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Crónica de viaje a Madre de Dios en 1997 (Sección II)

Me habían dicho que Puerto ya no es la ciudad de antes. Por una pista asfaltada nos dirigimos en un “motokar” hacia ella. La primera impresión, después de que el sopor nos ha tomado por asalto, es la de nostalgia. Las casitas desparramadas a lo largo de la pista, son las mismas y sólo ha cambiado las consignas y pintas que adornan sus fachadas. Aquí como en cualquier ciudad del Perú, las paredes de las casas son el mejor lugar para promocionar candidatos a cualquier cosa. Ya estamos entrando a la avenida Dos de Mayo, que nos guiará hasta la parte céntrica de esta pequeña pero inquieta ciudad. Según el último censo, Puerto Maldonado cuenta con 45 mil habitantes

La avenida Dos de Mayo está llena de motos que van y vienen por sus dos carriles, la mayoría de los conductores llevan gorros por lo que deduzco son mototaxistas. Avanzamos algunas cuadras y caigo en la certidumbre de que las calles están llenas de ellos. Los veo por todos lados van y vienen por las arterias, troncos erguidos, manejando con la rigidez del que recién aprendió a conducir una motocicleta.

Llegamos a mi casa, en la calle González Prada, tiene el aspecto de la antigüedad. De hecho, la primera y segunda cuadra de la González Prada, junto con las calles colindantes con la plaza de Armas son las más antiguas de esta joven ciudad. Hubo un tiempo en que todos se conocían, las calles no eran tales y más bien estrechos senderos, que comunicaban a las familias. Maldonado era una ciudad lejana, fundada como puerto de tránsito para los legendarios caucheros que recorrieron todos los ríos en sus grandes lanchas, sembrando “fundos”, esclavizando indios en una de las actividades extractivas que repitió, sin duda, la experiencia de la conquista española 400 años atrás. Los primeros habitantes fueron los desempleados de los Barones del Caucho, aventureros, llegados en su mayoría de Iquitos y Arequipa, pero también habían Bolivianos y Brasileños, países donde la extracción del látex marcó parte de su historia.

Pero hoy, Maldonado ya no es ese ¿recuerdo? bucólico, es un pequeño engendro comercial a la vez que centro administrativo del departamento. Las calles bullentes, reflejan una nueva dinámica marcada básicamente por un sólido contingente de nuevos migrantes; esta vez, mayormente puneños, apurimeños y cusqueños. Los primeros de ellos ya tienen precedentes en la historia del departamento, son hábiles comerciantes, vendedores de productos de alta rotación y elevado margen, tras largos años de vida austera solían regresar a su tierra por algunos días. Según dicen, allá gastaban en una fiesta patronal (que abundan en la sierra) lo que acá ganaban en un año, ostentando riquezas de fantasía, proveniente de un reyno en donde el oro aún brillaba sobre el fondo de las quebradas. El otrora poderoso Mayorga, es uno de estos personajes de fábula. Hacia comienzos de la década del 30 surcaba el Madre de Dios, hacia la desembocadura del Inambari donde río arriba, se encontraban desperdigados, los campamentos de aventureros, nuevos migrante o hijos de la migración cauchera, todos extractores artesanales de oro. En esos tiempos, las aguas cristalinas y las raíces del “oreja de elefante” ocultaban, “charpas” de oro, pepitas del metal en un nivel elevado de pureza. Como las distancias en tiempo eran enormes, los hombres se trasladaban allá con mujeres e hijos, se asentaban a la orilla de los ríos, construían sus cabañas y, mientras las mujeres cuidaban de los hijos y de pequeñas chacras, ellos extraían el metal, preferentemente en las playas de arenas oscuras, donde el oro andaba desparramado, oculto en las finas partículas de la grava aurífera.

El Sr. Mayorga, subía mensualmente, con una lancha atiborrada de víveres, yendo de puerto en puerto, visitando cabañas e intercambiando su preciada mercancía por las latitas o botellas, repletas de pepitas y arenilla de oro. La vida entonces, repetía el ciclo del ir y venir de Mayorga.

Hoy es 27 de julio de 1997 y desde ayer hay fiesta en esta ciudad. Mañana es el aniversario patrio, las casas lucen embanderadas y un halo de peruanidad se respira en las calles. Cuando niño, la emoción del regalo, de la ropa nueva y los juegos de ferias itinerantes, con sus carpas multicolores que invadían la plaza de armas eran la motivación. De adolescente, la oportunidad de ver a las niñas, caminando coquetas, muchas vueltas alrededor de la plaza y entre la multitud de la feria, mirándonos sin mirar. Tenían más permiso y se podían quedar en la plaza hasta más de las 8 de la noche. Qué angustia entonces, verlas venir en sentido contrario, por la misma acera.

Al llegar a casa, nos ponemos “cortos”, como decía mi papá, Frank ha sido capturado por su familia (su madre es natural de esta tierra) y sólo sobrevive conmigo Sebastián, compañero de trabajo, peruano-argentino e impenetrable personaje, aventurero por elección que mantuvo imperturbable su propósito de venir a estas tierras. Es mi deseo que su estancia cubra sus más insondables expectativas (tiempo después sabría que eso y más había ocurrido).

Héctor es el nombre de un amigo y compañero de estudios en el Billingurst. Es un tipo alto y corpulento, a veces tan bonachón, a veces tan desconfiado. Fue arrancado de su comunidad Amarkaeri desde los 14 años y llevado a culminar sus estudios secundarios en Puerto, como parte de un proyecto de alguna ONG. Sufrió como muchos la segregación racial y cultural, esa vieja infección que marca las relaciones sociales en el Perú. Su pertinacia e inteligencia, lo llevarían luego a Lima, donde como estudiante de Sociología en la Universidad San Marcos, mantuvo siempre el contacto conmigo. Por suerte, pude ubicarlo antes de viajar, incluso hoy llegamos juntos a Puerto, tanto Frank como Sebastián están al tanto de él y ya planificamos una visita a su comunidad.

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