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Crónica de Viaje a Madre de Dios en 1997 (Seccion I)

Esta es una crónica escrita en 1997, sobre un viaje que con dos amigos de Lima hicimos a Puerto Maldonado, Brasileia-Cobija y Rio Branco. Es un poco larga, asi que la colgaré en partes, semanalmente. En algunos momentos se mencionan personas de la vida real, pero algunas circunstancias y hechos (los de tipo "históricos") que se señalan, no se ajustan, necesariamente, en 100% a la realidad. Al menos no podría probarlo.


26/07/97: 5:30a.m.
El vuelo hacia Puerto Maldonado hace escala en Cusco y sale repleto desde la ciudad de Lima. No existe mayor algarabía en los viajeros y más bien se percibe una tenue pasividad en los rostros colorados de los turistas extranjeros. Como es temporada de fiestas, la demanda de pasajes hacia la ciudad del Cusco es elevadísima, las agencias vendedoras de pasajes han elevado sus precios y un oscuro tráfico de cupos se impone en la venta de boletos con ese destino. Alertados por esto, acordamos aguardar desde muy temprano el chequeo de los boletos. Sin duda, después de haber planeado este viaje durante tanto tiempo, sería tonto perder más de un día por no tomar esta simple precaución.

Mientras volamos se observa los graduales cambios en la geografía peruana. Ascendemos desde una costa árida de color crema que se va tornando marrón conforme avanzamos con dirección a la cordillera. Los contrafuertes andinos parecen guardianes de infinitos secretos. Estamos ya sobre las partes mas altas y el rumbo este-oeste inicial de los ríos y quebradas se torna incierto. Sólo unos minutos después nos percatamos de que el nuevo rumbo de las quebradas es oeste-este. Sin duda estamos ya en la vertiente oriental de los andes. Es aquí donde nacen los grandes ríos que le dan su razón de ser a la selva amazónica. Por momentos los delgados hilos parecen desaparecer engullidos por los cerros, pero no es así, estas delgadas corrientes de agua han desafiado y vencido la resistencia de las grandes montañas formando cañones de insospechada profundidad a lo largo de la columna vertebral de América del Sur.

Empezamos a descender y no puedo evitar una sensación de escalofrío. Pese a haber hecho esta ruta muchas veces, el temor que significa el aterrizaje en el aeropuerto de Cusco siempre está presente. Con el descenso, las montañas empiezan a cobrar nuevas formas. La visión de alfombra arrugada que tenía inicialmente va cediendo a la de gigantescos guardianes. Mientras el avión toma la posición adecuada, eludiendo a los guardianes, estos parecen contemplarnos con escaso interés.

El vuelo y el aterrizaje en Cusco ha sido normal y la mayoría de los pasajeros descienden allí. Pensé que el vuelo hacia Puerto Maldonado estaría menos repleto pero no. Un tropel de entusiastas turistas invaden los pasillos del Boeing 727 con destino hacia una de las últimas áreas del planeta con selvas vírgenes.

Por momentos observo los rostros de mis compañeros, tratando de comprobar con satisfacción lo sorprendido que están con el inmenso manto verde. Para mi decepción, sus rostros, hace mucho que están imperturbables. Parece que conocieran desde siempre esta visión de la selva. El horizonte se presenta infinito y no me cuesta mucho imaginar cuanta vida discurre en la superficie. Se me ocurre que los millares de ojillos de allí abajo están ya acostumbrados con el vuelo del avión.

La Amazonía es un gran llano que ofrece tranquilidad al cielo, conforme nuestro avión desciende, las copas de los árboles se muestran voluptuosas. Miles de recuerdos se agolpan en mi mente, de la niñez, de la infancia. Ahí anduve, correteando descalzo en las cochas, persiguiendo a las unchalas, soportando las dormilonas. La selva era entonces, una compañera tan pródiga como protectora. Fueron innumerables las veces que enfrentamos sus riesgos, en las cochas y en el río. Fugazmente soy ya adolescente, y los recuerdos que irrumpen sin preguntar…los amigos, las muchachas, el ambiente distendido el, aroma de fiesta interminable, las calles polvorientas del verano, la esquina de Gonzales Prada y Arequipa. No había tenido muchas noticias de mis amigos de la promo, del barrio, ni de las chicas en mucho tiempo.

Un golpe seco como el frenazo imprevisto de un auto, me despierta del ensueño. Acabamos de posarnos sobre la amplia pista del aeropuerto de Puerto Maldonado. Ya me imagino los rostros abigarrados de las personas sobre el cerco que protege la rampa principal. ¡Por ahí andará alguno de mis hermanos!.

La estación del aeropuerto fue recientemente inaugurada y presenta un aspecto de modernidad que contrasta con la densa floresta de sus alrededores. Los techos son altos y en la entrada hay un pasillo artificial formado por algunas enfermeras, una de ellas muy robusta que a empellones nos lleva a “pasar vacuna”. Las selvas cálidas y húmedas esconden cantidades de infecciones y fiebres. Los portadores de las tragedias son los frágiles zancudos que como una amenaza gris se cernirán sobre nuestras cabezas. No creo que hagan distinción entre forasteros y lugareños. Yo no paso vacuna pues de entre mis documentos extraje una tarjeta de vacunación, válida para diez años. Se la muestro a la robusta y con una mueca de frustración me suelta el brazo.

En la entrada principal hay una pequeña multitud, de taxistas, guías de turistas y algunos despistados. Logro reconocer algunos rostros, todos bronceados por la intensidad del sol. Salimos con nuestro equipaje y un avalancha de rostros cetrinos, no del tipo amazónico, nos ofrece raudamente sus servicios ¡taxi! ¡taxi!. Nuestra inicial desconfianza desaparece cuando comprobamos que la tarifa hasta Puerto (distante a 7 kilómetros del aeropuerto) son, según mi hermano, las adecuadas.

Comentarios

Anónimo dijo…
Roger, buenas noches, es uno de mis mejores sábados frente al monitor. Mi alma ha viajado hacia Puerto Maldonado con sus fabulosas crónicas. Le felicito, logra con su narración pintar un cuadro que deleita los sentidos. Un abrazo.

Carmen.
Roger dijo…
Gracias Carmen,
Me alegra mucho que mis crónicas puedan suscitar emociones en otras personas...que no necesariamente son de Puerto Maldonado, que no se si es su caso.
abrazo
Roger

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