domingo, diciembre 09, 2007

El día que la abuelita Juana se fue

No clareaba aún. Se recostó hacia un lado de la cama, convaleciente de sus varias dolencias. Se había quedado dormida muy tarde y así se quedó. En realidad la abuelita Juana, había empezado a irse mucho tiempo atrás, tratando con astucia de hacer que todo aquello material asociado a lo que había significado, vaya desapareciendo, con la intención de que los que la habíamos amado siempre, tengamos la menor oportunidad de nostalgias de ella. Su estrategia fue partir de a poquitos, para evitarnos el vértigo de su ausencia plena y repentina, utilizando a la vejez como la excusa perfecta.

Primero habían sido su escopeta al hombro y sus plantas de café. Luego desaparecieron el ventilador para el arroz, el pilón y sus productivas chacras. Después fueron ignorados las plantas de coco, los árboles de Tutuma y sus pates derivados. A sus gallinas, patos y chanchos los fue diezmando de a poquitos, y -lo que parecía imposible- dejó en desuso su fogón y con éste, se extinguieron el café negro de a cualquier hora, el arroz nuevo con manteca de chancho, el mingao y la farofa, que siempre pensé me esperaba a la cabecera del fogón. El pan de arroz, duró un poco más, por que era parte de la demanda que todos le hacíamos siempre, pero no por mucho tiempo. Coincidentemente el caminito siempre limpio de maleza al pozo y las flores silvestres alrededor de la casita fueron invadidos por la malahierba. Pero, aunque reemplazado por agua potable de red pública, no pudo, o quizás no quiso, hacer mucho con la emanación natural del agua cristalina y mineralizada de su pozo de siempre. Dejó sí, incólumes su perezosa y su recibir de visitas, cada vez más longevas, de todas las tardes y a su paciente e inseparable compañero don Antonio.

Con ella, y con varios como ella, se está terminando de ir lo que La Joya fue un día: un concepto. De economía agrícola, silvícola y pecuaria en sus medios de producción y de alegría desbordante de las fiestas de carnaval de cinco días y noches continuadas.

El viento del olvido, como a la arenilla blanca de los patios de las casas de la Joya, irá espolvoreando al infinito los recuerdos de las mentes de la existencia de esa pequeña comunidad. Quedará en su reemplazo ese multicolor anexo de Puerto Maldonado, que curiosamente también se llama La Joya. No más chacras, no más caminitos que huelen a la humedad hacia el pozo, no más piscicochas, no más escuela puntiaguda dominando el horizonte, no más abuelitas Juanas. Persistirán sin embargo, obstinados, algunos ojos de agua, esperando por un renacer improbable, o por el juicio final que llegará con la tala del desfalleciente aguajal que los sostiene.

Tengo infinitos recuerdos de la abuelita. Pero una imagen recurrente cada vez que pienso en ella, es el de su andar por la trocha y entre los árboles, camino a, o de la chacra, con su pantalón de tela blanca percudida de chacarero y un vestido sencillo como sobretodo y sus botas negras, ora cargando un racimo de plátano ora un costal de yuca blanca, ajustados a su frente con lianas fuertes de Misa; y en la otra mano el machete de mango negro para desbrozar la hierba impertinente. Aparecía de entre la maleza, sonriéndonos tiernamente a los últimos hijos de Concho, que, como cada fin de semana, habíamos llegado de visita temprano en la mañana – en realidad, ella había salido muchísimo más temprano al platanal. El Chullachaqui, -me contó ella un día- había intentado, en esos senderos, varias veces seducirla hacia lo profundo de la selva, transfigurado en parientes lejanos de San Lorenzo. Conociendo de sus mañas y disfuerzos, nunca pudo con ella. Como tampoco pudo ese jaguar sigiloso que arriba en el Chaspa, en la década del 30, acechaba a los pequeños Haydee, María y Jorge. En esa ocasión –me dijo, aquella tarde en la casita de permanente construcción de la querida tía Chocha- un disparo certero de su escopeta había sido suficiente.

El día que la abuela se fue, las avispas que escarban la tierra en el patio de la casita de siempre, no escarbaron, y los ojos de agua del humedal, manaron como cuando todo era bosque. Las herramientas de chacra: el Ipulli, el Azadón, el machete y la Pala, roídos por la herrumbre y el olvido, encontraron el descanso final, por que estaban seguros que ahora, realmente, no serían ya más convocados por esa mujer de trajinar incesante.

Muchos como yo, fuimos impelidos desde muy lejos a sus funerales. A decir verdad, varios hijos, nietos, biznietos, obedeciendo al mismo llamado, habían arribado mucho antes aún de que se fuera, y yo, entre ellos, tenía ya planificado el retorno a La Joya, a ver a esta nonagenaria abuelita, que tantas lecciones de trabajo, humildad, temple, independencia, sinceridad, picardía y frescura, nos había dado. Pero no llegué a tiempo. Ni siquiera me quedó la consolación del “cuándo vendrás hijito, seguro cuando vuelvas ya no me vas a encontrar” que siempre me decía, muy recientemente, al teléfono, pero que afortunadamente nunca ocurría. Esta vez, sólo llegué, junto con Juan Pablo, mi hijo de 6 años, para acompañar su cuerpo inerte hacia el final de su camino.

Mujeres como ella, ya no se forjan así de simple y su partida cierra un ciclo en la familia y abre uno incierto a su unidad de cada 12 de enero. Su partida simboliza también aquello que nuestra querida tierra de Madre de Dios está despidiendo (su gente y sus tradiciones), y que aunque duela decirlo, muchas veces lo hacemos en un ambiente de ingratitud y soslayo ocasionado por la ignorancia y desconocimiento de aquello de donde venimos, de aquello que en gran medida nos define.

Volver a La Joya, o a lo que actualmente es, aunque la abuelita Juana lo haya previsto de diferente manera, será más duro ahora, porque los que la conocimos y crecimos, mucho o poco de nuestras vidas en sus afanes, querríamos buscarla por los caminos que sus ligeros pasos anduvieron, comer los frutos que ella comió y beber el agua nutrida de minerales del pozo que ella siempre bebió, hacer “juuuuuuuuuuuy” y escuchar un “juuuuuuy” de regreso. Quizás ya nunca más volvamos a sentir el olor del mineral de la tierra húmeda del aguajal, ni el crepitar de las historias atrapadas entre los tallos altos de los aguajes y árboles larguiruchos del humedal antes de llegar al pozo, quizás ya nunca veamos el pozo mismo. Será que así lo tenía previsto ella, quizás pensó que así tomaríamos conciencia de algo, no se de qué.
(En la foto arriba de derecha a izquierda, Don Antonio, la tía Loyo, la abuelita Juana, Roger y sobrina-nieta de la abuelita de visita desde San Lorenzo-2004; en la foto abajo: La Joya, hoy)

domingo, octubre 14, 2007

Crónica de Viaje a Madre de Dios en 1997 (Sección III y final)

De Villa Assis hacia Brasileia existen una distancia aproximada de 105 kilómetros y el carro que nos llevará hacia allí es un ómnibus trajinado (“Acreana”). Fue con suerte que podemos abordar este bus ya que usualmente sale a las 6:00 am. Hoy tiene averiado uno de los ejes y por ello saldrá recién a las 8:00 am, una hora después de nuestra llegada a la plaza de Assis, lugar de salida de la “Acreana”.

Río Branco es una ciudad cálida de cerca de 200 mil habitantes. “Shon” es la persona más especial que vive en el hogar que nos acogió. Sufre del Síndrome de Down y aparentemente no confía en nosotros. Dormimos en la sala sobre un colchón que nos han facilitado y Shon permanece impertérrito frente a un viejo televisor encendido.

De rato en rato nos hecha una ojeada, finge leer una revista mientras el televisor permanece encendido. Aunque todos le han dicho que se vaya a dormir, él permanece en su posición, a la espera de no se qué. Estoy convencido de que es capaz de permanecer toda la noche sentado sobre el mantelito rojo que a manera de cojín está sobre la silla. Reacciona con cada intensificación de la acción en la televisión y la luz reflejada en su rostro me permite ver las emociones que le suscita lo que sea que está viendo. Es como un niño. Su inicial desconfianza se convertiría luego en amistad sincera y quedó muy triste cuando regresamos a Perú.

La lluvia que amenazaba hacia la medianoche se ha convertido en frío intenso. El día amanece despejado pero la sensación de frío ha invadido la ciudad. Hay un viento helado y seco. Es el “friaje” que nos estaba persiguiendo desde Iñapari. Cerca de las 6:30 am. salgo a caminar como lo tenía previsto, llego a una Padaria (panadería) donde compro algo de pan, queso y huevos. La señora que atiende me identifica como peruano y le dice a un muchacho que la acompaña, “e bonito o peruano, olhia seus cabelos”. En este barrio la gente es muy sencilla y también muy pobre. Las casas son en su mayoría de madera y parecen ser antiguas por lo deteriorado de sus estructuras. La familia que nos acoge vive en la Rua de Sao Nicolau hacia donde me dirijo ahora. En el trayecto me tropiezo con una mujer morena que con voz ruidosa ofrece ¡Tapioca!, ¡Tapioca!. Aparentemente nadie se ha levantado por lo que no salgo y me siento sobre un ladrillo a contemplar la calle. Ayer por la tarde las calles estaban repletas de niños y jovencitos que juegan desinteresados por lo que sucede alrededor. Aunque mi aspecto es diferente no me prestan mayor atención, supongo que nada puede extrañar ya en un país donde el mestizaje ha sido intenso. En la casa sólo doña Shica se ha levantado. Ella es una anciana de andar pesado y de expresión lacónica. Parece siempre estar muy triste, mas, cuando hablo con ella intenta siempre una sonrisa que perece sin realizarse.

Como soy el primero en levantarme soy el primero en tomar desayuno. Doña Shica me llama quedamente a tomar “Café” (desayuno), ella ha vivido gran parte de su vida en Iñapari, pueblito peruano fronterizo con Brasil. Entiende y habla perfecto el español por lo cual representa una inicial intermediaria hacia ese sencillo idioma que es el Portugués. Sentada más allá en una banquita, está una mujer morena, pequeña y muy sencilla. Podría pasar inadvertida de no se por que estamos sólo los tres aquí en el comedor. Ayer cuando llegamos estaba en la misma posición, agarrando a una pequeña, aparentemente suya, a la que constantemente llamaba ¡¡Mayara!!, ¡¡Mayara!!. La viejita, a la que inevitablemente agarro cariño, no nos la presentó así que sólo nos queda presumir su presencia en la “casita de Sao Nicolau”, como ya la he bautizado.

Hoy por la mañana salimos a caminar por la calles de la ciudad. Rio Branco huele a hierba y por ningún lado veo a las garottas irrefrenables de las historias de mis amigos de Puerto Maldonado. La mayoría de ellas, me parecen sí muy bonitas. Tienen un tipo muy particular. Por ahí veo a una morena de cabellos rizados y ojos de gata. Por allá se ve a una rubiecita de piel bronceada. En realidad Dios ha sido muy generoso con la belleza en este lugar, se me ocurre.



(Fin de la crónica. En realidad, había mucho más que contar, pero, por alguna razón en 1997 a mi regreso del viaje, detuve la redacción en este punto y nunca la retomé).

sábado, septiembre 29, 2007

Crónica de viaje a Madre de Dios en 1997 (Sección III)

Esta es una crónica escrita en 1997, sobre un viaje que con dos amigos de Lima hicimos a Puerto Maldonado, Brasileia-Cobija y Rio Branco. Es un poco larga, asi que la colgaré en partes, semanalmente. Esta es la tercera sección. En algunos momentos se mencionan personas de la vida real, pero algunas circunstancias y hechos (los de tipo "históricos") que se señalan, no se ajustan, necesariamente, en 100% a la realidad. Al menos no podría probarlo.


30/08/97
El día 30 de agosto de 1997 zarpamos rumbo a Boca Inambari, territorio de los “cazadores solitarios”, los Amarakaeri. 70 años atrás mis abuelos hacían esta misma travesía con destino al Chaspa, una remota zona aurífera, ubicada casi en las nacientes de los ríos de la cuenca del Madre de Dios, donde el oro, a decir de la abuela Juana, que aún rememora esas jornadas, era recogido en charpas de los lechos de las quebradas. Nosotros partimos desde Laberinto, asentamiento intermedio, de fugaces buscadores de oro, ubicado a 50km. de Puerto, convertido en un poblado permanente, plagado de cantinas, compradores de oro, prostitutas y todo aquello propenso al dinero fácil.

De repente ya nos encontramos surcando en una canoa sobre un río de aguas marrones. Es el Inambari, tributario del Madre de Dios. Sebastián y Frank se ven imperturbables y, de no ser por que esa mirada de ensoñación, diría presienten que de caerse serán engullidos por la yacumama. Hace unos minutos estábamos sobre el Madre de Dios cuya diferencia con el Inambari es notoria. Sobre un fondo indefinido, se percibe un lecho arenoso, el agua es plateada y, por momentos surgen los ráudos lomos de una mijanada. Es su temporada y de no ser por que aún conservo el atavismo aquel de temor-respeto por el río, me abandonaría a nadar aguas arriba, allá donde desova la mijanada.

Inambarillo (Lago o Cocha, donde pasamos una noche)
Un vientecillo frío invade las partes bajas de los árboles; la tangarana y la isula se han refugiado en los restos del pashaco tumbado nadie sabe por quién, ni para qué hace mucho tiempo. La leña seca de nuestra fogata revienta esporádicamente y algunos suspiros se dejan escuchar. Algunos fumamos. Por ratos me sobrecoge la sensación de millones de ojos, oídos y olfatos, allá donde la tenue luz de nuestra fogata muere y dónde se esconde un mundo desconocido. Recuerdo las historias de duendes y demonios, del Supay, amo y señor de la oscuridad amazónica. Por suerte, el cielo está estrellado y hay claridad por encima del techo alto de árboles. De haber sido una noche cerrada, la oscuridad sería total, no habría estrellas y sin dudar, nos estaría acosando un lejano alarido, maléfica señal del gran Supay, que enturbia la razón y arrastra a los hombres hacia lo más profundo de esta selva, de donde no regresan jamás. (Sangama: Arturo D. Hernandez. Iquitos).

Esta mañana, Sebastián se levantó muy temprano y se fue a caminar por las orillas del lago Inambarillo, que es como también se llama esta pequeña comunidad de campesinos pescadores (colonos) mestizos. Anoche tuvimos una “reunión” con los técnicos enfermeros del Ministerio de Salud establecidos aquí. El Maestro de la comunidad nos permitió dormir en la escuela y es allí donde improvisamos nuestro campamento. Una de las enfermeras vino con nosotros desde Amarakaeri, la comunicad de Héctor, a despedirse de la gente de Inambarilllo y a pasar un buen rato con nosotros. La veo arrebolada, quizás por el adios, pero me inclino a pensar por el contacto con personas de la ciudad, luego de tanto tiempo. Felicho, el técnico enfermero, es un viejo amigo mío, promoción de colegio, es un sujeto jovial, sencillo y muy espontáneo por lo que sé hará las delicias de Sebastián, a quien ya vi bastante sorprendido por la fresca e irreverentemente genuina personalidad de mis amigos de Puerto.

El punto de reunión fue el patio de la escuela, el Maestro ha prendido el generador eléctrico de la comunidad sólo para que podamos escuchar un poco de música. Las dos enfermeras se ríen mucho y de cualquier cosa que habla Felicho, tan gracioso como siempre. Habla de sus experiencias en todas la comunidades donde ha trabajado, habla de boas y lagartos míticos, que no pocos campesinos y nativos viejos le han contado haber visto en los lechos de los ríos en las orillas de las cochas más remotas…animales fantásticos casi antediluvianos, que habrían subsistido gracias a la ausencia del hombre. No dudo, que mucho también le agrega la imaginación amazónica de Felicho.

Tarzán (la imagen es una foto de la imagen "Alias Tarzán" que figura en "Hijos de nuestra Tierra - Felipe Lettersten)

Supe de él como un personaje de fábula. La mirada solemne y de respeto con que Héctor nos habló de su existencia, hacía vagabundear mi imaginación. Ficticio o real, supe desde esa vez que debía conocerlo. Era Tarzán, anciano líder de los Amarakaeri. Nadie sabía quién ni cómo le había puesto el sobrenombre, pero la razón de la misma era evidente. Sin dudar, los primeros visitantes de estas tierras, allá por los años 50 se sorprendían al ver a ese jóven alto y musculoso, conocedor en exceso de los secretos de la jungla. Héctor nos guía a su choza y se adelanta para anunciarles de nuestra visita, a la comunidad y en particular a él. Hace un par de años un famoso escultor peruano (Lettersten) ha estado de visita y les ha hecho moldes a muchos en la comunidad que han devenido en esculturas que hasta hoy se exhiben en Lima.

Tarzán fue el favorito del artista. Nos detenemos con cautela a algunos metros de donde murmuran frases inintelegibles a nuestros oídos profanos. Sus bocas emiten sonidos guturales bien articulados; es la lengua Harambuk, una de las principales familias linguísticas de los indígenas de Madre de Dios. Aparentemente decide recibirnos y se nos acerca portentoso ante nuestra esmirriada humanidad. Nos había contado Héctor que Tarzán “se fuma” para mantener erguido sus músculos. Mientras habla, Héctor va traduciendo con fluidez lo que nos dice. Nos da la bienvenida. Nos estaba esperando. Ya sabía que habíamos venido a la comunidad. Héctor nos mira impaciente y nos alienta a decirle algo “a él le gusta que le hablen”. En verdad, él juega con nosotros, conciente del efecto que tiene su personalidad y su soberbio conocimiento de la selva, de sus espíritus, de los malos y de los buenos. Todos en la comunidad “saben” que él es un espíritu más de la selva, que su forma humana es transitoria e intercambiable en las noches, a su antojo. - Así es - asiente con seguridad Héctor – él, en muchas noches toma la forma de algún animal y sale a caminar hasta lo más profundo. Allí conversa con los espíritus, sobre el pasado de su comunidad y de la selva, y sobre el futuro de su gente, le han dicho incluso cuándo los dejará y se unirá a ellos por siempre. Pero, Tarzán, no nos quiere hablar sobre ello, sólo bromea, sobre el tiempo que le han dado, cuatro días, cuatro meses, cuatro años. Yo pienso que han sido cuatro centurias.

Aunque no se las formulé, muchas preguntas que tenía para Tarzán se quedaron en mi cabeza. ¿Es verdad que hablas con los espíritus? ¿Has hecho algún trato con ellos? ¿Qué piensan de tí, de tu comunidad y de toda la gente extraña que ha empezado a tomar por asalto a la selva, sus animales y a su gente?¿Quiénes hablan con esos espíritus, sólo tú, o los demás ancianos que vimos en las cabañas también? ¿Existe un Espíritu de la Selva? ¿es malo? ¿Qué es la maldad? ¿Qué piensas tú de lo que ocurre actualmente, de tu gente, de Héctor? ¿Tus niños deben ser como Héctor?......dime Tarzán. ¿Qué será de tu gente, de tu comunidad, de tus danzas, de los cazadores, de la caza...? ¿Qué pasará cuando mueras? ¿Quién conducirá espiritualmente a tu pueblo?.

Tarzán es el líder tradicional de esta comunidad, existe una junta directiva, existe un Presidente de la Comunidad, existe una pequeña red de poder. El líder tradicional, no sabe leer la escritura, ni escribir con tinta. Pero lee y escribe en la mente de los nuevos como Héctor.
-Tú sabes de mí, tu sabes de nosotros -me dice-, me agarra la cara y me mira inquisitivo con sus ojos pequeños, y los desvía hacia el fondo de la choza, donde mora solo, sin mujeres, sin hijos. En realidad, todos allí son sus hijos. Sólo atino a pensar -Volveré Tarzán- volveré algún día, y quizás ya no te encuentre, pero espero que sí las respuestas a muchas preguntas que aún hasta hoy, y seguro en muchos años, estará correteándome, jugueteando con mi limitada capacidad de respuesta.

-Gracias, gracias por preocuparte por nosotros- dice Tarzán, mientras camina

Y a mi me queda la incertidumbre de por qué exactamente dijo eso.

La noche en Inambarillo es como lo esperaba. Felicho y una de las enfermeras regresan, blandiendo entusiastas, seis botellas pequeñas de cerveza. No están muy frías pero eso no importa. La conversación gira en torno al trabajo de ellos, lo solos que pueden sentirse en ese trabajo, Puerto Maldonado realmente les hace mucha falta. La enfermerita que vino con nosotros de Amarakaeri está muy rosadita se sonríe más que antes y sus ojos brillan en respuesta a las estrellas de la noche de Inambarillo. Las horas pasan y han aparecido más cervezas. Sebastián decide ir a acostarse, la velada está muy divertida. Sobre la hierba húmeda por el sereno improvisamos una pista de baile, la enfermerita se pega profundamente cuando baila. Trae puesto un polo blanco ajustado por la presión de sus partes, las principales, las que entran en contacto cuando bailamos son dos grandes frutas maduras, listas y deseosas de ser cogidas. Para mi sorpresa, Frank, usualmente recatado y poco audaz, haciendo gala de una osadía nunca transparentada, ha hecho los mayores avances. Fue allí cuando supe que la noche con la enfermerita ansiosa de Inambarillo nunca sería mía.

Antes de partir de Inambarillo, salimos de pesca al lago. Un dirigente de la comunidad nos presta la red y salimos con algunos niños, expertos pescadores, a darle una vuelta al lago con nuestro deslizador. En menos de media hora estamos de vuelta con un buen número de carachamas, doncellas, boquichicos y yawarachas que una de las señoras nos prepara para el desayuno. Luego, partimos. No permanecimos mucho tiempo en Inambarillo pero cierta nostalgia ya nos invade. La casa donde nos prepararon el desayuno y la adyacente está plagada de niños. Nos miran con curiosidad y con una curiosidad adicional a Sebastián, quien es el “gringo” del grupo. Conocemos a Bastonín, pequeño rapaz de ojos redondos y serenidad senil. En ningún momento demuestra la gran curiosidad que siente por nosotros y espera pacientemente a que nos acerquemos a él, cosa que hacemos manipulados totalmente por tamaña personalidad.

-Vamos- dice Héctor. Nuestra visita a Inambarillo ha terminado.

sábado, septiembre 22, 2007

Crónica de viaje a Madre de Dios en 1997 (Sección II)

Me habían dicho que Puerto ya no es la ciudad de antes. Por una pista asfaltada nos dirigimos en un “motokar” hacia ella. La primera impresión, después de que el sopor nos ha tomado por asalto, es la de nostalgia. Las casitas desparramadas a lo largo de la pista, son las mismas y sólo ha cambiado las consignas y pintas que adornan sus fachadas. Aquí como en cualquier ciudad del Perú, las paredes de las casas son el mejor lugar para promocionar candidatos a cualquier cosa. Ya estamos entrando a la avenida Dos de Mayo, que nos guiará hasta la parte céntrica de esta pequeña pero inquieta ciudad. Según el último censo, Puerto Maldonado cuenta con 45 mil habitantes

La avenida Dos de Mayo está llena de motos que van y vienen por sus dos carriles, la mayoría de los conductores llevan gorros por lo que deduzco son mototaxistas. Avanzamos algunas cuadras y caigo en la certidumbre de que las calles están llenas de ellos. Los veo por todos lados van y vienen por las arterias, troncos erguidos, manejando con la rigidez del que recién aprendió a conducir una motocicleta.

Llegamos a mi casa, en la calle González Prada, tiene el aspecto de la antigüedad. De hecho, la primera y segunda cuadra de la González Prada, junto con las calles colindantes con la plaza de Armas son las más antiguas de esta joven ciudad. Hubo un tiempo en que todos se conocían, las calles no eran tales y más bien estrechos senderos, que comunicaban a las familias. Maldonado era una ciudad lejana, fundada como puerto de tránsito para los legendarios caucheros que recorrieron todos los ríos en sus grandes lanchas, sembrando “fundos”, esclavizando indios en una de las actividades extractivas que repitió, sin duda, la experiencia de la conquista española 400 años atrás. Los primeros habitantes fueron los desempleados de los Barones del Caucho, aventureros, llegados en su mayoría de Iquitos y Arequipa, pero también habían Bolivianos y Brasileños, países donde la extracción del látex marcó parte de su historia.

Pero hoy, Maldonado ya no es ese ¿recuerdo? bucólico, es un pequeño engendro comercial a la vez que centro administrativo del departamento. Las calles bullentes, reflejan una nueva dinámica marcada básicamente por un sólido contingente de nuevos migrantes; esta vez, mayormente puneños, apurimeños y cusqueños. Los primeros de ellos ya tienen precedentes en la historia del departamento, son hábiles comerciantes, vendedores de productos de alta rotación y elevado margen, tras largos años de vida austera solían regresar a su tierra por algunos días. Según dicen, allá gastaban en una fiesta patronal (que abundan en la sierra) lo que acá ganaban en un año, ostentando riquezas de fantasía, proveniente de un reyno en donde el oro aún brillaba sobre el fondo de las quebradas. El otrora poderoso Mayorga, es uno de estos personajes de fábula. Hacia comienzos de la década del 30 surcaba el Madre de Dios, hacia la desembocadura del Inambari donde río arriba, se encontraban desperdigados, los campamentos de aventureros, nuevos migrante o hijos de la migración cauchera, todos extractores artesanales de oro. En esos tiempos, las aguas cristalinas y las raíces del “oreja de elefante” ocultaban, “charpas” de oro, pepitas del metal en un nivel elevado de pureza. Como las distancias en tiempo eran enormes, los hombres se trasladaban allá con mujeres e hijos, se asentaban a la orilla de los ríos, construían sus cabañas y, mientras las mujeres cuidaban de los hijos y de pequeñas chacras, ellos extraían el metal, preferentemente en las playas de arenas oscuras, donde el oro andaba desparramado, oculto en las finas partículas de la grava aurífera.

El Sr. Mayorga, subía mensualmente, con una lancha atiborrada de víveres, yendo de puerto en puerto, visitando cabañas e intercambiando su preciada mercancía por las latitas o botellas, repletas de pepitas y arenilla de oro. La vida entonces, repetía el ciclo del ir y venir de Mayorga.

Hoy es 27 de julio de 1997 y desde ayer hay fiesta en esta ciudad. Mañana es el aniversario patrio, las casas lucen embanderadas y un halo de peruanidad se respira en las calles. Cuando niño, la emoción del regalo, de la ropa nueva y los juegos de ferias itinerantes, con sus carpas multicolores que invadían la plaza de armas eran la motivación. De adolescente, la oportunidad de ver a las niñas, caminando coquetas, muchas vueltas alrededor de la plaza y entre la multitud de la feria, mirándonos sin mirar. Tenían más permiso y se podían quedar en la plaza hasta más de las 8 de la noche. Qué angustia entonces, verlas venir en sentido contrario, por la misma acera.

Al llegar a casa, nos ponemos “cortos”, como decía mi papá, Frank ha sido capturado por su familia (su madre es natural de esta tierra) y sólo sobrevive conmigo Sebastián, compañero de trabajo, peruano-argentino e impenetrable personaje, aventurero por elección que mantuvo imperturbable su propósito de venir a estas tierras. Es mi deseo que su estancia cubra sus más insondables expectativas (tiempo después sabría que eso y más había ocurrido).

Héctor es el nombre de un amigo y compañero de estudios en el Billingurst. Es un tipo alto y corpulento, a veces tan bonachón, a veces tan desconfiado. Fue arrancado de su comunidad Amarkaeri desde los 14 años y llevado a culminar sus estudios secundarios en Puerto, como parte de un proyecto de alguna ONG. Sufrió como muchos la segregación racial y cultural, esa vieja infección que marca las relaciones sociales en el Perú. Su pertinacia e inteligencia, lo llevarían luego a Lima, donde como estudiante de Sociología en la Universidad San Marcos, mantuvo siempre el contacto conmigo. Por suerte, pude ubicarlo antes de viajar, incluso hoy llegamos juntos a Puerto, tanto Frank como Sebastián están al tanto de él y ya planificamos una visita a su comunidad.

domingo, septiembre 16, 2007

Crónica de Viaje a Madre de Dios en 1997 (Seccion I)

Esta es una crónica escrita en 1997, sobre un viaje que con dos amigos de Lima hicimos a Puerto Maldonado, Brasileia-Cobija y Rio Branco. Es un poco larga, asi que la colgaré en partes, semanalmente. En algunos momentos se mencionan personas de la vida real, pero algunas circunstancias y hechos (los de tipo "históricos") que se señalan, no se ajustan, necesariamente, en 100% a la realidad. Al menos no podría probarlo.


26/07/97: 5:30a.m.
El vuelo hacia Puerto Maldonado hace escala en Cusco y sale repleto desde la ciudad de Lima. No existe mayor algarabía en los viajeros y más bien se percibe una tenue pasividad en los rostros colorados de los turistas extranjeros. Como es temporada de fiestas, la demanda de pasajes hacia la ciudad del Cusco es elevadísima, las agencias vendedoras de pasajes han elevado sus precios y un oscuro tráfico de cupos se impone en la venta de boletos con ese destino. Alertados por esto, acordamos aguardar desde muy temprano el chequeo de los boletos. Sin duda, después de haber planeado este viaje durante tanto tiempo, sería tonto perder más de un día por no tomar esta simple precaución.

Mientras volamos se observa los graduales cambios en la geografía peruana. Ascendemos desde una costa árida de color crema que se va tornando marrón conforme avanzamos con dirección a la cordillera. Los contrafuertes andinos parecen guardianes de infinitos secretos. Estamos ya sobre las partes mas altas y el rumbo este-oeste inicial de los ríos y quebradas se torna incierto. Sólo unos minutos después nos percatamos de que el nuevo rumbo de las quebradas es oeste-este. Sin duda estamos ya en la vertiente oriental de los andes. Es aquí donde nacen los grandes ríos que le dan su razón de ser a la selva amazónica. Por momentos los delgados hilos parecen desaparecer engullidos por los cerros, pero no es así, estas delgadas corrientes de agua han desafiado y vencido la resistencia de las grandes montañas formando cañones de insospechada profundidad a lo largo de la columna vertebral de América del Sur.

Empezamos a descender y no puedo evitar una sensación de escalofrío. Pese a haber hecho esta ruta muchas veces, el temor que significa el aterrizaje en el aeropuerto de Cusco siempre está presente. Con el descenso, las montañas empiezan a cobrar nuevas formas. La visión de alfombra arrugada que tenía inicialmente va cediendo a la de gigantescos guardianes. Mientras el avión toma la posición adecuada, eludiendo a los guardianes, estos parecen contemplarnos con escaso interés.

El vuelo y el aterrizaje en Cusco ha sido normal y la mayoría de los pasajeros descienden allí. Pensé que el vuelo hacia Puerto Maldonado estaría menos repleto pero no. Un tropel de entusiastas turistas invaden los pasillos del Boeing 727 con destino hacia una de las últimas áreas del planeta con selvas vírgenes.

Por momentos observo los rostros de mis compañeros, tratando de comprobar con satisfacción lo sorprendido que están con el inmenso manto verde. Para mi decepción, sus rostros, hace mucho que están imperturbables. Parece que conocieran desde siempre esta visión de la selva. El horizonte se presenta infinito y no me cuesta mucho imaginar cuanta vida discurre en la superficie. Se me ocurre que los millares de ojillos de allí abajo están ya acostumbrados con el vuelo del avión.

La Amazonía es un gran llano que ofrece tranquilidad al cielo, conforme nuestro avión desciende, las copas de los árboles se muestran voluptuosas. Miles de recuerdos se agolpan en mi mente, de la niñez, de la infancia. Ahí anduve, correteando descalzo en las cochas, persiguiendo a las unchalas, soportando las dormilonas. La selva era entonces, una compañera tan pródiga como protectora. Fueron innumerables las veces que enfrentamos sus riesgos, en las cochas y en el río. Fugazmente soy ya adolescente, y los recuerdos que irrumpen sin preguntar…los amigos, las muchachas, el ambiente distendido el, aroma de fiesta interminable, las calles polvorientas del verano, la esquina de Gonzales Prada y Arequipa. No había tenido muchas noticias de mis amigos de la promo, del barrio, ni de las chicas en mucho tiempo.

Un golpe seco como el frenazo imprevisto de un auto, me despierta del ensueño. Acabamos de posarnos sobre la amplia pista del aeropuerto de Puerto Maldonado. Ya me imagino los rostros abigarrados de las personas sobre el cerco que protege la rampa principal. ¡Por ahí andará alguno de mis hermanos!.

La estación del aeropuerto fue recientemente inaugurada y presenta un aspecto de modernidad que contrasta con la densa floresta de sus alrededores. Los techos son altos y en la entrada hay un pasillo artificial formado por algunas enfermeras, una de ellas muy robusta que a empellones nos lleva a “pasar vacuna”. Las selvas cálidas y húmedas esconden cantidades de infecciones y fiebres. Los portadores de las tragedias son los frágiles zancudos que como una amenaza gris se cernirán sobre nuestras cabezas. No creo que hagan distinción entre forasteros y lugareños. Yo no paso vacuna pues de entre mis documentos extraje una tarjeta de vacunación, válida para diez años. Se la muestro a la robusta y con una mueca de frustración me suelta el brazo.

En la entrada principal hay una pequeña multitud, de taxistas, guías de turistas y algunos despistados. Logro reconocer algunos rostros, todos bronceados por la intensidad del sol. Salimos con nuestro equipaje y un avalancha de rostros cetrinos, no del tipo amazónico, nos ofrece raudamente sus servicios ¡taxi! ¡taxi!. Nuestra inicial desconfianza desaparece cuando comprobamos que la tarifa hasta Puerto (distante a 7 kilómetros del aeropuerto) son, según mi hermano, las adecuadas.

sábado, junio 16, 2007

En visita corta a Tokyo

Una noche en La Boom, la Discoteca de Marco “Muleta”
La Boom es la discoteca que nuestro querido amigo Marco Del Aguila o “Muleta” para los que lo conocen de mucho atrás (al centro en la foto). Está ubicada en la zona de mayor actividad nocturna de Fussa y conjuntamente con el Bar “Hang Out” conforman las puntas de lanza de su arremetida empresarial. Llegado a esas tierras a principios de los 90s, casado casi recién bajado del avión con Naoko, dulce y super amable japonesa, Marco tuvo un acelerado proceso de adaptación al ritmo de vida de este lejano país y al idioma. Pero, sobre todo, a las escasas, pero existentes, ventanas de oportunidad para escapar de una vida interminable de asalariado y jornalero y ponerse en el camino de pequeño capitalista.

Fussa, es una pequeña ciudad al oeste del centro de Tokyo-Japón, con no más de 70 mil habitantes y una densidad poblacional entre las más altas de país (6 mil habitantes por Km2 ) alberga una importante comunidad de extranjeros, mayormente filipinos, brasileños y peruanos. Cada fin de semana, estos salen en estampida en busca de oxígeno, huyendo del justificado estrés de la exigencia y productividad japonesa. Y mayormente, acuden a La Boom. La noche empieza muy tarde el sábado y el día hace lo propio el domingo. “Así es siempre” me dice Daguer, también paisano madrediosense, “la discoteca se llena recién a las 2 am, pero la gente no para de bailar hasta por lo menos las 8 am”. “A veces incluso tengo que apagar la música para que se vayan” enfatiza Marco. Efectivamente, la noche empezó tarde y parecía que nunca terminaba, por que sólo traspasando la puerta podía uno reconocer que el sol del oriente estaba ya en la mitad de la mañana.

El desenfado y desenfreno son la norma en la disco. No puedo imaginarme a estos mismos muchachos, y otros no tan muchachos, con este mismo ímpetu en sus países de orígenes. Se me ocurre, que en éstos, a excepción de los gringos, serían más recatados y cautelosos para la danza pegajosa y sensual, para el contacto fruitivo y directo de un reggaeton o de un hip hop. Quizás sí, pero no dejo de pensar que no sólo han venido muy lejos para desplegar toda su capacidad para producir en el engranaje de la economía, si no, para desinhibir de una vez por todas y sin testigos, por que todos aquí son lo mismo, la energía arrebatadora de la pasión y el éxtasis de los sentidos. Esa noche sí hubo un testigo de la algaraza hecha posible por Marco y por La Boom. Pero, en realidad, no es necesario entrar en mayores detalles.

Curiosidades japonesas
Es curioso, pero en el país de la modernidad absoluta, aún muchísima gente defeca en cuclillas. ¿Paradoja? No. En muchos lugares públicos, incluyendo Centros Comerciales, Zonas Turísticas, entre otros, los inodoros, no son necesariamente las típicas tazas, sino más bien el ancestral agujero en el suelo, con conexión de desagüe, evidentemente. Eso sí, con su toque de sofisticación elemental en el material y acabados mínimos exigibles por el ciudadano globalizado. La única explicación de este fenómeno, me la dio Chileko (Jorge Fernandez Fukumoto), excelente amigo madrediosense y anfitrión radicado en Japón por más de quince años: “Los japoneses son muy pulcros y muchos todavía consideran que sentarse en una taza en la que alguien más se pudo haber sentado, es antihigiénico”. No por esto se puede generalizar. En realidad, en la mayoría de hogares y en los hoteles, se usa el típico excusado, con la sutil diferencia de su sello japonés: ¡son electrónicos!

Los inodoros electrónicos integran las funciones convencionales de la taza y la del bidet, con agregados claves: la temperatura de la taza está regulada para no incomodar al urgido usuario (está siempre calientita) y los controles electrónicos adosados a un brazuelo al costado derecho de la taza, proveen chorros tibios y regulados de agua en las partes más intimas y sensibles del cuerpo humano. Esta exquisitez es aun privilegio de este país, y pese a los esfuerzos de TOTO, la principal empresa productora y distribuidora, aún no logra penetrar en medidas razonables, ni en el mercado americano ni en el Europeo, y es ocioso decirlo, muchísimo menos en el sudamericano.

Es difícil aprehender la vida en Japón con tan solo una semana de permanencia. Sin embargo, sí se puede percibir el estrés de la gente. De los propios japoneses y por cierto de los inmigrantes peruanos. Las jornadas laborales en Tokyo, ya sea en las oficinas administrativas privadas y en las gubernamentales son interminables. El contacto por correo con un ex compañero japonés de la maestría, se dio, por parte suya, muy tarde por las noches y algunas veces en madrugadas de insomnio en sus oficinas del Ministerio de Hacienda Japonés. Los inmigrantes peruanos, tienen jornadas agotadoras de más de ocho horas diarias, y la mayoría de ellos, aprovecha sus espacios libres, entre turnos y en fines de semana, para hacer “arbaito” o “arubaito”, palabra derivada del alemán “arbeiten”. El arbaito es una modalidad de trabajo temporal (por horas) en firmas que requieren de jornadas extras de producción, por crecimiento impredecible de las demandas de sus productos, o por escasez de mano de obra permanente.

Con la complicidad de Marco, Contratista formalmente reconocido, pugnaz empresario y por supuesto, entrañable amigo madrediosense que me acogió en la calidez de su hogar, pude acceder a dos factorías en calidad de visitante curioso, con la excusa de ser “periodista de Perú”. En una de ellas se fabricaba compartimentos de cocinas de avión (en verdad nunca entendí muy bien esto) y en otra, comidas precocidas. Desafortunadamente no fue mucho el tiempo que pude permanecer, pero mi primera impresión era todos no hacían más que trabajar en el trabajo. Con este trabalenguas, lo que quiero decir es que, al parecer, todos los operarios están siempre muy concentrados en lo que hacen, no se distraen, apenas sí se miran y menos bromean durante las horas de trabajo, a pesar de su juventud y cercanía física. Esto fue casi confirmado por una señora de Lima, la única alegre que conocí, que hacía arbaito en la fábrica de alimentos precocidos…

Quizás no sea tristeza, la palabra que refleje el sentimiento del migrante peruano en Japón. Pero, tengo que arriesgar una opinión por que tal percepción fue repetitiva en mis varios encuentros con nuestros esforzados compatriotas. Quizás sea nostalgia, desazón o incertidumbre por que lo que pensaron temporal viró en interminable. Quién sabe. Lo que sí es incuestionablemente cierto es que allá son capaces de producir en ingresos hasta más de diez veces lo que podrían haber hecho en similar período en el Perú. Y eso es suficiente justificación.

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miércoles, mayo 16, 2007

Cincuenta Aniversario del Glorioso CNB de Puerto Maldonado


Mucho tiempo ha pasado desde el último año de Colegio. Mucho más ha pasado, sin embargo, desde que el mío fuera creado. Cincuenta años en realidad, el pasado 23 de abril. Hice la secundaria en el Colegio Nacional Guillermo Billinghurst (Puerto Maldonado-Madre de Dios), a mediados de los 80s. “El glorioso” era una institución respetable aún, y sus aulas, aunque, en su mayoría, ya desvencijadas por la falta de mantenimiento, nos acogían con calidez casi humana.

Hacia principios de 1987 recién se había terminado de construir el pabellón cerca de una de las esquinas de la cancha de fútbol, frente al Hospital y las paredes del cerco de bloquetas a espaldas de los arcos aún tenían los agujeros, a manera de escalera, heredados para nuestras salidas a hurtadillas del colegio. Sí, por que más de una vez, sobre todo en quinto año, huimos por esos escalones para tomar unas cervezas en el pequeño bar del frente, regentado por unas señoritas guapas y muy amables y por cierto, reconocidas por ello en la pequeña ciudad. Salir a tomar unas cervezas, siendo tan joven, implicaba sus riesgos, y no nos importaba correrlos. Cuando eres adolescente, el desafío a lo establecido y el quebrantamiento de algunas normas, son casi como un estandarte.

El transcurso de cinco años atestiguó incontables historias y anécdotas. Algunas indecibles, otras vergonzosas y afortunadamente, varias que nos llenan de orgullo, como aquella vez, en quinto, cuando lideramos la recuperación del Gallardete Escolar en aquel memorable desfile de Fiestas Patrias frente al centenario árbol de mango en la plaza de Armas. Las enseñanzas fueron, a decir verdad, más una promesa que una realidad. De hecho, la crisis de la educación peruana, en general, y la del CNB en particular, empezó a arreciar justo en mis tiempos. Era el inicio de la hiperinflación y de la consolidación de la pauperización de los servicios públicos, particularmente el de la Educación. El principal factor es, qué duda cabe, la debacle de la economía y de la remuneración docente, corroída hasta hacerse nada, por la imparable inflación a fines de los 80s.

En este escenario, la capacidad del Profe para retroalimentar sus capacidades eran muy limitadas y no existían incentivos para un mejor desempeño. No obstante, eso no era la regla y existieron casos de docentes que, atestiguada por mi propia experiencia, probaron que pese a las restricciones era posible ser un buen maestro. Contradictoriamente, a muchos de estos buenos profesores, la institucionalidad los sedujo con la ilusión de una carrera administrativa, lejos de la tiza y pizarra.

Recuerdo mucho al profesor Felipe Ayma, de Historia del Perú, bastante exigente y creativo en sus enseñanzas. Nos hacía aprender haciendo las artes de los antiguos peruanos. Cierto, como parte del curso teníamos que moldear con nuestras propias manos, los huacos de las diferentes culturas pre-incas, replicando sus características cromáticas y morfológicas. Yo hice Chavín, y nunca olvidé que su cerámica era principalmente monocromática y usaba gollete-estribo y que florecieron en el nacimiento de nuestras civilizaciones prehispánicas. Este buen formador en aula, fue promovido a la Dirección Regional de Educación, integrándose al duro engranaje de la burocracia. Muchas generaciones posteriores a la mía, se perdieron de la formación cultural e histórica que pudo haberles dado este maestro.

Otro caso, fue el del profesor Puclla, de Matemáticas de mechón ondulante, respetuoso y exigente. Estoy seguro, que la mayoría de mis compañeros del 5to “A”, todavía recuerdan las ecuaciones de primer y segundo grado, los sistemas de ecuaciones, etc. Por que este profesor, se encargó de que así fuera. Su método de enseñanza en aula era la tradicional discursiva, pero él supo agregarle una poderosa: el diálogo y la competencia. ¿Cómo?. Nos hizo formar grupos solidarios para la resolución de paquetes de problemas matemáticos y luego en clase, los grupos, que debían tener un nombre desafiante, competían para ver quiénes eran los mejores. Y nadie quería ser el peor. De este modo, supo mantenernos ocupados, pero sobre todo, motivados fuera de las horas de clase. Aun recuerdo las interminables reuniones que mi grupo tenía en la casa de Efraín Pinedo, allá por la Catedral de Santa Cruz, discutiendo y analizando la resolución de esos problemas, para poder ser los mejores. No se qué es lo que luego hizo este excelente docente, pero no me sorprendería que también haya sido “promovido” a cargos administrativos, lejos de las aulas y del contacto con los alumnos. Hecho contradictorio, puesto que es allí, precisamente donde los mejores maestros (y deberían ser también los mejores pagados) debieran estar.

El aniversario del Colegio

El aniversario del Colegio ha sido, por variadas razones, siempre la fecha más esperada. Entre el primero y segundo año lo era por la magia del paseo de Antorchas y la fantasía de una noche larga alborotando, a nuestro paso, las calles del antiguo Puerto Maldonado. Para los de tercero, cuarto y quinto año, la mayor fuente de excitación era la fiesta de aniversario que se celebraba en la canchita de fulbito del colegio, con la orquesta de los Fenders. Los de tercero, muchas veces inauguraban allí su vida nocturna. Yo aún recuerdo mi primera fiesta. Me veo, en retrospectiva, emocionado y abrumado por lo inesperado de, explorando por fuera y por dentro de la muchedumbre la presencia de los camaradas y de las chicas. A esa edad, no ingieres licor, pero no lo necesitas, por que la embriaguez es inevitable en el ambiente que se generaba en nuestro colegio, una noche cada año.

lunes, abril 23, 2007

De viaje a Vietnam


Recientemente tuve la ocasión de salir por primera vez fuera del continente americano. Fue un extenuante viaje al Asia. Específicamente a Hanoi, la capital de Vietnam, con tres escalas, dos de ellas en los Estados Unidos. Acumulé un total de 54 horas de vuelo, entre ida y venida. Es decir 2.25 días metido en aviones, a merced del viento y sólo aliviado por la placentera comida y atención de las aeromozas asiáticas, particularmente las coreanas: tan amables como hermosas. No obstante, ahora que lo pienso, tomando en cuenta las horas de espera en los aeropuertos, en realidad fueron 102 horas en total, es decir ¡¡4.25 días viajando!!. Mis amigos que viajan semanas por los ríos del Madre de Dios, pensarán que esto es insignificante. Quizás sí lo sea.

Los aeropuertos, a decir verdad, son casi todos iguales en concepción (¡cómo podrían ser diferentes!) y en estructura, por lo que la única diferencia entre el de Lima y los demás es la dimensión. El nuestro es todavía uno de provincia en la escala mundial. Sin embargo, el de Seúl amerita unas líneas. Una amiga coreana de la maestría suele decir que su aeropuerto le hace sentir orgullosa de ser coreana. Es bello en arquitectura, confortable en distribución de servicios.

Un compañero de viaje chino, con el que tuve que compartir habitación en el Hotel del aeropuerto de Seúl por demora en el vuelo hacia Hanoi, me confesó que los asiáticos contratan en todos los servicios en los que llegan extranjeros, a jóvenes apuestos y esbeltos….y mayormente mujeres. Fue una buena teoría que explicaba por qué el aeropuerto de Seúl estaba lleno de esas coreanitas delgadas, con la sonrisa en los labios, pulcramente vestidas en un lugar, en el que la pulcritud era una regla de coexistencia. Esa regla no escrita del mercado laboral me hizo pensar en la absurda sensatez de lo que una vez leí de un país de oriente medio. En éste, se había dictado una Ley para que el Estado contrate, preferentemente, a mujeres poco agraciadas, “por que las bonitas tenían el futuro asegurado, ya sea por la alta posibilidad de conseguir un marido rico que las proteja, o por acceso a empleos con mayor facilidad en el sector privado”. Afortunadamente, por el impresionante éxito económico de Corea (del Sur, obviamente) este tipo de leyes raras posiblemente no sean necesarias.

Vietnam
Vietnam, es un país comunista. O al menos dice que lo es A partir del año 1986 empezó a mutar, imitando la experiencia China, introduciendo una política orientada hacia el mercado, logrando entre 1990 y 1997 un crecimiento impresionante de 8% anual. A inicios del nuevo siglo, el país ha seguido la misma ruta, profundizado sus reformas, suscribiendo incluso un tratado de comercio con los Estados Unidos. Entre los años 2000 y 2004 la economía creció aproximadamente 7% anual. Este excepcional desempeño y el impulso dado a sus políticas de gobierno, han permitido a este aún pobre país, reducir dramáticamente sus niveles de pobreza a menos del 25%, habiendo incluso ya cumplido con creces el Objetivo del Milenio número uno de reducir a la mitad su pobreza en el año 2015. Esta dinámica uno lo puede ver en las calles y en los rostros jóvenes, así como en la casi inexistente mendicidad. Diariamente recibía en la puerta de mi habitación una publicación en inglés, en la que las noticias diarias, eran inversiones y más inversiones para ese país. Un caso impresionante para nuestros estándares, por el tipo de inversión, fue el anuncio de INTEL de invertir US$1,000 millones en productos de alta tecnología. Quizás si algún día regrese, encontraré otro paisaje en Hanoi y mucha de su aún tradicional urbe haya sido reemplazada por eso que hoy llamamos modernidad, pero que no es más que una cara del Desarrollo.
Hanoi
En Hanoi, la capital de Vietnam, no encuentras viejos, tampoco gordos. Es una ciudad antigua con una población que rejuvenece. Al menos es lo que uno puede observar en las calles, donde miles de “motorbikes” son las piernas de los jóvenes que han invadido todos los espacios, públicos y privados de esta ya densa ciudad. Las aceras, sin embargo, no son transitadas. La razón es muy simple. Si casi todos van en moto, luego, por qué tendrían que caminar por las aceras?. En un diario local leí que sólo en Hanoi hay tres motos por cada hogar, y que esta cifra ha sido resultado principalmente de los últimos cinco años de un crecimiento imparable de la economía vietnamita.

La vida nocturna en Hanoi para los extranjeros, aparentemente, no es muy nutrida. De hecho, por el régimen “Comunista” aun subsisten muchas restricciones, herederas de una visión menos cínica de la vida. Por suerte mis colegas chilenos, habían realizado ya una exploración de la ciudad y descubrieron que habían bares tipo pubs a los que los extranjeros podían asistir a tomarse unos tragos y presenciar shows musicales y bailables. Como el Estado trata de estar omnipresente la seguridad del local al que fuimos era prestada por la guardia nacional. Nuevamente, los agentes eran jóvenes de no más de 25 años, todos uniformados con el mismo uniforme verde oscuro que vi por primera vez en el aeropuerto de Hanoi. El pub cerraba, como todos estos tipos de locales, a las 12 de la medianoche. Un vietnamita nos contó luego, que esta seguridad no es gratuita, lo que de hecho lo convierte en un bien privado, prestado por el Estado, cosa curiosa.

Dentro del pub, era claro que casi todos los parroquianos eran extranjeros, mayormente chinos y coreanos, algunos europeos. Nosotros (chilenos y peruano) éramos lo más extraño, probablemente. Una vez fuera, caminar por las calles de Hanoi de noche, nos tenía aguardando una sorpresa. Acostumbrado como estoy a Lima y su inseguridad, no dejaba de sentirme inquieto al caminar por esas calles poco transitadas, por la hora, con árboles grandes a los costados, que hacían mayor penumbra. La sorpresa fue la aparición de tres motorbikes manejadas por mujeres que nos decían compitiendo entre ellas “Mr…. Masash” “Mr…. Masash”, luego caí en cuenta que querían decir “masaje” que en inglés se dice massage y se pronuncia algo así como “masash”. Eran cazadoras ambulantes de clientes de sesiones de sexo camufladas de masajes. Posteriormente aprendimos, que la prostitución en Hanoi, era un negocio ampliamente extendido, pero ilegal, ejercido en salones de belleza, salas de masaje y cualquier cuarto o antro que se preste para ello...

sábado, enero 27, 2007

Puerto Maldonado: los nuevos “sitios”

Hace un tiempo escribí esta crónica. Luego de repetir el circuito en enero de 2007, pienso que es válida a pesar de los años transcurridos.

¿Cuando empezó la colonización? No se. Lo único cierto es que están ya allí, en pequeñas casitas desparramadas a través de cuatro manzanas en una de las nuevas áreas urbanas de Puerto. Hace muchos años cuando la ciudad apenas llegaba hasta Santa Cruz (había viviendas dispersas, claro pero no eran parte de la unidad) ellas ofrecían sus caricias en tres barracas distintas, ocultas por la maleza en el camino a la Joya colindantes con la Av. Madre de Dios. En esos tiempos había una mujer legendaria cuyo nombre nunca supe pero que nuestro pueblo conocía como la Tía Mocha. Decir su sobrenombre era como invocar al diablo, y lo decíamos, culposa y silenciosamente muy lejos de los oídos adultos.

Ella era quien organizaba y dirigía, (en nuestro imaginario por que, en lo que a mi respecta, no había certeza de ello) todo el comercio de las chicas de la “vida alegre”. No era usual encontrarse con ella en las calles y era más bien discreta. Si ocurría, la mayoría evitaba un encuentro frontal, mirándola de soslayo, murmurando sin hablar, haciendo juicios de valor inconcientes sobre la profesión de esta matrona. Era una enorme mujer negra, de ancas de yegua y voz tremebunda que hacía temblar hasta a los estibadores. Nunca supe de donde vino ni por qué, y menos qué es de su vida, hoy.

Algunos decían que tenía un marido. Que este, paradójicamente, era un tipo escuálido pero intrépido, encargado de las necesidades domesticas y del bajo vientre de su dueña, y, por supuesto de los requerimientos logísticos de los sendos locales en los que las mariposas reclutadas en Lima y muchos otros lugares del país, ofrecían su calor a los parroquianos de la pequeña comarca. Muchos de los cuales, ciertamente, se conocían con nombre y apellido.

A diferencia de esos tiempos en que todo el pueblo la conocía o reconocía, hoy en día, solo los que acuden con frecuencia al enorme vecindario, por placer esporádico o por vicio incurable por el sexo pagado, conocen a los equivalentes modernos de la mítica tía Mocha. A diferencia de esos tiempos, en que esa organización, parecía un servicio que redituaba utilidades, hoy parece un negocio burdo, que funge de servicio en zonas de alta inseguridad.

Estos lugares, al tiempo que han desaparecido los de la Tía Mocha, se han multiplicado conjuntamente con las áreas urbanas de Puerto. En un tour nocturno (enero de 2001), solo en dos manzanas pude contar hasta doce pequeños "bares" impresentables de medias luces o de luces rojas efectivas (no el iluso papel celofán) con doncellas de alguna vez, semidesnudas y agazapadas entre parroquianos que mueren por tocarlas. De uno de ellos alguien grito PACHALAA!!, reconociendo a mi hermano que, al timón de su motito roja, como en cada visita a nuestro querido Puerto, fungía de “guía turístico". En realidad, luego de muchos años, uno lo necesita para llegar sin contratiempos, por curiosidad, vicio o placer a insospechados lugares como estos de los nuevos "sitios". No exagero.

martes, enero 09, 2007

Lo que Lima es

Luego de muchos años en esta ciudad me he terminado de convencer que Lima es la más patética de las ciudades que he conocido. Pero no por el clima depresivo de invierno que te priva del solo e invade de niebla y llovizna mediocre, todo ello capaz de volver suicida al más entusiasta. No. Por lo contradictorio de su dinámica. Por la forzosa relación de amor y odio que suscita entre sus habitantes.

Es así por lo estresante de las calles, la hostilidad del peatón y del conductor de combi, camión, ómnibus o automóvil particular. Por la ausencia de respeto del derecho en las aceras, por la inseguridad de sus calles, por que difícilmente se puede encontrar un lugar en la ciudad donde uno pueda sentarse o caminar a disfrutar el paisaje (el desierto también puede tener sus encantos) sin el temor y la paranoia de que el individuo que te mira de soslayo te va a asaltar. Lima no es una ciudad, es una prisión sin ley y sus vecinos los internos, atrapados por una rutina sin final.

Con lo adaptable que es el ser humano, muchos ya nos hemos habituado a esto y es nuestra regularidad. Cosa terrible, por que implica renunciar al volver a empezar en un lugar diferente, implica el conformismo a una expectativa de vida materialmente redituable pero contaminada no sólo por el smog y polución medioambiental, sino por la contaminación social. Con los años, uno simplemente vive (sobrevive) por que tiene que hacerlo, pero no el sentido íntegro de la palabra, por que, a menos que no trabajes mucho y, a la vez, tengas dinero de sobra, pierdes el contacto con la naturaleza viva, con el viento fresco, el olor de la hierba mojada tras la lluvia, y la furia de los elementos. También dejas de vivir del contacto personal frecuente con los que más quieres o prefieres, por que a pesar de haber más de 6 millones de personas, a veces pareciera que no hay nadie.

Lo contradictorio, es la dependencia que genera, sobre todo sobre aquellos forzados a hacer permanente un permanencia que se inició temporal, sólo por estudios. Es aterradora la idea de estar sometido de sentir que esto es lo norma de inevitable sensualidad. Uno no se percata de ello cuando siempre ha vivido aquí. No ocurre, sin embargo, lo mismo cuando no eres de estas tierras o cuando has visto más allá de las fronteras, sea en el Perú o en otras partes del mundo.

No obstante, como los que purgan cadena perpetua en las prisiones convencionales, la posibilidad permanente de fuga o la fantasía de absolución alimenta las ilusiones de muchos inconformes. Conozco varios. Muchos de ellos con ya más de 30 años en esta urbe. Han fundado familias y se han enraizado en esta jungla de concreto. Siempre con una excusa para permanecer vinculado. Al principio es el trabajo y la posibilidad de un mejor ingreso, luego los hijos que están estudiando en mejores escuelas, la inversión en propiedades inmuebles, nuevamente la educación de los hijos…y los años que se acumulan en la piel y en las sienes. El sueño de la jubilación en el campo, el retorno en la vejez suele ser la última esperanza, pero también tornarse la luz al final de un túnel, interminable.