realmente en Buenos Aires, cada vez que escucho sobre esta ciudad, vienen a mi mente El Obelisco, la Plaza de Mayo, la Editorial Columba, el Parque Lezama y el Edificio T. El Parque Lezama, donde, cerca de la estatua de Ceres, Martin es descubierto por Alejandra y el edificio T, al que ingresa Maria Iribarne, seguida por Juan Pablo Castel*.
Así que en la tarde del 21 de febrero de 2009 que me encontró libre y sin plata** en esta añeja ciudad, decidí buscar estos últimos lugares. Mi hotel estaba entre la Av. Callao y Corrientes a pocas cuadras del Obelisco y la famosa Av. 9 de Julio.

Empujado entonces por lo inevitable inicié mi andar por las calles de Buenos Aires, probablemente las menos “modernas”. Caminé primero dos cuadras sobre Corrientes, hacia la calle Montevideo, donde habría librerías regentadas varias de ellas por viejos de cabellos canos y lentes gruesos, y que vendían, cómo no, libros y revistas de segunda mano, muchísimas de ellas de manufactura argentina.

Todos ellos se me antojaban Sábatos o Robin Woods a los que se me ocurría preguntar, presuponiendo que lo sabían todo, si podían decirme donde encontrar o si tenían las viejas revistas de la mítica Editorial Columba, aquellas que leía de niño en Puerto Maldonado con el mismo sopor de los 36º C, aquellas que sigo leyendo entrecortadamente de la ruma de ediciones viejas que había encontrado y comprado ávidamente en ese emporio de la edición usada que es el Jr. Amazonas del centro de Lima.

Sí, claro que sabían de la editorial Columba, que había sido fundada en los 50s y cerrado en los 90s, conjuntamente con otras editoriales del boom de la industria editorial Argentina, que vendían sus revistas a toda Latinoamérica, que Wood en realidad era Paraguayo, que luego emigró a Italia, que habían intentado hacer reediciones de nuevos formatos de Nippur, de Dago y de Gilgamesh el Inmortal. Que esto no había sido suficiente. Y así fue, por que como, casi todo en Buenos Aires, había pasado a ser un elemento más de la historia de este país, la de un pasado promisorio y la de un presente que vive de los remanentes o de la resaca de ese pasado. Por que excepto el futbol, todo lo demás parece pertenecer a otros tiempos, mejores, de esta entrañable ciudad que hierve historia pero que a la vez a dejado que sangre venosa fluya en sus calles, al igual que muchísimasde Lima.

Un amigo me había dicho que Buenos Aires era como “una ciudad de Europa” y quizás en el sentido de lugar donde se respira historia sí lo fuera. Es decir una ciudad con harto trajín en sus calles, en su arquitectura, aunque en este caso se refiriese a historia de menos de un siglo, la de ascensión y caída de la que alguna vez fue, y que desistió, no sabemos hasta cuándo, de seguir siendo, el faro económico y cultural de América del Sur.

Con todo, abrumado por el sopor del verano, no cejé en mi intento de llegar al Parque Lezama. Quería sentarme sobre la banca donde Martín era observado por Alejandra, sólo por el gusto de imaginar y sentir esa inquietud sobre mi nuca y ese arrebato de emociones que caracterizó su tormentosa relación que acabó con la trágica muerte de Alejandra, consumida por el fuego que la había liberado de esos sus demonios. Sin embargo, no pude lograrlo, por carencia de fondos y por que en realidad era muy lejos y el tiempo ya se me estaba agotando, y además por el temor de perderme en el tráfago de esta larga ciudad. Mi consuelo fue entonces cualquier parque, por que todos, grandes o pequeños lucían árboles largos y frondosos y bancas que parecían centenarios, todos matizados por un manto verde de hierba y flores. Cualquiera de ellos, congelados en el tiempo, me sabría al viejo parque Lezama, que no llegué a visitar, al de Martín y Alejandra.

Ninguno se parecía sin embargo a la arboleda y jardines de la Pontifica Universidad Católica del Perú (PUCP), que años atrás, en un arrebato de locura, me había llevado a “encontrar” a María Iribarne en los vericuetos de la Universidad, y curiosamente, convencer a mi compañero y amigo Marco, menos cuerdo que yo aún, de que ella existía en la PUCP transfigurada en una joven de piel de miel y de cabellos ondeados, que aparecía y desaparecía de entre nosotros, como alumna libre, en la clase de Realidad Social Peruana.

Por suerte, pude tropezar en mi torpe caminar con algunos de estos parques en mi andar por las Av. 9 de Julio, Arenales y Callao, llegando a experimentar, a sentir, en el sentido de Martín, perturbadoramente, las intensas emociones que avivaron su mediocre vivir. No las de Juan Pablo Castel. No se por qué no pensé mucho en él ni en la María Iribarne de mis novelas de Letras de la Católica, aunque debo señalar que cualquiera de los incontables edificios cúbicos podría ser el Edificio T.

Teoría extraña
El taxista que me llevó a Ezeiza, esbozó una teoría curiosa sobre la crisis económica mundial: que ésta había sido creada por los gringos para hundir a los países subdesarrollados, debilitarlos y luego así expoliarlos con mejor posición. Que todo en realidad era parte de una estrategia de dominación mundial, a través de la cual, los países pobres se volverían más vulnerables a la ferocidad de los ricos.

*Martín, Alejandra, Juan Pablo Castel y Maria Iribarne son personajes de la ficción de Ernesto Sábato, de las novelas Sobre Héroes y Tumbas y El Túnel.

**Por una desatención típica de mi mismo, no había chequeado la tarjeta de crédito antes de salir de Lima y no estaba operativa. Esto limitó mi libertad de movimientos puesto que el efectivo que había llevado se había rápidamente reducido a 40 dólares y 15 pesos que con suerte alcanzaría para mi taxi al aeropuerto y el impuesto de salida en Ezeiza, principal aeropuerto de Argentina. Por ello, sólo me quedó caminar.

Nota. Este viaje de apenas día y medio a Bs As, fue atendiendo una invitación del Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (CIPPEC), para comentar entorno al buen puntaje obtenido por el Perú en reciente evaluación internacional en materia de transparencia presupuestaria.

miércoles, diciembre 10, 2008

Crónica breve de viaje a Berlin y Frankfurt



Durante diez días a partir de la tercera semana de noviembre, tuve la excelente oportunidad de una estancia en Alemania. Aquí algunas notas sobre este viaje.

Berlin

Presumo que Berlín no es una típica ciudad europea. En la práctica es difícil que lo sea una ciudad que ha sido reconstruida casi de la nada, luego de la segunda guerra mundial, proceso que se agudizó luego del fin de la guerra fría. Casi podría afirmarse que no hay vecindario o zona que no tenga un proyecto de construcción en marcha. A diferencia de la intensa Lima, marcada por los modernos edificios de departamentos y condominios privados multifamiliares, allí la nueva infraestructura corresponde en gran medida a espacios públicos como museos, palacios reales en reconstrucción, nuevas sedes de organizaciones, subterráneos para el metro, etc; todas recreando el viejo estilo de antes de la guerra.
La excepción de modernidad lo constituyen lugares, como aquel alrededor del hotel donde nos hospedamos (Grand Hyatt Hotel): Postdamer Platz (se pronuncia platze a secas y no platz) , una antigua zona histórica de la ciudad, totalmente destruida durante la guerra y espacio muerto durante la guerra fría por el que discurría un gran trecho del muro, cortando la gran pampa abandonada.

Por varios años, luego del derrumbe del muro, la deliberación de qué hacer con la zona devino en la construcción de uno de los pocos espacios “modernos” de Berlín, en el sentido del tipo de infraestructuras verticales y de diseños vanguardistas.

Por suerte, nuestra estancia coincidió con el inicio de la feria de navidad, consistente en tiendas, todas de color rojo, al aire libre o “kioscos”, como los llamaríamos nosotros, donde se podía encontrar comidas rápidas a base de embutidos, vinos calientes, pistas de patinaje sobre hielo y rampas para deslizarse sobre nieve. Aunque con más de treinta grados centígrados de diferencia y muchas veces el poder adquisitivo peruano, esta feria de reminiscencias pueblerinas, me hizo pensar en la plaza de Armas de mi pequeña ciudad de Puerto Maldonado, la de cada navidad. Al igual que allí, se instalaba en los alrededores ferias itinerantes de juegos, venta de viandas, y más juegos alrededor de toda la plaza. Entonces todos éramos felices disfrutando del ambiente, de la gente de la compañía, comiendo comidas sencillas de rápida preparación, jugando los juegos en que nunca ganabas y escuchando sin oír realmente las músicas estridentes de los altoparlantes.

Muchos detalles que destacar, como que las noches en los alrededores berlineses son más oscuras de lo que uno esperaba. Al parecer, la penumbra es la norma en esta ciudad, la cual aunada al viento frío, las calles anchas y en algunos casos la cercanía del parque y el bosque, me hacía pensar en los prisioneros de los nazis tratando de escapar, entre las balas, aprovechando las penumbras. Una amiga salvadoreña que conocí me hacía notar que ningún automovilista tocaba el claxon, y en efecto, las calles anchas y largas sólo se hacían sentir por el zumbido de los motores de los carros.

No se si así fue siempre pero el sentido de organización de ciudad era muy evidente. Hay una zona de embajadas (donde están la mayoría), otra zona de museos, otra de edificios del sector público, etc. Quizás la destrucción de la ciudad brindó la oportunidad para la reconstrucción consciente, o quizás no por que hubo una guerra fría. Una vez hubo dos alemanias separadas por un muro y un cerco.

Una impresión rápida, corroborada luego por las lecturas, es que los alemanes no son muy afectos a hablar de la guerra, ni de los nazis o de los judíos. Es casi como un tema tabú. Lo intenté, creo impertinentemente, un par de veces, y sólo recibí desvíos en respuesta, como cuando a uno le quieren hablar de algún tema incómodo no acorde con la norma, en fin. No lo volví a intentar, respetando esa regla no escrita e intentando no ser tan provinciano una vez más.
Hecho anecdótico fue la coincidencia en el mismo hotel de la selección alemana de futbol que jugaba un partido amistoso contra Inglaterra. No fue raro entonces cruzarnos en el lobby o con los jugadores o el cuerpo técnico. De hecho yo me encontré una vez con Miroslav Klose, otra con Bastian Schweinsteiger, estrellas del Bayer Munich y otro jugador muy joven que según los alemanes es la nueva gran promesa del balompié germano. Los colegas africanos eran los más entusiastas por encontrarse con los jugadores e incluso por ir al estadio, cosa que obviamente, no hicimos. Sí pudimos mirar el partido en uno de los restaurantes en una de las tantas cenas bien organizadas, a manera de veladas, por nuestros anfitriones. Perdieron los alemanes en un partido, en verdad, soso.

Aunque no soy amante del nacionalismo, llamó mi atención una foto, en el museo de historia alemana en el que el mapa peruano aparece mutilado en el norte.



De los tres museos que pude visitar recién el sábado 22 de noviembre, una vez finalizado el evento en Berlin, quedé impresionado por el Museo de Pérgamo. Este, contiene ejemplares originales de frisos, pisos, columnas, paredes, muros, todos ciclópeos de las épocas de los griegos, romanos y persas, principalmente. Resulta difícil de entender cómo es que los alemanes cargaron con todas esas piezas, hace más de cien años.

El evento al que asistí

Transformation Thinkers Seminar es un evento que se realiza en Berlin, organizada por la Fundación Beltersman y la GTZ (cooperación alemana al desarrollo), cada año desde el 2001. Tiene el objetivo de promover el intercambio de ideas entorno a la gestión del cambio. Cambio ligado a la construcción de la democracia, la economía de mercado y del propio Estado. A este evento se convoca a personas de todo el mundo involucradas en procesos de reforma, es decir, de cambio, en sus respectivos países. En mi caso, mi experiencia profesional promoviendo reformas en materia de gestión presupuestaria del Estado, como el presupuesto participativo y, como no, el presupuesto y la gestión por resultados, presumo, sirvieron de credenciales para ser invitado, a propuesta de la cooperación alemana GTZ.

El seminario, de seis días de duración, estaba preparado básicamente para hacernos interactuar y aprender mutuamente entre los participantes, inquiriéndose por nuestras perspectivas en relación a los diferentes temas de discusión planteados. En algunos casos, se contaba con expertos internacionales para facilitar talleres o para provocar discusiones y compartir enfoques en torno a la gestión del cambio. Independientemente de los contenidos, resulta sumamente gratificante interactuar con gentes, de otras naciones, que también lidian contra la corriente, muchas veces, en la introducción de reformas en sus sociedades y Estados, la mayoría de las cuales nosotros a veces damos por sentado, en nuestro país. Los casos de Syria y Belarus, por ejemplo, que padecen aún de regímenes absolutistas y dictatoriales severos. O los de Egipto y Kuwait que aún no logran consolidar un régimen básico de respeto por las diferencias de género.

En todos los casos, es claro que todos enfrentamos los mismos enemigos: la intolerancia, el temor al rompimiento del status quo y la imposibilidad de admitir, para nuestros fueros internos y, mucho peor para los externos, que podemos estar equivocados, propiciando prácticas desfasadas en un mundo en constante, e inevitable, cambio. Una coincidencia no sorprendente fue que todos los países, que contaban con representantes en el evento, caminaban decididamente por los rumbos de la economía de mercado y buscaban la democracia liberal.

Hecho anecdótico del evento, y a decir de los propios organizadores, “muy alemán”, fue la planificación rígida de los tiempos. Ciertamente, todo estaba cronometrado y, literalmente, saltábamos de sesión en sesión, con una hora para el almuerzo cerca de las 13:00 horas, tipo buffette pero de pie en mesitas altas mientras se seguía argumentado de los temas del taller, para luego retomar a las 14:00 horas, con cortos intervalos para un café y luego a seguir con los talleres, las sesiones de plenarias, hasta dar las 18:30 o 19:30, luego del cual el bus estaba ya esperando para la cena, programada para dos horas o algo más, y el retorno, también programado, por que el bus retornaba exactamente a esa misma hora, usualmente 22:30 horas.

Llegábamos al hotel a poco de las 23:00 horas, absolutamente agotados, más aún por tener que formatear repentinamente el cerebro a pensar y comunicar en inglés. Entonces, sospecho, que como yo, a esa hora la mayoría sólo quería dormir para al día siguiente repetir la misma rutina.

Ciertamente, no había gran tiempo para digerir lo que se estaba viviendo, y compartiendo, conformándonos con asimilar casi como por ósmosis lo poco que se podía. Como se puede inferir, este régimen poco habitual para nuestro espíritu más tropical, reducía drásticamente la capacidad de atención para las sesiones después de las 14:00 horas, pero igual, estas seguían, me imagino en la concepción que igual había que tenerlas por que había que cumplir con el programa, por que así estaba planificado.

Contradictoriamente, aunque a decir verdad no se si por esta característica o no, sospecho que, al igual que yo, la mayoría de los participantes volvimos a nuestros países con el ánimo recargado, con mayores ganas de seguir promoviendo la transformación en lo que fuera materia de nuestro interés, incumbencia y capacidad.


Frankfurt

Estuve apenas día y medio en Frankfurt, con más tiempo para la soledad, puesto que en esta ocasión ya ninguno de los compañeros participaba. Era sólo yo atendiendo una gentil invitación de la GTZ para compartir la experiencia de trabajo en materia de reforma presupuestaria en Perú, en la misma sede de dicha institución, ubicada en el distrito de Echsborn. La reunión fluyó bastante bien gracias a la gentileza de los GTZs y pienso que quedó una idea más o menos clara de lo que estamos haciendo en Perú y, sobre todo, de los desafíos que se enfrenta día a día para lograr ser exitosos.

Sería osado hacer conjeturas apresuradas de esta breve estancia, pero nuevamente llamó mi atención la paz con que transcurre la vida sólo apresurada por la lluvia y por la nieve que empieza a caer en estas semanas. A decir verdad a estas alturas, no me restaba mucha energía para la aventura y sólo atiné a caminar largamente a la vera del río Main, caminando con mi cámara tratando de pescar alguna imagen sorprendente o el horizonte de rascacielos, pero sólo pesqué a la lluvia gélida que luego se transformaría en nieve.

sábado, octubre 04, 2008

Los sentimientos contradictorios del Futbol

La imagen aún permanece impoluta en mi mente. Era el 6 de setiembre de 1981, cuando mi padre me llevó de pasajero en su interminable “cincuentita” Honda roja a la caravana de motocicletas ruidosas que se organizó espontáneamente. La selección peruana acababa de empatar 0-0 con la uruguaya en Lima, equipo al que ya había batido 1-0 en el mismo Centenario. Este resultado representaba la última vez que el país se embriagó con una clasificación al mundial. El futbol, como en casi todos los rincones de la patria, era parte de la vida de la recién adolescente ciudad de Puerto Maldonado. Y esa barahúnda de ruidosos ti ti ti, titititi, titi, dándole vuelta tras vuelta a la plaza de armas, con rostros todos conocidos, gritando y agitando el Perú Campeón, Perú Campeón de siempre, era seguro una pequeña muestra de lo que se vivía en simultáneo en todo el Perú. Por que en esos tiempos, clasificar a un mundial, era aún una fruta al alcance de la blanquirroja.
Para Puerto era la época de esos míticos encuentros entre Juventud La Joya y Deportivo Maldonado. En mi casa, lógicamente, todos le íbamos a La Joya, la de Riquelme, el "Chamaco" Valdez, “Caballo Loco”, y otros legendarios nuestros, que vapuleaba a su antojo al, varios años después, heroico, Deportivo Maldonado. Mi padre, epicúreo amante del futbol y la vida reposada, dirigente de Juventud La Joya, periodista deportivo en sus inicios en la radio, hincha del Defensor Lima, pero viejo comprometido con el Municipal de sus tiempos, para quien el mejor jugador del mundo habría sido Omar Sívori y detractor, premonitorio, de Maradona, había, sin querer, inculcado en mi esa relación dañina de amor, desengaño y esperanza, con el futbol y con cualquier equipo que tenga el nombre propio o apellido Perú.
Sólo eso podía explicar mi presencia, en el ocaso de la niñez, robándole tiempo al río o a la cocha en la caravana o en las innumerables jornadas, ajustando el dial de amplitud modulada, buscando la señal sin estática de emisoras sin nombre, que transmitían esos lejanos encuentros de copa Libertadores, de equipos que ni siquiera vería alguna vez, pero a los que hinchaba a morir en sus duelos con equipos de países vecinos. El UTC de Cajamarca, el Torino de Talara, el Melgar de Arequipa del chivo Neyra y del Madrediosense Ramírez, el primer paisano que luego llegaría a la selección nacional.
Lo que ocurrió después con la selección peruana en sus partidos de preparación fue para el ensueño, llegando a ser considerada como una de las favoritas previo al inicio del mundial y nosotros lo aguardábamos intercambiando figuritas del álbum del mundial, comprando de a sobrecitos y no por “paquetones” por que no alcanzaba la propina (http://www.arkivperu.com/blog/?p=1136). El primer partido, que se suponía “fácil” empató, el segundo también, pero todo el país esperaba el despertar de esos monstruos que clasificarían en el último partido, que había chances, que el equipo jugaba muy bien, que se podía remontar, que el grupo estaba parejo. El 5 a 1 que le encajó Polonia, la de los inmisericordes y odiados Lato y Boniek, y las esperanzas inacabables, el esperar hasta el último segundo por el ilusorio viraje triunfal, fue premonitorio de lo que ocurriría recurrentemente los próximos veintiséis años. En cada eliminatoria, en cada competición de nivel internacional.
Soporté estoicamente todo el Perú-Polonia, sacrificando casi toda la diversión de la cancha de la Prevo, esperando hasta el último segundo, la inminente vuelta de timón del partido, bastaría una genialidad de Barbadillo o La Rosa o quizás de Uribe. Días antes, como cada año, en La Prevo habían podado el pasto, y el área disponible para el juego se había triplicado y habían instalado arcos transversales a la cancha de fútbol para hacer fulbito en el grass. En lo que a mi respecta, pienso que ese partido y las esperanzas de una recuperación memorable, por los fundamentos del buen futbol de este equipo, fue la impronta que marcó mi relación con el futbol peruano, de selección y de equipo de competencia internacional.
Me parece que ese día, se inició premonitorio el friaje. Los de la selva podíamos oler y sentir su inicio, con la súbita sequedad de nuestros labios y escalofríos y resequedad blancuzca de la piel, confirmado luego por el horizonte oscuro de las cabeceras del Tambopata y el viento frío, primero, luego helado que atrapaba a la selva en toda su inmensidad. Ocurría sólo en esa época, la del verano boreal, invierno austral, temporada de estío para nosotros, aunque de temperaturas normales por encima de los 28 C. que podían descender en nuestras propias narices, en cuestión de minutos, hasta los 15 grados Celsius, e incluso hasta menos. Uno tenía que correr entonces a la casa y ganarle al viento a la cerrazón y al frío antes que nos atrape. Era cuestión de segundos y minutos. Por suerte, las mamás que ya se había anticipado a revolver en los cajones las chompas y casacas que se usaban una vez al año, estaban allí para proveer. Luego volvíamos a nuestra esquina que ya soportaba la ventisca y el cielo gris de nubes secas.
En otras ocasiones, las emociones suscitadas por el cielo cerrado y el vientecillo helado, esas de tristezas y nostalgias, habrían rebosado mi corazón y empujado, junto con la muchachada a las reflexiones. Pero nada. Luego de la catástrofe no había emoción por las emociones.
La siguiente eliminatoria, me encontró ya en la adolescencia y con la esperanza intacta de que no sólo iríamos al mundial, sino que haríamos un papel excelente, tan bueno como el 78, a excepción del 6-0, claro.
Como todo amante insensato, que se engaña a pesar de la evidencia irrefutable del desamor y desapego de la niña, seguí como millones de compatriotas, emocionándome ante cada mirada, ante cada jugada de “filigrana” de nuestros futbolistas, de “escuela brasileña”, a la que la “argentina respeta e incluso teme”, la que “cuando quiere” le pintaba la cara al más guapo, la que “ya despertará”, la que “el próximo partido se levanta” hasta la que “matemáticamente tiene posibilidades”.
Pasaron muchos años, y la insensatez es obcecada compañera. Luego decíamos, el próximo mundial será, mientras veíamos desfilar rumbo a los mundiales a selecciones “inferiores” a la nuestra, a nuestros sueños, en verdad, a nuestra ilusión construida sobre la base de hazañas que nunca realmente vimos.
El año 2006, exactamente 25 años después de la caravana de las calles de Puerto, de la avenida León Velarde hasta la “muyuna” o “hasta el uno”, decidí no emocionarme más. Decidí aniquilar a doña expectativa, por que ésta es la proxeneta de la frustración y la tristeza. Decidí volverme insensible, frío, calculador e indiferente al romance con la blanquirroja. Ya no sufriría más por esa mentirosa, aunque, sí, como no, asistiría vergonzante a espectar todos los partidos, en la soledad de mi cuarto, frente a un televisor que iba creciendo en pulgadas con cada eliminatoria.
Todo estaba bien, como mi futbolero corazón, hasta que apareció este Perú-Argentina del 10 de setiembre de 2008. Lo vi con la frialdad construida, sin la menor expectativa, sin ningún sentimiento, hasta casi con sentimiento de culpa por la “decisión” que había tomado, en el cuarto de mi hijo Juan Pablo. Pero, pobre de mí, allí estaba dormido el amor desventurado, aquel siempre contrariado, ajeno, para aparecer con un grito catártico, ronco de la alergia del chapalear en la contaminada humedad limeña, al minuto 93, con la mirada coqueta y las caricias al alcance de la zalamera. El arranque épico de Vargas, el sometimiento que infligió al argentino Bataglia con su superioridad física, con su juventud irreverente, con su voluntad indesmayable y las ganas de ganar que siempre quisiéramos ver, llevaba consigo todas las expectativas nunca realizadas de una generación. Y terminó en gol, de un oportunísimo goleador, Fano, que como el amazónico que huele cuando la lluvia viene, sabe que el pase-gol estará allí y él no rehuirá a la cita.
Pero, a pesar de esto, en verdad, sinceramente yo no olvido la lección. Se que la veleidosa está de vuelta, pero no quiero que me engañe una vez más, no quiero querer creer que esta vez será diferente…o quizás, quizás sí quiero seguir siendo engañado, quizás será diferente…


Pd 1. Esta narración del gol de Daniel Peredo es para la antología, seguro que, como a mí, debo confesar, llevó al borde del llanto escondido a muchos.

sábado, septiembre 13, 2008

Hubo un tiempo en Puerto Maldonado 3

A principios de los 80s, en Puerto Maldonado teníamos nuestros propios parques y reservas ecológicas de estación a las que accedíamos sin necesidad de trajinar la polvorienta carretera o navegar interminablemente por los ríos. Los de la zona de “barrio lindo” y alrededores del Colegio Fitzcarrald gozaban de una zona de pozos, de origen de aguajal, y de humedales precisamente casi hacia el norte del colegio. Los que vivíamos cercana o colindantemente con los bordes de la zona inundable del río Tambopata teníamos más alternativas en el circuito de cochas que la temporada de lluvias dejaba crecer en el bajío.
Podíamos acceder a cualquiera de ellas a través de las escalinatas jabonosas de la última cuadra de la Av. Arequipa o de la Gonzales Prada o por el viejo “mercadillo”. Y lo hacíamos infinitas veces en la temporada de lluvias cuando toda la fauna que podíamos siquiera imaginar se citaban en esa gran área para poblarla, para socializar, para reproducirse, para descansar o para engordar a placer durante casi medio año, luego del cual se iban para volver el siguiente año y así repetir el siguiente año y el siguiente.
Aves de paraíso, patos migratorios, gallaretas, unchalas, “marroncejas” y “azulejas”, garzas picoagujas, garzas blancas, lagarto blanco, iguanas, anacondas, boas mantonas, gavilanes, peces como sardinas, huasacos, bujurquis, bagres, shiruys o simbao, macanas, etc, estaban allí, algunos, al alcance de nuestros ojos inquisidores y de nuestras manos, hondas, barandillas, redecillas y machetes en el estiaje; y otros que en realidad nunca vimos, pero “sabíamos que estaban allí”. Éramos cazadores y pescadores natos, que gozaban de la aventura de la selva amazónica a sólo tres minutos de nuestras casas y, a decir verdad, cuya ineptitud para la caza y pesca, hacían más bien de esta interacción una vida en comunidad.
Aparecían de manera repentina luego de la primera gran lluvia de octubre que llenaba plenamente el bajial. Lo hacían casi en simultáneo, las aves de temporada y las migratorias, luego los reptiles y finalmente los peces. Alguna vez le pregunté inquisitivo a uno de los camaradas de dónde venían los peces. Por que era fácil de entender que las aves venían volando y los reptiles reptando, a participar del bacanal, pero y los peces?,¿ cómo podía casi inmediato estar inundado de peces una cocha que el día anterior no existía?.
No recuerdo quién si Marco o mi hermano Jorge, me dieron una explicación que a primera impresión me pareció razonable: que los peces venían “caminando” (quisieron decir quizás reptando?) del río Tambopata, atravesando un pequeño atajo para fundar familias en las cochas aledañas. Asumiendo que era cierta la explicación, luego me preguntaba cómo era que habían huasacos y bujurquis si estos no eran peces de río?, y cómo no habían más bien dorados, motas o lizas?. Hasta ahora no tengo respuestas y no he investigado. Quizás sí existían “caminitos” entre el río y la cocha, probablemente canales de agua que interconectaban ambos espacios y a través de los cuales se trasladaban los peces en época de desove para dar vida a millones de ellos en la quietud y paz de la cocha y para luego volver a la infinidad del río, sus afluentes y efluentes, más allá, muchísimo más allá de nuestra apacible cocha.
Otras teorías nunca probadas por nuestro entusiasmo infantil, era que la mayoría de los peces “dejaba” enterrado sus huevos entre estación y estación a espera de la temporada de lluvias y que otros, como el shiruy, terriblemente resistente a vivir fuera del agua, “sobrevivía ” el estío, oculto y paciente en la humedad gredosa agazapado o enterrado en vida bajo el lomo de troncos o árboles muertos, a la espera de las gotas de vida de la siguiente temporada. Nos placía fabular, imaginando que nosotros, los niños de esos tiempos, éramos parte del ecosistema y existíamos en simbiosis con este.
He vuelto infinidad de veces a Puerto desde que salí definitivamente hace ya veinte años y con cada año la antigua cocha ha ido desapareciendo. Las lluvias atienden todos los años a la cita, pero ya no lo hacen las aves, los reptiles y los peces. La razón simple y cruda es que el hogar, el ecosistema propiciado por la cocha desapareció con las invasiones de humanos sin tierra y sin hogar, que imprudentemente tomaron el lugar de la fauna en una zona que les pertenecía por derecho, por ser un bajío, por ser inundable.
Debo confesar sin embargo, que en lo personal, y en nombre de todos los palomillas de la esquina de la Gonzales Prada y Arequipa, que habíamos nosotros abandonado a nuestra amiga hacia fines de nuestra niñez, en que la naturaleza salvaje de la selva no nos seducía más y sí la naturaleza ansiosa de la comunidad, de nuestra sociedad de jóvenes en Puerto Maldonado. Me fui de Puerto un mediados de enero cuando tenía 16 años y no me despedí de ella, pese a que pude haberlo hecho, por que en ese preciso momento estaba allí, que todos estaban allí, las unchalas, gallaretas, el patoaguja y hasta la iguana que se “comía” las ropas que dejaban a secar a costados de los pozos, los de Mallea o de la abuelita Melchora. Pero no los visité, como no lo había hecho en los últimos tres años previos a mi exilio.
Ingratamente los olvidé por varios años y no pensaba en ellos en las pocas veces que retorné como las aves migratorias, justo en estación. Hasta que una noche de verano en algunos de los tantos cuartos de alquiler en los que vivimos en la gran ciudad, me pareció escuchar nítido el graznido de un picoaguja. Pensé que lo había olvidado, y aún hoy lo recuerdo… ese sonido seco y agudo a la vez que podíamos escuchar incluso desde nuestras casas y que nos decían que ya era hora, que ya todos estaban allí, que sólo faltábamos nosotros, los rapaces de las dos cuadras.
Después de esa noche, me prometí volver a la cocha, tomar prestada, como siempre, la canoa que lo s Mallea dejaban acoderada en la orilla e introducirme por los vericuetos y claros de entre los árboles, pedirles perdón a las aves por haberlas perseguido y hondeado como un predador sin sentido y excusarme por no haber vuelto nunca más, prometerles que las protegería, que haría lo imposible por hacer que puedan volver por siempre y que mis hijos, y los de estos, los conozcan y así por siempre.
Fue muy tarde. En la próxima visita, bajé con la misma emoción de los 8 años, por las mismas escalinatas, exactamente las mismas, jabonosas, del comienzo d e la Gonzales Prada, y ya no había ninguna cocha. Los humanos inteligentes habían construido drenes del bajío hacia el río, habían talado muchísimo s de los árboles, abierto espacios para vivienda, para calles y el agua de las lluvias simplemente discurría como en las plumas del pato sin ser retenidas por el bajío. No quiero imaginarme cómo habrá sido el impacto. Pienso en las aves migratorias, volando horas, días, semanas, sabe Dios, desde donde, para llegar y no encontrar el albergue pleno de comida de siempre, virando hacia algún otro lugar. Me alegra pensar, que encontraron un lugar y que están allí, que se siguen reuniendo como cada año, que sólo faltamos nosotros, sus viejos amigos de la primera y última cuadra de la Gonzales Prada y Arequipa.
Leyenda de fotos: En la foto superior, típica entrada de cocha, aunque no corresponde exactamente al tipo bajial. En la foto abajo, del Google Earth, la zona de cochas, como está hoy en día (o más exactamente en la fecha de la foto, aparentemente 2007). Notar que hay viviendas en toda la zona de cochas, excepto en el corazón de lo que eran las cochas, es decir en la zona más profunda. El cinturón verde que se ve como una "S" corresponde al barranco que separa la altura, en donde se ubica Puerto, y el bajío, zona inundable, pero donde hay viviendas.

sábado, julio 12, 2008

El Ovni en Puerto Maldonado y el conflicto sin solución de mis recuerdos (¿?)

Han pasado casi 30 años y los recuerdos son como destellos que aparecen y se van. Puedo fijar por momentos a Concha, de falda verde y blusa de cuadros, con chinelas, cabello en el hombro y raya al medio, inundando mi casa con su grito destemplado, llamándonos a todos por nuestros nombres “Señora Consuelo, Jorge, Roger, señor Jesús, salgan ahorita, vengan” y nuevamente gritando mientras corría hacia la intersección de la Arequipa con Gonzales Prada, mi esquina, nuestra esquina, la del barrio, y nosotros, claro, siguiendo el sendero de su voz, qué voz, de su alarido, dejando enfriar mi calentadito de frijoles de Iberia con maduro frito, pero, encebollado por el hábito serrano de mi selvática madre de usar verduras más de la cuenta…

El cielo tenía harto brillo estelar y había sólo algunas nubes atrevidas en el horizonte y sobre nuestras cabezas, atravesadas por la intensa luz de las estrellas, lo que ponía en evidencia sus entrañas de lluvia, por que tenían el corazón negro…¡como extraño esas estrellas y esas nubes!-.
Todo el barrio ¿estaba allí?, rostros hacia el cielo, imperturbables, algunos levantaban las manos señalando la aparición, sin importarles que se les podría caer por el atrevimiento. Y allí la vimos, era una esfera inmensa con cientos de puntos de luces en el cielo, luces circulares intermitentes, rojas y anaranjadas, que flotaba como nave intergaláctica en visita al planeta. Era el ovni, nuestro ovni. Por que claro que era eso, ¿qué más podría ser? .

Estuvo allí flotando para nuestro deleite por mucho tiempo y nosotros mirándola absortos, no nos mirábamos sino a ella, será por eso que no recuerdo quiénes estaban allí. Luego se desvaneció, en una fracción de segundo hacia el infinito.

Este episodio me persiguió toda la vida. Me atormentaba, aun lo hace, la idea de lo que vi y a la medida que crecí y tomé conciencia de sus implicancias más extraño me sentí frente a su recuerdo, a tal punto que mi mente trató de ahogarla entre tantas memorias. Otra parte de ella, sin embargo, la mantuvo latente, luchando para evitar que cayera en la categoría de imaginación infantil, repitiéndole a mi conciencia que ocurrió, que yo, efectivamente, había visto lo que vi, actualizando tantas veces el recuerdo que a veces pienso que terminó gastándolo, contribuyendo así que se acerque más a la otra categoría.

No obstante, cientos de veces conté la historia, de cómo Concha nos llamó, cómo salimos corriendo, cómo dejamos que se enfriara nuestro delicioso calentado, a mis amigos, los del Colegio que no lo habían apreciado, los de la Academia en Lima, de la universidad, los de la UNI y de la PUCP, los colegas de los trabajo, en fin.

Para ser honestos, luego de tantos años, el recuerdo ha devenido ya en incierto. La única certidumbre que me quedaba era que todos los años lo había actualizado en mi mente para que no desapareciera en el laberinto de las miles aventuras tipo Tom Sawyer de infancia.
En el año de 1996, me atreví a hablar sobre el tema con uno de los protagonistas de mi historia, mi hermano Jorge, un año y medio mayor que yo, con la esperanza que me dijera que no se acuerda nada, que no sabe de qué estoy hablando.

Desafortunadamente, me dijo que sí se acordaba, pero que él también pensaba que lo había soñado, que era algo que en verdad nunca había ocurrido. Temeroso de que fuera un sueño compartido, algunos años después le pregunté a mi padre si recordaba el episodio y me dijo que sí, pero que no lo recordaba vívidamente, por que sabía que en Puerto, siempre había habido avistamiento que para él no era nada excepcional, que incluso hay una foto, que efectivamente recordé, de la revista esa que tenemos en la casa en el viejo librero, en El Amarumayo, de un ovni en forma de “cigarro” volando sobre el horizonte de la intersección de los ríos Madre de Dios y Tambopata (esta misma foto la encontré en: http://www.editorialbitacora.com/bitacora/galeria/ovnis06/ao03.htm).

No es claro si alguien más de mi familia estuvo esa noche fresca de 1977-78, cuando yo tan niño como lo es ahora mi hijo Juan Pablo, aparte de mis padres. A ellos no puedo preguntarles por que se fueron de este mundo y ya tengo la versión de mi hermano, tan dudosa como la mía.

¿Qué podría hacer? En verdad quiero creer que ocurrió por que yo estuve allí, nadie me lo contó. La próxima vez que visite mi Puerto Maldonado de siempre, buscaré a Concha, hablaré con los vecinos, que aún están allí, casi todos. Pero me aterra pensar que me digan que no se acuerdan nada, sobre todo la Concha bendita.

lunes, junio 09, 2008

Dos o tres reglas para manejar en Lima

Quien dice que en el tránsito vial en Lima impera la Ley de la Selva, implicando que no hay leyes, se equivoca, o simplemente aún no se ha socializado. En realidad, sí existen algunas pocas reglas. Todas no formales por cierto y han surgido inevitablemente para gobernar la vorágine y la interacción de los cerebros reptíleos, que gobiernan la actitud de los automovilistas. Veamos.

No es cierto que los automovilistas se adelante temerariamente cuando el tráfico está denso. En realidad, existe una distancia mínima de acercamiento, luego del cual, el que está en posición pasiva se inhibe. Un automovilista socializado no toma como ofensa un acercamiento rápido a la distancia mínima y, consistente con la regla, espera su turno y deja, sin estresarse que el otro tome la posición. Un chofer bisoño o experto, pero no socializado, toma como agresión la aproximación y, en extremo, puede iniciar una persecución e intentar una aproximación violenta de revancha. Se dan sin embargo, aproximaciones violentas, mayormente por parte de individuos no socializados que operan fuera de la ley y que muchas veces son tomados como los referentes del tráfico “endemoniado” de Lima.

El reconocimiento del error se premia y genera una dinámica positiva entre dos automovilistas y también una corriente de empatía con el ofensor. A veces, un conductor socializado puede hacer una aproximación temeraria. Si voltea rápidamente y hace conexión visual con el agredido y un gesto de contrición, no sólo logrará que su error sea olvidado, sino que generará en el agredido una sensación de bienestar y placer espiritual que por un momento lo hace una mejor persona, capaz de perdonar el error y permitir que el “agresor” siga su camino con la sensación de frustración por no poder hacer más por el individuo ejemplar. Parece contradictorio, pero en realidad no lo es. El arrepentimiento sincero es, en estos casos, la única manera de calmar la explosión de ira que genera una agresión repentina e inesperada.

En los cruces semaforizados, la luz de ámbar es tomado como indicación de movimiento. Por ello es que pareciera que muchos automovilistas “no respetan” la luz roja, puesto que cuando están cruzando la intersección el semáforo ya está en rojo. En realidad sí lo respetan y, de hecho, cuando encuentran el semáforo en rojo (y no en ámbar), nadie socializado va a cruzar. Los conductores de la otra vía, esperan que efectivamente esté en verde para iniciar su marcha.

Si bien las luces laterales no son suficientes para provocar una cesión de paso o de lugar, una mano alzada y una rápida cruzada de mirada, son eficaces. En general, todas las actitudes de cordialidad son los passwords para lograr una concesión en la ruta. Como le diríamos a los niños son las “palabras mágicas”.

Estas reglas elementales garantizan que no se desate la locura en nuestras pistas. Por que es claro sí, que todos están en el límite de sus capacidades de autocontrol, y más bien listos para la pelea. Las calles de Lima, las vías, las pistas y las autopistas, hacen aflorar en todo el que toma el timón, los miles de años de vida salvaje de nuestra evolución, por que ciertamente de “civilizados” apenas tenemos unos cientos de años. Una aproximación agresiva (que supera el mínimo permitido) o un inadecuado manejo de las distancias pueden despertar el salvaje que late en cada uno de nosotros y que tiene el timón en las manos. Entonces, en el mejor de los casos, improperios saldrán de nuestras bocas. Y en el peor de los casos, persecuciones y hasta agresiones concretas…como la de aquella señora que en venganza, impactó intencionalmente su auto en el del taxista que la había “metido la trompa” del carro. En fin. Para tomar en cuenta.

sábado, abril 12, 2008

Durban – Sudáfrica

Desafortunadamente, en esta estancia de casi una semana en tierras africanas, no tuve la oportunidad de conocer mucho. Confinados durante los días del evento en nuestros hoteles, sólo tuvimos la oportunidad de participar en una visita de campo a los alrededores de Durban, en la que, lógicamente, sólo pudimos ver la mejor cara: excelente infraestructura, creciente provisión de servicios básicos para su población y la aplicación de programas innovadores en lucha contra la pobreza. Aunque, a decir verdad, me queda la impresión que esta es la cara real de Sudáfrica: un país en franco crecimiento, con una excelente infraestructura de transportes. Ya quisiéramos tener siquiera un poco de esa infraestructura de autopistas y vías rápidas en Lima. Leo reportes en Internet que corroboran esto y señalan la aplicación de una política de apertura económica, equilibrio fiscal, control de la inflación, entre otras coincidentes con lo que se ha iniciado en Perú. Esto se habría introducido con mayor profundidad a partir del año 1996 con un paquete de reformas económicas, luego del fin del Apartheid. No es difícil entender cómo es que albergarán el próximo mundial de fútbol.

Sin embargo, como era previsible, los niveles de pobreza y exclusión económica están concentrados básicamente en la población negra, que es la mayoría (80%). Esto explicaría, en parte, por qué en los centros de diversión y comerciales del Sun Coast Hotel, donde un fuerte contingente de delegados participantes se hospedaron, la mayoría era más bien de origen hindú (3%) y caucásico (9%), diría que, conjuntamente, hasta en un 90%. Esta sencilla evidencia visual, la pude comprobar también en los reportes de Wikipedia y otros links sobre la situación económica y social del país. Otro problema muy serio que enfrentan es la alta incidencia del HIV-Sida, que afecta a cerca de 7 millones de sudafricanos de un total aproximado de 47 millones de habitantes. (En video, en ruta entre el Royal Hotel y Sun Coast Hotel, por calles de Durban y plática poco intelegible con un colega africano y el chofer sudafricano, muy afables)

Una mala noche

Forzosamente tuve que experimentar el servicio médico en Durban, luego de sufrir una severa intoxicación luego de una cena de comida hindú en el Royal Hotel. Fue una noche terrible de arcadas intensas y vómitos que me deshidrataron en menos de una hora, mientras afuera azotaba una tormenta que de no ser por la intoxicación habría disfrutado como cuando niño en Puerto y la lluvia azotando la ventana de mi cuarto con su repiquetear incesante, el viento que silba y esa sensación de frescura tropical…En fin. No pudo ser y tuve que salir a las dos de la madrugada con un taxista contratado y un acompañante del hotel a una clínica privada donde, a duras penas me hice entender en mi magro inglés, bautizado de “americano” por mis colegas africanos, y fui rápidamente inyectado para detener la incontinencia de un solo golpe. Sólo atiné a estirar mi brazo y dejar que la amable enfermera me aplicara la ampolla intravenosa, rogando, en mi prejuicio frente a la evidencia de los 7 millones, que no estuviera infectada con HIV (la ampolla). Más doloroso fue luego tener que cancelar los servicios de la clínica y los honorarios del médico que no me dio comprobante y yo no atiné a presionar, pero que en total hicieron casi US$ 200 de mi tarjeta de crédito. Hasta ahora estoy pagando. No hay mucho que decir sobre la vida nocturna en Durban, nunca salimos, y esta vez no hubieron colegas chilenos que abriesen camino, y no dudo que lo habrían intentando por que en cada momento los del hotel nos advertían de no salir, que era “muy peligroso”. Nunca sabré exactamente por qué lo decían.

Todos parecían entusiasmados en aplicar el presupuesto participativo

Los representantes de todos los países que asistieron, se mostraron muy interesados en aplicar el presupuesto participativo en sus países. De hecho varios ya lo están haciendo. Los contextos, en verdad son bastante parecidos al nuestro: sociedades con autoridad tradicionalmente centralizada y vertical en extremo. Afortunadamente, al igual que en nuestro país a principios del nuevo siglo, hay una corriente fuerte de mayor democratización de la sociedad, y una mayor inclusión de la población en los procesos de toma de decisiones. De hecho, en esto, el presupuesto participativo puede ayudarles mucho. Nuestra función, la mía, la de varios brasileros (Bello Horizonte y Porto Alegre) y ecuatorianos (Cotacachi), fue la de compartir las lecciones aprendidas (lo que funciona y lo que no) en el caso peruano e iniciar algún tipo de esfuerzos conjuntos en una agenda que tiene más en común de los que pensábamos en este desafío del Desarrollo.

(2do video: danza típica, escenificada por jóvenes sudafricanos en el frontis de local municipal)

viernes, abril 11, 2008

Todos los africanos hablan ingles


Todos los africanos hablan ingles

Ya había tenido la oportunidad de interactuar con algunos pocos colegas africanos en otros eventos internacionales, pero en el que recientemente (marzo 2008) participé en Durban-Sudafrica, asistieron mayormente africanos. De hecho era un evento organizado por ellos, conjuntamente con el Banco Mundial, y para ellos.

Yacine, una colega sudafricana me contó que en la mayoría de los países de este continente, se habla por lo menos dos lenguas. La primera, la nativa, la segunda, la llevada por los conquistadores. El primero lo aprenden en la casa, el segundo en la vida pública. Y este segundo idioma es mayormente el inglés. En varios de ellos es el francés y en unos pocos el Portugués. Pero, todos los que no hablan inglés como por un acuerdo implícito lo aprenden casi forzosamente. Ello explica que en estos eventos, casi no existan limitaciones a la comunicación e interacción por que todos, o casi todos, pueden comunicarse en una misma lengua. Obviamente, tampoco hay restricción al compartir de investigaciones si es que están escritas en inglés, y de hecho varias de ellas lo están, como la que esta excelente colega sudafricana me regaló, del Collaborative Africa Budget Reform Initiative (CABRI), escrito completamente en inglés.

domingo, diciembre 09, 2007

El día que la abuelita Juana se fue

No clareaba aún. Se recostó hacia un lado de la cama, convaleciente de sus varias dolencias. Se había quedado dormida muy tarde y así se quedó. En realidad la abuelita Juana, había empezado a irse mucho tiempo atrás, tratando con astucia de hacer que todo aquello material asociado a lo que había significado, vaya desapareciendo, con la intención de que los que la habíamos amado siempre, tengamos la menor oportunidad de nostalgias de ella. Su estrategia fue partir de a poquitos, para evitarnos el vértigo de su ausencia plena y repentina, utilizando a la vejez como la excusa perfecta.

Primero habían sido su escopeta al hombro y sus plantas de café. Luego desaparecieron el ventilador para el arroz, el pilón y sus productivas chacras. Después fueron ignorados las plantas de coco, los árboles de Tutuma y sus pates derivados. A sus gallinas, patos y chanchos los fue diezmando de a poquitos, y -lo que parecía imposible- dejó en desuso su fogón y con éste, se extinguieron el café negro de a cualquier hora, el arroz nuevo con manteca de chancho, el mingao y la farofa, que siempre pensé me esperaba a la cabecera del fogón. El pan de arroz, duró un poco más, por que era parte de la demanda que todos le hacíamos siempre, pero no por mucho tiempo. Coincidentemente el caminito siempre limpio de maleza al pozo y las flores silvestres alrededor de la casita fueron invadidos por la malahierba. Pero, aunque reemplazado por agua potable de red pública, no pudo, o quizás no quiso, hacer mucho con la emanación natural del agua cristalina y mineralizada de su pozo de siempre. Dejó sí, incólumes su perezosa y su recibir de visitas, cada vez más longevas, de todas las tardes y a su paciente e inseparable compañero don Antonio.

Con ella, y con varios como ella, se está terminando de ir lo que La Joya fue un día: un concepto. De economía agrícola, silvícola y pecuaria en sus medios de producción y de alegría desbordante de las fiestas de carnaval de cinco días y noches continuadas.

El viento del olvido, como a la arenilla blanca de los patios de las casas de la Joya, irá espolvoreando al infinito los recuerdos de las mentes de la existencia de esa pequeña comunidad. Quedará en su reemplazo ese multicolor anexo de Puerto Maldonado, que curiosamente también se llama La Joya. No más chacras, no más caminitos que huelen a la humedad hacia el pozo, no más piscicochas, no más escuela puntiaguda dominando el horizonte, no más abuelitas Juanas. Persistirán sin embargo, obstinados, algunos ojos de agua, esperando por un renacer improbable, o por el juicio final que llegará con la tala del desfalleciente aguajal que los sostiene.

Tengo infinitos recuerdos de la abuelita. Pero una imagen recurrente cada vez que pienso en ella, es el de su andar por la trocha y entre los árboles, camino a, o de la chacra, con su pantalón de tela blanca percudida de chacarero y un vestido sencillo como sobretodo y sus botas negras, ora cargando un racimo de plátano ora un costal de yuca blanca, ajustados a su frente con lianas fuertes de Misa; y en la otra mano el machete de mango negro para desbrozar la hierba impertinente. Aparecía de entre la maleza, sonriéndonos tiernamente a los últimos hijos de Concho, que, como cada fin de semana, habíamos llegado de visita temprano en la mañana – en realidad, ella había salido muchísimo más temprano al platanal. El Chullachaqui, -me contó ella un día- había intentado, en esos senderos, varias veces seducirla hacia lo profundo de la selva, transfigurado en parientes lejanos de San Lorenzo. Conociendo de sus mañas y disfuerzos, nunca pudo con ella. Como tampoco pudo ese jaguar sigiloso que arriba en el Chaspa, en la década del 30, acechaba a los pequeños Haydee, María y Jorge. En esa ocasión –me dijo, aquella tarde en la casita de permanente construcción de la querida tía Chocha- un disparo certero de su escopeta había sido suficiente.

El día que la abuela se fue, las avispas que escarban la tierra en el patio de la casita de siempre, no escarbaron, y los ojos de agua del humedal, manaron como cuando todo era bosque. Las herramientas de chacra: el Ipulli, el Azadón, el machete y la Pala, roídos por la herrumbre y el olvido, encontraron el descanso final, por que estaban seguros que ahora, realmente, no serían ya más convocados por esa mujer de trajinar incesante.

Muchos como yo, fuimos impelidos desde muy lejos a sus funerales. A decir verdad, varios hijos, nietos, biznietos, obedeciendo al mismo llamado, habían arribado mucho antes aún de que se fuera, y yo, entre ellos, tenía ya planificado el retorno a La Joya, a ver a esta nonagenaria abuelita, que tantas lecciones de trabajo, humildad, temple, independencia, sinceridad, picardía y frescura, nos había dado. Pero no llegué a tiempo. Ni siquiera me quedó la consolación del “cuándo vendrás hijito, seguro cuando vuelvas ya no me vas a encontrar” que siempre me decía, muy recientemente, al teléfono, pero que afortunadamente nunca ocurría. Esta vez, sólo llegué, junto con Juan Pablo, mi hijo de 6 años, para acompañar su cuerpo inerte hacia el final de su camino.

Mujeres como ella, ya no se forjan así de simple y su partida cierra un ciclo en la familia y abre uno incierto a su unidad de cada 12 de enero. Su partida simboliza también aquello que nuestra querida tierra de Madre de Dios está despidiendo (su gente y sus tradiciones), y que aunque duela decirlo, muchas veces lo hacemos en un ambiente de ingratitud y soslayo ocasionado por la ignorancia y desconocimiento de aquello de donde venimos, de aquello que en gran medida nos define.

Volver a La Joya, o a lo que actualmente es, aunque la abuelita Juana lo haya previsto de diferente manera, será más duro ahora, porque los que la conocimos y crecimos, mucho o poco de nuestras vidas en sus afanes, querríamos buscarla por los caminos que sus ligeros pasos anduvieron, comer los frutos que ella comió y beber el agua nutrida de minerales del pozo que ella siempre bebió, hacer “juuuuuuuuuuuy” y escuchar un “juuuuuuy” de regreso. Quizás ya nunca más volvamos a sentir el olor del mineral de la tierra húmeda del aguajal, ni el crepitar de las historias atrapadas entre los tallos altos de los aguajes y árboles larguiruchos del humedal antes de llegar al pozo, quizás ya nunca veamos el pozo mismo. Será que así lo tenía previsto ella, quizás pensó que así tomaríamos conciencia de algo, no se de qué.
(En la foto arriba de derecha a izquierda, Don Antonio, la tía Loyo, la abuelita Juana, Roger y sobrina-nieta de la abuelita de visita desde San Lorenzo-2004; en la foto abajo: La Joya, hoy)