sábado, marzo 20, 2010

Donde se fue el Carnaval de Puerto Maldonado?


Tendría unos 8 años, el recuerdo aún permanece, perdido en la muchedumbre de una de las tantas pandillas que se formaban espontáneamente cada carnaval en Puerto Maldonado. La ciudad, para nosotros, el pueblo para la gente de los caseríos, se convertía cada domingo de febrero, previos al miércoles de ceniza, en tierra tomada por las pandillas. Estas seguían a las comparsas en su danzar a lo largo de las calles de tierra, llenas de cochas empozadas estratégicamente por las lluvias de la temporada. Nadie ni nada más se movilizaba por la ciudad, bajo riesgo de ser victimado por el carnaval. “Carnaval manda y nadie lo demanda” decíamos con impunidad.

Los puntos de referencia solían ser los lugares donde algunas familias plantaban la umisha o unsha, “arboles” de Huasaí trabajados especialmente para sostener en la cúspide tejida, todo tipo de presentes que se ofrecían a los danzantes que bailaban la pandilla amazónica, embriagados, y que tenían que derribar el árbol, con el hacha, pero soportando un sinfín de rodillazos aleccionados por el bombo y la flauta, en el clímax de la fiesta de carnavales, aquellos carnavales de Puerto Maldonado.

El carnaval diurno se vivía y hacía en las calles y frente a las casas de estas familias carnavaleras. No tengo memorias del carnaval nocturno de esos tiempos. Las decenas de niños, adolescentes y jóvenes que conformaban las pandillas seguíamos a las comparsas en su recorrido, echando pintura, grasa de mecánica, anilina, tinte de Huito o mojando simplemente, botando a la cocha a las chicas y también a veces a los chicos desconcertados de cada año, peinando todos los barrios de la ciudad. Desde barriolindo, pasando por los alrededores de la plaza de Armas, hasta el pueblo viejo.

A veces, a la vuelta de una esquina, algunas pandillas se encontraban cara a cara. Las miradas de fiereza, se resolvía rápidamente con gruñidos de desdén. Luego cada una seguía su propia ruta, siguiendo a los líderes que iban adelante, para coincidir nuevamente en una Unsha o al final en Pueblo Viejo, en el puerto, para despedir al Ño Carnavalón.

Los más jóvenes éramos los que teníamos un contacto más cercano con nuestros equivalentes en la pandilla vecina, pero era una interacción, que aunque tensa al principio, no dejaba de relajarse por la curiosidad de ver de cerca, muchas veces por primera vez, a aquellos muchachos y muchachas que vivían, sin embargo, a no más de dos kilómetros de nuestros respectivos barrios (cuando adolescentes, nos volveríamos a encontrar, pero ya en otras circunstancias). Recuerdo cierta ocasión cuando ya entrando en la adolescencia me crucé con dos chicas de mi generación y algunos muchachos con los que nunca antes había interactuado, congeniamos rápidamente y nos unimos en un subgrupo de la pandilla. Algunos años, el Club Social, en su sede, organizaba fiestas para los más jóvenes y el carnaval para nosotros, ni siquiera en la noche, sino al caer de la tarde se trasladaba al talco y al baile sin parar. No había Manguaré aún y los niños aterrorizaban el vecindario con los infames “matacholos”.

La pertenencia a una pandilla no tenía una regla claramente establecida, aunque se generaba por el nivel de familiaridad con los líderes o con otros integrantes de las mismas. Los más chiquitos no se unían a las pandillas y permanecían en sus cuadras y barrios, mojando, pintando o también echando a la cocha, a victimas de ocasión, pero respetando siempre una frontera establecida, la cual, sólo se aventuraban a sobrepasar con la pubertad. Se jugaba en todas las calles y esquinas de la ciudad.

Al finalizar el día, los del barrio de la intersección de la Gonzales Prada y Arequipa, coincidíamos en el pozo de Mallea, donde se podía uno limpiar el cuerpo, impregnado de la grasa y la pintura, incluyendo el cabello y las pestañas, con paciencia y cuidado, aprovechando el agua interminable de ese manantial, hoy creo inexistente. Al retornar había que cargar por lo menos un balde de agua, y subir por las empinadas escalinatas de tierra, porque en esos tiempos el agua potable dejaba de fluir con mucha frecuencia.

¿Dónde se fue ese carnaval?

Casi tres décadas después, el carnaval no se vive más en las calles. Eso lo pude comprobar de varios viajes de ocasión a Puerto, pero sobre todo en los dos últimos años (2009 y 2010). En febrero y marzo de dichos años, tanto sábado como domingo, me aventuré por las calles y barrios de Puerto, con la esperanza de verme reflejado en algún rapazuelo de esquina o encarar repentinamente a una pandilla, acompañar a una comparsa en su danzar o quizás sentir el repentino baldazo de agua fría por la espalda. Pero, ninguna de esas cosas ocurrió.

Salvo algunos niños y otros adolescentes, fuera de época, jugaban en algunas de las calles, sin la irreverencia de los años idos. En realidad, Puerto Maldonado, ha adquirido otra dinámica. Ya no se paraliza por el carnaval. Y si bien muchos se involucran en las fiestas, las calles sitiadas por las pandillas y la algarabía de danzantes y carnavaleros, ya no están más.

Me pregunté entonces, ¿dónde se fue el carnaval? (Diurno y Nocturno)
Con el tiempo, se fue alejando de las calles, sobre todo el carnaval generalizado, y las danzas de las pandillas, que en algún momento sospecho, seguro hasta casi desaparecen. Se fueron, arrimados por el influjo incontenible de gentes de todas partes del Perú, con otras tradiciones, o con otras formas de celebrar carnaval, que llegan a colonizar esta tierra de colonos sin sosiego, que no tienen tiempo de asimilarse en la cultura tradicional amazónica preponderante en los tiempos pasados, por este constante venir de nuevas gentes.

Entonces el carnaval de siempre, el de antes, se fue escondiendo avergonzado de su intrepidez callejera, para recrearse hoy en día sólo en algunos locales de bailes, convertidos en templos del espíritu del carnaval amazónico, con su pizca de influencia brasilera.

Sin embargo, varias veces me vino a la mente la idea que este recular de las calles a los locales abiertos no tiene por qué ser el fin del carnaval madrediosense. Estos locales, entre ellos el ya legendario Manguaré y muy recientemente el Cetico, han logrado mantener viva una tradición, un elemento clave de la cultura creada en Madre de Dios, por los pioneros, por las primeras generaciones de migrantes y sus descendientes.





2 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy bueno tu cronica de los carnavales, me trajo nostalgia mas que nada sobre el pozo yo vivia alfrente del pozo hace 12 años que no voy a mi puerto querido quiero ir pero primero quiero cumplir unas metas y llegar y ponerme a llorar un rato en mi rio tambopata en el puerto de mallea, German Condori.
german_uni04@hotmail.com
saludos paisano Roger.

Roger dijo...

Hola German, espero que en este tiempo sí hayas regresado a Puerto...
abrazo. Mil disculpas por demorar en responder...