lunes, julio 06, 2009

Ayahuasca

Había escuchado muchas veces sobre ella, siempre por voces de gente, que en realidad nunca la había probado. Que generaba alucinaciones, que transfiguraba el entorno y las sombras de la selva en seres demoníacos, que era peligrosa, que podía incluso llevar a la locura a los irresponsables que la probasen, que no podía ni debía ser utilizada sin el control de una curandero o chamán de experiencia, etc.

En parte por resolver de una buena vez todas estos preconceptos y en parte por satisfacer mi propia curiosidad, me aventuré a probarla a la primera oportunidad que se me presentó. Fue el viernes 8 de mayo de 2009 en Pucallpa, departamento amazónico peruano. Lo hizo posible mi buen amigo Cecilio Soria, idealista y cejudo soñador de un futuro promisorio para sus hermanos Shipibo-Conibo.

En realidad, en cada viaje que hago a esta bullanguera ciudad, me comunico con él, quien para efectos de cualquier individuo, ya sensualizado por la urbe, como yo, opera como traductor e intermediario eficaz con parte del entrañable mundo de la amazonia y su gente, mayormente amable y genuina. La penúltima vez que había estado por aquí había disfrutado de un exquisito estofado de motelo y la anterior a esa habíamos emprendido una visita a los caseríos del distrito de Padre Márquez, llevados por nuestro común amigo Juan Maldonado, a la sazón, primer alcalde Shipibo del distrito (ver crónica rescatada de mi blog de gestión pública).

Así que cuando Cecilio me comentó que tendría su última de tres ceremonias ese viernes, y si quería acompañarlo, mi respuesta, a pesar del malestar y el cansancio de la jornada, fue un rotundo sí.

Emprendimos entonces la aventura, primero a comprar algunos insumos que faltaban como los mapachos y el agua de florida para Yoel e Ismael, los jóvenes chamanes, que Cecilio había contactado de entre su propia gente; y luego a los previos en la casita, tipo palafito, de Cecilio, ubicada casi a orillas de la laguna (o cocha) Yarina en el distrito de Yarinacocha. Casi todo estaba listo, y el brebaje había sido ya preparado por él mismo Yoel, chamán principal, como tenía que ser.

Mientras esperábamos que den las 9:00 de la noche, la hora acordada para el inicio, nos enfrascamos en una amena charla. Yo estaba muy curioso por conocer de los jóvenes chamanes, que escapaban del estereotipo del chamán ayahuasquero, individuos más bien mayores, de pocos dientes, con atuendos a la usanza nativa, es decir, mínimo una cushma para recrear un entorno propicio (en siguiente post presentaré detalles de ellos).

Los hechos

Los previos consistieron en un sencillo ritual de entorno al brebaje y los complementos, como lo son el agua de florida y los mapachos, algunos cánticos y rezos, soplidos suaves sobre las manos y sobre los envases que contiene el brebaje. Me recordaron que no debía haber comido nada en las últimas ocho horas por lo menos, cosa que había cumplido, ya con la advertencia de Cecilio. Este, por su parte se había ya acomodado en un petate sobre el suelo de la casa que sería su espacio propio sobre el cual sobrellevaría el viaje al interior más profundo de sí mismo que propiciaría la ayahuasca. Yo también me apoderé de un lugar a la espera de no sabía qué.

La cantidad del brebaje dependía del nivel de exposición que se tiene a la misma, a la apertura de la mente y a la avidez por experimentar de ella, me decía Yoel, quien no recomienda dosis altas, en ningún caso. La cantidad de la poción, en mi caso, fue inferior que para Cecilio e inferior a la que ellos mismos utilizaron.

El sabor, en parte, no me era tan desconocido, por el Chuchuasi, que mi madre tenía de vez en cuando a mano, e incluso de la uña de gato hervida o de la propia Copaíba. Es decir, tenía una reminiscencia a raíces y cortezas de árboles y lianas amazónicas. Era agradable al paladar y, contra lo que me temía, gentil con el estómago.

Luego restaba esperar.

Los chamanes iniciaron sus cánticos acompasados que parecían arrullarnos mientras volábamos fuera de la casita, hacia orillas de la laguna Yarina y más allá, entre los árboles, hacia lo más profundo de la selva amazónica. Las aves que dormitaban protegidas por la penumbra nos miraban adormecidas por la noche y los espíritus, sin comprender qué o quiénes éramos los que vagabundeabamos, irreverentemente, los reinos del Chullachaqui o del Supay.

Repentinamente regresaba a la casita nuevamente y miraba a Cecilio echado sobre su petate, como rezando, con los ojos cerrados sin tener conciencia de dónde realmente estaba. Los chamanes se habían ya transfigurado en deidades y apariciones venidas del corazón de la selva que danzaban con frenesí invocando a las ánimas, de sus abuelos y los abuelos de éstos, e incluso al gran abuelo Shipibo que había sido sembrado, a su petición, de pie, a manera de entierro, luego de su muerte. La penumbra de la casita y los rayos de luna que se filtraban por las rendijas y ventanas, sólo transfiguraban la visión de los chamanes metamorfoseados que por ratos parecía levitar como impulsados por una fuerza inminente.

Ráfagas de imágenes venidas de lo más profundas del subconsciente pugnaban por aparecerse. Eran recuerdos y hechos oscuros alojados precariamente donde no podrían hacerme daño, pero que a la sazón se habían corporeizado para aparecer frente a mis ojos cerrados por el temor de verlos cara a cara, incluso, en una lucha constante por tomar control de la situación.

Entonces se producía la lucha por racionalizar las apariciones, dotándolas de un sentido práctico de hechos fenecidos sin influencia real en mi vida. Podría levantar mis brazos, mis manos y hacerlas a un lado como quien pasa las páginas de un libro y no vuelve más a ellas. Era una decisión propia, que de algún modo me ayudaría a purificar las partes más putrefactas de mi propia subconsciencia.

Los cantos e imposiciones de mano sobre nuestras cabezas, por parte del chamán, ayudaban a darle un sentido ritual a la lucha, un sentido de curación ayudado por las voluntades de los que allí estábamos. Con el transcurso del tiempo la batalla se iba terminando a favor del lado bueno. Los malos espíritus fueron confinados a lugares más profundos esta vez, al lugar donde siempre debían estar. Lo siguiente fueron reminiscencia epicúreas y fruitivas de hechos que no ocurrieron, pero potenciales, que devolvían las buenas vibraciones al cuerpo y a la mente. Una especial agua de florida, ayudaba a hacer más profunda esta última sensación.

El retorno se produjo de manera abrupta como un torrente incontenible que se iniciaba en mi estómago. La sustancia física, el líquido ingerido de ayahuasca, había estado hurgando también en las impurezas que allí se habían reciclado, enviando al destierro a toda la impureza del día y de las semanas, acumuladas sin haber sido objetos del proceso digestivo. Entonces vomité todo lo que tenía y la sensación de desinfección fue total. El cansancio del día, el vértigo del exceso de grasa, el incipiente dolor de cabeza, y todo lo mucho y lo poco que repercutía sobre mi estado físico desparecieron completamente con los retortijones.

Y ellos siempre estaban allí, acompañando, ayudando en este trance, en este corto viaje, en esta incomparable experiencia.

Pasaron varias horas, y la madrugada nos encontró en una plática oscura. Pude grabar algunas de las conversaciones. Al finalizar Yoel me dijo, que había visto que yo necesitaría más sesiones, que mi proceso de curación no había terminado. Me prometí a mi mismo regresar con los hermanos Shipibos y terminar con seriedad lo que había empezado como simple curiosidad.

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