Anécdotas, historias y reflexiones en torno a aquello con algún efecto emocional o intelectual personal.
(Publicadas en el mensuario "El Madrediosense" de Puerto Maldonado)
Yoel Guimaraes Perez (chamán principal): 32 años de edad, nacido en Comunidad Nativa (Shipibo Conibo) de Nueva Olaya, provincia de Ucayali, departamento de Loreto. Distante a 20 horas peque-peque de Pucallpa y seis horas en deslizador. A dos horas de Contamana. Practicante desde los 12 años. Se inició por su abuelo Olivero, quien le hacía participar en las ceremonias de ayahuasca que él conducía. Tiene dos hijos, uno de 11 y una niña de 8. Viven actualmente en Pauyán, distrito de Padre Marquez, Provincia de Ucayali, Departamento de Loreto. Conduce ceremonias desde los 22 años, ha atendido básicamente a hermanos Shipibos y mestizos de la zona.
Ismael Romero Ochabana, 29 años, nacido en Pauyán, distante a seis horas en peque-peque de Pucallpa. Maestro en vegetales y curación natural. Aprendió de sus ancestros a reconocer los vegetales y cortezas de árboles curativos: Chacruna, Pion blanca, negra, yerba luisa, Peitorro inin, Machinga, Catahua, Ojé, Paico, Shihuahuaco, Ishpingo, Ayahuma, Huairacaspi, etc para aliviar una serie de males como enfermedades estomacales, yagas, infecciones, enfermedades renales, riñón, etc.
Representan a una nueva generación de chamanes deseosos de compartir y mantener viva su cultura chamánica frente el avasallante empuje de lo occidental. Tienen mucho interés en hacerse conocer, pero tienen limitaciones, que incluyen el manejo mismo de la lengua española y el manejo de los recursos de comunicación.
Ayahuasca (Uni nishi, en Shipibo Conibo): se prepara de la combinación de la liana de ayahuasca combinado con Chacruna. La ayahuasca representa al hombre y la chacruna representa a la mujer, “que se tienen que combinar, que se tienen que mezclar”. La liana de ayahuasca brotó de la transformación del cuerpo del Papa Shoco, el más antiguo de los chamanes, quien antes de morir pidió a su gente que lo enterrasen parado. Su cuerpo se transformó en lianas que surgieron del subsuelo para crecer abrazando a los árboles que lo rodean. Tiempo después, falleció Tita Shoco, o abuela, quien a su muerte, pide que le entierren cerca del Papa Shoco. Esta también crece, transformada en Chacruna, acompañándolo para la eternidad. Sin embargo se mezclan para generar la fuerza con la unión. La mujer da la fortaleza el hombre la sabiduría y operan en conjunto dentro de los que toman el brebaje para aliviarlo, sacarlo de los males del cuerpo y también de la mente…siempre al ritmo del chamán.
Rol del maestro Ayahuasquero: prepara la ayahuasca, dirige la ceremonia, y define la dosis que tiene que tomarse, y las sesiones necesarias, las mismas que dependen de varias razones, entre las que se encuentran su experiencia con la sustancia, y la necesidad de limpieza o la profundidad de las impurezas que aquejan al paciente. La dosis, puede ser estandarizada a la medida del que lo requiere, la que necesita ser determinada en más de una sesión. Luego de encontrada esta medida individualizada, es la misma que se repite. Algunas personas por propia iniciativa exigen tomar más contenido en las dosis, buscando experimentar más sensaciones, pero Yoel e Ismael, no lo recomiendan y se negarían a proporcionarlo a quién lo requiriese. El objetivo es determinar la medida individualizada.
Los cánticos de la ceremonia: Existen muchas canciones que se hacen a lo largo de la ceremonia y fluyen de la dinámica misma de la sesión, de las visiones, las propias y de los males y perturbaciones que observan en los pacientes o participantes. Uno de los más importantes es el cántico del palo volador, que se hace para proteger a los participantes y al maestro mismo de los malos espíritus que rondan la ceremonia y sobre todo que abordan a los pacientes. Parte de los cánticos dirían algo así: “desátense los nudos, los enredos, las impurezas del cuerpo; enderécense las metas…y discurren los cánticos entre imploraciones de mejora” Planes de Yoel e Ismael: en las siguientes semanas a mi retorno a Lima, tenían previsto organizar una ceremonia abierta de ayahuasca en Pucallpa, en la que invitarían a todos los interesados a iniciarse o a continuar con estas curaciones. Piensan denominar al lugar de la ceremonia el Nishi Shobo o Casa del Ayahuasca.
Cecilio Soria: De Panaillo, a dos horas en deslizador de Pucallpa, entre el Aguaytía y Ucayali, comunidad Shipibo Conibo, es un excelente punto de contacto, intermediario con el mundo Shipibo-Conibo. Tiene estudios de Derecho en la Universidad Católica de Lima, con estudios en el extranjero en Derechos Humanos (Costa Rica), pasantías en California en comunicación radial. Actualmente es regidor de la municipalidad provincial de Coronel Portillo. Líder nativo comunicador social por naturaleza.
Si alguien desea contactarlos, gracias a la instalación de cabinas, incluso en comunidades alejadas de la selva, ellos acceden a sus correos electrónicos.
Había escuchado muchas veces sobre ella, siempre por voces de gente, que en realidad nunca la había probado. Que generaba alucinaciones, que transfiguraba el entorno y las sombras de la selva en seres demoníacos, que era peligrosa, que podía incluso llevar a la locura a los irresponsables que la probasen, que no podía ni debía ser utilizada sin el control de una curandero o chamán de experiencia, etc.
En parte por resolver de una buena vez todas estos preconceptos y en parte por satisfacer mi propia curiosidad, me aventuré a probarla a la primera oportunidad que se me presentó. Fue el viernes 8 de mayo de 2009 en Pucallpa, departamento amazónico peruano. Lo hizo posible mi buen amigo Cecilio Soria, idealista y cejudo soñador de un futuro promisorio para sus hermanos Shipibo-Conibo.
En realidad, en cada viaje que hago a esta bullanguera ciudad, me comunico con él, quien para efectos de cualquier individuo, ya sensualizado por la urbe, como yo, opera como traductor e intermediario eficaz con parte del entrañable mundo de la amazonia y su gente, mayormente amable y genuina. La penúltima vez que había estado por aquí había disfrutado de un exquisito estofado de motelo y la anterior a esa habíamos emprendido una visita a los caseríos del distrito de Padre Márquez, llevados por nuestro común amigo Juan Maldonado, a la sazón, primer alcalde Shipibo del distrito (ver crónica rescatada de mi blog de gestión pública).
Así que cuando Cecilio me comentó que tendría su última de tres ceremonias ese viernes, y si quería acompañarlo, mi respuesta, a pesar del malestar y el cansancio de la jornada, fue un rotundo sí.
Emprendimos entonces la aventura, primero a comprar algunos insumos que faltaban como los mapachos y el agua de florida para Yoel e Ismael, los jóvenes chamanes, que Cecilio había contactado de entre su propia gente; y luego a los previos en la casita, tipo palafito, de Cecilio, ubicada casi a orillas de la laguna (o cocha) Yarina en el distrito de Yarinacocha. Casi todo estaba listo, y el brebaje había sido ya preparado por él mismo Yoel, chamán principal, como tenía que ser.
Mientras esperábamos que den las 9:00 de la noche, la hora acordada para el inicio, nos enfrascamos en una amena charla. Yo estaba muy curioso por conocer de los jóvenes chamanes, que escapaban del estereotipo del chamán ayahuasquero, individuos más bien mayores, de pocos dientes, con atuendos a la usanza nativa, es decir, mínimo una cushma para recrear un entorno propicio (en siguiente post presentaré detalles de ellos).
Los hechos
Los previos consistieron en un sencillo ritual de entorno al brebaje y los complementos, como lo son el agua de florida y los mapachos, algunos cánticos y rezos, soplidos suaves sobre las manos y sobre los envases que contiene el brebaje. Me recordaron que no debía haber comido nada en las últimas ocho horas por lo menos, cosa que había cumplido, ya con la advertencia de Cecilio. Este, por su parte se había ya acomodado en un petate sobre el suelo de la casa que sería su espacio propio sobre el cual sobrellevaría el viaje al interior más profundo de sí mismo que propiciaría la ayahuasca. Yo también me apoderé de un lugar a la espera de no sabía qué.
La cantidad del brebaje dependía del nivel de exposición que se tiene a la misma, a la apertura de la mente y a la avidez por experimentar de ella, me decía Yoel, quien no recomienda dosis altas, en ningún caso. La cantidad de la poción, en mi caso, fue inferior que para Cecilio e inferior a la que ellos mismos utilizaron.
El sabor, en parte, no me era tan desconocido, por el Chuchuasi, que mi madre tenía de vez en cuando a mano, e incluso de la uña de gato hervida o de la propia Copaíba. Es decir, tenía una reminiscencia a raíces y cortezas de árboles y lianas amazónicas. Era agradable al paladar y, contra lo que me temía, gentil con el estómago.
Luego restaba esperar.
Los chamanes iniciaron sus cánticos acompasados que parecían arrullarnos mientras volábamos fuera de la casita, hacia orillas de la laguna Yarina y más allá, entre los árboles, hacia lo más profundo de la selva amazónica. Las aves que dormitaban protegidas por la penumbra nos miraban adormecidas por la noche y los espíritus, sin comprender qué o quiénes éramos los que vagabundeabamos, irreverentemente, los reinos del Chullachaqui o del Supay.
Repentinamente regresaba a la casita nuevamente y miraba a Cecilio echado sobre su petate, como rezando, con los ojos cerrados sin tener conciencia de dónde realmente estaba. Los chamanes se habían ya transfigurado en deidades y apariciones venidas del corazón de la selva que danzaban con frenesí invocando a las ánimas, de sus abuelos y los abuelos de éstos, e incluso al gran abuelo Shipibo que había sido sembrado, a su petición, de pie, a manera de entierro, luego de su muerte. La penumbra de la casita y los rayos de luna que se filtraban por las rendijas y ventanas, sólo transfiguraban la visión de los chamanes metamorfoseados que por ratos parecía levitar como impulsados por una fuerza inminente.
Ráfagas de imágenes venidas de lo más profundas del subconsciente pugnaban por aparecerse. Eran recuerdos y hechos oscuros alojados precariamente donde no podrían hacerme daño, pero que a la sazón se habían corporeizado para aparecer frente a mis ojos cerrados por el temor de verlos cara a cara, incluso, en una lucha constante por tomar control de la situación.
Entonces se producía la lucha por racionalizar las apariciones, dotándolas de un sentido práctico de hechos fenecidos sin influencia real en mi vida. Podría levantar mis brazos, mis manos y hacerlas a un lado como quien pasa las páginas de un libro y no vuelve más a ellas. Era una decisión propia, que de algún modo me ayudaría a purificar las partes más putrefactas de mi propia subconsciencia.
Los cantos e imposiciones de mano sobre nuestras cabezas, por parte del chamán, ayudaban a darle un sentido ritual a la lucha, un sentido de curación ayudado por las voluntades de los que allí estábamos. Con el transcurso del tiempo la batalla se iba terminando a favor del lado bueno. Los malos espíritus fueron confinados a lugares más profundos esta vez, al lugar donde siempre debían estar. Lo siguiente fueron reminiscencia epicúreas y fruitivas de hechos que no ocurrieron, pero potenciales, que devolvían las buenas vibraciones al cuerpo y a la mente. Una especial agua de florida, ayudaba a hacer más profunda esta última sensación.
El retorno se produjo de manera abrupta como un torrente incontenible que se iniciaba en mi estómago. La sustancia física, el líquido ingerido de ayahuasca, había estado hurgando también en las impurezas que allí se habían reciclado, enviando al destierro a toda la impureza del día y de las semanas, acumuladas sin haber sido objetos del proceso digestivo. Entonces vomité todo lo que tenía y la sensación de desinfección fue total. El cansancio del día, el vértigo del exceso de grasa, el incipiente dolor de cabeza, y todo lo mucho y lo poco que repercutía sobre mi estado físico desparecieron completamente con los retortijones.
Y ellos siempre estaban allí, acompañando, ayudando en este trance, en este corto viaje, en esta incomparable experiencia.
Pasaron varias horas, y la madrugada nos encontró en una plática oscura. Pude grabar algunas de las conversaciones. Al finalizar Yoel me dijo, que había visto que yo necesitaría más sesiones, que mi proceso de curación no había terminado. Me prometí a mi mismo regresar con los hermanos Shipibos y terminar con seriedad lo que había empezado como simple curiosidad.
Aunque nunca había estado realmente en Buenos Aires, cada vez que escucho sobre esta ciudad, vienen a mi mente El Obelisco, la Plaza de Mayo, la Editorial Columba, el Parque Lezama y el Edificio T. El Parque Lezama, donde, cerca de la estatua de Ceres, Martin es descubierto por Alejandra y el edificio T, al que ingresa Maria Iribarne, seguida por Juan Pablo Castel*. Así que en la tarde del 21 de febrero de 2009 que me encontró libre y sin plata** en esta añeja ciudad, decidí buscar estos últimos lugares. Mi hotel estaba entre la Av. Callao y Corrientes a pocas cuadras del Obelisco y la famosa Av. 9 de Julio.
Empujado entonces por lo inevitable inicié mi andar por las calles de Buenos Aires, probablemente las menos “modernas”. Caminé primero dos cuadras sobre Corrientes, hacia la calle Montevideo, donde habría librerías regentadas varias de ellas por viejos de cabellos canos y lentes gruesos, y que vendían, cómo no, libros y revistas de segunda mano, muchísimas de ellas de manufactura argentina.
Todos ellos se me antojaban Sábatos o Robin Woods a los que se me ocurría preguntar, presuponiendo que lo sabían todo, si podían decirme donde encontrar o si tenían las viejas revistas de la mítica Editorial Columba, aquellas que leía de niño en Puerto Maldonado con el mismo sopor de los 36º C, aquellas que sigo leyendo entrecortadamente de la ruma de ediciones viejas que había encontrado y comprado ávidamente en ese emporio de la edición usada que es el Jr. Amazonas del centro de Lima.
Sí, claro que sabían de la editorial Columba, que había sido fundada en los 50s y cerrado en los 90s, conjuntamente con otras editoriales del boom de la industria editorial Argentina, que vendían sus revistas a toda Latinoamérica, que Wood en realidad era Paraguayo, que luego emigró a Italia, que habían intentado hacer reediciones de nuevos formatos de Nippur, de Dago y de Gilgamesh el Inmortal. Que esto no había sido suficiente. Y así fue, por que como, casi todo en Buenos Aires, había pasado a ser un elemento más de la historia de este país, la de un pasado promisorio y la de un presente que vive de los remanentes o de la resaca de ese pasado. Por que excepto el futbol, todo lo demás parece pertenecer a otros tiempos, mejores, de esta entrañable ciudad que hierve historia pero que a la vez a dejado que sangre venosa fluya en sus calles, al igual que muchísimasde Lima.
Un amigo me había dicho que Buenos Aires era como “una ciudad de Europa” y quizás en el sentido de lugar donde se respira historia sí lo fuera. Es decir una ciudad con harto trajín en sus calles, en su arquitectura, aunque en este caso se refiriese a historia de menos de un siglo, la de ascensión y caída de la que alguna vez fue, y que desistió, no sabemos hasta cuándo, de seguir siendo, el faro económico y cultural de América del Sur.
Con todo, abrumado por el sopor del verano, no cejé en mi intento de llegar al Parque Lezama. Quería sentarme sobre la banca donde Martín era observado por Alejandra, sólo por el gusto de imaginar y sentir esa inquietud sobre mi nuca y ese arrebato de emociones que caracterizó su tormentosa relación que acabó con la trágica muerte de Alejandra, consumida por el fuego que la había liberado de esos sus demonios. Sin embargo, no pude lograrlo, por carencia de fondos y por que en realidad era muy lejos y el tiempo ya se me estaba agotando, y además por el temor de perderme en el tráfago de esta larga ciudad. Mi consuelo fue entonces cualquier parque, por que todos, grandes o pequeños lucían árboles largos y frondosos y bancas que parecían centenarios, todos matizados por un manto verde de hierba y flores. Cualquiera de ellos, congelados en el tiempo, me sabría al viejo parque Lezama, que no llegué a visitar, al de Martín y Alejandra.
Ninguno se parecía sin embargo a la arboleda y jardines de la Pontifica Universidad Católica del Perú (PUCP), que años atrás, en un arrebato de locura, me había llevado a “encontrar” a María Iribarne en los vericuetos de la Universidad, y curiosamente, convencer a mi compañero y amigo Marco, menos cuerdo que yo aún, de que ella existía en la PUCP transfigurada en una joven de piel de miel y de cabellos ondeados, que aparecía y desaparecía de entre nosotros, como alumna libre, en la clase de Realidad Social Peruana.
Por suerte, pude tropezar en mi torpe caminar con algunos de estos parques en mi andar por las Av. 9 de Julio, Arenales y Callao, llegando a experimentar, a sentir, en el sentido de Martín, perturbadoramente, las intensas emociones que avivaron su mediocre vivir. No las de Juan Pablo Castel. No se por qué no pensé mucho en él ni en la María Iribarne de mis novelas de Letras de la Católica, aunque debo señalar que cualquiera de los incontables edificios cúbicos podría ser el Edificio T.
Teoría extraña El taxista que me llevó a Ezeiza, esbozó una teoría curiosa sobre la crisis económica mundial: que ésta había sido creada por los gringos para hundir a los países subdesarrollados, debilitarlos y luego así expoliarlos con mejor posición. Que todo en realidad era parte de una estrategia de dominación mundial, a través de la cual, los países pobres se volverían más vulnerables a la ferocidad de los ricos.
*Martín, Alejandra, Juan Pablo Castel y Maria Iribarne son personajes de la ficción de Ernesto Sábato, de las novelas Sobre Héroes y Tumbas y El Túnel.
**Por una desatención típica de mi mismo, no había chequeado la tarjeta de crédito antes de salir de Lima y no estaba operativa. Esto limitó mi libertad de movimientos puesto que el efectivo que había llevado se había rápidamente reducido a 40 dólares y 15 pesos que con suerte alcanzaría para mi taxi al aeropuerto y el impuesto de salida en Ezeiza, principal aeropuerto de Argentina. Por ello, sólo me quedó caminar.
Nota. Este viaje de apenas día y medio a Bs As, fue atendiendo una invitación del Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (CIPPEC), para comentar entorno al buen puntaje obtenido por el Perú en reciente evaluación internacional en materia de transparencia presupuestaria.
Durante diez días a partir de la tercera semana de noviembre, tuve la excelente oportunidad de una estancia en Alemania. Aquí algunas notas sobre este viaje.
Berlin
Presumo que Berlín no es una típica ciudad europea. En la práctica es difícil que lo sea una ciudad que ha sido reconstruida casi de la nada, luego de la segunda guerra mundial, proceso que se agudizó luego del fin de la guerra fría. Casi podría afirmarse que no hay vecindario o zona que no tenga un proyecto de construcción en marcha. A diferencia de la intensa Lima, marcada por los modernos edificios de departamentos y condominios privados multifamiliares, allí la nueva infraestructura corresponde en gran medida a espacios públicos como museos, palacios reales en reconstrucción, nuevas sedes de organizaciones, subterráneos para el metro, etc; todas recreando el viejo estilo de antes de la guerra.
La excepción de modernidad lo constituyen lugares, como aquel alrededor del hotel donde nos hospedamos (Grand Hyatt Hotel): Postdamer Platz (se pronuncia platze a secas y no platz) , una antigua zona histórica de la ciudad, totalmente destruida durante la guerra y espacio muerto durante la guerra fría por el que discurría un gran trecho del muro, cortando la gran pampa abandonada.
Por varios años, luego del derrumbe del muro, la deliberación de qué hacer con la zona devino en la construcción de uno de los pocos espacios “modernos” de Berlín, en el sentido del tipo de infraestructuras verticales y de diseños vanguardistas.
Por suerte, nuestra estancia coincidió con el inicio de la feria de navidad, consistente en tiendas, todas de color rojo, al aire libre o “kioscos”, como los llamaríamos nosotros, donde se podía encontrar comidas rápidas a base de embutidos, vinos calientes, pistas de patinaje sobre hielo y rampas para deslizarse sobre nieve. Aunque con más de treinta grados centígrados de diferencia y muchas veces el poder adquisitivo peruano, esta feria de reminiscencias pueblerinas, me hizo pensar en la plaza de Armas de mi pequeña ciudad de Puerto Maldonado, la de cada navidad. Al igual que allí, se instalaba en los alrededores ferias itinerantes de juegos, venta de viandas, y más juegos alrededor de toda la plaza. Entonces todos éramos felices disfrutando del ambiente, de la gente de la compañía, comiendo comidas sencillas de rápida preparación, jugando los juegos en que nunca ganabas y escuchando sin oír realmente las músicas estridentes de los altoparlantes.
Muchos detalles que destacar, como que las noches en los alrededores berlineses son más oscuras de lo que uno esperaba. Al parecer, la penumbra es la norma en esta ciudad, la cual aunada al viento frío, las calles anchas y en algunos casos la cercanía del parque y el bosque, me hacía pensar en los prisioneros de los nazis tratando de escapar, entre las balas, aprovechando las penumbras. Una amiga salvadoreña que conocí me hacía notar que ningún automovilista tocaba el claxon, y en efecto, las calles anchas y largas sólo se hacían sentir por el zumbido de los motores de los carros.
No se si así fue siempre pero el sentido de organización de ciudad era muy evidente. Hay una zona de embajadas (donde están la mayoría), otra zona de museos, otra de edificios del sector público, etc. Quizás la destrucción de la ciudad brindó la oportunidad para la reconstrucción consciente, o quizás no por que hubo una guerra fría. Una vez hubo dos alemanias separadas por un muro y un cerco.
Una impresión rápida, corroborada luego por las lecturas, es que los alemanes no son muy afectos a hablar de la guerra, ni de los nazis o de los judíos. Es casi como un tema tabú. Lo intenté, creo impertinentemente, un par de veces, y sólo recibí desvíos en respuesta, como cuando a uno le quieren hablar de algún tema incómodo no acorde con la norma, en fin. No lo volví a intentar, respetando esa regla no escrita e intentando no ser tan provinciano una vez más. Hecho anecdótico fue la coincidencia en el mismo hotel de la selección alemana de futbol que jugaba un partido amistoso contra Inglaterra. No fue raro entonces cruzarnos en el lobby o con los jugadores o el cuerpo técnico. De hecho yo me encontré una vez con Miroslav Klose, otra con Bastian Schweinsteiger, estrellas del Bayer Munich y otro jugador muy joven que según los alemanes es la nueva gran promesa del balompié germano. Los colegas africanos eran los más entusiastas por encontrarse con los jugadores e incluso por ir al estadio, cosa que obviamente, no hicimos. Sí pudimos mirar el partido en uno de los restaurantes en una de las tantas cenas bien organizadas, a manera de veladas, por nuestros anfitriones. Perdieron los alemanes en un partido, en verdad, soso.
Aunque no soy amante del nacionalismo, llamó mi atención una foto, en el museo de historia alemana en el que el mapa peruano aparece mutilado en el norte.
De los tres museos que pude visitar recién el sábado 22 de noviembre, una vez finalizado el evento en Berlin, quedé impresionado por el Museo de Pérgamo. Este, contiene ejemplares originales de frisos, pisos, columnas, paredes, muros, todos ciclópeos de las épocas de los griegos, romanos y persas, principalmente. Resulta difícil de entender cómo es que los alemanes cargaron con todas esas piezas, hace más de cien años.
El evento al que asistí
Transformation Thinkers Seminar es un evento que se realiza en Berlin, organizada por la Fundación Beltersman y la GTZ (cooperación alemana al desarrollo), cada año desde el 2001. Tiene el objetivo de promover el intercambio de ideas entorno a la gestión del cambio. Cambio ligado a la construcción de la democracia, la economía de mercado y del propio Estado. A este evento se convoca a personas de todo el mundo involucradas en procesos de reforma, es decir, de cambio, en sus respectivos países. En mi caso, mi experiencia profesional promoviendo reformas en materia de gestión presupuestaria del Estado, como el presupuesto participativo y, como no, el presupuesto y la gestión por resultados, presumo, sirvieron de credenciales para ser invitado, a propuesta de la cooperación alemana GTZ.
El seminario, de seis días de duración, estaba preparado básicamente para hacernos interactuar y aprender mutuamente entre los participantes, inquiriéndose por nuestras perspectivas en relación a los diferentes temas de discusión planteados. En algunos casos, se contaba con expertos internacionales para facilitar talleres o para provocar discusiones y compartir enfoques en torno a la gestión del cambio. Independientemente de los contenidos, resulta sumamente gratificante interactuar con gentes, de otras naciones, que también lidian contra la corriente, muchas veces, en la introducción de reformas en sus sociedades y Estados, la mayoría de las cuales nosotros a veces damos por sentado, en nuestro país. Los casos de Syria y Belarus, por ejemplo, que padecen aún de regímenes absolutistas y dictatoriales severos. O los de Egipto y Kuwait que aún no logran consolidar un régimen básico de respeto por las diferencias de género.
En todos los casos, es claro que todos enfrentamos los mismos enemigos: la intolerancia, el temor al rompimiento del status quo y la imposibilidad de admitir, para nuestros fueros internos y, mucho peor para los externos, que podemos estar equivocados, propiciando prácticas desfasadas en un mundo en constante, e inevitable, cambio. Una coincidencia no sorprendente fue que todos los países, que contaban con representantes en el evento, caminaban decididamente por los rumbos de la economía de mercado y buscaban la democracia liberal.
Hecho anecdótico del evento, y a decir de los propios organizadores, “muy alemán”, fue la planificación rígida de los tiempos. Ciertamente, todo estaba cronometrado y, literalmente, saltábamos de sesión en sesión, con una hora para el almuerzo cerca de las 13:00 horas, tipo buffette pero de pie en mesitas altas mientras se seguía argumentado de los temas del taller, para luego retomar a las 14:00 horas, con cortos intervalos para un café y luego a seguir con los talleres, las sesiones de plenarias, hasta dar las 18:30 o 19:30, luego del cual el bus estaba ya esperando para la cena, programada para dos horas o algo más, y el retorno, también programado, por que el bus retornaba exactamente a esa misma hora, usualmente 22:30 horas.
Llegábamos al hotel a poco de las 23:00 horas, absolutamente agotados, más aún por tener que formatear repentinamente el cerebro a pensar y comunicar en inglés. Entonces, sospecho, que como yo, a esa hora la mayoría sólo quería dormir para al día siguiente repetir la misma rutina.
Ciertamente, no había gran tiempo para digerir lo que se estaba viviendo, y compartiendo, conformándonos con asimilar casi como por ósmosis lo poco que se podía. Como se puede inferir, este régimen poco habitual para nuestro espíritu más tropical, reducía drásticamente la capacidad de atención para las sesiones después de las 14:00 horas, pero igual, estas seguían, me imagino en la concepción que igual había que tenerlas por que había que cumplir con el programa, por que así estaba planificado.
Contradictoriamente, aunque a decir verdad no se si por esta característica o no, sospecho que, al igual que yo, la mayoría de los participantes volvimos a nuestros países con el ánimo recargado, con mayores ganas de seguir promoviendo la transformación en lo que fuera materia de nuestro interés, incumbencia y capacidad.
Frankfurt
Estuve apenas día y medio en Frankfurt, con más tiempo para la soledad, puesto que en esta ocasión ya ninguno de los compañeros participaba. Era sólo yo atendiendo una gentil invitación de la GTZ para compartir la experiencia de trabajo en materia de reforma presupuestaria en Perú, en la misma sede de dicha institución, ubicada en el distrito de Echsborn. La reunión fluyó bastante bien gracias a la gentileza de los GTZs y pienso que quedó una idea más o menos clara de lo que estamos haciendo en Perú y, sobre todo, de los desafíos que se enfrenta día a día para lograr ser exitosos.
Sería osado hacer conjeturas apresuradas de esta breve estancia, pero nuevamente llamó mi atención la paz con que transcurre la vida sólo apresurada por la lluvia y por la nieve que empieza a caer en estas semanas. A decir verdad a estas alturas, no me restaba mucha energía para la aventura y sólo atiné a caminar largamente a la vera del río Main, caminando con mi cámara tratando de pescar alguna imagen sorprendente o el horizonte de rascacielos, pero sólo pesqué a la lluvia gélida que luego se transformaría en nieve.
La imagen aún permanece impoluta en mi mente. Era el 6 de setiembre de 1981, cuando mi padre me llevó de pasajero en su interminable “cincuentita” Honda roja a la caravana de motocicletas ruidosas que se organizó espontáneamente. La selección peruana acababa de empatar 0-0 con la uruguaya en Lima, equipo al que ya había batido 1-0 en el mismo Centenario. Este resultado representaba la última vez que el país se embriagó con una clasificación al mundial. El futbol, como en casi todos los rincones de la patria, era parte de la vida de la recién adolescente ciudad de Puerto Maldonado. Y esa barahúnda de ruidosos ti ti ti, titititi, titi, dándole vuelta tras vuelta a la plaza de armas, con rostros todos conocidos, gritando y agitando el Perú Campeón, Perú Campeón de siempre, era seguro una pequeña muestra de lo que se vivía en simultáneo en todo el Perú. Por que en esos tiempos, clasificar a un mundial, era aún una fruta al alcance de la blanquirroja. Para Puerto era la época de esos míticos encuentros entre Juventud La Joya y Deportivo Maldonado. En mi casa, lógicamente, todos le íbamos a La Joya, la de Riquelme, el "Chamaco" Valdez, “Caballo Loco”, y otros legendarios nuestros, que vapuleaba a su antojo al, varios años después, heroico, Deportivo Maldonado. Mi padre, epicúreo amante del futbol y la vida reposada, dirigente de Juventud La Joya, periodista deportivo en sus inicios en la radio, hincha del Defensor Lima, pero viejo comprometido con el Municipal de sus tiempos, para quien el mejor jugador del mundo habría sido Omar Sívori y detractor, premonitorio, de Maradona, había, sin querer, inculcado en mi esa relación dañina de amor, desengaño y esperanza, con el futbol y con cualquier equipo que tenga el nombre propio o apellido Perú. Sólo eso podía explicar mi presencia, en el ocaso de la niñez, robándole tiempo al río o a la cocha en la caravana o en las innumerables jornadas, ajustando el dial de amplitud modulada, buscando la señal sin estática de emisoras sin nombre, que transmitían esos lejanos encuentros de copa Libertadores, de equipos que ni siquiera vería alguna vez, pero a los que hinchaba a morir en sus duelos con equipos de países vecinos. El UTC de Cajamarca, el Torino de Talara, el Melgar de Arequipa del chivo Neyra y del Madrediosense Ramírez, el primer paisano que luego llegaría a la selección nacional. Lo que ocurrió después con la selección peruana en sus partidos de preparación fue para el ensueño, llegando a ser considerada como una de las favoritas previo al inicio del mundial y nosotros lo aguardábamos intercambiando figuritas del álbum del mundial, comprando de a sobrecitos y no por “paquetones” por que no alcanzaba la propina (http://www.arkivperu.com/blog/?p=1136). El primer partido, que se suponía “fácil” empató, el segundo también, pero todo el país esperaba el despertar de esos monstruos que clasificarían en el último partido, que había chances, que el equipo jugaba muy bien, que se podía remontar, que el grupo estaba parejo. El 5 a 1 que le encajó Polonia, la de los inmisericordes y odiados Lato y Boniek, y las esperanzas inacabables, el esperar hasta el último segundo por el ilusorio viraje triunfal, fue premonitorio de lo que ocurriría recurrentemente los próximos veintiséis años. En cada eliminatoria, en cada competición de nivel internacional. Soporté estoicamente todo el Perú-Polonia, sacrificando casi toda la diversión de la cancha de la Prevo, esperando hasta el último segundo, la inminente vuelta de timón del partido, bastaría una genialidad de Barbadillo o La Rosa o quizás de Uribe. Días antes, como cada año, en La Prevo habían podado el pasto, y el área disponible para el juego se había triplicado y habían instalado arcos transversales a la cancha de fútbol para hacer fulbito en el grass. En lo que a mi respecta, pienso que ese partido y las esperanzas de una recuperación memorable, por los fundamentos del buen futbol de este equipo, fue la impronta que marcó mi relación con el futbol peruano, de selección y de equipo de competencia internacional. Me parece que ese día, se inició premonitorio el friaje. Los de la selva podíamos oler y sentir su inicio, con la súbita sequedad de nuestros labios y escalofríos y resequedad blancuzca de la piel, confirmado luego por el horizonte oscuro de las cabeceras del Tambopata y el viento frío, primero, luego helado que atrapaba a la selva en toda su inmensidad. Ocurría sólo en esa época, la del verano boreal, invierno austral, temporada de estío para nosotros, aunque de temperaturas normales por encima de los 28 C. que podían descender en nuestras propias narices, en cuestión de minutos, hasta los 15 grados Celsius, e incluso hasta menos. Uno tenía que correr entonces a la casa y ganarle al viento a la cerrazón y al frío antes que nos atrape. Era cuestión de segundos y minutos. Por suerte, las mamás que ya se había anticipado a revolver en los cajones las chompas y casacas que se usaban una vez al año, estaban allí para proveer. Luego volvíamos a nuestra esquina que ya soportaba la ventisca y el cielo gris de nubes secas. En otras ocasiones, las emociones suscitadas por el cielo cerrado y el vientecillo helado, esas de tristezas y nostalgias, habrían rebosado mi corazón y empujado, junto con la muchachada a las reflexiones. Pero nada. Luego de la catástrofe no había emoción por las emociones. La siguiente eliminatoria, me encontró ya en la adolescencia y con la esperanza intacta de que no sólo iríamos al mundial, sino que haríamos un papel excelente, tan bueno como el 78, a excepción del 6-0, claro. Como todo amante insensato, que se engaña a pesar de la evidencia irrefutable del desamor y desapego de la niña, seguí como millones de compatriotas, emocionándome ante cada mirada, ante cada jugada de “filigrana” de nuestros futbolistas, de “escuela brasileña”, a la que la “argentina respeta e incluso teme”, la que “cuando quiere” le pintaba la cara al más guapo, la que “ya despertará”, la que “el próximo partido se levanta” hasta la que “matemáticamente tiene posibilidades”. Pasaron muchos años, y la insensatez es obcecada compañera. Luego decíamos, el próximo mundial será, mientras veíamos desfilar rumbo a los mundiales a selecciones “inferiores” a la nuestra, a nuestros sueños, en verdad, a nuestra ilusión construida sobre la base de hazañas que nunca realmente vimos. El año 2006, exactamente 25 años después de la caravana de las calles de Puerto, de la avenida León Velarde hasta la “muyuna” o “hasta el uno”, decidí no emocionarme más. Decidí aniquilar a doña expectativa, por que ésta es la proxeneta de la frustración y la tristeza. Decidí volverme insensible, frío, calculador e indiferente al romance con la blanquirroja. Ya no sufriría más por esa mentirosa, aunque, sí, como no, asistiría vergonzante a espectar todos los partidos, en la soledad de mi cuarto, frente a un televisor que iba creciendo en pulgadas con cada eliminatoria. Todo estaba bien, como mi futbolero corazón, hasta que apareció este Perú-Argentina del 10 de setiembre de 2008. Lo vi con la frialdad construida, sin la menor expectativa, sin ningún sentimiento, hasta casi con sentimiento de culpa por la “decisión” que había tomado, en el cuarto de mi hijo Juan Pablo. Pero, pobre de mí, allí estaba dormido el amor desventurado, aquel siempre contrariado, ajeno, para aparecer con un grito catártico, ronco de la alergia del chapalear en la contaminada humedad limeña, al minuto 93, con la mirada coqueta y las caricias al alcance de la zalamera. El arranque épico de Vargas, el sometimiento que infligió al argentino Bataglia con su superioridad física, con su juventud irreverente, con su voluntad indesmayable y las ganas de ganar que siempre quisiéramos ver, llevaba consigo todas las expectativas nunca realizadas de una generación. Y terminó en gol, de un oportunísimo goleador, Fano, que como el amazónico que huele cuando la lluvia viene, sabe que el pase-gol estará allí y él no rehuirá a la cita. Pero, a pesar de esto, en verdad, sinceramente yo no olvido la lección. Se que la veleidosa está de vuelta, pero no quiero que me engañe una vez más, no quiero querer creer que esta vez será diferente…o quizás, quizás sí quiero seguir siendo engañado, quizás será diferente…
Pd 1. Esta narración del gol de Daniel Peredo es para la antología, seguro que, como a mí, debo confesar, llevó al borde del llanto escondido a muchos.
A principios de los 80s, en Puerto Maldonado teníamos nuestros propios parques y reservas ecológicas de estación a las que accedíamos sin necesidad de trajinar la polvorienta carretera o navegar interminablemente por los ríos. Los de la zona de “barrio lindo” y alrededores del Colegio Fitzcarrald gozaban de una zona de pozos, de origen de aguajal, y de humedales precisamente casi hacia el norte del colegio. Los que vivíamos cercana o colindantemente con los bordes de la zona inundable del río Tambopata teníamos más alternativas en el circuito de cochas que la temporada de lluvias dejaba crecer en el bajío. Podíamos acceder a cualquiera de ellas a través de las escalinatas jabonosas de la última cuadra de la Av. Arequipa o de la Gonzales Prada o por el viejo “mercadillo”. Y lo hacíamos infinitas veces en la temporada de lluvias cuando toda la fauna que podíamos siquiera imaginar se citaban en esa gran área para poblarla, para socializar, para reproducirse, para descansar o para engordar a placer durante casi medio año, luego del cual se iban para volver el siguiente año y así repetir el siguiente año y el siguiente. Aves de paraíso, patos migratorios, gallaretas, unchalas, “marroncejas” y “azulejas”, garzas picoagujas, garzas blancas, lagarto blanco, iguanas, anacondas, boas mantonas, gavilanes, peces como sardinas, huasacos, bujurquis, bagres, shiruys o simbao, macanas, etc, estaban allí, algunos, al alcance de nuestros ojos inquisidores y de nuestras manos, hondas, barandillas, redecillas y machetes en el estiaje; y otros que en realidad nunca vimos, pero “sabíamos que estaban allí”. Éramos cazadores y pescadores natos, que gozaban de la aventura de la selva amazónica a sólo tres minutos de nuestras casas y, a decir verdad, cuya ineptitud para la caza y pesca, hacían más bien de esta interacción una vida en comunidad. Aparecían de manera repentina luego de la primera gran lluvia de octubre que llenaba plenamente el bajial. Lo hacían casi en simultáneo, las aves de temporada y las migratorias, luego los reptiles y finalmente los peces. Alguna vez le pregunté inquisitivo a uno de los camaradas de dónde venían los peces. Por que era fácil de entender que las aves venían volando y los reptiles reptando, a participar del bacanal, pero y los peces?,¿ cómo podía casi inmediato estar inundado de peces una cocha que el día anterior no existía?. No recuerdo quién si Marco o mi hermano Jorge, me dieron una explicación que a primera impresión me pareció razonable: que los peces venían “caminando” (quisieron decir quizás reptando?) del río Tambopata, atravesando un pequeño atajo para fundar familias en las cochas aledañas. Asumiendo que era cierta la explicación, luego me preguntaba cómo era que habían huasacos y bujurquis si estos no eran peces de río?, y cómo no habían más bien dorados, motas o lizas?. Hasta ahora no tengo respuestas y no he investigado. Quizás sí existían “caminitos” entre el río y la cocha, probablemente canales de agua que interconectaban ambos espacios y a través de los cuales se trasladaban los peces en época de desove para dar vida a millones de ellos en la quietud y paz de la cocha y para luego volver a la infinidad del río, sus afluentes y efluentes, más allá, muchísimo más allá de nuestra apacible cocha. Otras teorías nunca probadas por nuestro entusiasmo infantil, era que la mayoría de los peces “dejaba” enterrado sus huevos entre estación y estación a espera de la temporada de lluvias y que otros, como el shiruy, terriblemente resistente a vivir fuera del agua, “sobrevivía ” el estío, oculto y paciente en la humedad gredosa agazapado o enterrado en vida bajo el lomo de troncos o árboles muertos, a la espera de las gotas de vida de la siguiente temporada. Nos placía fabular, imaginando que nosotros, los niños de esos tiempos, éramos parte del ecosistema y existíamos en simbiosis con este. He vuelto infinidad de veces a Puerto desde que salí definitivamente hace ya veinte años y con cada año la antigua cocha ha ido desapareciendo. Las lluvias atienden todos los años a la cita, pero ya no lo hacen las aves, los reptiles y los peces. La razón simple y cruda es que el hogar, el ecosistema propiciado por la cocha desapareció con las invasiones de humanos sin tierra y sin hogar, que imprudentemente tomaron el lugar de la fauna en una zona que les pertenecía por derecho, por ser un bajío, por ser inundable. Debo confesar sin embargo, que en lo personal, y en nombre de todos los palomillas de la esquina de la Gonzales Prada y Arequipa, que habíamos nosotros abandonado a nuestra amiga hacia fines de nuestra niñez, en que la naturaleza salvaje de la selva no nos seducía más y sí la naturaleza ansiosa de la comunidad, de nuestra sociedad de jóvenes en Puerto Maldonado. Me fui de Puerto un mediados de enero cuando tenía 16 años y no me despedí de ella, pese a que pude haberlo hecho, por que en ese preciso momento estaba allí, que todos estaban allí, las unchalas, gallaretas, el patoaguja y hasta la iguana que se “comía” las ropas que dejaban a secar a costados de los pozos, los de Mallea o de la abuelita Melchora. Pero no los visité, como no lo había hecho en los últimos tres años previos a mi exilio. Ingratamente los olvidé por varios años y no pensaba en ellos en las pocas veces que retorné como las aves migratorias, justo en estación. Hasta que una noche de verano en algunos de los tantos cuartos de alquiler en los que vivimos en la gran ciudad, me pareció escuchar nítido el graznido de un picoaguja. Pensé que lo había olvidado, y aún hoy lo recuerdo… ese sonido seco y agudo a la vez que podíamos escuchar incluso desde nuestras casas y que nos decían que ya era hora, que ya todos estaban allí, que sólo faltábamos nosotros, los rapaces de las dos cuadras. Después de esa noche, me prometí volver a la cocha, tomar prestada, como siempre, la canoa que lo s Mallea dejaban acoderada en la orilla e introducirme por los vericuetos y claros de entre los árboles, pedirles perdón a las aves por haberlas perseguido y hondeado como un predador sin sentido y excusarme por no haber vuelto nunca más, prometerles que las protegería, que haría lo imposible por hacer que puedan volver por siempre y que mis hijos, y los de estos, los conozcan y así por siempre. Fue muy tarde. En la próxima visita, bajé con la misma emoción de los 8 años, por las mismas escalinatas, exactamente las mismas, jabonosas, del comienzo d e la Gonzales Prada, y ya no había ninguna cocha. Los humanos inteligentes habían construido drenes del bajío hacia el río, habían talado muchísimo s de los árboles, abierto espacios para vivienda, para calles y el agua de las lluvias simplemente discurría como en las plumas del pato sin ser retenidas por el bajío. No quiero imaginarme cómo habrá sido el impacto. Pienso en las aves migratorias, volando horas, días, semanas, sabe Dios, desde donde, para llegar y no encontrar el albergue pleno de comida de siempre, virando hacia algún otro lugar. Me alegra pensar, que encontraron un lugar y que están allí, que se siguen reuniendo como cada año, que sólo faltamos nosotros, sus viejos amigos de la primera y última cuadra de la Gonzales Prada y Arequipa.
Leyenda de fotos: En la foto superior, típica entrada de cocha, aunque no corresponde exactamente al tipo bajial. En la foto abajo, del Google Earth, la zona de cochas, como está hoy en día (o más exactamente en la fecha de la foto, aparentemente 2007). Notar que hay viviendas en toda la zona de cochas, excepto en el corazón de lo que eran las cochas, es decir en la zona más profunda. El cinturón verde que se ve como una "S" corresponde al barranco que separa la altura, en donde se ubica Puerto, y el bajío, zona inundable, pero donde hay viviendas.
Han pasado casi 30 años y los recuerdos son como destellos que aparecen y se van. Puedo fijar por momentos a Concha, de falda verde y blusa de cuadros, con chinelas, cabello en el hombro y raya al medio, inundando mi casa con su grito destemplado, llamándonos a todos por nuestros nombres “Señora Consuelo, Jorge, Roger, señor Jesús, salgan ahorita, vengan” y nuevamente gritando mientras corría hacia la intersección de la Arequipa con Gonzales Prada, mi esquina, nuestra esquina, la del barrio, y nosotros, claro, siguiendo el sendero de su voz, qué voz, de su alarido, dejando enfriar mi calentadito de frijoles de Iberia con maduro frito, pero, encebollado por el hábito serrano de mi selvática madre de usar verduras más de la cuenta…
El cielo tenía harto brillo estelar y había sólo algunas nubes atrevidas en el horizonte y sobre nuestras cabezas, atravesadas por la intensa luz de las estrellas, lo que ponía en evidencia sus entrañas de lluvia, por que tenían el corazón negro…¡como extraño esas estrellas y esas nubes!-. Todo el barrio ¿estaba allí?, rostros hacia el cielo, imperturbables, algunos levantaban las manos señalando la aparición, sin importarles que se les podría caer por el atrevimiento. Y allí la vimos, era una esfera inmensa con cientos de puntos de luces en el cielo, luces circulares intermitentes, rojas y anaranjadas, que flotaba como nave intergaláctica en visita al planeta. Era el ovni, nuestro ovni. Por que claro que era eso, ¿qué más podría ser? .
Estuvo allí flotando para nuestro deleite por mucho tiempo y nosotros mirándola absortos, no nos mirábamos sino a ella, será por eso que no recuerdo quiénes estaban allí. Luego se desvaneció, en una fracción de segundo hacia el infinito.
Este episodio me persiguió toda la vida. Me atormentaba, aun lo hace, la idea de lo que vi y a la medida que crecí y tomé conciencia de sus implicancias más extraño me sentí frente a su recuerdo, a tal punto que mi mente trató de ahogarla entre tantas memorias. Otra parte de ella, sin embargo, la mantuvo latente, luchando para evitar que cayera en la categoría de imaginación infantil, repitiéndole a mi conciencia que ocurrió, que yo, efectivamente, había visto lo que vi, actualizando tantas veces el recuerdo que a veces pienso que terminó gastándolo, contribuyendo así que se acerque más a la otra categoría.
No obstante, cientos de veces conté la historia, de cómo Concha nos llamó, cómo salimos corriendo, cómo dejamos que se enfriara nuestro delicioso calentado, a mis amigos, los del Colegio que no lo habían apreciado, los de la Academia en Lima, de la universidad, los de la UNI y de la PUCP, los colegas de los trabajo, en fin.
Para ser honestos, luego de tantos años, el recuerdo ha devenido ya en incierto. La única certidumbre que me quedaba era que todos los años lo había actualizado en mi mente para que no desapareciera en el laberinto de las miles aventuras tipo Tom Sawyer de infancia. En el año de 1996, me atreví a hablar sobre el tema con uno de los protagonistas de mi historia, mi hermano Jorge, un año y medio mayor que yo, con la esperanza que me dijera que no se acuerda nada, que no sabe de qué estoy hablando.
Desafortunadamente, me dijo que sí se acordaba, pero que él también pensaba que lo había soñado, que era algo que en verdad nunca había ocurrido. Temeroso de que fuera un sueño compartido, algunos años después le pregunté a mi padre si recordaba el episodio y me dijo que sí, pero que no lo recordaba vívidamente, por que sabía que en Puerto, siempre había habido avistamiento que para él no era nada excepcional, que incluso hay una foto, que efectivamente recordé, de la revista esa que tenemos en la casa en el viejo librero, en El Amarumayo, de un ovni en forma de “cigarro” volando sobre el horizonte de la intersección de los ríos Madre de Dios y Tambopata (esta misma foto la encontré en: http://www.editorialbitacora.com/bitacora/galeria/ovnis06/ao03.htm).
No es claro si alguien más de mi familia estuvo esa noche fresca de 1977-78, cuando yo tan niño como lo es ahora mi hijo Juan Pablo, aparte de mis padres. A ellos no puedo preguntarles por que se fueron de este mundo y ya tengo la versión de mi hermano, tan dudosa como la mía.
¿Qué podría hacer? En verdad quiero creer que ocurrió por que yo estuve allí, nadie me lo contó. La próxima vez que visite mi Puerto Maldonado de siempre, buscaré a Concha, hablaré con los vecinos, que aún están allí, casi todos. Pero me aterra pensar que me digan que no se acuerdan nada, sobre todo la Concha bendita.
Quien dice que en el tránsito vial en Lima impera la Ley de la Selva, implicando que no hay leyes, se equivoca, o simplemente aún no se ha socializado. En realidad, sí existen algunas pocas reglas. Todas no formales por cierto y han surgido inevitablemente para gobernar la vorágine y la interacción de los cerebros reptíleos, que gobiernan la actitud de los automovilistas. Veamos.
No es cierto que los automovilistas se adelante temerariamente cuando el tráfico está denso. En realidad, existe una distancia mínima de acercamiento, luego del cual, el que está en posición pasiva se inhibe. Un automovilista socializado no toma como ofensa un acercamiento rápido a la distancia mínima y, consistente con la regla, espera su turno y deja, sin estresarse que el otro tome la posición. Un chofer bisoño o experto, pero no socializado, toma como agresión la aproximación y, en extremo, puede iniciar una persecución e intentar una aproximación violenta de revancha. Se dan sin embargo, aproximaciones violentas, mayormente por parte de individuos no socializados que operan fuera de la ley y que muchas veces son tomados como los referentes del tráfico “endemoniado” de Lima.
El reconocimiento del error se premia y genera una dinámica positiva entre dos automovilistas y también una corriente de empatía con el ofensor. A veces, un conductor socializado puede hacer una aproximación temeraria. Si voltea rápidamente y hace conexión visual con el agredido y un gesto de contrición, no sólo logrará que su error sea olvidado, sino que generará en el agredido una sensación de bienestar y placer espiritual que por un momento lo hace una mejor persona, capaz de perdonar el error y permitir que el “agresor” siga su camino con la sensación de frustración por no poder hacer más por el individuo ejemplar. Parece contradictorio, pero en realidad no lo es. El arrepentimiento sincero es, en estos casos, la única manera de calmar la explosión de ira que genera una agresión repentina e inesperada.
En los cruces semaforizados, la luz de ámbar es tomado como indicación de movimiento. Por ello es que pareciera que muchos automovilistas “no respetan” la luz roja, puesto que cuando están cruzando la intersección el semáforo ya está en rojo. En realidad sí lo respetan y, de hecho, cuando encuentran el semáforo en rojo (y no en ámbar), nadie socializado va a cruzar. Los conductores de la otra vía, esperan que efectivamente esté en verde para iniciar su marcha.
Si bien las luces laterales no son suficientes para provocar una cesión de paso o de lugar, una mano alzada y una rápida cruzada de mirada, son eficaces. En general, todas las actitudes de cordialidad son los passwords para lograr una concesión en la ruta. Como le diríamos a los niños son las “palabras mágicas”.
Estas reglas elementales garantizan que no se desate la locura en nuestras pistas. Por que es claro sí, que todos están en el límite de sus capacidades de autocontrol, y más bien listos para la pelea. Las calles de Lima, las vías, las pistas y las autopistas, hacen aflorar en todo el que toma el timón, los miles de años de vida salvaje de nuestra evolución, por que ciertamente de “civilizados” apenas tenemos unos cientos de años. Una aproximación agresiva (que supera el mínimo permitido) o un inadecuado manejo de las distancias pueden despertar el salvaje que late en cada uno de nosotros y que tiene el timón en las manos. Entonces, en el mejor de los casos, improperios saldrán de nuestras bocas. Y en el peor de los casos, persecuciones y hasta agresiones concretas…como la de aquella señora que en venganza, impactó intencionalmente su auto en el del taxista que la había “metido la trompa” del carro. En fin. Para tomar en cuenta.
Desafortunadamente, en esta estancia de casi una semana en tierras africanas, no tuve la oportunidad de conocer mucho. Confinados durante los días del evento en nuestros hoteles, sólo tuvimos la oportunidad de participar en una visita de campo a los alrededores de Durban, en la que, lógicamente, sólo pudimos ver la mejor cara: excelente infraestructura, creciente provisión de servicios básicos para su población y la aplicación de programas innovadores en lucha contra la pobreza. Aunque, a decir verdad, me queda la impresión que esta es la cara real de Sudáfrica: un país en franco crecimiento, con una excelente infraestructura de transportes. Ya quisiéramos tener siquiera un poco de esa infraestructura de autopistas y vías rápidas en Lima. Leo reportes en Internet que corroboran esto y señalan la aplicación de una política de apertura económica, equilibrio fiscal, control de la inflación, entre otras coincidentes con lo que se ha iniciado en Perú. Esto se habría introducido con mayor profundidad a partir del año 1996 con un paquete de reformas económicas, luego del fin del Apartheid. No es difícil entender cómo es que albergarán el próximo mundial de fútbol.
Sin embargo, como era previsible, los niveles de pobreza y exclusión económica están concentrados básicamente en la población negra, que es la mayoría (80%). Esto explicaría, en parte, por qué en los centros de diversión y comerciales del Sun Coast Hotel, donde un fuerte contingente de delegados participantes se hospedaron, la mayoría era más bien de origen hindú (3%) y caucásico (9%), diría que, conjuntamente, hasta en un 90%. Esta sencilla evidencia visual, la pude comprobar también en los reportes de Wikipedia y otros links sobre la situación económica y social del país. Otro problema muy serio que enfrentan es la alta incidencia del HIV-Sida, que afecta a cerca de 7 millones de sudafricanos de un total aproximado de 47 millones de habitantes. (En video, en ruta entre el Royal Hotel y Sun Coast Hotel, por calles de Durban y plática poco intelegible con un colega africano y el chofer sudafricano, muy afables)
Una mala noche
Forzosamente tuve que experimentar el servicio médico en Durban, luego de sufrir una severa intoxicación luego de una cena de comida hindú en el Royal Hotel. Fue una noche terrible de arcadas intensas y vómitos que me deshidrataron en menos de una hora, mientras afuera azotaba una tormenta que de no ser por la intoxicación habría disfrutado como cuando niño en Puerto y la lluvia azotando la ventana de mi cuarto con su repiquetear incesante, el viento que silba y esa sensación de frescura tropical…En fin. No pudo ser y tuve que salir a las dos de la madrugada con un taxista contratado y un acompañante del hotel a una clínica privada donde, a duras penas me hice entender en mi magro inglés, bautizado de “americano” por mis colegas africanos, y fui rápidamente inyectado para detener la incontinencia de un solo golpe. Sólo atiné a estirar mi brazo y dejar que la amable enfermera me aplicara la ampolla intravenosa, rogando, en mi prejuicio frente a la evidencia de los 7 millones, que no estuviera infectada con HIV (la ampolla). Más doloroso fue luego tener que cancelar los servicios de la clínica y los honorarios del médico que no me dio comprobante y yo no atiné a presionar, pero que en total hicieron casi US$ 200 de mi tarjeta de crédito. Hasta ahora estoy pagando. No hay mucho que decir sobre la vida nocturna en Durban, nunca salimos, y esta vez no hubieron colegas chilenos que abriesen camino, y no dudo que lo habrían intentando por que en cada momento los del hotel nos advertían de no salir, que era “muy peligroso”. Nunca sabré exactamente por qué lo decían.
Todos parecían entusiasmados en aplicar elpresupuesto participativo
Los representantes de todos los países que asistieron, se mostraron muy interesados en aplicar el presupuesto participativo en sus países. De hecho varios ya lo están haciendo. Los contextos, en verdad son bastante parecidos al nuestro: sociedades con autoridad tradicionalmente centralizada y vertical en extremo. Afortunadamente, al igual que en nuestro país a principios del nuevo siglo, hay una corriente fuerte de mayor democratización de la sociedad, y una mayor inclusión de la población en los procesos de toma de decisiones. De hecho, en esto, el presupuesto participativo puede ayudarles mucho. Nuestra función, la mía, la de varios brasileros (Bello Horizonte y Porto Alegre) y ecuatorianos (Cotacachi), fue la de compartir las lecciones aprendidas (lo que funciona y lo que no) en el caso peruano e iniciar algún tipo de esfuerzos conjuntos en una agenda que tiene más en común de los que pensábamos en este desafío del Desarrollo.
(2do video: danza típica, escenificada por jóvenes sudafricanos en el frontis de local municipal)
Ya había tenido la oportunidad de interactuar con algunos pocos colegas africanos en otros eventos internacionales, pero en el que recientemente (marzo 2008) participé en Durban-Sudafrica, asistieron mayormente africanos. De hecho era un evento organizado por ellos, conjuntamente con el Banco Mundial, y para ellos.
Yacine, una colega sudafricaname contó que en la mayoría de los países de este continente, se habla por lo menos dos lenguas. La primera, la nativa, la segunda, la llevada por los conquistadores. El primero lo aprenden en la casa, el segundo en la vida pública. Y este segundo idioma es mayormente el inglés. En varios de ellos es el francés y en unos pocos el Portugués. Pero, todos los que no hablan inglés como por un acuerdo implícito lo aprenden casi forzosamente. Ello explica que en estos eventos, casi no existan limitaciones a la comunicación e interacción por que todos, o casi todos, pueden comunicarse en una misma lengua. Obviamente, tampoco hay restricción al compartir de investigaciones si es que están escritas en inglés, y de hecho varias de ellas lo están, como la que esta excelente colega sudafricana me regaló, del Collaborative Africa Budget Reform Initiative (CABRI), escrito completamente en inglés.
No clareaba aún. Se recostó hacia un lado de la cama, convaleciente de sus varias dolencias. Se había quedado dormida muy tarde y así se quedó. En realidad la abuelita Juana, había empezado a irse mucho tiempo atrás, tratando con astucia de hacer que todo aquello material asociado a lo que había significado, vaya desapareciendo, con la intención de que los que la habíamos amado siempre, tengamos la menor oportunidad de nostalgias de ella. Su estrategia fue partir de a poquitos, para evitarnos el vértigo de su ausencia plena y repentina, utilizando a la vejez como la excusa perfecta.
Primero habían sido su escopeta al hombro y sus plantas de café. Luego desaparecieron el ventilador de arroz, el pilón y sus productivas chacras. Después fueron ignorados las plantas de coco, los árboles de Tutuma y sus pates derivados. A sus gallinas, patos y chanchos los fue diezmando de a poquitos, y -lo que parecía imposible- dejó en desuso su fogón y con éste, se extinguieron el café negro de a cualquier hora, el arroz nuevo con manteca de chancho, el mingao y la farofa, que siempre pensé me esperaba a la cabecera del fogón. El pan de arroz, duró un poco más, por que era parte de la demanda que todos le hacíamos siempre, pero no por mucho tiempo. Coincidentemente el caminito siempre limpio de maleza al pozo y las flores silvestres alrededor de la casita fueron invadidos por la malahierba. Pero, aunque reemplazado por agua potable de red pública, no pudo, o quizás no quiso, hacer mucho con la emanación natural del agua cristalina y mineralizada de su pozo de siempre. Dejó sí, incólumes su perezosa y su recibir de visitas, cada vez más longevas, de todas las tardes y a su paciente e inseparable compañero don Antonio.
Con ella, y con varios como ella, se está terminando de ir lo que La Joya fue un día: un concepto. De economía agrícola, silvícola y pecuaria en sus medios de producción y de alegría desbordante de las fiestas de carnaval de cinco días y noches continuadas. De aquello, sólo quedan resabios y derivados postmodernos; subproductos mercantiles que transformaron (a la alegría y festividad) en un medio lo que anteriormente era un fin en sí mismo.
El viento del olvido, como a la arenilla blanca de los patios pelados de las casas de la Joya, irá espolvoreando al infinito los recuerdos de las mentes de la existencia de esa pequeña comunidad. Quedará en su reemplazo ese multicolor anexo de Puerto Maldonado, que coincidentemente también se llama La Joya. No más chacras, no más caminitos que huelen a la humedad hacia el pozo, no más piscicochas, no más escuela puntiaguda dominando el horizonte, no más abuelas Juanas. Persistirán sin embargo, obstinados, algunos ojos de agua, esperando por un renacer improbable, o por el juicio final que llegará con la tala del desfalleciente aguajal que los sostiene.
Tengo infinitos recuerdos de la abuelita. Pero una imagen recurrente cada vez que pienso en ella, es el de su andar por la trocha y entre los árboles, camino a, o de la chacra, con su pantalón de tela blanca percudida de chacarero y un vestido sencillo como sobretodo y sus botas negras, ora cargando un racimo de plátano ora un costal de yuca blanca, ajustados a su frente con lianas fuertes de Misa; y en la otra mano el machete de mango negro para desbrozar la hierba impertinente. Aparecía de entre la maleza, sonriendo tiernamente a los últimos hijos de Concho, que, como cada fin de semana, habían llegado de visita temprano en la mañana – en realidad, ella había salido muchísimo más temprano al platanal. El Chullachaqui, -me contó ella un día- había intentado, en esos senderos, varias veces seducirla hacia lo profundo de la selva, transfigurado en parientes lejanos de San Lorenzo. Conociendo de sus mañas y disfuerzos, nunca pudo con ella. Como tampoco pudo ese jaguar sigiloso que arriba en el Chaspa, en la década del 30, acechaba a los pequeños Haydee, María y Jorge. En esa ocasión –me dijo, aquella tarde en la casita de permanente construcción de la querida tía Chocha- un disparo certero de su escopeta había sido suficiente.
El día que la abuela se fue, las avispas que escarban la tierra en el patio de la casita de siempre, no escarbaron, y los ojos de agua del humedal, manaron como cuando todo era bosque. Las herramientas de chacra: el Ipulli, el Azadón, el machete y la Pala, roídos por la herrumbre y el olvido, encontraron el descanso final, por que estaban seguros que ahora, realmente, no serían ya más convocados por esa mujer de trajinar incesante.
Muchos como yo, fuimos impelidos desde muy lejos a sus funerales. A decir verdad, varios hijos, nietos, biznietos, obedeciendo al mismo llamado, habían arribado mucho antes aún de que se fuera, y yo, entre ellos, tenía ya planificado el retorno a La Joya, a ver a esta nonagenaria abuelita, que tantas lecciones de trabajo, humildad, temple, independencia, sinceridad, picardía y frescura, nos había dado. Pero no llegué a tiempo. Ni siquiera me quedó la consolación del “cuándo vendrás hijito, seguro cuando vuelvas ya no me vas a encontrar” que siempre me decía, muy recientemente, al teléfono, pero que nunca ocurría. Esta vez, sólo llegué para acompañar su cuerpo inerte hacia el final de su camino.
Mujeres como ella, ya no se forjan así de simple y su partida cierra un ciclo en la familia y abre uno incierto a su unidad de cada 13 de enero. Su partida simboliza también aquello que nuestra querida tierra de Madre de Dios está despidiendo (su gente y sus tradiciones), y que aunque duela decirlo, muchas veces lo hacemos en un ambiente de ingratitud y soslayo ocasionado por la ignorancia y desconocimiento de aquello de donde venimos, de aquello que en gran medida nos define.
Volver a La Joya, o a lo que actualmente es, aunque la abuelita Juana lo haya previsto de diferente manera, será más duro ahora, porque los que la conocimos y crecimos, mucho o poco de nuestras vidas en sus afanes, querríamos buscarla por los caminos que sus ligeros pasos anduvieron, comer los frutos que ella comió y beber el agua nutrida de minerales del pozo que ella siempre bebió, hacer “juuuuuuuuuuuy” y escuchar un “juuuuuuy” de regreso. Quizás ya nunca más volvamos a sentir el olor del mineral de la tierra húmeda del aguajal, ni el crepitar de las historias atrapadas entre los tallos altos de los aguajes y árboles larguiruchos del humedal antes de llegar al pozo, quizás ya nunca veamos el pozo mismo. Será que así lo tenía previsto ella, quizás pensó que así tomaríamos conciencia de algo, no se de qué. (En la foto arriba de derecha a izquierda, Don Antonio, la tía Loyo, la abuelita Juana, Roger y sobrina-nieta de la abuelita de visita desde San Lorenzo-2004; en la foto abajo: La Joya, hoy)
De Villa Assis hacia Brasileia existen una distancia aproximada de 105 kilómetros y el carro que nos llevará hacia allí es un ómnibus trajinado (“Acreana”). Fue con suerte que podemos abordar este bus ya que usualmente sale a las 6:00 am. Hoy tiene averiado uno de los ejes y por ello saldrá recién a las 8:00 am, una hora después de nuestra llegada a la plaza de Assis, lugar de salida de la “Acreana”.
Río Branco es una ciudad cálida de cerca de 200 mil habitantes. “Shon” es la persona más especial que vive en el hogar que nos acogió. Sufre del Síndrome de Down y aparentemente no confía en nosotros. Dormimos en la sala sobre un colchón que nos han facilitado y Shon permanece impertérrito frente a un viejo televisor encendido.
De rato en rato nos hecha una ojeada, finge leer una revista mientras el televisor permanece encendido. Aunque todos le han dicho que se vaya a dormir, él permanece en su posición, a la espera de no se qué. Estoy convencido de que es capaz de permanecer toda la noche sentado sobre el mantelito rojo que a manera de cojín está sobre la silla. Reacciona con cada intensificación de la acción en la televisión y la luz reflejada en su rostro me permite ver las emociones que le suscita lo que sea que está viendo. Es como un niño. Su inicial desconfianza se convertiría luego en amistad sincera y quedó muy triste cuando regresamos a Perú.
La lluvia que amenazaba hacia la medianoche se ha convertido en frío intenso. El día amanece despejado pero la sensación de frío ha invadido la ciudad. Hay un viento helado y seco. Es el “friaje” que nos estaba persiguiendo desde Iñapari. Cerca de las 6:30 am. salgo a caminar como lo tenía previsto, llego a una Padaria (panadería) donde compro algo de pan, queso y huevos. La señora que atiende me identifica como peruano y le dice a un muchacho que la acompaña, “e bonito o peruano, olhia seus cabelos”. En este barrio la gente es muy sencilla y también muy pobre. Las casas son en su mayoría de madera y parecen ser antiguas por lo deteriorado de sus estructuras. La familia que nos acoge vive en la Rua de Sao Nicolau hacia donde me dirijo ahora. En el trayecto me tropiezo con una mujer morena que con voz ruidosa ofrece ¡Tapioca!, ¡Tapioca!. Aparentemente nadie se ha levantado por lo que no salgo y me siento sobre un ladrillo a contemplar la calle. Ayer por la tarde las calles estaban repletas de niños y jovencitos que juegan desinteresados por lo que sucede alrededor. Aunque mi aspecto es diferente no me prestan mayor atención, supongo que nada puede extrañar ya en un país donde el mestizaje ha sido intenso. En la casa sólo doña Shica se ha levantado. Ella es una anciana de andar pesado y de expresión lacónica. Parece siempre estar muy triste, mas, cuando hablo con ella intenta siempre una sonrisa que perece sin realizarse.
Como soy el primero en levantarme soy el primero en tomar desayuno. Doña Shica me llama quedamente a tomar “Café” (desayuno), ella ha vivido gran parte de su vida en Iñapari, pueblito peruano fronterizo con Brasil. Entiende y habla perfecto el español por lo cual representa una inicial intermediaria hacia ese sencillo idioma que es el Portugués. Sentada más allá en una banquita, está una mujer morena, pequeña y muy sencilla. Podría pasar inadvertida de no se por que estamos sólo los tres aquí en el comedor. Ayer cuando llegamos estaba en la misma posición, agarrando a una pequeña, aparentemente suya, a la que constantemente llamaba ¡¡Mayara!!, ¡¡Mayara!!. La viejita, a la que inevitablemente agarro cariño, no nos la presentó así que sólo nos queda presumir su presencia en la “casita de Sao Nicolau”, como ya la he bautizado.
Hoy por la mañana salimos a caminar por la calles de la ciudad. Rio Branco huele a hierba y por ningún lado veo a las garottas irrefrenables de las historias de mis amigos de Puerto Maldonado. La mayoría de ellas, me parecen sí muy bonitas. Tienen un tipo muy particular. Por ahí veo a una morena de cabellos rizados y ojos de gata. Por allá se ve a una rubiecita de piel bronceada. En realidad Dios ha sido muy generoso con la belleza en este lugar, se me ocurre.
(Fin de la crónica. En realidad, había mucho más que contar, pero, por alguna razón en 1997 a mi regreso del viaje, detuve la redacción en este punto y nunca la retomé).
Esta es una crónica escrita en 1997, sobre un viaje que con dos amigos de Lima hicimos a Puerto Maldonado, Brasileia-Cobija y Rio Branco. Es un poco larga, asi que la colgaré en partes, semanalmente. Esta es la tercera sección. En algunos momentos se mencionan personas de la vida real, pero algunas circunstancias y hechos (los de tipo "históricos") que se señalan, no se ajustan, necesariamente, en 100% a la realidad. Al menos no podría probarlo.
30/08/97 El día 30 de agosto de 1997 zarpamos rumbo a Boca Inambari, territorio de los “cazadores solitarios”, los Amarakaeri. 70 años atrás mis abuelos hacían esta misma travesía con destino al Chaspa, una remota zona aurífera, ubicada casi en las nacientes de los ríos de la cuenca del Madre de Dios, donde el oro, a decir de la abuela Juana, que aún rememora esas jornadas, era recogido en charpas de los lechos de las quebradas. Nosotros partimos desde Laberinto, asentamiento intermedio, de fugaces buscadores de oro, ubicado a 50km. de Puerto, convertido en un poblado permanente, plagado de cantinas, compradores de oro, prostitutas y todo aquello propenso al dinero fácil.
De repente ya nos encontramos surcando en una canoa sobre un río de aguas marrones. Es el Inambari, tributario del Madre de Dios. Sebastián y Frank se ven imperturbables y, de no ser por que esa mirada de ensoñación, diría presienten que de caerse serán engullidos por la yacumama. Hace unos minutos estábamos sobre el Madre de Dios cuya diferencia con el Inambari es notoria. Sobre un fondo indefinido, se percibe un lecho arenoso, el agua es plateada y, por momentos surgen los ráudos lomos de una mijanada. Es su temporada y de no ser por que aún conservo el atavismo aquel de temor-respeto por el río, me abandonaría a nadar aguas arriba, allá donde desova la mijanada.
Inambarillo (Lago o Cocha, donde pasamos una noche) Un vientecillo frío invade las partes bajas de los árboles; la tangarana y la isula se han refugiado en los restos del pashaco tumbado nadie sabe por quién, ni para qué hace mucho tiempo. La leña seca de nuestra fogata revienta esporádicamente y algunos suspiros se dejan escuchar. Algunos fumamos. Por ratos me sobrecoge la sensación de millones de ojos, oídos y olfatos, allá donde la tenue luz de nuestra fogata muere y dónde se esconde un mundo desconocido. Recuerdo las historias de duendes y demonios, del Supay, amo y señor de la oscuridad amazónica. Por suerte, el cielo está estrellado y hay claridad por encima del techo alto de árboles. De haber sido una noche cerrada, la oscuridad sería total, no habría estrellas y sin dudar, nos estaría acosando un lejano alarido, maléfica señal del gran Supay, que enturbia la razón y arrastra a los hombres hacia lo más profundo de esta selva, de donde no regresan jamás. (Sangama: Arturo D. Hernandez. Iquitos).
Esta mañana, Sebastián se levantó muy temprano y se fue a caminar por las orillas del lago Inambarillo, que es como también se llama esta pequeña comunidad de campesinos pescadores (colonos) mestizos. Anoche tuvimos una “reunión” con los técnicos enfermeros del Ministerio de Salud establecidos aquí. El Maestro de la comunidad nos permitió dormir en la escuela y es allí donde improvisamos nuestro campamento. Una de las enfermeras vino con nosotros desde Amarakaeri, la comunicad de Héctor, a despedirse de la gente de Inambarilllo y a pasar un buen rato con nosotros. La veo arrebolada, quizás por el adios, pero me inclino a pensar por el contacto con personas de la ciudad, luego de tanto tiempo. Felicho, el técnico enfermero, es un viejo amigo mío, promoción de colegio, es un sujeto jovial, sencillo y muy espontáneo por lo que sé hará las delicias de Sebastián, a quien ya vi bastante sorprendido por la fresca e irreverentemente genuina personalidad de mis amigos de Puerto.
El punto de reunión fue el patio de la escuela, el Maestro ha prendido el generador eléctrico de la comunidad sólo para que podamos escuchar un poco de música. Las dos enfermeras se ríen mucho y de cualquier cosa que habla Felicho, tan gracioso como siempre. Habla de sus experiencias en todas la comunidades donde ha trabajado, habla de boas y lagartos míticos, que no pocos campesinos y nativos viejos le han contado haber visto en los lechos de los ríos en las orillas de las cochas más remotas…animales fantásticos casi antediluvianos, que habrían subsistido gracias a la ausencia del hombre. No dudo, que mucho también le agrega la imaginación amazónica de Felicho.
Tarzán (la imagen es una foto de la imagen "Alias Tarzán" que figura en "Hijos de nuestra Tierra - Felipe Lettersten)
Supe de él como un personaje de fábula. La mirada solemne y de respeto con que Héctor nos habló de su existencia, hacía vagabundear mi imaginación. Ficticio o real, supe desde esa vez que debía conocerlo. Era Tarzán, anciano líder de los Amarakaeri. Nadie sabía quién ni cómo le había puesto el sobrenombre, pero la razón de la misma era evidente. Sin dudar, los primeros visitantes de estas tierras, allá por los años 50 se sorprendían al ver a ese jóven alto y musculoso, conocedor en exceso de los secretos de la jungla. Héctor nos guía a su choza y se adelanta para anunciarles de nuestra visita, a la comunidad y en particular a él. Hace un par de años un famoso escultor peruano (Lettersten) ha estado de visita y les ha hecho moldes a muchos en la comunidad que han devenido en esculturas que hasta hoy se exhiben en Lima.
Tarzán fue el favorito del artista. Nos detenemos con cautela a algunos metros de donde murmuran frases inintelegibles a nuestros oídos profanos. Sus bocas emiten sonidos guturales bien articulados; es la lengua Harambuk, una de las principales familias linguísticas de los indígenas de Madre de Dios. Aparentemente decide recibirnos y se nos acerca portentoso ante nuestra esmirriada humanidad. Nos había contado Héctor que Tarzán “se fuma” para mantener erguido sus músculos. Mientras habla, Héctor va traduciendo con fluidez lo que nos dice. Nos da la bienvenida. Nos estaba esperando. Ya sabía que habíamos venido a la comunidad. Héctor nos mira impaciente y nos alienta a decirle algo “a él le gusta que le hablen”. En verdad, él juega con nosotros, conciente del efecto que tiene su personalidad y su soberbio conocimiento de la selva, de sus espíritus, de los malos y de los buenos. Todos en la comunidad “saben” que él es un espíritu más de la selva, que su forma humana es transitoria e intercambiable en las noches, a su antojo. - Así es - asiente con seguridad Héctor – él, en muchas noches toma la forma de algún animal y sale a caminar hasta lo más profundo. Allí conversa con los espíritus, sobre el pasado de su comunidad y de la selva, y sobre el futuro de su gente, le han dicho incluso cuándo los dejará y se unirá a ellos por siempre. Pero, Tarzán, no nos quiere hablar sobre ello, sólo bromea, sobre el tiempo que le han dado, cuatro días, cuatro meses, cuatro años. Yo pienso que han sido cuatro centurias.
Aunque no se las formulé, muchas preguntas que tenía para Tarzán se quedaron en mi cabeza. ¿Es verdad que hablas con los espíritus? ¿Has hecho algún trato con ellos? ¿Qué piensan de tí, de tu comunidad y de toda la gente extraña que ha empezado a tomar por asalto a la selva, sus animales y a su gente?¿Quiénes hablan con esos espíritus, sólo tú, o los demás ancianos que vimos en las cabañas también? ¿Existe un Espíritu de la Selva? ¿es malo? ¿Qué es la maldad? ¿Qué piensas tú de lo que ocurre actualmente, de tu gente, de Héctor? ¿Tus niños deben ser como Héctor?......dime Tarzán. ¿Qué será de tu gente, de tu comunidad, de tus danzas, de los cazadores, de la caza...? ¿Qué pasará cuando mueras? ¿Quién conducirá espiritualmente a tu pueblo?.
Tarzán es el líder tradicional de esta comunidad, existe una junta directiva, existe un Presidente de la Comunidad, existe una pequeña red de poder. El líder tradicional, no sabe leer la escritura, ni escribir con tinta. Pero lee y escribe en la mente de los nuevos como Héctor. -Tú sabes de mí, tu sabes de nosotros -me dice-, me agarra la cara y me mira inquisitivo con sus ojos pequeños, y los desvía hacia el fondo de la choza, donde mora solo, sin mujeres, sin hijos. En realidad, todos allí son sus hijos. Sólo atino a pensar -Volveré Tarzán- volveré algún día, y quizás ya no te encuentre, pero espero que sí las respuestas a muchas preguntas que aún hasta hoy, y seguro en muchos años, estará correteándome, jugueteando con mi limitada capacidad de respuesta.
-Gracias, gracias por preocuparte por nosotros- dice Tarzán, mientras camina
Y a mi me queda la incertidumbre de por qué exactamente dijo eso.
La noche en Inambarillo es como lo esperaba. Felicho y una de las enfermeras regresan, blandiendo entusiastas, seis botellas pequeñas de cerveza. No están muy frías pero eso no importa. La conversación gira en torno al trabajo de ellos, lo solos que pueden sentirse en ese trabajo, Puerto Maldonado realmente les hace mucha falta. La enfermerita que vino con nosotros de Amarakaeri está muy rosadita se sonríe más que antes y sus ojos brillan en respuesta a las estrellas de la noche de Inambarillo. Las horas pasan y han aparecido más cervezas. Sebastián decide ir a acostarse, la velada está muy divertida. Sobre la hierba húmeda por el sereno improvisamos una pista de baile, la enfermerita se pega profundamente cuando baila. Trae puesto un polo blanco ajustado por la presión de sus partes, las principales, las que entran en contacto cuando bailamos son dos grandes frutas maduras, listas y deseosas de ser cogidas. Para mi sorpresa, Frank, usualmente recatado y poco audaz, haciendo gala de una osadía nunca transparentada, ha hecho los mayores avances. Fue allí cuando supe que la noche con la enfermerita ansiosa de Inambarillo nunca sería mía.
Antes de partir de Inambarillo, salimos de pesca al lago. Un dirigente de la comunidad nos presta la red y salimos con algunos niños, expertos pescadores, a darle una vuelta al lago con nuestro deslizador. En menos de media hora estamos de vuelta con un buen número de carachamas, doncellas, boquichicos y yawarachas que una de las señoras nos prepara para el desayuno. Luego, partimos. No permanecimos mucho tiempo en Inambarillo pero cierta nostalgia ya nos invade. La casa donde nos prepararon el desayuno y la adyacente está plagada de niños. Nos miran con curiosidad y con una curiosidad adicional a Sebastián, quien es el “gringo” del grupo. Conocemos a Bastonín, pequeño rapaz de ojos redondos y serenidad senil. En ningún momento demuestra la gran curiosidad que siente por nosotros y espera pacientemente a que nos acerquemos a él, cosa que hacemos manipulados totalmente por tamaña personalidad.
-Vamos- dice Héctor. Nuestra visita a Inambarillo ha terminado.
Me habían dicho que Puerto ya no es la ciudad de antes. Por una pista asfaltada nos dirigimos en un “motokar” hacia ella. La primera impresión, después de que el sopor nos ha tomado por asalto, es la de nostalgia. Las casitas desparramadas a lo largo de la pista, son las mismas y sólo ha cambiado las consignas y pintas que adornan sus fachadas. Aquí como en cualquier ciudad del Perú, las paredes de las casas son el mejor lugar para promocionar candidatos a cualquier cosa. Ya estamos entrando a la avenida Dos de Mayo, que nos guiará hasta la parte céntrica de esta pequeña pero inquieta ciudad. Según el último censo, Puerto Maldonado cuenta con 45 mil habitantes
La avenida Dos de Mayo está llena de motos que van y vienen por sus dos carriles, la mayoría de los conductores llevan gorros por lo que deduzco son mototaxistas. Avanzamos algunas cuadras y caigo en la certidumbre de que las calles están llenas de ellos. Los veo por todos lados van y vienen por las arterias, troncos erguidos, manejando con la rigidez del que recién aprendió a conducir una motocicleta.
Llegamos a mi casa, en la calle González Prada, tiene el aspecto de la antigüedad. De hecho, la primera y segunda cuadra de la González Prada, junto con las calles colindantes con la plaza de Armas son las más antiguas de esta joven ciudad. Hubo un tiempo en que todos se conocían, las calles no eran tales y más bien estrechos senderos, que comunicaban a las familias. Maldonado era una ciudad lejana, fundada como puerto de tránsito para los legendarios caucheros que recorrieron todos los ríos en sus grandes lanchas, sembrando “fundos”, esclavizando indios en una de las actividades extractivas que repitió, sin duda, la experiencia de la conquista española 400 años atrás. Los primeros habitantes fueron los desempleados de los Barones del Caucho, aventureros, llegados en su mayoría de Iquitos y Arequipa, pero también habían Bolivianos y Brasileños, países donde la extracción del látex marcó parte de su historia.
Pero hoy, Maldonado ya no es ese ¿recuerdo? bucólico, es un pequeño engendro comercial a la vez que centro administrativo del departamento. Las calles bullentes, reflejan una nueva dinámica marcada básicamente por un sólido contingente de nuevos migrantes; esta vez, mayormente puneños, apurimeños y cusqueños. Los primeros de ellos ya tienen precedentes en la historia del departamento, son hábiles comerciantes, vendedores de productos de alta rotación y elevado margen, tras largos años de vida austera solían regresar a su tierra por algunos días. Según dicen, allá gastaban en una fiesta patronal (que abundan en la sierra) lo que acá ganaban en un año, ostentando riquezas de fantasía, proveniente de un reyno en donde el oro aún brillaba sobre el fondo de las quebradas. El otrora poderoso Mayorga, es uno de estos personajes de fábula. Hacia comienzos de la década del 30 surcaba el Madre de Dios, hacia la desembocadura del Inambari donde río arriba, se encontraban desperdigados, los campamentos de aventureros, nuevos migrante o hijos de la migración cauchera, todos extractores artesanales de oro. En esos tiempos, las aguas cristalinas y las raíces del “oreja de elefante” ocultaban, “charpas” de oro, pepitas del metal en un nivel elevado de pureza. Como las distancias en tiempo eran enormes, los hombres se trasladaban allá con mujeres e hijos, se asentaban a la orilla de los ríos, construían sus cabañas y, mientras las mujeres cuidaban de los hijos y de pequeñas chacras, ellos extraían el metal, preferentemente en las playas de arenas oscuras, donde el oro andaba desparramado, oculto en las finas partículas de la grava aurífera.
El Sr. Mayorga, subía mensualmente, con una lancha atiborrada de víveres, yendo de puerto en puerto, visitando cabañas e intercambiando su preciada mercancía por las latitas o botellas, repletas de pepitas y arenilla de oro. La vida entonces, repetía el ciclo del ir y venir de Mayorga.
Hoy es 27 de julio de 1997 y desde ayer hay fiesta en esta ciudad. Mañana es el aniversario patrio, las casas lucen embanderadas y un halo de peruanidad se respira en las calles. Cuando niño, la emoción del regalo, de la ropa nueva y los juegos de ferias itinerantes, con sus carpas multicolores que invadían la plaza de armas eran la motivación. De adolescente, la oportunidad de ver a las niñas, caminando coquetas, muchas vueltas alrededor de la plaza y entre la multitud de la feria, mirándonos sin mirar. Tenían más permiso y se podían quedar en la plaza hasta más de las 8 de la noche. Qué angustia entonces, verlas venir en sentido contrario, por la misma acera.
Al llegar a casa, nos ponemos “cortos”, como decía mi papá, Frank ha sido capturado por su familia (su madre es natural de esta tierra) y sólo sobrevive conmigo Sebastián, compañero de trabajo, peruano-argentino e impenetrable personaje, aventurero por elección que mantuvo imperturbable su propósito de venir a estas tierras. Es mi deseo que su estancia cubra sus más insondables expectativas (tiempo después sabría que eso y más había ocurrido).
Héctor es el nombre de un amigo y compañero de estudios en el Billingurst. Es un tipo alto y corpulento, a veces tan bonachón, a veces tan desconfiado. Fue arrancado de su comunidad Amarkaeri desde los 14 años y llevado a culminar sus estudios secundarios en Puerto, como parte de un proyecto de alguna ONG. Sufrió como muchos la segregación racial y cultural, esa vieja infección que marca las relaciones sociales en el Perú. Su pertinacia e inteligencia, lo llevarían luego a Lima, donde como estudiante de Sociología en la Universidad San Marcos, mantuvo siempre el contacto conmigo. Por suerte, pude ubicarlo antes de viajar, incluso hoy llegamos juntos a Puerto, tanto Frank como Sebastián están al tanto de él y ya planificamos una visita a su comunidad.
Esta es una crónica escrita en 1997, sobre un viaje que con dos amigos de Lima hicimos a Puerto Maldonado, Brasileia-Cobija y Rio Branco. Es un poco larga, asi que la colgaré en partes, semanalmente. En algunos momentos se mencionan personas de la vida real, pero algunas circunstancias y hechos (los de tipo "históricos") que se señalan, no se ajustan, necesariamente, en 100% a la realidad. Al menos no podría probarlo.
26/07/97: 5:30a.m. El vuelo hacia Puerto Maldonado hace escala en Cusco y sale repleto desde la ciudad de Lima. No existe mayor algarabía en los viajeros y más bien se percibe una tenue pasividad en los rostros colorados de los turistas extranjeros. Como es temporada de fiestas, la demanda de pasajes hacia la ciudad del Cusco es elevadísima, las agencias vendedoras de pasajes han elevado sus precios y un oscuro tráfico de cupos se impone en la venta de boletos con ese destino. Alertados por esto, acordamos aguardar desde muy temprano el chequeo de los boletos. Sin duda, después de haber planeado este viaje durante tanto tiempo, sería tonto perder más de un día por no tomar esta simple precaución.
Mientras volamos se observa los graduales cambios en la geografía peruana. Ascendemos desde una costa árida de color crema que se va tornando marrón conforme avanzamos con dirección a la cordillera. Los contrafuertes andinos parecen guardianes de infinitos secretos. Estamos ya sobre las partes mas altas y el rumbo este-oeste inicial de los ríos y quebradas se torna incierto. Sólo unos minutos después nos percatamos de que el nuevo rumbo de las quebradas es oeste-este. Sin duda estamos ya en la vertiente oriental de los andes. Es aquí donde nacen los grandes ríos que le dan su razón de ser a la selva amazónica. Por momentos los delgados hilos parecen desaparecer engullidos por los cerros, pero no es así, estas delgadas corrientes de agua han desafiado y vencido la resistencia de las grandes montañas formando cañones de insospechada profundidad a lo largo de la columna vertebral de América del Sur.
Empezamos a descender y no puedo evitar una sensación de escalofrío. Pese a haber hecho esta ruta muchas veces, el temor que significa el aterrizaje en el aeropuerto de Cusco siempre está presente. Con el descenso, las montañas empiezan a cobrar nuevas formas. La visión de alfombra arrugada que tenía inicialmente va cediendo a la de gigantescos guardianes. Mientras el avión toma la posición adecuada, eludiendo a los guardianes, estos parecen contemplarnos con escaso interés.
El vuelo y el aterrizaje en Cusco ha sido normal y la mayoría de los pasajeros descienden allí. Pensé que el vuelo hacia Puerto Maldonado estaría menos repleto pero no. Un tropel de entusiastas turistas invaden los pasillos del Boeing 727 con destino hacia una de las últimas áreas del planeta con selvas vírgenes.
Por momentos observo los rostros de mis compañeros, tratando de comprobar con satisfacción lo sorprendido que están con el inmenso manto verde. Para mi decepción, sus rostros, hace mucho que están imperturbables. Parece que conocieran desde siempre esta visión de la selva. El horizonte se presenta infinito y no me cuesta mucho imaginar cuanta vida discurre en la superficie. Se me ocurre que los millares de ojillos de allí abajo están ya acostumbrados con el vuelo del avión.
La Amazonía es un gran llano que ofrece tranquilidad al cielo, conforme nuestro avión desciende, las copas de los árboles se muestran voluptuosas. Miles de recuerdos se agolpan en mi mente, de la niñez, de la infancia. Ahí anduve, correteando descalzo en las cochas, persiguiendo a las unchalas, soportando las dormilonas. La selva era entonces, una compañera tan pródiga como protectora. Fueron innumerables las veces que enfrentamos sus riesgos, en las cochas y en el río. Fugazmente soy ya adolescente, y los recuerdos que irrumpen sin preguntar…los amigos, las muchachas, el ambiente distendido el, aroma de fiesta interminable, las calles polvorientas del verano, la esquina de Gonzales Prada y Arequipa. No había tenido muchas noticias de mis amigos de la promo, del barrio, ni de las chicas en mucho tiempo.
Un golpe seco como el frenazo imprevisto de un auto, me despierta del ensueño. Acabamos de posarnos sobre la amplia pista del aeropuerto de Puerto Maldonado. Ya me imagino los rostros abigarrados de las personas sobre el cerco que protege la rampa principal. ¡Por ahí andará alguno de mis hermanos!.
La estación del aeropuerto fue recientemente inaugurada y presenta un aspecto de modernidad que contrasta con la densa floresta de sus alrededores. Los techos son altos y en la entrada hay un pasillo artificial formado por algunas enfermeras, una de ellas muy robusta que a empellones nos lleva a “pasar vacuna”. Las selvas cálidas y húmedas esconden cantidades de infecciones y fiebres. Los portadores de las tragedias son los frágiles zancudos que como una amenaza gris se cernirán sobre nuestras cabezas. No creo que hagan distinción entre forasteros y lugareños. Yo no paso vacuna pues de entre mis documentos extraje una tarjeta de vacunación, válida para diez años. Se la muestro a la robusta y con una mueca de frustración me suelta el brazo.
En la entrada principal hay una pequeña multitud, de taxistas, guías de turistas y algunos despistados. Logro reconocer algunos rostros, todos bronceados por la intensidad del sol. Salimos con nuestro equipaje y un avalancha de rostros cetrinos, no del tipo amazónico, nos ofrece raudamente sus servicios ¡taxi! ¡taxi!. Nuestra inicial desconfianza desaparece cuando comprobamos que la tarifa hasta Puerto (distante a 7 kilómetros del aeropuerto) son, según mi hermano, las adecuadas.
Una noche en La Boom, la Discoteca de Marco “Muleta” La Boom es la discoteca que nuestro querido amigo Marco Del Aguila o “Muleta” para los que lo conocen de mucho atrás (al centro en la foto). Está ubicada en la zona de mayor actividad nocturna de Fussa y conjuntamente con el Bar “Hang Out” conforman las puntas de lanza de su arremetida empresarial. Llegado a esas tierras a principios de los 90s, casado casi recién bajado del avión con Naoko, dulce y super amable japonesa, Marco tuvo un acelerado proceso de adaptación al ritmo de vida de este lejano país y al idioma. Pero, sobre todo, a las escasas, pero existentes, ventanas de oportunidad para escapar de una vida interminable de asalariado y jornalero y ponerse en el camino de pequeño capitalista.
Fussa, es una pequeña ciudad al oeste del centro de Tokyo-Japón, con no más de 70 mil habitantes y una densidad poblacional entre las más altas de país (6 mil habitantes por Km2 ) alberga una importante comunidad de extranjeros, mayormente filipinos, brasileños y peruanos. Cada fin de semana, estos salen en estampida en busca de oxígeno, huyendo del justificado estrés de la exigencia y productividad japonesa. Y mayormente, acuden a La Boom. La noche empieza muy tarde el sábado y el día hace lo propio el domingo. “Así es siempre” me dice Daguer, también paisano madrediosense, “la discoteca se llena recién a las 2 am, pero la gente no para de bailar hasta por lo menos las 8 am”. “A veces incluso tengo que apagar la música para que se vayan” enfatiza Marco. Efectivamente, la noche empezó tarde y parecía que nunca terminaba, por que sólo traspasando la puerta podía uno reconocer que el sol del oriente estaba ya en la mitad de la mañana.
El desenfado y desenfreno son la norma en la disco. No puedo imaginarme a estos mismos muchachos, y otros no tan muchachos, con este mismo ímpetu en sus países de orígenes. Se me ocurre, que en éstos, a excepción de los gringos, serían más recatados y cautelosos para la danza pegajosa y sensual, para el contacto fruitivo y directo de un reggaeton o de un hip hop. Quizás sí, pero no dejo de pensar que no sólo han venido muy lejos para desplegar toda su capacidad para producir en el engranaje de la economía, si no, para desinhibir de una vez por todas y sin testigos, por que todos aquí son lo mismo, la energía arrebatadora de la pasión y el éxtasis de los sentidos. Esa noche sí hubo un testigo de la algaraza hecha posible por Marco y por La Boom. Pero, en realidad, no es necesario entrar en mayores detalles.
Curiosidades japonesas Es curioso, pero en el país de la modernidad absoluta, aún muchísima gente defeca en cuclillas. ¿Paradoja? No. En muchos lugares públicos, incluyendo Centros Comerciales, Zonas Turísticas, entre otros, los inodoros, no son necesariamente las típicas tazas, sino más bien el ancestral agujero en el suelo, con conexión de desagüe, evidentemente. Eso sí, con su toque de sofisticación elemental en el material y acabados mínimos exigibles por el ciudadano globalizado. La única explicación de este fenómeno, me la dio Chileko (Jorge Fernandez Fukumoto), excelente amigo madrediosense y anfitrión radicado en Japón por más de quince años: “Los japoneses son muy pulcros y muchos todavía consideran que sentarse en una taza en la que alguien más se pudo haber sentado, es antihigiénico”. No por esto se puede generalizar. En realidad, en la mayoría de hogares y en los hoteles, se usa el típico excusado, con la sutil diferencia de su sello japonés: ¡son electrónicos!
Los inodoros electrónicos integran las funciones convencionales de la taza y la del bidet, con agregados claves: la temperatura de la taza está regulada para no incomodar al urgido usuario (está siempre calientita) y los controles electrónicos adosados a un brazuelo al costado derecho de la taza, proveen chorros tibios y regulados de agua en las partes más intimas y sensibles del cuerpo humano. Esta exquisitez es aun privilegio de este país, y pese a los esfuerzos de TOTO, la principal empresa productora y distribuidora, aún no logra penetrar en medidas razonables, ni en el mercado americano ni en el Europeo, y es ocioso decirlo, muchísimo menos en el sudamericano.
Es difícil aprehender la vida en Japón con tan solo una semana de permanencia. Sin embargo, sí se puede percibir el estrés de la gente. De los propios japoneses y por cierto de los inmigrantes peruanos. Las jornadas laborales en Tokyo, ya sea en las oficinas administrativas privadas y en las gubernamentales son interminables. El contacto por correo con un ex compañero japonés de la maestría, se dio, por parte suya, muy tarde por las noches y algunas veces en madrugadas de insomnio en sus oficinas del Ministerio de Hacienda Japonés. Los inmigrantes peruanos, tienen jornadas agotadoras de más de ocho horas diarias, y la mayoría de ellos, aprovecha sus espacios libres, entre turnos y en fines de semana, para hacer “arbaito” o “arubaito”, palabra derivada del alemán “arbeiten”. El arbaito es una modalidad de trabajo temporal (por horas) en firmas que requieren de jornadas extras de producción, por crecimiento impredecible de las demandas de sus productos, o por escasez de mano de obra permanente.
Con la complicidad de Marco, Contratista formalmente reconocido, pugnaz empresario y por supuesto, entrañable amigo madrediosense que me acogió en la calidez de su hogar, pude acceder a dos factorías en calidad de visitante curioso, con la excusa de ser “periodista de Perú”. En una de ellas se fabricaba compartimentos de cocinas de avión (en verdad nunca entendí muy bien esto) y en otra, comidas precocidas. Desafortunadamente no fue mucho el tiempo que pude permanecer, pero mi primera impresión era todos no hacían más que trabajar en el trabajo. Con este trabalenguas, lo que quiero decir es que, al parecer, todos los operarios están siempre muy concentrados en lo que hacen, no se distraen, apenas sí se miran y menos bromean durante las horas de trabajo, a pesar de su juventud y cercanía física. Esto fue casi confirmado por una señora de Lima, la única alegre que conocí, que hacía arbaito en la fábrica de alimentos precocidos…
Quizás no sea tristeza, la palabra que refleje el sentimiento del migrante peruano en Japón. Pero, tengo que arriesgar una opinión por que tal percepción fue repetitiva en mis varios encuentros con nuestros esforzados compatriotas. Quizás sea nostalgia, desazón o incertidumbre por que lo que pensaron temporal viró en interminable. Quién sabe. Lo que sí es incuestionablemente cierto es que allá son capaces de producir en ingresos hasta más de diez veces lo que podrían haber hecho en similar período en el Perú. Y eso es suficiente justificación.
Mucho tiempo ha pasado desde el último año de Colegio. Mucho más ha pasado, sin embargo, desde que el mío fuera creado. Cincuenta años en realidad, el pasado 23 de abril. Hice la secundaria en el Colegio Nacional Guillermo Billinghurst (Puerto Maldonado-Madre de Dios), a mediados de los 80s. “El glorioso” era una institución respetable aún, y sus aulas, aunque, en su mayoría, ya desvencijadas por la falta de mantenimiento, nos acogían con calidez casi humana.
Hacia principios de 1987 recién se había terminado de construir el pabellón cerca de una de las esquinas de la cancha de fútbol, frente al Hospital y las paredes del cerco de bloquetas a espaldas de los arcos aún tenían los huecos, a manera de escalera, heredados para nuestras salidas a hurtadillas del colegio. Sí, por que más de una vez, sobre todo en quinto año, huimos por esos escalones para tomar unas cervezas en el pequeño bar del frente, regentado por unas señoritas guapas y muy amables y por cierto, reconocidas por ello en la pequeña ciudad. Salir a tomar unas cervezas, siendo tan joven, implicaba sus riesgos, y no nos importaba correrlos. Cuando eres adolescente, el desafío a lo establecido y el quebrantamiento de algunas normas, son casi como un estandarte.
El transcurso de cinco años atestiguó incontables historias y anécdotas. Algunas indecibles, otras vergonzosas y afortunadamente, varias que nos llenan de orgullo, como aquella vez, en quinto, cuando lideramos la recuperación del Gallardete Escolar en aquel memorable desfile de Fiestas Patrias frente al centenario árbol de mango en la plaza de Armas. Las enseñanzas fueron, a decir verdad, más una promesa que una realidad. De hecho, la crisis de la educación peruana, en general, y la del CNB en particular, empezó a arreciar justo en mis tiempos. Era el inicio de la hiperinflación y de la consolidación de la pauperización de los servicios públicos, particularmente el de la Educación. El principal factor es, qué duda cabe, la debacle de la economía y de la remuneración docente, corroída hasta hacerse nada, por la imparable inflación a fines de los 80s.
En este escenario, la capacidad del Profe para retroalimentar sus capacidades eran muy limitadas y no existían incentivos para un mejor desempeño. No obstante, eso no era la regla y existieron casos de docentes que, atestiguada por mi propia experiencia, probaron que pese a las restricciones era posible ser un buen maestro. Contradictoriamente, a muchos de estos buenos profesores, la institucionalidad los sedujo con la ilusión de una carrera administrativa, lejos de la tiza y pizarra.
Recuerdo el caso de un profesor de Historia del Perú, bastante exigente en sus enseñanzas, que nos hacía aprender haciendo las artes de los antiguos peruanos. Cierto, como parte del curso teníamos que moldear con nuestras propias manos, los huacos de las diferentes culturas pre-incas, replicando sus características cromáticas y morfológicas. Yo hice Chavín, y nunca olvidé que su cerámica era principalmente monocromática y usaba gollete-estribo y que florecieron en el nacimiento de nuestras civilizaciones prehispánicas. Este buen formador en aula, fue promovido a la Dirección Regional de Educación, integrándose al duro engranaje de la burocracia. Muchas generaciones posteriores a la mía, se perdieron de la formación cultural e histórica que pudo haberles dado este maestro.
Otro caso, fue el de un profesor de Matemáticas de mechón ondulante, respetuoso y exigente. Estoy seguro, que la mayoría de mis compañeros del 5to “A”, todavía recuerdan las ecuaciones de primer y segundo grado, los sistemas de ecuaciones, etc. Por que este profesor, se encargó de que así fuera. Su método de enseñanza en aula era la tradicional discursiva, pero él supo agregarle una poderosa: el diálogo y la competencia. ¿Cómo?. Nos hizo formar grupos solidarios para la resolución de paquetes de problemas matemáticos y luego en clase, los grupos, que debían tener un nombre desafiante, competían para ver quiénes eran los mejores. Y nadie quería ser el peor. De este modo, supo mantenernos ocupados, pero sobre todo, motivados fuera de las horas de clase. Aun recuerdo las interminables reuniones que mi grupo tenía en la casa de Efraín Pinedo, allá por la Catedral de Santa Cruz, discutiendo y analizando la resolución de esos problemas, para poder ser los mejores. No se qué es lo que luego hizo este excelente docente, pero no me sorprendería que también haya sido “promovido” a cargos administrativos, lejos de las aulas y del contacto con los alumnos. Hecho contradictorio, puesto que es allí, precisamente donde los mejores maestros (y deberían ser también los mejores pagados) debieran estar.
El aniversario del Colegio
El aniversario del Colegio ha sido, por variadas razones, siempre la fecha más esperada. Entre el primero y segundo año lo era por la magia del paseo de Antorchas y la fantasía de una noche larga alborotando, a nuestro paso, las calles del antiguo Puerto Maldonado. Para los de tercero, cuarto y quinto año, la mayor fuente de excitación era la fiesta de aniversario que se celebraba en la canchita de fulbito del colegio, con la orquesta de los Fenders. Los de tercero, muchas veces inauguraban allí su vida nocturna. Yo aún recuerdo mi primera fiesta. Me veo, en retrospectiva, emocionado y abrumado por lo inesperado de, explorando por fuera y por dentro de la muchedumbre la presencia de los camaradas y de las chicas. A esa edad, no ingieres licor, pero no lo necesitas, por que la embriaguez es inevitable en el ambiente que se generaba en nuestro colegio, una noche cada año.
Recientemente tuve la ocasión de salir por primera vez fuera del continente americano. Fue un extenuante viaje al Asia. Específicamente a Hanoi, la capital de Vietnam, con tres escalas, dos de ellas en los Estados Unidos. Acumulé un total de 54 horas de vuelo, entre ida y venida. Es decir 2.25 días metido en aviones, a merced del viento y sólo aliviado por la placentera comida y atención de las aeromozas asiáticas, particularmente las coreanas: tan amables como hermosas. No obstante, ahora que lo pienso, tomando en cuenta las horas de espera en los aeropuertos, en realidad fueron 102 horas en total, es decir ¡¡4.25 días viajando!!. Mis amigos que viajan semanas por los ríos del Madre de Dios, pensarán que esto es insignificante. Quizás sí lo sea.
Los aeropuertos, a decir verdad, son casi todos iguales en concepción (¡cómo podrían ser diferentes!) y en estructura, por lo que la única diferencia entre el de Lima y los demás es la dimensión. El nuestro es todavía uno de provincia en la escala mundial. Sin embargo, el de Seúl amerita unas líneas. Una amiga coreana de la maestría suele decir que su aeropuerto le hace sentir orgullosa de ser coreana. Es bello en arquitectura, confortable en distribución de servicios.
Un compañero de viaje chino, con el que tuve que compartir habitación en el Hotel del aeropuerto de Seúl por demora en el vuelo hacia Hanoi, me confesó que los asiáticos contratan en todos los servicios en los que llegan extranjeros, a jóvenes apuestos y esbeltos….y mayormente mujeres. Fue una buena teoría que explicaba por qué el aeropuerto de Seúl estaba lleno de esas coreanitas delgadas, con la sonrisa en los labios, pulcramente vestidas en un lugar, en el que la pulcritud era una regla de coexistencia. Esa regla no escrita del mercado laboral me hizo pensar en la absurda sensatez de lo que una vez leí de un país de oriente medio. En éste, se había dictado una Ley para que el Estado contrate, preferentemente, a mujeres poco agraciadas, “por que las bonitas tenían el futuro asegurado, ya sea por la alta posibilidad de conseguir un marido rico que las proteja, o por acceso a empleos con mayor facilidad en el sector privado”. Afortunadamente, por el impresionante éxito económico de Corea (del Sur, obviamente) este tipo de leyes raras posiblemente no sean necesarias.
Vietnam Vietnam, es un país comunista. O al menos dice que lo es A partir del año 1986 empezó a mutar, imitando la experiencia China, introduciendo una política orientada hacia el mercado, logrando entre 1990 y 1997 un crecimiento impresionante de 8% anual. A inicios del nuevo siglo, el país ha seguido la misma ruta, profundizado sus reformas, suscribiendo incluso un tratado de comercio con los Estados Unidos. Entre los años 2000 y 2004 la economía creció aproximadamente 7% anual. Este excepcional desempeño y el impulso dado a sus políticas de gobierno, han permitido a este aún pobre país, reducir dramáticamente sus niveles de pobreza a menos del 25%, habiendo incluso ya cumplido con creces el Objetivo del Milenio número uno de reducir a la mitad su pobreza en el año 2015. Esta dinámica uno lo puede ver en las calles y en los rostros jóvenes, así como en la casi inexistente mendicidad. Diariamente recibía en la puerta de mi habitación una publicación en inglés, en la que las noticias diarias, eran inversiones y más inversiones para ese país. Un caso impresionante para nuestros estándares, por el tipo de inversión, fue el anuncio de INTEL de invertir US$1,000 millones en productos de alta tecnología. Quizás si algún día regrese, encontraré otro paisaje en Hanoi y mucha de su aún tradicional urbe haya sido reemplazada por eso que hoy llamamos modernidad, pero que no es más que una cara del Desarrollo. Hanoi En Hanoi, la capital de Vietnam, no encuentras viejos, tampoco gordos. Es una ciudad antigua con una población que rejuvenece. Al menos es lo que uno puede observar en las calles, donde miles de “motorbikes” son las piernas de los jóvenes que han invadido todos los espacios, públicos y privados de esta ya densa ciudad. Las aceras, sin embargo, no son transitadas. La razón es muy simple. Si casi todos van en moto, luego, por qué tendrían que caminar por las aceras?. En un diario local leí que sólo en Hanoi hay tres motos por cada hogar, y que esta cifra ha sido resultado principalmente de los últimos cinco años de un crecimiento imparable de la economía vietnamita.
La vida nocturna en Hanoi para los extranjeros, aparentemente, no es muy nutrida. De hecho, por el régimen “Comunista” aun subsisten muchas restricciones, herederas de una visión menos cínica de la vida. Por suerte mis colegas chilenos, habían realizado ya una exploración de la ciudad y descubrieron que habían bares tipo pubs a los que los extranjeros podían asistir a tomarse unos tragos y presenciar shows musicales y bailables. Como el Estado trata de estar omnipresente la seguridad del local al que fuimos era prestada por la guardia nacional. Nuevamente, los agentes eran jóvenes de no más de 25 años, todos uniformados con el mismo uniforme verde oscuro que vi por primera vez en el aeropuerto de Hanoi. El pub cerraba, como todos estos tipos de locales, a las 12 de la medianoche. Un vietnamita nos contó luego, que esta seguridad no es gratuita, lo que de hecho lo convierte en un bien privado, prestado por el Estado, cosa curiosa.
Dentro del pub, era claro que casi todos los parroquianos eran extranjeros, mayormente chinos y coreanos, algunos europeos. Nosotros (chilenos y peruano) éramos lo más extraño, probablemente. Una vez fuera, caminar por las calles de Hanoi de noche, nos tenía aguardando una sorpresa. Acostumbrado como estoy a Lima y su inseguridad, no dejaba de sentirme inquieto al caminar por esas calles poco transitadas, por la hora, con árboles grandes a los costados, que hacían mayor penumbra. La sorpresa fue la aparición de tres motorbikes manejadas por mujeres que nos decían compitiendo entre ellas “Mr…. Masash” “Mr…. Masash”, luego caí en cuenta que querían decir “masaje” que en inglés se dice massage y se pronuncia algo así como “masash”. Eran cazadoras ambulantes de clientes de sesiones de sexo camufladas de masajes. Posteriormente aprendimos, que la prostitución en Hanoi, era un negocio ampliamente extendido, pero ilegal, ejercido en salones de belleza, salas de masaje y cualquier cuarto o antro que se preste para ello...
Hace un tiempo escribí esta crónica. Luego de repetir el circuito en enero de 2007, pienso que es válida a pesar de los años transcurridos.
¿Cuando empezó la colonización? No se. Lo único cierto es que están ya allí, en pequeñas casitas desparramadas a través de cuatro manzanas en una de las nuevas áreas urbanas de Puerto. Hace muchos años cuando la ciudad apenas llegaba hasta Santa Cruz (había viviendas dispersas, claro pero no eran parte de la unidad) ellas ofrecían sus caricias en tres barracas distintas, ocultas por la maleza en el camino a la Joya colindantes con la Av. Madre de Dios. En esos tiempos había una mujer legendaria cuyo nombre nunca supe pero que nuestro pueblo conocía como la Tía Mocha. Decir su sobrenombre era como invocar al diablo, y lo decíamos, culposa y silenciosamente muy lejos de los oídos adultos.
Ella era quien organizaba y dirigía, (en nuestro imaginario por que, en lo que a mi respecta, no había certeza de ello) todo el comercio de las chicas de la “vida alegre”. No era usual encontrarse con ella en las calles y era más bien discreta. Si ocurría, la mayoría evitaba un encuentro frontal, mirándola de soslayo, murmurando sin hablar, haciendo juicios de valor inconcientes sobre la profesión de esta matrona. Era una enorme mujer negra, de ancas de yegua y voz tremebunda que hacía temblar hasta a los estibadores. Nunca supe de donde vino ni por qué, y menos qué es de su vida, hoy.
Algunos decían que tenía un marido. Que este, paradójicamente, era un tipo escuálido pero intrépido, encargado de las necesidades domesticas y del bajo vientre de su dueña, y, por supuesto de los requerimientos logísticos de los sendos locales en los que las mariposas reclutadas en Lima y muchos otros lugares del país, ofrecían su calor a los parroquianos de la pequeña comarca. Muchos de los cuales, ciertamente, se conocían con nombre y apellido.
A diferencia de esos tiempos en que todo el pueblo la conocía o reconocía, hoy en día, solo los que acuden con frecuencia al enorme vecindario, por placer esporádico o por vicio incurable por el sexo pagado, conocen a los equivalentes modernos de la mítica tía Mocha. A diferencia de esos tiempos, en que esa organización, parecía un servicio que redituaba utilidades, hoy parece un negocio burdo, que funge de servicio en zonas de alta inseguridad.
Estos lugares, al tiempo que han desaparecido los de la Tía Mocha, se han multiplicado conjuntamente con las áreas urbanas de Puerto. En un tour nocturno (enero de 2001), solo en dos manzanas pude contar hasta doce pequeños "bares" impresentables de medias luces o de luces rojas efectivas (no el iluso papel celofán) con doncellas de alguna vez, semidesnudas y agazapadas entre parroquianos que mueren por tocarlas. De uno de ellos alguien grito PACHALAA!!, reconociendo a mi hermano que, al timón de su motito roja, como en cada visita a nuestro querido Puerto, fungía de “guía turístico". En realidad, luego de muchos años, uno lo necesita para llegar sin contratiempos, por curiosidad, vicio o placer a insospechados lugares como estos de los nuevos "sitios". No exagero.
Luego de muchos años en esta ciudad me he terminado de convencer que Lima es la más patética de las ciudades que he conocido. Pero no por el clima depresivo de invierno que te priva del solo e invade de niebla y llovizna mediocre, todo ello capaz de volver suicida al más entusiasta. No. Por lo contradictorio de su dinámica. Por la forzosa relación de amor y odio que suscita entre sus habitantes.
Es así por lo estresante de las calles, la hostilidad del peatón y del conductor de combi, camión, ómnibus o automóvil particular. Por la ausencia de respeto del derecho en las aceras, por la inseguridad de sus calles, por que difícilmente se puede encontrar un lugar en la ciudad donde uno pueda sentarse o caminar a disfrutar el paisaje (el desierto también puede tener sus encantos) sin el temor y la paranoia de que el individuo que te mira de soslayo te va a asaltar. Lima no es una ciudad, es una prisión sin ley y sus vecinos los internos, atrapados por una rutina sin final.
Con lo adaptable que es el ser humano, muchos ya nos hemos habituado a esto y es nuestra regularidad. Cosa terrible, por que implica renunciar al volver a empezar en un lugar diferente, implica el conformismo a una expectativa de vida materialmente redituable pero contaminada no sólo por el smog y polución medioambiental, sino por la contaminación social. Con los años, uno simplemente vive (sobrevive) por que tiene que hacerlo, pero no el sentido íntegro de la palabra, por que, a menos que no trabajes mucho y, a la vez, tengas dinero de sobra, pierdes el contacto con la naturaleza viva, con el viento fresco, el olor de la hierba mojada tras la lluvia, y la furia de los elementos. También dejas de vivir del contacto personal frecuente con los que más quieres o prefieres, por que a pesar de haber más de 6 millones de personas, a veces pareciera que no hay nadie.
Lo contradictorio, es la dependencia que genera, sobre todo sobre aquellos forzados a hacer permanente un permanencia que se inició temporal, sólo por estudios. Es aterradora la idea de estar sometido de sentir que esto es lo norma de inevitable sensualidad. Uno no se percata de ello cuando siempre ha vivido aquí. No ocurre, sin embargo, lo mismo cuando no eres de estas tierras o cuando has visto más allá de las fronteras, sea en el Perú o en otras partes del mundo.
No obstante, como los que purgan cadena perpetua en las prisiones convencionales, la posibilidad permanente de fuga o la fantasía de absolución alimenta las ilusiones de muchos inconformes. Conozco varios. Muchos de ellos con ya más de 30 años en esta urbe. Han fundado familias y se han enraizado en esta jungla de concreto. Siempre con una excusa para permanecer vinculado. Al principio es el trabajo y la posibilidad de un mejor ingreso, luego los hijos que están estudiando en mejores escuelas, la inversión en propiedades inmuebles, nuevamente la educación de los hijos…y los años que se acumulan en la piel y en las sienes. El sueño de la jubilación en el campo, el retorno en la vejez suele ser la última esperanza, pero también tornarse la luz al final de un túnel, interminable.
Aun recuerdo el día que llegué a Lima para quedarme. Era la segunda vez que lo hacía, esta vez, a fines de los 80s. Era apenas un adolescente esmirriado e imberbe con expectativas difusas, extraviado frente a un cielo diáfano, bajando del avión. La realidad no tardaría en llegar con la avenida que da al aeropuerto y sus áreas laterales saturadas de basura ardiente que hicieron evidente aquello que para mis fueros, caracterizaría a esta ciudad hasta hoy en día: el olor a humo de basura en los conos, la miseria en las calles y un desenfreno inexplicable de la gente, de los autos y de los omnibuses por ganarse mutuamente el paso. Shock cultural La vida en Lima para un adolescente formado en la anarquía de una niñez al antojo del clima y adolescencia de apasionamiento exacerbado por los muchos grados centígrados del trópico era, hasta cierto punto, traumática. No se podía visitar a ningún camarada, por que ninguno estaba aquí; a diferencia del pueblo en el que sólo salías a la puerta de la casa y los encontrabas. Las chicas eran terreno oscuro, con hábitos virreinales de cortejo infinito, muy diferentes al te miro, me gustas, te gusto y nos besamos. Era la imagen de fantasía que tenía de la pequeña ciudad. Hubo, ciertamente, más de un desplante de no pocas asustadas por los ímpetus de ese muchacho de la selva, rápido y directo, desprovisto de cualquier sofisticación (complicación) urbana. Shock académico Conocimientos increíblemente pobres frente a los retos de las academias preuniversitarias fueron la norma del principio. Razonamiento matemático, física, álgebra e incluso aritmética eran idiomas nuevos, difíciles de entender. Gran desafío, que luego de mucho esfuerzo, paciencia y harta comprensión materna y paterna, se pudo superar. Las limitaciones de nuestra formación escolar se hicieron evidentes, sobre todo en estas primeras etapas. Shock Económico La pensión mensual de estudiante provinciano súbitamente se desintegró por el primer y segundo shock de 1989 y 1990, aún en gobierno aprista. Fue una manera brutal de entrar en contacto con esa ciencia no exacta, pero tan sencilla de entender, que es la economía. Comprendí de manera salvaje que algo terrible estaba pasando con la administración del Estado. Algunos años después en un trabajo universitario corto de investigación que hice sobre el manejo de la economía del gobierno de los 85-90, comprendería la magnitud del despropósito y, sobre todo la insensatez con que nos habían conducido a muchos a la angustia económica y, a otros, a una miseria, insuperable hasta hoy. Respuesta: sentimiento de pertenencia Ante tanta amenaza, el animalillo salvaje, ajeno, en una ciudad inmensa e impersonal, tenía una identidad que lo mantenía alerta. Era la sensación de pertenencia a un grupo, a una pequeña sociedad de privilegiados, aquella que se había nutrido de la exhuberancia de la naturaleza, del gozo de la libertad, de la cercanía del calor humano, de las trochas, de las cochas, de los pozos, de sus aguas, del contacto permanente, del saludo, del abrazo y también del chisme de esquina. No perder ese sentimiento, ha sido clave en la construcción de una identidad propia, nueva, común, pienso, en todos los de nuestra tierra alrededor del país y del mundo. Y seguirá siendo clave.
Soy natural de Puerto Maldonado-Madre de Dios (Peru). Aunque son ya muchos años, desde que dejé mi pequeña ciudad, me mantengo inevitablemente conectado a ella.
Caida del sol en Madre de Dios, hacia occidente y entre los árboles. Ver lluvia al fondo.
Atardecer en Ucayali
Navegando el río Ucayali luego de un largo viaje. Minutos después de esta foto, el cielo se volvió oscuro, y el río se llenó de troncos y arboles sacados de cuajo por la fuerza del agua. Acababa de empezar la creciente...